Enjaulada - Capítulo 26
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Capítulo 26: Amigo o traidor
En el interior de la Barranca, por fin, los gritos habían cesado. Las chicas seguían sin poder creer en las palabras que habían escuchado, cuando ambas percibieron que las pisadas de Matías se alejaban, dijeron al unísono con un tono de sorpresa e incredulidad:
—¿Nos vamos?
Lucía se dejó caer por la pared hasta sentarse en el suelo.
—Te lo dije… —susurró, con una sonrisa frágil—. Al final va a ayudarnos.
Karla no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la puerta de su celda, como si esperara que regresara en cualquier momento para desmentirlo todo. Su mandíbula estaba tensa, y sus dedos tamborileaban contra su muslo en un ritmo nervioso.
—No cantes victoria —murmuró al fin—. Ese chico cambia de humor como de camisa.
—Karla, por favor. Si él dice que nos va a sacar, ¿por qué no confiar un poco?
—Porque confiar en quién tiene la llave de nuestras jaulas —respondió Karla, sin levantar la voz, pero con una dureza que cortaba.
Lucía tragó saliva.
—Pero… ¿Y si es verdad?
Karla soltó una risa seca, breve, casi un reflejo.
—Si nos hubiera querido ayudar, nos habría permitido hablar con su teléfono, llamar a nuestros padres y pedir ayuda. Algo oculta. No me fío de él.
Lucía bajó la mirada, inquieta.
—Quizá tiene miedo. Él también está atrapado aquí, de alguna forma.
—Todos tenemos miedo —replicó Karla—. Pero el miedo no te convierte en aliado. A veces te convierte en traidor.
Un silencio espeso cayó entre ellas. Desde el pasillo llegaba un eco lejano, como un portazo o un mueble arrastrado. Lucía se estremeció.
—Entonces… ¿Qué hacemos? —preguntó, con la voz más pequeña.
Karla respiró hondo, como si estuviera calculando rutas invisibles en su cabeza.
—Esperar —dijo al fin—. Observar. Si vuelve, lo escuchamos—sus ojos se endurecieron aún más— Sé dónde estamos Lucía, si consiguiéramos salir de esta celda, sé que podríamos conseguirlo.
El primer rugido de motor llegó como un trueno lejano. Karla levantó la cabeza de inmediato; Lucía tardó un par de segundos más en reaccionar.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Karla, ya acercándose a la ventana.
Lucía se puso de pie con torpeza, nerviosa.
—Parece… un camión.
No era uno. Eran varios. El suelo vibró ligeramente cuando el segundo vehículo se detuvo frente a la casa. Voces, órdenes cortas, el golpe seco de algo pesado siendo arrastrado. Las dos muchachas se miraron, compartieron el mismo pensamiento: algo está pasando.
Karla restregó el cristal de la ventana con el dorso de la mano para clarear la vista, necesitaba ver que estaba ocurriendo ahora.
—Mierda… —susurró.
—¿Qué? ¿Qué ves? —Preguntó Lucía que desde su ventana solo tenía una visión parcial.
—Las cajas. Las están sacando. Todas.
Lucía se acercó. Afuera, hombres cargaban las cajas de madera que horas antes habían entrado a la casa. Las levantaban entre dos, tres personas, como si dentro hubiera algo demasiado pesado… o demasiado delicado.
El revuelo era frenético. Órdenes rápidas, pasos apresurados, el chirrido de las rampas metálicas de los camiones.
Y entre ellos, Matías.
Lucía contuvo el aliento al verlo. Parecía otro: hablaba rápido, gesticulaba, incluso sonreía. Nada que ver con el chico nervioso y dubitativo que les había prometido ayuda.
—¿Lo ves? —murmuró Karla, con un filo de amargura.
Lucía no respondió. Algo en su pecho se apretó, como si una mano invisible le hundiera los dedos entre las costillas.
Matías caminó junto a un hombre alto, vestido completamente de negro. La gabardina larga ondeaba con cada paso, y su postura tenía una autoridad silenciosa que imponía incluso desde la distancia. No gritaba, no se apresuraba; simplemente señalaba, y los demás obedecían.
—Ese es el jefe —dijo Karla, sin necesidad de confirmarlo—. Se nota.
El hombre alto se detuvo un instante. Matías le dijo algo, y él respondió con un gesto breve. Luego, casi como un reflejo, su mirada se deslizó hacia la casa… hacia las ventanas del piso donde estaban las chicas.
El jefe volvió a hablar con Matías. El chico asintió varias veces, demasiado rápido, demasiado dispuesto. Luego tomó otra caja, ayudando a subirla al camión.
Lucía tragó saliva.
—Karla… ¿Y si… se ha estado riendo de nosotras?
Karla no respondió enseguida. Observaba la escena con una intensidad casi dolorosa, como si intentara descifrar un código oculto en cada gesto.
—No lo sé —dijo al fin—.
Un golpe metálico resonó cuando cerraron la compuerta del primer camión. El sonido reverberó en la casa como un presagio.
Lucía se abrazó a sí misma.
—Tengo miedo.
Karla, por un instante, dejó caer la coraza.
—Yo también.
