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Enjaulada - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - Capítulo 24: ¡Nos vamos!
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Capítulo 24: ¡Nos vamos!

El cuarto grito, más breve, más desgarrado, le atravesó el pecho como un cuchillo. No era solo el sonido. Era lo que implicaba. Era la certeza de que, ahí abajo, alguien estaba siendo reducido a algo menos que humano.

Matías subió el último tramo casi sin aire, con el corazón, golpeándole las costillas como si quisiera escapar antes que él. Al llegar al rellano, no necesitó verlas para saber cómo estaban las chicas: podía imaginar sus cuerpos pegados a la pared, los ojos desorbitados, las manos temblorosas apretadas contra la boca para no dejar escapar ni un sonido.

Los gritos que subían desde la planta baja lo decían todo.

Lo llenaban todo.

Era como si el edificio entero respirara miedo.

—¿Qué… qué está pasando? —la voz de Lucía estalló en un susurro quebrado, más cerca del llanto que de la pregunta.

Matías se acercó despacio, con movimientos medidos, como si cualquier gesto brusco pudiera hacerlas estallar en pánico. El pasillo parecía más estrecho que nunca, como si las paredes se hubieran acercado para escuchar.

Entonces llegó otro grito.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaagggh!

Más largo. Más desesperado.

Más humano.

Karla apretó los párpados con fuerza, como si pudiera cerrar el mundo entero con ellos. Pero el sonido se filtró igual, vibrando en las paredes, en el suelo, en los huesos. Lucía se encogió sobre sí misma, abrazándose las rodillas, como si quisiera desaparecer dentro de su propia sombra.

—Taparos los oídos —murmuró Matías, apenas audible—. No escuchéis. No… no penséis en eso.

Sabía que era inútil.

Sabía que el sonido se colaba por todas partes.

Pero necesitaba decirlo.

Necesitaba fingir que podía protegerlas de algo, aunque fuera mentira. Aunque él mismo estuviera temblando por dentro.

—¿Quién… quién está ahí abajo? —preguntó Karla, con la voz rota.

Matías tragó saliva.

—Es… Álvarez —logró decir—. Un tipo simpático que… que habló más de la cuenta.

El nombre flotó en el aire como una condena.

Como si pronunciarlo fuera una forma de traición.

—¿Habló de qué? —insistió Karla, con un temblor que no sabía si era miedo o rabia.

—De cosas que no debía —respondió Matías, evitando detalles—. De gente que no debía. Y ahora… —se interrumpió cuando otro grito subió desde el sótano— ahora están… “Preguntándole” otra vez.

Lucía dejó escapar un sollozo ahogado.

—¿Y a nosotras? —preguntó—. ¿Cuánto falta para que nos toque?

La pregunta cayó como un peso muerto entre ellos.

Matías sintió que el estómago se le hundía.

—No lo sé —admitió, y la sinceridad le dolió más que cualquier golpe.

Karla habló entonces, con una voz que parecía no pertenecerle.

—¿Tú crees que… que nos van a hacer lo mismo?

Matías cerró los ojos un instante.

No quería mentirles.

Pero tampoco podía decirles la verdad. No tenía ni idea de por qué las chicas estaban encerradas, ni el interés del gran Jefe, el que estaba por encima de todos.

—No voy a dejar que eso pase —dijo al fin.

—Pero tú no decides eso —susurró Lucía, con un hilo de voz—. Aquí nadie decide nada, hoy lo has comprobado personalmente.

Otro grito.

El peor.

Un sonido tan desgarrado que parecía que el aire mismo se partía en dos.

Las luces del pasillo parpadearon, como si incluso la electricidad quisiera apartar la mirada.

Lucía rompió a llorar en silencio, con la frente apoyada en la puerta metálica.

—No quiero morir aquí —susurró—. No quiero…

Karla se unió, temblando.

—Matías… por favor… por favor… no nos dejes… Tienes que ayudarnos.

Algo dentro de él hizo clic.

Algo que ya no podía deshacerse.

Matías dio un paso hacia ellas. Esta vez, sin temblar.

—Nos vamos —dijo—. Esta noche.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de peligro y esperanza a partes iguales.

Las chicas abrieron sus ojos, incrédulas.

Lucía apoyó las palmas en la pared que la separaba de Karla, como si necesitara sentir que no estaba sola.

—¿Tú… tú nos vas a ayudar? —susurró Lucía, con la voz hecha pedazos.

Karla no habló, pero sus ojos enormes, húmedos, decían lo mismo:

Matías levantó una mano, instintivamente, pidiéndoles silencio. Aunque estas no podían verle

—¿Cómo… cómo vamos a salir? —preguntó Karla, con un hilo de voz.

—¡Tengo una idea! —respondió Matías.

El grito que llegó desde abajo —más corto, más rabioso— reforzó su gesto.

—No habléis —murmuró—. No hasta que yo os diga que es seguro. Ni un susurro.

Las chicas asintieron, tragándose el miedo como podían.

Lucía se abrazó a sí misma.

Karla apretó los puños, intentando que no le temblaran.

Matías sacó el móvil con manos tensas.

Marcó el número.

El tono seguía sonando.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuando por fin la llamada conectó, la voz de su hermano llegó más baja de lo habitual, como si hablara desde un pasillo vacío.

—¿Qué pasa, Mati?

Matías tragó saliva.

No podía permitirse dudar.

—Necesito que me ayudes, que me saques de aquí —dijo—. A mí… y a dos personas más.

