Enjaulada - Capítulo 23
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Capítulo 23: ¡Deja de gritar!
Mientras tanto, en la Barranca, el especialista acababa de recibir una llamada en su móvil. No dijo una palabra, pero su expresión cambió de forma casi imperceptible: los ojos se le afilaron, la mandíbula se tensó, como si una sombra hubiera atravesado su rostro. Luego levantó la vista hacia Matías.
No fue una mirada larga. Ni teatral.
Fue un segundo.
Un destello.
Pero suficiente para que Matías entendiera el mensaje con una claridad brutal:
“Un solo movimiento en falso y no vivirás para contarlo”.
Sin añadir nada más, el especialista guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió hacia las escaleras que bajaban al nivel inferior. Sus pasos eran firmes, silenciosos, casi calculados, como si cada uno estuviera medido para no dejar rastro. Matías lo siguió con la mirada hasta que la figura desapareció en la penumbra húmeda del sótano.
Solo entonces se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin respirar.
El aire le entró de golpe, áspero, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo funcionar. Había estado a un suspiro de la muerte. Lo sabía. Lo había sentido en la piel, en el estómago, en ese instinto primario que te grita que estás a punto de desaparecer del mundo. Y ahora, con el especialista fuera de la habitación, Matías no se atrevía ni a moverse. Ni siquiera a respirar demasiado fuerte, por si todo era un espejismo y el hombre regresaba para rematar lo que había empezado.
El silencio se volvió espeso, casi sólido.
Un silencio que parecía morder.
Matías apoyó la espalda contra la pared, intentando que sus piernas dejaran de temblar. No lo conseguía. Cada músculo estaba en alerta, como si su cuerpo no hubiera recibido aún la orden de que seguía vivo. El sudor frío le corría por la nuca, pegándole la camiseta al cuerpo.
Entonces escuchó una voz suave, temblorosa, que rompió ese silencio como un hilo de luz:
—Matías… ¿Estás bien? —preguntó Karla, con un hilo de voz que intentaba sonar fuerte y no lo lograba.
Matías intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca torcida.
—Sí… —susurró, aunque no era verdad—. Estoy bien.
Karla con la mano temblando y la oreja apoyada en la puerta de acero.
—Pensé que… —tragó saliva—. Pensé que te iba a matar.
Matías cerró los ojos un instante. Él también lo había pensado. Lo había sentido en el pecho, en la garganta, en la piel erizada.
—Yo también —admitió, con un hilo de voz que apenas se sostenía.
Lucía habló desde su rincón, abrazándose a sí misma como si sus propios brazos fueran lo único que la mantenía entera.
—Matías… ese tipo… ¿Es la persona que nos trajo aquí?
Matías asintió despacio, sin pensar que no le podían ver, mientras se acercaba a las celdas.
—Sí. Pero él solo cumple órdenes. No creo que sepa el motivo. Aunque… —respiró hondo— aunque yo aquí soy el último mono. No me cuentan nada. Solo sé una cosa: aquí no se hacen preguntas. Los que preguntan… desaparecen.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, afiladas.
Y el silencio volvió a caer sobre ellos, un silencio frío que les envolvió hasta hacerles temblar.
Matías, con el miedo aún clavado en el cuerpo y las manos sudorosas, buscó el asiento que se encontraba en el pasillo, entre la Karla y Lucía. Se dejó caer en una silla metálica que chirrió bajo su peso. Intentó calmarse, pero su respiración seguía entrecortada.
Karla, envuelta en las mantas, se encogió un poco más, como si pudiera hacerse invisible.
Lucía, agazapada en un rincón, se abrazaba con fuerza, buscando en su propio cuerpo un calor que la habitación no ofrecía.
Los tres permanecieron así, inmóviles, escuchando el eco lejano de pasos en el nivel inferior.
Pasos que podían significar cualquier cosa.
Pasos que podían anunciar el regreso del especialista.
O algo peor.
Habían pasado un par de horas cuando un grito desgarrador atravesó las paredes. No era un grito normal: era el sonido de alguien que había perdido el control del miedo. Subió por el hueco de la escalera como un viento helado y dejó a Matías saltando de la silla y paralizado en la cuarta planta.
El grito venía de abajo.
Matías avanzó despacio, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento pudiera llamar la atención de algo que no quería ver. Se asomó al hueco oscuro de la escalera justo cuando un segundo alarido, más largo y desesperado, retumbó en todo el edificio.
Karla y Lucía se taparon la boca para no gritar.
Matías sintió el estómago encogerse.
Con la mano en el mango del cuchillo, bajó un escalón. Luego otro. El silencio entre grito y grito era peor que el propio sonido, un silencio denso que parecía tragarse el aire.
A mitad de la escalera escuchó la voz del Especialista.
No era un grito.
Ni una orden.
Era peor: ese tono bajo, casi amable, que usaba justo antes de hacer algo que nadie quería presenciar.
—Álvarez… vamos a centrarnos —dijo, con una calma que helaba—. En el bar. En la sala de apuestas. ¿Con quién estabas hablando?
Un sollozo respondió desde dentro.
