Enjaulada - Capítulo 28
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 28: La Parada
El conductor abrió la puerta trasera obedeciendo sin dudar. La luz exterior, procedente de los faros de los vehículos, entró como un cuchillo en la oscuridad de la caja metálica.
Y allí estaba él.
El Especialista, su jefe.
No necesitaba presentarse. Su sola presencia llenaba el espacio, como si desplazara el aire a su alrededor. No gritaba, no gesticulaba, no amenazaba. Solo miraba. Y eso bastaba para que Matías sintiera que las piernas no le respondían.
Lucía y Karla se encogieron en un rincón, pegadas a la chapa, como si quisieran fundirse con ella. El Especialista les dedicó apenas un vistazo de reojo, frío, calculador, como quien evalúa un objeto que aún no ha decidido si conservar o desechar.
—Fuera —ordenó, sin levantar la voz.
El conductor dio un paso atrás, dejando espacio.
Matías no se movió.
—He dicho fuera —repitió el Especialista, esta vez mirando directamente a Matías.
El chico tragó saliva.
No entendía nada.
No entendía por qué estaban allí, por qué no habían ido a la carretera principal, por qué su hermano no contestaba, por qué había un cadáver con ellos, por qué el Especialista había venido en persona.
Pero obedeció.
Bajó de la furgoneta con torpeza, casi tropezando al tocar el suelo. El aire frío de la noche le golpeó la cara, pero no lo despertó del todo. Seguía atrapado en esa especie de niebla mental donde solo existía el miedo.
—Ahora el cuerpo —dijo el Especialista, sin apartar la vista de él.
Karla sintió que el estómago se le encogía.
Lucía apretó los dientes para no llorar.
Matías volvió a subir a la furgoneta.
El cadáver de Álvarez estaba rígido, pesado.
Lo agarró por los tobillos, evitando mirarle la cara, y empezó a arrastrarlo hacia la puerta. Cada golpe contra el suelo metálico resonaba como un martillazo en su cabeza.
El Especialista observaba en silencio.
Ni un gesto.
Ni una palabra de más.
Cuando el cuerpo estuvo fuera, señaló con la barbilla hacia un lateral del camino.
—Ahí. Cava.
El conductor dejó caer una pala a los pies de Matías. El sonido seco del metal contra la tierra hizo que Lucía diera un respingo.
—Haz un agujero amplio —añadió el Especialista, como si estuviera pidiendo algo tan trivial como mover una caja.
Matías sintió que el mundo se le estrechaba.
No sabía si aquello era un castigo, una prueba, o el principio de algo peor.
Solo sabía que no tenía opción.
Tomó la pala con manos temblorosas.
Y empezó a cavar.
Mientras tanto, el Especialista mantenía la mirada fija en las chicas, sin acercarse, sin hablar, sin mostrar emoción alguna. Solo vigilando.
Como si estuviera esperando algo.
O decidiendo qué hacer con ellas después.
Matías seguía clavando la pala en la tierra dura, una y otra vez, como si cada golpe fuera un latido descompasado. El sudor le corría por la frente, le nublaba la vista y le hacía resbalar las manos en el mango. La tierra no cedía con facilidad; era compacta, seca, casi hostil. Cada palada parecía un castigo.
El Especialista, a unos metros, observaba sin pestañear.
—Más rápido —ordenó, sin elevar la voz.
No hacía falta. Su tono bastaba para que a Matías se le tensara la espalda.
Mientras cavaba, el chico levantó la vista un instante para tomar aire. Fue entonces cuando lo vio: el todoterreno del Especialista, aparcado a un lado del camino. El mismo coche que había visto tantas veces, siempre impecable, siempre intimidante. Pero esta vez había algo distinto.
La ventanilla del copiloto estaba ligeramente bajada.
Apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que Matías sintiera un vuelco en el estómago.
¿Hay alguien dentro?
El pensamiento le atravesó la mente como un rayo.
No debería haber nadie.
El Especialista siempre conducía solo. Siempre.
Pero… ¿Y si esta vez no?
Matías volvió a clavar la pala en la tierra, pero su mirada regresaba una y otra vez al todoterreno. No podía evitarlo. Había algo en esa ventanilla entreabierta que le erizaba la piel. Como si unos ojos invisibles lo estuvieran observando desde la oscuridad del interior.
El Especialista lo notó.
—Concéntrate —dijo, sin necesidad de girarse.
Su voz era un filo.
Matías tragó saliva y siguió cavando.
Pero su mente ya no estaba solo en el agujero.
Estaba en el coche.
En la sombra del asiento del copiloto.
En la posibilidad de que alguien —o algo— estuviera allí dentro, escuchando, esperando.
Detrás de él, dentro de la furgoneta, Lucía y Karla seguían encogidas en el rincón más alejado, observando la escena con los ojos muy abiertos. El Especialista no las miraba directamente, pero cada cierto tiempo lanzaba una mirada de reojo, rápida, calculada, como quien evalúa mercancía que aún no ha decidido si usar o descartar.
Lucía sintió un escalofrío.
Karla apretó los dientes para no llorar.
Y Matías, con el corazón golpeándole el pecho, pensó:
¿Quién está en ese coche?
¿Y por qué no quiere el Especialista que lo mire?
La pala chocó con una raíz dura.
El sonido resonó en la noche.