Hubo un silencio.

Pero no un silencio normal.

Era el tipo de silencio que Matías conocía demasiado bien: el silencio de alguien que está calculando riesgos, consecuencias… y castigos.

—¿Estás loco? —susurró su hermano al fin—. ¿Sabes lo que significa eso?

Matías apretó los dientes.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —replicó su hermano, con un temblor que no solía permitirse—. Si haces esto… si te mueves sin permiso… no solo vas a arrastrarte tú. Me arrastras a mí. A todos, buscarán a nuestra familia y los castigarán para dar ejemplo.

Otro grito subió desde el sótano.

Más corto.

Más cruel.

Las chicas se encogieron.

Matías cerró los ojos un instante.

—No me importa, los protegeremos —dijo—. No voy a acabar como Álvarez.

El nombre cayó como un golpe seco.

Al otro lado, su hermano dejó escapar un suspiro que no era cansancio: era miedo.

—Mati… ¿Quién es Álvarez?—murmuró.

Matías no respondió.

Sabía que su silencio era respuesta suficiente.

—Escúchame —continuó su hermano, ahora más rápido, más tenso—. ¿Dónde estás exactamente?

—En la cuarta planta del manicomio, el que está en ruinas—respondió Matías, mirando la escalera como si pudiera ver a través de ella—. Las chicas están conmigo. No pueden seguir aquí.

—¿Chicas? —la voz de su hermano se quebró apenas perceptible—. ¿Qué has hecho, Mati?

—Lo correcto.

—No, lo impulsivo —corrigió su hermano—. Lo que siempre haces. Y esta vez no puedo cubrirte. No así.

Matías sintió un pinchazo en el pecho.

No por la reprimenda.

Si no por el “no puedo”.

—Dime la verdad —dijo Matías, bajando la voz—. ¿Sabías lo que estaban haciendo aquí? ¿Sabías a qué se dedican? Han secuestrado a dos chicas y… —Matías calló por miedo a qué las chicas supiesen que él participó en ese secuestro, vigilando los pasos de Karla a través de su novio, vigilando al padre de Lucía y viendo cómo la metían en una furgoneta. Estaba asqueado de haber participado en los secuestros, y ahora podía hacer lo correcto, pero solo, sería imposible. Hay demasiados hombres, demasiado miedo, no llegarían a la puerta principal, y después qué, tampoco tenía un plan, no conocía los alrededores…

El silencio que siguió fue distinto.

Más denso.

Más honesto.

Matías apretó el móvil contra la oreja.

—No quiero ser parte de esto.

—Mati, tú solo tenías que vigilar, era un trabajo sencillo… Porque no podías haber mirado a otro sitio como hace el resto. Ahora estás en peligro —susurró su hermano—. Y por eso yo también lo estoy.

Un golpe suave sonó al otro lado, como si su hermano hubiera apoyado la frente contra una pared.

—Déjame hablar con el jefe —pidió—. Déjame arreglarlo. Me conocen desde hace mucho tiempo, saben que pueden confiar en mí. Les hablaré de ti, que a veces eres impulsivo, pero puedes ser un buen activo para ellos.

—No hay nada que arreglar, No quiero pertenecer a esta banda, pensaba que tendría que hacer pequeños recados—respondió Matías, levantando la voz—. Me voy. Hoy. Con tu ayuda o sin ella.

—Mati, por favor… —la voz de su hermano se volvió más humana, más frágil—. No lo hagas más difícil. Si sales por tu cuenta, te van a cazar. Y si te cazan… no podré hacer nada.

Matías sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No por la amenaza.

Por la sinceridad.

—Dame tiempo —insistió su hermano—. Solo un poco. No te muevas. No hagas nada. Yo iré a buscarte. Yo mismo. Pero espera mi llamada.

Matías cerró los ojos.

Quería creerle.

Quería creer que su hermano aún tenía poder, que aún podía protegerlo, que aún quedaba algo del niño que lo defendía en el colegio.

Pero sabía que ese mundo no funcionaba así.

Aun así…

—Vale —dijo—. Te espero, pero date prisa.

Antes de colgar, su hermano añadió algo más.

Algo que Matías no esperaba.

—Mati… si no llego a tiempo… no confíes en nadie. ¿Me oyes? En nadie.

La llamada terminó.

Las chicas esperaban con una mezcla de esperanza y terror.

—¿Y bien? —preguntó Karla, con la voz ronca.

Matías guardó el móvil y se acercó a ellas, bajando la voz hasta casi un murmullo.

—Mi hermano vendrá a por nosotros —dijo—. En cuanto me llame, nos movemos. No habléis. No hagáis ruido. Y sobre todo… no os separéis de mí cuando eso ocurra.

Lucía dejó escapar un suspiro tembloroso, como si por primera vez en horas pudiera respirar.

Karla apoyó la frente en la puerta, con una intensidad nueva.

No era alivio.

Era algo más profundo.

Algo que mezclaba gratitud, miedo y una chispa de incredulidad.

—Nunca pensé que… —empezó a decir Karla, con lágrimas en los ojos.

—No penséis nada —la interrumpió Matías, aunque su tono no era duro—. Solo preparaos.

Otro grito subió desde el sótano, más brutal que los anteriores.

Matías no se giró esta vez.

Porque ahora tenía la decisión tomada.

Y tenía la esperanza de que su hermano Dani le ayudase a escapar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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