Enjaulada - Capítulo 27
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Capítulo 27: Atrapadas con él
El traqueteo del camino empeoró, haciendo que cada bache sacudiera sus cuerpos como si la furgoneta quisiera desarmarse en pleno trayecto. La luz temblorosa de la linterna del móvil de Matías apenas recortaba siluetas: los ojos abiertos de Lucía, el ceño fruncido de Karla, el bulto inmóvil de Álvarez.
Karla respiró hondo, tragándose el temblor de su voz.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó, sin rodeos—. ¿Qué van a hacer con nosotras? ¿Y por qué no nos has ayudado?
Matías apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No respondió de inmediato. Miró hacia las puertas de la furgoneta, como si esperara que alguien más contestara por él, pero solo se oía el motor, el crujido de la tierra bajo las ruedas y la respiración contenida de las chicas.
—No puedo… —murmuró al fin.
Karla chasqueó la lengua, furiosa.
—Eso no es una respuesta.
Matías tragó saliva. La luz del móvil tembló cuando el vehículo dio un salto y casi se le cae de las manos.
—Estoy esperando la llamada de mi hermano —repitió, más bajo—. Pero… algo ha cambiado…
Lucía lo observaba en silencio, intentando descifrar si hablaba por miedo, por culpa o por algo peor. Entonces su cabeza se llenó de pensamientos:
La furgoneta vibra y cada golpe, contra la pared metálica, le recuerda que está viva. Por ahora.
Vuelve a mirar a Matías.
No sabe si odiarlo o si aferrarse a él como a la única tabla en un mar helado, y piensa que
Pero también lo veo no hacer nada, como ahora. ¿Y si esto es un castigo? El jefe… ese hombre que siempre parece saberlo todo. ¿Y si se dio cuenta de que Matías quería ayudarnos? ¿Y si lo metió en la furgoneta con nosotras para darle una lección? Para que vea lo que pasa cuando alguien se sale de su plan>. Lucía siente un nudo en la garganta. Sus pensamientos siguen dando vueltas: concluyó Lucía.
Karla seguía enfocada en obtener respuestas de Matías. —¿Y eso cuándo va a ser? —insistió —. ¿Cuándo estemos muertas como él? —Señaló el bulto con la barbilla.
Matías cerró los ojos un segundo, como si el comentario le hubiera atravesado la piel.
—No tenía que estar aquí —susurró, mirando el cadáver de Álvarez—. Esto… no debería haber pasado.
Karla se inclinó hacia adelante, las muñecas atadas rozando el suelo.
—¿Qué planes, Matías? ¿Los tuyos? ¿Los de tu jefe? ¿Quién demonios decide lo que pasa con nosotras?
El chico respiró hondo, tembloroso. La luz del móvil iluminó su rostro apenas un instante: parecía más joven, más asustado, más atrapado que nunca.
—El jefe está nervioso. Algo ha debido de pasar… —dijo, y la frase quedó suspendida, incompleta, como si el resto fuera demasiado peligroso para pronunciarlo.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y por qué no llamas tú a tu hermano?, o mejor aún déjanos hablar con nuestros padres—inquirió Lucía, con una voz tan suave que parecía no pertenecerle.
Matías bajó la mirada. La furgoneta dio otro golpe seco al pasar sobre una piedra, y el cadáver de Álvarez se deslizó unos centímetros, como si quisiera unirse a la conversación.
El chico apretó los dientes y marcó el número de teléfono de su hermano.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco tonos y la llamada se cortó.
Matías levantó la vista. Por primera vez, y las miró de verdad. —No puede ser… no contesta…
Karla miró a Lucía y apoyándose la una en la otra consiguieron ponerse en pie, mientras Matías volvía a marcar el número de su hermano.
Uno, dos, tres y ¡Zas!, de un manotazo, Karla le quitó el teléfono, pero con las manos atadas y con el traqueteo del camino, el teléfono se le resbaló cayendo al suelo de la furgoneta.
—¡Mieeerda! —Gritaron los tres al unísono.
—¿Por qué has hecho eso? ¿Estás loca? —Dijo Matías arrodillándose y palpando el suelo en busca de su móvil.
—Estamos aquí por tu culpa y… todo este tiempo tenías un teléfono y no nos has dejado llamar a nuestros padres —Inquirió Lucía, sollozando al principio para terminar con demasiada rabia.
Karla, arrastraba los pies por el suelo en su busca, también. Ahora era lo más preciado y
se encuentran a oscuras. El pie de Karla tropezó con el cuerpo que yace sin vida y un estremecimiento le recorrió la espalda, mientras un gemido ahogado se le escapaba sin querer. No era dolor. Era puro asco, puro terror, puro “esto no puede estar pasándonos”.
—¡Cuidado! —susurró Lucía, aunque no sabía muy bien con qué estaba pidiendo cuidado: con el cadáver, con Matías, o con la oscuridad que parecía tragarse la furgoneta entera.
Matías seguía palpando frenéticamente el suelo metálico, respirando cada vez más rápido, mientras sus pensamientos se alborotaban dentro de su cabeza:
La furgoneta vibra, el cadáver se mueve un poco, y Matías siente que el estómago se le revuelve.
Al imaginarlo, la cabeza le palpita y el corazón le sacude el pecho con tal violencia que siente cómo el aire se le escapa. Las manos le tiemblan, y el silencio del teléfono es peor que cualquier grito. .
La furgoneta sigue avanzando hacia un lugar que él no conoce.
Un lugar del que quizá no vuelva nadie.
—Tiene que estar aquí… tiene que… —Su voz se quebró. No era rabia. Era pánico.
Karla se agachó como pudo, tanteando con las puntas de los dedos. El traqueteo del camino hacía que todo vibrara, que cada sombra pareciera moverse.
—Si lo encuentro yo —gruñó—, te juro que…
—¡Shhh! —interrumpió Lucía, de pronto rígida.
Los otros dos se quedaron congelados.
La furgoneta había reducido la velocidad.
No se detuvo. Pero ya no avanzaba con la misma decisión. Era como si el conductor dudara, como si buscara algo en la oscuridad del camino.
Matías levantó la cabeza, tenía los ojos muy abiertos.
—No hemos llegado a la carretera principal…—murmuró, más para sí que para ellas.
Karla lo fulminó con la mirada.
—¿Y por qué? ¿Qué hay aquí?
El chico no respondió. Tragó saliva. Sus manos seguían temblando, pero ya no buscaban el móvil. Ahora estaban quietos, tensos, como si esperara un golpe.
Lucía sintió que el aire se volvía más denso.
—Matías… —dijo despacio—. ¿Qué es lo que sabes y no nos estás diciendo?
El motor gruñó, indeciso. La furgoneta avanzó unos metros más, luego frenó de golpe. Los tres cayeron hacia adelante, encima del cadáver.
Un silencio espeso se instaló dentro de la caja de la furgoneta.
Desde la cabina, una silueta se movió.
Una puerta se abrió.
Un pie pisó la tierra.
Matías palideció.
Y entonces, desde fuera, una voz conocida habló:
—Abrid. Ahora.
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