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Enjaulada - Capítulo 25

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Capítulo 25: Las llamadas

El móvil de Luis vibró sobre la mesa.

El nombre que aparecía en la pantalla hizo que el estómago se le encogiera.

LOBO

Luis respiró hondo antes de contestar.

—Dime.

—Pon el manos libres —ordenó Lobo, sin saludo previo—. Esto tenéis que escucharlo los dos.

Luis miró a Olga. Ella ya estaba pálida, con las manos entrelazadas.

Activó el altavoz.

—Ya está. Te oímos.

Hubo un silencio breve, como si Lobo estuviera eligiendo cada palabra con pinzas.

—He estado hablando y revisando todo lo que pude del entorno de Andy —empezó—. Sus redes, sus contactos, sus mensajes públicos. Y he encontrado algo que no me gusta nada.

Olga se llevó una mano a la boca.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Luis, con la voz tensa.

—Un amigo suyo —respondió Lobo—. Alguien que mostraba demasiado interés en Karla. Comentarios, preguntas, mensajes indirectos. Nada explícito, pero… insistente. Demasiado insistente.

Luis sintió un escalofrío.

—¿Y qué pasa con él?

—Que en cuanto Karla desapareció —continuó Lobo—, su teléfono dejó de funcionar. Apagado. Inactivo.

Olga dejó escapar un gemido ahogado.

—Eso no puede ser casualidad —murmuró Luis.

—No lo es —confirmó Lobo—. Siguiendo las migas que dejó Andy, pude rastrear a este tipo. Y no estaba solo. Estoy detrás de una pista que puede ser la correcta.

Luis apretó los puños.

—¿Quiénes son?

Lobo tardó un segundo en responder.

—Gente con muy malas intenciones. No son simples delincuentes. Todo apunta a que forman parte de una banda que podría estar metida en trata de personas.

Olga se tapó la cara con las manos.

Luis la abrazó con un brazo, sin apartar la vista del móvil.

—¿Sabes dónde está nuestra hija? —preguntó él, con la voz rota pero firme.

—Tengo una dirección posible —dijo Lobo—. Un almacén en las afueras. Pero no puedo ir solo. Necesito contratar a algunos amigos. Gente que sabe moverse en estos sitios. Gente que no se asusta fácil.

Luis no dudó.

—Voy contigo. A donde haga falta.

—Y yo también —añadió Olga. No voy a quedarme aquí sentada mientras mi hija…

—No —interrumpió Lobo, tajante—. Ni hablar.

El silencio que siguió fue duro, casi ofensivo.

—Esto no es negociable —continuó—. Esta gente no tiene principios. No les importa matar. Si os llevo conmigo, no podré concentrarme. No podré salvar a Karla si tengo que preocuparme también de salvaros a vosotros.

Luis abrió la boca para protestar, pero Lobo siguió hablando.

—Escuchadme bien. Si vais, lo arruináis todo. Y Karla no tiene margen para errores.

Olga apretó los labios, temblando.

—Entonces… ¿Qué hacemos? —preguntó ella, con un hilo de voz.

—Paciencia —respondió Lobo—. Necesito confirmar la dirección. Necesito vigilar el sitio. Necesito trazar un plan que no ponga a Karla en más peligro del que ya está.

Luis respiró hondo, luchando contra la impotencia.

—¿Cuánto tiempo?

—El mínimo posible —dijo Lobo—. Pero si nos precipitamos, la perdemos. Y no pienso permitirlo.

Olga cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran sin resistencia.

—Por favor… —susurró—. Tráela a casa.

La voz de Lobo se suavizó apenas.

—Haré todo lo que esté en mis manos. Pero necesito que confiéis en mí. Y que no hagáis nada por vuestra cuenta. Nada.

Luis asintió, aunque Lobo no podía verlo.

—De acuerdo —dijo—. Pero en cuanto necesites algo… lo que sea… me llamas.

—Lo haré —respondió Lobo—. Os mantendré informados. Y cuando llegue el momento… iremos a por ella.

La llamada terminó.

Olga insiste en que deben revelar la existencia de las cartas, convencida de que lo que está ocurriendo no es una coincidencia y de que ignoraron advertencias previas sobre no permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. Luis, sin embargo, se niega rotundamente, recordando el juramento de mantener el secreto y aferrándose a la idea de que quizá aún no sepan quién es “ella”. La tensión entre ambos llena la habitación de un silencio demasiado pesado.

En otro lugar, tres días antes. Antonio, el padre de Lucía, revisaba por enésima vez los mensajes que intercambió con su hija, cuando el móvil vibró, era un número desconocido. Sintió un nudo en el estómago, una intuición que le heló la sangre. Contestó.

—¿Sí?

Durante un instante no oyó nada. Solo una respiración lenta, controlada. Luego una voz que no reconoció pronunció su apellido con una calma inquietante.

—Señor Varela.

Antonio se irguió en la silla.

—¿Quién es?

—Escuche con atención, no voy a repetirlo —dijo la voz, sin titubeos—. Si quiere volver a ver a su hija viva, seguirá haciendo su vida normal.

Antonio sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué está diciendo? ¿Dónde está Lucía? ¿Qué le han hecho?