—No… no sé quién era… solo se sentó a mi lado… yo no…
—No me interesa lo que no sabes —interrumpió el Especialista, sin elevar la voz—. Quiero lo que sí sabes. ¿Qué te preguntó?
Matías sintió un escalofrío.
Ese era el tema.
La conversación con un desconocido.
—Nada… nada importante… —balbuceó Álvarez—. Solo… solo comentó el partido… y…
Un golpe seco. Metal contra madera.
Una herramienta dejada con fuerza sobre la mesa.
—Álvarez —susurró el Especialista—. No me hagas perder el tiempo. Tú no hablas de partidos, en tu mente solo están las mujeres. Hablas por los codos cuando te emborrachas. Así que dime… ¿Qué quería?
—¡No lo sé! —gritó Álvarez, la voz quebrada—. Me preguntó por… por el movimiento de la semana… por si había visto caras nuevas… yo no sabía quién era… pensé que era un cliente más…
El Especialista dejó escapar un suspiro lento, casi decepcionado.
—¿Y tú le contaste qué?
Silencio.
Un silencio que parecía tensarse como una cuerda a punto de romperse.
Arriba, Karla y Lucía permanecían inmóviles en sus jaulas, conteniendo sus propios sollozos. Matías podía sentir su miedo como un peso en la nuca.
Entonces escuchó la voz rota de Álvarez:
—Por favor… yo no dije nada… tengo hijos… no me haga más daño…
Matías cerró los ojos. No quería oírlo. Pero no podía dejar de hacerlo.
El Especialista respondió con una suavidad que helaba la sangre.
—Si no dijiste nada… ¿Por qué tiemblas tanto?
La pregunta cayó en la sala como una gota de veneno.
Luego, un golpe seco: metal contra metal.
Una herramienta dejada con fuerza sobre la mesa.
Un aviso.
Una promesa.
Los hombres alrededor se tensaron, clavando la mirada en el suelo.
Matías sintió el corazón en la garganta, latiendo tan fuerte que temió que alguien más pudiera oírlo.
Su hermano siempre decía que el Especialista era “necesario”.
Que mantenía el orden.
Que sin él, todo se vendría abajo.
Pero allí, viendo su sombra moverse detrás del cristal opaco, Matías solo vio una cosa:
Un futuro que no quería para sí mismo.
Dentro de la sala, Álvarez soltó un jadeo ahogado.
—Yo… yo no… —balbuceó—. No dije nada… se lo juro…
El Especialista habló de nuevo, con ese tono bajo que parecía acariciar y estrangular al mismo tiempo.
—Álvarez, Álvarez… siempre juráis cosas cuando ya es tarde. —Una pausa breve, casi amable—. Vamos a intentarlo otra vez. ¿Qué te preguntó ese hombre?
—Nada… nada importante… —la voz de Álvarez se quebró—. Solo… solo me preguntó si… si conocía chicas guapas…
—¿Y tú qué le dijiste?
Silencio.
Un silencio que se estiró como una cuerda a punto de romperse.
—Solo… solo que había visto chicas muy guapas… pero no dije nombres… no dije nada más…
El Especialista dejó escapar un suspiro lento, casi decepcionado.
—¿Y tú crees que eso no es decir nada?
Álvarez empezó a llorar. No un llanto fuerte, sino un sollozo tembloroso, infantil, que hacía que la sala pareciera aún más pequeña.
—Por favor… no sabía quién era… pensé que era un cliente… pensé…
—Pensar no es lo tuyo —lo interrumpió el Especialista, con una calma que helaba—. Hablar tampoco. Y, sin embargo… hablaste.
Otro golpe seco.
Otra herramienta movida sobre la mesa.
Matías sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El Especialista se acercó más; se notaba en la vibración de su voz.
—Te lo voy a preguntar una última vez. ¿Qué más le dijiste?
—Nada… nada… ¡Se lo juro! —Álvarez jadeaba—. No sé quién era… no sé su nombre… solo bebíamos… el tipo buscaba trabajo.
La respuesta no pareció convencer a nadie.
—Claro. ¿Y se lo pide a un desconocido borracho? ¿Me tomas por imbécil? Eres incapaz de mantener esa bocaza cerrada y quieres que piense que no has contado dónde estamos… o dónde están las chicas guapas.
El Especialista bajó la voz hasta convertirla en un susurro venenoso.
—Si no hablas… te haré callar para siempre.
Un último grito, breve y sofocado, atravesó el pasillo.
Un sonido que parecía arrancado de alguien que ya no tenía fuerzas para gritar.
Matías retrocedió sin darse cuenta.
El cuchillo tembló en su mano.
El aire se volvió más frío.
Subió un escalón.
Luego otro.
Y Luego otro más.
Los gritos seguían, cada vez más rotos, cada vez más lejanos.
El Especialista había empezado de verdad.
Y lo que venía después… Era mucho peor. Lo sintió por Álvarez, había hablado con él alguna vez, no era mala persona, malas decisiones le habían arrastrado a ese mundo.
Y por primera vez, pensó únicamente en sobrevivir.
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