Las llaves tintinearon antes de que la puerta metálica de la celda de Karla se abriera de golpe. El sonido, tan cotidiano allí dentro, adquirió un matiz distinto, casi urgente. Dos hombres entraron sin decir palabra. No necesitaban hacerlo: sus pasos, su postura, la forma en que llenaban el espacio estrecho ya hablaban por ellos.
Karla retrocedió por instinto, chocando con la pared fría. Uno de los hombres avanzó con rapidez, sujetándole las muñecas con una firmeza que no dejaba lugar a resistencia. Mientras le ataban las manos, ella notó algo extraño: esta vez no le cubrían la cabeza. No había capucha, no había oscuridad forzada. Solo la luz fría del pasillo filtrándose por la puerta abierta y la sensación punzante de que algo había cambiado en la dinámica de ese encierro.
El aire olía distinto. A prisa. A movimiento. A final de algo o comienzo de otra cosa peor.
A unos metros, en la celda contigua, Lucía escuchó el mismo ritual: el cerrojo girando, los pasos entrando, las manos bruscas que no pedían permiso. Su respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo. Cuando la sacaron al pasillo, lo primero que vio fue a Karla.
Se quedaron mirándose, desconcertadas, como si el mundo se hubiera detenido un segundo para permitirles ese reconocimiento imposible. Era la primera vez que se veían, pero sus miradas se aferraron la una a la otra, como si buscaran respuestas en un rostro desconocido.
Lucía parpadeó, intentando ordenar sus pensamientos.
¿La he visto antes?
¿En algún sitio? ¿En alguna foto? ¿En algún recuerdo borroso?
Karla también la observaba con una mezcla de sorpresa y cálculo. Su mente trabajaba rápido, como siempre, intentando encontrar patrones, coincidencias, cualquier indicio que explicara por qué dos desconocidas estaban encerradas en celdas contiguas… y por qué ahora las sacaban juntas.
Los hombres no les dieron tiempo para pensar. Un empujón seco las obligó a avanzar por el pasillo. El eco de sus pasos se mezclaba con ruidos lejanos: motores, voces, puertas abriéndose y cerrándose con prisa. Todo el edificio parecía estar en movimiento.
Karla y Lucía caminaron una al lado de la otra, sin poder hablar, sin poder tocarse.
Los hombres no respondían, no miraban, no explicaban. Solo cumplían órdenes. Y el especialista no era conocido por su paciencia.
—Rápido —gruñó uno, empujándolas hacia las escaleras.
Las bajaron casi a rastras. El edificio vibraba con el eco de motores pesados en el exterior. El pasillo del piso inferior estaba lleno de hombres moviéndose con prisa, como si una operación mayor estuviera en marcha. Ninguno se detenía a observarlas.
Al final del pasillo, la puerta abierta de una furgoneta esperaba. Matías estaba sentado en el asiento del copiloto, rígido, mirando hacia adelante. Cuando las chicas aparecieron, su mirada se movió apenas un milímetro, un vistazo de reojo que evitó convertirse en contacto visual.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Karla sintió rabia.
Los hombres las subieron a la parte trasera sin delicadeza. El interior estaba oscuro, frío, con el olor metálico de un vehículo usado para cosas que no querían imaginar. Las dejaron en el suelo, en un rincón, como si fueran equipaje.
El especialista apareció junto a la puerta. Su voz era baja, pero cortante.
—Matías. Atrás. Con ellas.
El chico tragó saliva. Una vacilación mínima, casi imperceptible, crispó sus hombros. Pero al final obedeció. El especialista lo siguió con la mirada, esa mirada que pesaba más que cualquier orden verbal, como si evaluara cada uno de sus movimientos, cada duda, cada respiración.
Parecía a punto de decirle algo, una advertencia, quizá una amenaza disfrazada de consejo, cuando su teléfono vibró con un tono breve y autoritario. El hombre frunció el ceño, se llevó el móvil al oído y, sin apartar del todo la vista de Matías, se giró sobre los talones.
—Un momento —murmuró, más para sí que para nadie.
Cruzó la entrada de la Barranca con paso firme, desapareciendo en el interior mientras atendía la llamada de su jefe. Su voz se perdió entre las paredes, convertida en un murmullo tenso que Matías no alcanzó a descifrar.
El chico bajó de la furgoneta, tomó la manija metálica, abrió la puerta trasera y subió. El espacio era estrecho; avanzó a tientas, intentando no mirar directamente a las chicas. Dio un paso más y tropezó con algo grande, rígido, envuelto en varias sábanas…
El bulto no se movió. No era equipaje. No era mercancía.
La furgoneta arrancó con un tirón brusco. El movimiento hizo que el bulto rodara ligeramente, dejando ver un fragmento de tela oscura, una mano asomando apenas entre los pliegues.
Lucía ahogó un grito.
Karla sintió que el estómago se le helaba.
Matías cerró los ojos un instante, como si deseara no estar allí.
—Es… Álvarez —susurró, sin atreverse a mirar a ninguna de las dos.
El cadáver viajaba con ellas.
Y el vehículo se alejaba cada vez más de la casa, llevándolas hacia un destino que ninguna podía imaginar.
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