—Nada de policía —continuó el desconocido, ignorando sus preguntas—. Nada de denuncias. Nada de búsquedas. Usted trabaja, atiende a sus clientes, mantiene su rutina. Y ella volverá.

Antonio apretó el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué hacen esto? ¿Puedo hablar con ella? Necesito saber que está bien. Necesito saber que está viva.

Hubo un silencio breve. Un silencio que no prometía nada.

Y la llamada se cortó.

Antonio se quedó mirando la pantalla, con la respiración entrecortada y el corazón encogido, como si alguien le hubiera arrancado el aire de los pulmones. No sabía qué hacer. No sabía a quién acudir. Y lo peor: no sabía si volvería a escuchar la voz de su hija.

El día anterior había ido a la policía. Había explicado que Lucía no había vuelto a casa, que no era propio de ella, que algo estaba mal. La agente lo escuchó con una mezcla de rutina y desinterés.

—Es mayor de edad, señor Varela. Seguramente se fue por voluntad propia. Denos unos días.

Unos días. Como si su hija fuera un paquete extraviado. Antonio salió de la comisaría con una rabia sorda que no sabía dónde colocar.

Esa noche, Antonio llamó a su exmujer para saber si Lucía estaba con ella, pero la conversación terminó en reproches y discusiones antiguas. Al colgar, comprendió que no obtendría ayuda de nadie. Incapaz de dormir, repasó mentalmente su trabajo reciente y a los poderosos clientes con los que trataba, preguntándose si la desaparición de su hija podía estar relacionada con presiones externas. Aunque no tenía respuestas, estaba seguro de que Lucía no se había ido por voluntad propia, justo cuando su relación empezaba a mejorar. Sin otra opción, decidió mantenerse alerta y esperar la próxima llamada que le indicara cómo recuperarla.

En otro rincón de Madrid, el mismo día que el Padre de Lucía recibió la llamada de un desconocido. Dani, el hermano de Matías, efectuaba otra a su Jefe, no al Especialista, sino al que daba las órdenes, al que todos temían.

—Cuéntame —Pidió una voz firme, potente al otro lado de la línea.

—Hola Jefe, Ya está avisado el Contable.

—Bien. Mantén la vigilancia por si vuelve a contactar con la policía.

—No lo hará, no se lo permitiré, Jefe.

—Recuerda no hay que llamar la atención, si hace algún movimiento quiero saberlo. ¿Está claro? —Subió ligeramente el tono.

—Sí, está claro. Jefe… —Antes de terminar la frase, Dani tragó saliva. Su voz perdió firmeza por un instante—. ¿Sabe algo de mi hermano? De Matías… digo… sí… si se está adaptando bien.

Al otro lado hubo un silencio breve, pero pesado. Era el silencio de alguien que piensa rápido, que mide, que escucha más allá de las palabras.

—¿Por qué lo preguntas? —La voz del Jefe bajó un tono, no por suavidad, sino por precisión.

—No, por nada… solo… ya sabe, es mi hermano. Hace días que no hablo con él y… quería asegurarme de que todo va bien.

Otro silencio. Esta vez más corto, más afilado.

—Dani —dijo el Jefe, pronunciando su nombre con una calma que no tranquilizaba—. Tu hermano está cumpliendo. Se está adaptando. No tienes de qué preocuparte.

—Sí… claro. Solo quería saber.

—Escúchame —continuó el Jefe, ahora con una firmeza que no admitía réplica—. Si hubiera algún problema, yo sería el primero en decírtelo. ¿Entendido?

—Sí, Jefe.

—Bien. Ocúpate de lo tuyo. Y mantén la cabeza fría.

—Lo haré.

—Eso espero.

La llamada se cortó sin despedida. Dani se quedó mirando la pantalla del móvil unos segundos, como si esperara que el Jefe volviera a aparecer para darle una respuesta distinta. Pero no ocurrió.

En su despacho, el Jefe dejó el teléfono sobre la mesa con un gesto lento. No era un hombre que se dejara llevar por impulsos, pero algo en la pregunta de Dani había encendido una alarma interna. Los hermanos no solían preguntar por “adaptación” a menos que sospecharan que algo iba mal. Y Dani no era de los que dudaban.

Se reclinó en la silla, entrelazó los dedos y exhaló por la nariz.

Tomó el teléfono fijo, marcó un número corto, directo, sin necesidad de consultar nada.

Al primer tono, respondió una voz más técnica, más fría.

—¿Sí? —Contestó el Especialista.

—Quiero un informe del muchacho de Dani—ordenó el Jefe sin rodeos—. Hoy. Quiero saber si ha habido algún cambio en su comportamiento. Cualquier cosa.

—Entendido.

—Y otra cosa —añadió, con un matiz que solo quienes lo conocían sabían interpretar—. Si hay algo que no me hayas dicho, este es el momento.

Hubo un silencio tenso al otro lado.

—Uno de los hombres ha hablado demasiado —respondió el Especialista, esperando la bronca de su Jefe.

—Arréglalo y saca la mercancía… toda.

—Esta noche salimos de aquí, Jefe.

El Jefe colgó. Se quedó mirando la ventana, la ciudad se extendía bajo él como un tablero lleno de piezas que debía mantener en equilibrio.

Y una de esas piezas, Matías, acababa de moverse sin permiso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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