—Más profundo —ordenó el Especialista, sin moverse.
Matías obedeció.
Pero ya no cavaba solo un agujero.
Cavaba con la sensación de que algo, desde el interior del todoterreno, lo estaba observando.
La pala volvió a hundirse en la tierra, pero esta vez el sonido fue distinto.
Más hueco.
Más profundo.
Matías se detuvo un instante, apoyando el peso sobre el mango mientras intentaba recuperar el aliento. El sudor le caía por las sienes, mezclándose con el polvo. El agujero ya tenía un tamaño considerable, más del que él había calculado para un solo cuerpo.
Demasiado grande.
Demasiado profundo.
Demasiado… amplio.
El Especialista seguía a unos metros, inmóvil, con las manos en los bolsillos, observándolo como si evaluara la eficiencia de una herramienta. No había prisa en su postura, solo una paciencia inquietante. Una paciencia que no encajaba con la urgencia de enterrar a Álvarez.
Matías tragó saliva.
¿Por qué tan grande?
¿Por qué tan profundo?
Clavó la pala de nuevo, pero ahora cada golpe iba acompañado de un pensamiento que intentaba apartar, sin éxito.
Esto no es solo para él.
El todoterreno del Especialista seguía allí, silencioso, con la ventanilla del copiloto entreabierta. Matías volvió a mirarlo, incapaz de evitarlo. La sombra dentro del vehículo parecía más densa, más presente. Como si alguien —o algo— estuviera esperando.
El Especialista siguió su mirada.
—No te distraigas —dijo, sin dureza, pero con un tono que helaba la sangre.
Matías bajó la vista de inmediato.
La pala tembló en sus manos.
¿Y si el agujero es para mí también?
¿Y si el Especialista vino porque ya no hay plan?
¿Y si Dani…?
No terminó el pensamiento.
No podía.
Desde la furgoneta, Lucía y Karla lo observaban con los ojos muy abiertos. No podían oír sus pensamientos, pero podían ver su cuerpo tensarse, podían ver cómo su respiración se aceleraba, podían ver cómo la pala se le escapaba casi de las manos.
El Especialista dio un paso hacia él.
Solo uno.
Pero suficiente para que Matías sintiera que el suelo bajo sus pies se volvía más blando que la tierra que estaba cavando.
—Más profundo —ordenó.
Y entonces Matías lo supo.
No porque nadie se lo dijera.
No porque lo hubiera visto antes.
Si no porque el miedo, ese miedo que nace en el estómago y sube como un incendio, se lo gritó con una claridad brutal.
La pala chocó contra la tierra una vez más.
Matías ya no sentía los brazos.
Solo el miedo.
El Especialista observó el agujero unos segundos, evaluándolo como quien inspecciona un trabajo mecánico.
Entonces hizo un gesto mínimo con la mano.
Un gesto seco, preciso.
Un gesto que no dejaba espacio a dudas.
—Basta —dijo.
Matías se tensó.
El corazón le dio un vuelco.
Ese “basta” no sonaba a alivio.
Sonaba a ya hay sitio suficiente.
—Sal del agujero —ordenó el Especialista.
La voz era tranquila, pero tenía un filo que le raspó la columna vertebral.
Matías obedeció, trepando torpemente hacia arriba. La tierra se desmoronaba bajo sus botas, como si quisiera retenerlo.
Cuando llegó arriba, el Especialista señaló el cuerpo de Álvarez con la barbilla.
—Déjalo caer.
Matías tragó saliva.
Sus manos temblaban.
No quería hacerlo.
Pero obedeció.
El cuerpo cayó en el agujero con un golpe sordo que hizo que Lucía y Karla se encogieran aún más dentro de la furgoneta.
El Especialista no reaccionó.
Ni un parpadeo.
Ni un gesto de incomodidad.
Solo un silencio que pesaba más que la noche.
Y entonces, un sonido rompió el aire.
La puerta del todoterreno.
Matías se giró de inmediato.
El ruido le atravesó el pecho como un disparo invisible.
La puerta del copiloto se abrió despacio.
Muy despacio.
Como si quien estuviera dentro quisiera que cada segundo se clavara en la piel de Matías.
Una figura bajó del vehículo.
Matías sintió que el mundo se le encogía.
Era Dani.
Su hermano.
El que no contestaba.
El que siempre estaba.
El que le había dicho “solo vigila, no te metas”.
El que ahora salía del coche del Especialista como si perteneciera a ese mundo desde siempre.
Matías sintió que las piernas le fallaban.
Todo se volvió negro por un instante, como si su mente se negara a procesar lo que veía.
¿Qué hace aquí?
¿Ha venido a ayudarme?
¿O ha venido a enterrarme?
Desde la furgoneta, las chicas observan todo lo que ocurre fuera. Cuando la puerta del todoterreno se abre y aparece un joven muy parecido a Matías, pero más mayor, Lucía comprende que él no viene a ayudar y que Matías está tan atrapado como ellas. La idea de que Dani pueda haber venido a enterrarlos las paraliza.
Dani se acercó despacio. Paso a paso. Sin prisa. Sin expresión.
Cuando estuvo casi a su altura, se inclinó apenas, lo suficiente para que solo Matías pudiera oírlo.
Su voz fue un susurro roto.
—Lo siento, Mati.
Y ese “lo siento” fue peor que cualquier amenaza.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com