Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Enjaulada - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Enjaulada
  4. Capítulo 29 - Capítulo 29: El hermano
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 29: El hermano

Dani avanzó hacia el Especialista con pasos calculados. Cuando llegó a su altura, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de respeto aprendido, casi automático.

—Jefe —saludó, con la voz firme.

El Especialista respondió con un leve movimiento de cabeza. Nada más. No necesitaba hablar. Su autoridad se imponía sin esfuerzo. Luego, con calma absoluta, sacó un cigarrillo del bolsillo interior de su chaqueta. Lo encendió con un chasquido seco del mechero y se apoyó en la furgoneta, justo donde Lucía y Karla lo observaban con los ojos muy abiertos. Él no las miró directamente, pero su presencia bastaba para que ambas se encogieran aún más en su rincón.

El humo se elevó en una columna lenta, casi elegante.

Dani se giró hacia Matías.

Sin avisar, le pasó un brazo por los hombros. No era un gesto fraternal. Era una guía. Una sujeción. Una forma de dirigirlo sin que pareciera fuerza.

—Mira —le dijo, obligándolo suavemente a girar la cabeza hacia el agujero y el cuerpo de Álvarez.

Matías tragó saliva. No quería mirar. No quería estar allí. No quería entender lo que estaba empezando a entender.

Dani continuó hablando con un tono sorprendentemente normal, casi conversacional, como si estuvieran comentando algo cotidiano.

—A los jefes no les gusta la gente que habla demasiado cuando no debe —explicó, sin apartar la vista del agujero—. Ni los que mienten. Ni los que se vuelven desleales.

Matías sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Dani apretó un poco más su hombro, no con violencia, sino con una firmeza que no dejaba espacio a dudas.

—Esa gente no es de fiar, Mati. Y ya sabes lo que pasa con los que no son de fiar. Antes o después… —hizo un gesto leve hacia el agujero— acaban en un sitio como este. En mitad de la nada.

Karla sintió que el aire se le congelaba en los pulmones y Lucía apretó los dientes para no gritar.

El Especialista seguía observando la escena con la indiferencia de quien ya ha visto esto demasiadas veces.

Dani bajó la voz, inclinándose un poco hacia su hermano.

—Y yo no quiero eso para ti.

Y Matías, con el pulso acelerado, entendió que su hermano no había venido a salvarlo, le traía una advertencia disfrazada de cariño.

El brazo de Dani seguía sobre sus hombros, firme, casi fraternal, pero Matías sentía que le pesaba como una cadena. Las palabras de su hermano resonaban en su cabeza una y otra vez: El estómago se le encogió y el aire se volvió espeso, mientras la tierra bajo sus pies parecía hundirse. Su hermano siempre había sido su gran apoyo, su referencia, su brújula, el que lo sacaba de los líos, el que lo defendía.

Pero ahora… ahora hablaba como uno de ellos. Como si ya no fueran hermanos.

Miró el agujero, el cuerpo de Álvarez, las manos de Dani, tan tranquilas, tan seguras. Y un pensamiento oscuro, casi prohibido, le cruzó la mente:

<¿Y si el siguiente soy yo?> Por un momento sintió que iba a desmayarse.

Mientras Dani hablaba con Matías, el Especialista seguía apoyado en la furgoneta, fumando con calma como si el tiempo no le afectara.

De vez en cuando, desviaba los ojos hacia el interior de la furgoneta.

Lucía lo sintió antes de verlo.

Esa sensación de ser observada por alguien que no mira para ver, sino para medir. Para evaluar. Para decidir qué hacer con ellas.

Cuando sus miradas se cruzaron, aunque fuera solo un segundo, Lucía sintió un frío que le recorrió la columna.

No había odio en los ojos del Especialista. Ni rabia. Ni siquiera interés humano.

Karla también lo notó.

El Especialista apartó la mirada con la misma indiferencia con la que se sacudiría ceniza del cigarro. Pero ese gesto, tan pequeño, tan casual, fue suficiente para que ambas entendieran que no eran invisibles.

Eran observadas. Eran consideradas. Eran parte del plan… aunque no sabían cómo.

Y las dos muchachas pensaron lo mismo, aunque no se lo dijeron: .

Dani notó el temblor de Matías antes incluso de que este intentara ocultarlo. El brazo que tenía sobre sus hombros dejó de ser firme y pasó a ser un ancla. Una forma de mantenerlo quieto. Controlado.

—Mati… —murmuró, como si quisiera calmarlo. Pero ya era tarde. El temblor se convirtió en un espasmo, en un sollozo contenido que llevaba demasiado tiempo acumulándose.

Matías se apartó de golpe, como si el contacto con su hermano quemara.

Dani dio un paso atrás, sorprendido, pero no alarmado. Más bien… decepcionado.

—Todo esto… —la voz de Matías se quebró— es culpa tuya.

Dani frunció el ceño.

—Mati, no empieces…

—¡No! —gritó Matías, con una fuerza que ni él sabía que tenía—. ¡No me digas que no empiece! Estoy aquí por tu culpa. Por confiar en ti. Por creer que… que eras mi hermano.

Dani abrió la boca para responder, pero Matías no le dio tiempo.

—Confié en ti —repitió, con la voz rota—. Siempre. Eres mi hermano mayor. Se supone que debía sentirme seguro contigo. Se supone que tú… —tragó saliva, luchando por no derrumbarse— que tú me cuidarías.

Dani bajó la mirada un instante. Un gesto mínimo, pero suficiente para que Matías sintiera que algo dentro de él se rompía aún más.

—Y ahora… —continuó Matías, dando un paso hacia él— ¿vas a matarme? ¿Eso es lo que toca? ¿Eso es lo que hacen los hermanos mayores? ¿Enterrar al pequeño cuando ya no sirve?

Dani levantó la vista.

—Mati… —dijo en un susurro— no entiendes cómo funciona esto.

—¡No! —Matías lo empujó, sin fuerza real, pero con toda la desesperación del mundo—. Lo que no entiendo es cómo puedes decirme eso. Cómo puedes hablarme así. Tus palabras… —se llevó una mano al pecho, como si le doliera físicamente— me han herido más que cualquier cosa que puedas hacerme ahora.

El Especialista observaba la escena sin intervenir. Como si estuviera evaluando la reacción de ambos. Como si esto también fuera parte de la prueba.

Matías respiró hondo, temblando.

—Has roto la imagen que tenía de ti —susurró—. Esa imagen de querer ser como tú. De admirarte. De pensar que… que éramos un equipo.

Dani cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Pero en ese instante, Lucía y Karla vieron algo que Matías no vio: Dani también estaba roto.

Solo que lo escondía mejor.

—Mati, no estoy aquí para matarte.

Matías escuchó cada palabra como si le cayera encima una losa distinta. Primero, incredulidad. Luego rabia. Luego… algo parecido al vacío.

Dani hablaba con calma y control

—¿Cómo voy a matarte? —decía Dani, casi ofendido—. Eres mi hermano.

Matías apretó los puños. No sabía si quería llorar o gritar.

—He venido para evitar que hagas una tontería. He hablado con el jefe. Él entiende tus dudas. Les has ayudado, Mati. Yo he hablado por ti. Nadie va a hacerte daño.

Matías soltó una risa amarga, rota.

—¿Ah, no? —susurró—. ¿Entonces a qué viene este teatro?

Dani sonrió con una paciencia que no encajaba con la situación.

—Oh, Mati… tienes tanto que aprender.

El Especialista, apoyado en la furgoneta, soltó una pequeña exhalación divertida cuando Dani lo señaló con un gesto de cabeza, pero Lucía y Karla se encogieron aún más.

—Este mundo está lleno de pruebas —continuó Dani—. De avisos. Y los que mueren son los que no prestan atención. Hay ojos en todas partes.

Matías sintió un escalofrío. No por las palabras, sino por el tono.

—Él —Dani señaló al Especialista, que le devolvió un guiño casi burlón— sabe lo valioso que puedes llegar a ser dentro de la organización. Eres un diamante en bruto. Solo necesitas… dirección.

Matías tragó saliva, dirección, control, obediencia, todo significaba lo mismo.

—Y yo estoy aquí para que no cometas errores —añadió Dani, acercándose un paso más—. Errores que se pagan. Muy caro.

Matías bajó la mirada hacia el agujero. El mensaje era claro. Demasiado claro.

—Hoy no vas a estar ahí dentro —dijo Dani, con una suavidad que helaba—. Pero el jefe quiere que entiendas que cualquier tropiezo… cualquier duda… cualquier palabra fuera de lugar… puede llevarte ahí.

Silencio.

El viento movió un poco la tierra suelta del borde del agujero.

Dani inclinó la cabeza, como si estuviera esperando una respuesta.

—¿Te queda claro?

Matías levantó la vista despacio. Sus ojos estaban enrojecidos, pero no por el llanto. Era otra cosa. Una mezcla de miedo, traición y una chispa de algo que Dani no supo identificar.

—Sí —dijo Matías, con una voz tan baja que apenas se oyó—. Me queda claro.

Las palabras que salieron de la boca de su hermano se clavaron como agujas punzantes en su pecho, algo se iba rompiendo en su interior, dejando un vacío helado. Así que tragó saliva, apretó los dientes y fingió que entendía. Que aceptaba. Que obedecía.

El Especialista se separó de la furgoneta con la misma calma con la que había estado fumando. No dijo nada al principio, llegó hasta la herramienta, la observó un segundo… y entonces, le dio una patada seca.

La pala cayó al borde del agujero, levantando un pequeño chorro de tierra suelta.

—Tápalo —ordenó.

Matías tragó saliva y tomó la pala con dedos entumecidos. Detrás de él, su hermano ya se estaba alejando, sin despedirse, sin una palabra más, caminando hacia el todoterreno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo