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Enjaulada - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - Capítulo 30: Enterrando no solo un cadáver
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Capítulo 30: Enterrando no solo un cadáver

Cada palada que Matías lanzaba sobre el agujero le pesaba como si estuviera enterrando algo más que tierra. Estaba enterrando su confianza, la imagen de su hermano y la idea de que aún podía escapar de ese mundo.

La tierra caía con un sonido sordo, repetitivo, casi hipnótico, pero su mente no estaba en el agujero. Estaba en las palabras de Dani, en que ya no podía distinguir si su hermano lo estaba protegiendo… o vigilando.

Desde la furgoneta, Lucía observaba a Matías con una mezcla de compasión y terror.

No lo veía como un enemigo. Lo veía como alguien atrapado, igual que ellas, pero con una cadena más corta y más pesada.

Karla, en cambio, sintió un nudo de rabia. No contra Matías, sino contra la situación.

Contra ese mundo que lo había moldeado hasta convertirlo en alguien que obedecía incluso cuando temblaba.

Incluso cuando sabía que estaba cavando su propia tumba simbólica. Ambas entendieron lo mismo, aunque no lo dijeron, solo les bastó mirarse: Si él no puede escapar… ¿Cómo vamos a hacerlo nos nosotras?

Cuando Matías terminó de cubrir el agujero, el Especialista se acercó despacio, sin prisa. Se detuvo a su lado, tan cerca que Matías pudo oler el humo del cigarro impregnado en su ropa.

Miró el montículo de tierra recién tapado.

Luego miró a Matías. Y entonces habló, con esa voz tranquila que siempre sonaba peor que un grito.

—No seguir los consejos, también mata.

Matías sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.

El Especialista continuó, sin apartar la vista de él:

—Y no solo al que recibe el consejo.

Matías levantó la mirada, confundido, asustado.

El Especialista dio un paso más cerca, casi invadiendo su espacio personal.

—Tus decisiones arrastran a otros —dijo—. Y tu hermano, aunque es muy apreciado por el Gran Jefe… —hizo una pausa, dejando que el silencio pesara— nadie es imprescindible.

Matías sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Si tú fallas… él cae contigo.

Matías sintió un vértigo brutal.

No solo estaba atrapado. Ahora sabía que cualquier error suyo podía costarle la vida a Dani.

Y eso lo destrozó aún más. Porque, ahora los tenía a ambos bajo la bota del Especialista.

Matías bajó la cabeza.

—Sí… —susurró—. Lo entiendo.

El Especialista sonrió apenas, satisfecho.

Y en ese instante, Matías sintió que algo dentro de él se apagaba… pero otra cosa, más oscura, más silenciosa, empezaba a despertar. Odio.

El Especialista echó un vistazo lento a su alrededor, como si estuviera comprobando que cada pieza del escenario estuviera exactamente donde debía. Su mirada pasó por el agujero ya tapado, por la pala caída, por el todoterreno donde Dani… y finalmente por la furgoneta.

—Sube —ordenó a Matías, señalando el asiento del copiloto.

Matías obedeció sin discutir.

Sus piernas se movían solas, como si ya no le pertenecieran.

Cada paso hacia la furgoneta era un recordatorio de que su vida estaba siendo guiada por manos que no podía ver… y que no podía detener.

Cuando llegó al asiento del copiloto, abrió la puerta con dedos temblorosos y se sentó.

El cinturón le rozó el pecho, pero no lo abrochó.

No podía.

Sentía que cualquier movimiento podía romperlo del todo.

El Especialista caminó hacia la parte trasera de la furgoneta.

Lucía y Karla lo siguieron con la mirada, paralizadas, sin saber si debían contener la respiración o dejarla escapar de una vez.

Él no dijo nada. No hizo ningún gesto brusco. Solo apoyó una mano en la puerta metálica, la miró un segundo… y la cerró de golpe.

CLANG.

El sonido resonó como un disparo dentro de la caja metálica, la oscuridad cayó sobre ellas de inmediato. Una oscuridad espesa, absoluta, que parecía tragarse incluso el aire.

Lucía soltó un jadeo ahogado.

Karla extendió las manos a ciegas, buscando un borde, una pared, algo que le confirmara que seguía allí. A través de la chapa, apenas amortiguada, escucharon los pasos del Especialista alejándose.

Lucía tragó saliva, sintiendo cómo el miedo le subía por la garganta como un nudo.

Karla murmuró algo que ni ella misma entendió.

Dentro de la caja metálica, la oscuridad era tan densa que parecía poder cortarse con un cuchillo.

Lucía y Karla respiraban despacio, intentando no hacer ruido, como si el silencio pudiera protegerlas.

Entonces, sin aviso, el motor rugió.

Un sonido grave, profundo, que vibró a través del suelo y les recorrió el cuerpo como un latigazo.

La furgoneta entera tembló durante un segundo, y las dos se aferraron a lo que encontraron a ciegas: una esquina, un borde, el brazo de la otra.

El aire se volvió más caliente.

Más cerrado.

Más difícil de respirar.

Lucía sintió que el corazón se le aceleraba.

Karla apretó los dientes para no soltar un grito.

A través de la chapa escucharon el portazo del conductor.

Luego otro.

Y después, el silencio tenso de alguien ajustándose en su asiento.

Un clic.

El cambio de marchas.

Un leve chirrido de ruedas sobre la tierra.

Y entonces, el movimiento.

Primero un tirón brusco hacia adelante que las hizo perder el equilibrio.

Luego un traqueteo constante, irregular, como si la furgoneta avanzara por un camino lleno de piedras.

Cada bache era un recordatorio de que estaban encerradas.

De que no sabían adónde iban, no tenían control sobre nada.

Karla apoyó la frente contra la pared metálica, intentando escuchar algo, cualquier cosa, que le diera una pista del exterior, pero solo oía el motor. El traqueteo. Y su propio miedo.

Matías sintió el arranque como un golpe en el pecho.

El cinturón sin abrochar le rozó el torso cuando la furgoneta avanzó, pero no se movió para ajustarlo.

Miraba al frente, rígido, con las manos sobre las rodillas.

Y con cada metro que avanzaban, sentía que se alejaba un poco más de la persona que había sido…

Y se acercaba a algo que no quería ser.

La furgoneta avanzaba entre baches, y cada sacudida hacía que las chicas chocaran contra las paredes metálicas. La oscuridad dentro de la caja era tan absoluta que parecía tragarse incluso sus pensamientos.

Lucía respiraba rápido, intentando no dejar que el pánico la dominara.

Karla, con las manos atadas, apoyaba la espalda contra la pared para no caer con cada movimiento.

Las chicas guardaban silencio, hasta que Lucía fue la primera en romperlo:

—Tenemos que pensar —con un murmuro, apenas audible—. Matías… ya no es una opción.

Karla soltó un suspiro áspero.

—No. Ya no. Si no nos han matado es porque quieren algo de nosotras.

Pero no sé qué es peor… no saberlo o descubrirlo.

Lucía cerró los ojos, aunque no había diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados.

—¿Qué quieren? ¿Qué plan…?

—No lo sé —interrumpió Karla—. Pero tenemos que averiguarlo. Y rápido.

Un silencio tenso cayó entre ellas.

La furgoneta vibraba, el metal crujía, y el aire se volvía cada vez más denso.

Y entonces…

Ping.

Un sonido leve, casi tímido, pero tan inesperado que las dos se quedaron congeladas.

Lucía abrió los ojos de golpe.

—¿Qué… qué ha sido eso?

Karla contuvo la respiración.

Y entonces lo vieron: un destello blanco, diminuto, casi un parpadeo, iluminando por un segundo el suelo metálico.

—La luz… —susurró Lucía—. ¡Es un móvil!

Karla se incorporó como pudo, tambaleándose.

—Es el de Matías —dijo, con una mezcla de incredulidad y esperanza—. El que se le cayó,

La luz se apagó enseguida, pero ese instante bastó para encender algo dentro de ellas:

Una posibilidad real.

—Tenemos que encontrarlo —dijo Karla, ya gateando a ciegas.

La furgoneta dio un salto brusco y las dos cayeron hacia un lado.

El metal les golpeó las rodillas, los codos, pero no se detuvieron.

Lucía extendió las manos, palpando el suelo frío, buscando cualquier forma rectangular, cualquier vibración.

—No lo veo… —murmuró, desesperada.

—No lo vas a ver —respondió Karla—. Tócalo. Siente el borde. El cristal. Algo.

Otro bache.

Las dos rodaron unos centímetros.

Karla soltó un gruñido de frustración.

—¡Maldita sea…!

Lucía respiró hondo, intentando calmarse.

—Piensa… piensa… —susurró—. La luz vino de… allí.

Señaló hacia un punto que solo existía en su memoria del destello.

Karla gateó hacia esa dirección, arrastrando las rodillas, con las manos atadas delante de ella.

El metal del suelo vibraba bajo su peso.

—Aquí… —murmuró—. Creo que estaba por aquí…

Sus dedos chocaron contra algo pequeño, duro.

Karla se congeló.

—Es… —susurró, temblando—. ¡Es esto!

Lo agarró con ambas manos, torpe, casi desesperada.

El móvil estaba frío, sucio, pero intacto.

Un pequeño grito de alegría se escapó de su garganta.

—¡Lucía! ¡Lo tengo! ¡Lo tengo!

Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Enciéndelo… por favor…

Karla se sentó como pudo, apoyando la espalda en la pared para no caer con el movimiento del vehículo. El móvil vibró débilmente al tocar la pantalla.

La luz se encendió un instante, iluminando sus rostros tensos.

Un mensaje entrante.

Una oportunidad.

—Voy a llamar a mi padre —dijo Karla, con la voz temblorosa pero decidida.

Tecleó, como pudo, con los dedos torpes por las cuerdas y el traqueteo constante.

Cada número era una batalla.

—Vamos… vamos… —susurró, casi llorando.

Lucía la observaba, conteniendo el aliento.

Karla terminó de marcar.

El botón de llamada estaba justo ahí, a un toque.

—Ya está… ya…

Y entonces, justo cuando su pulgar iba a presionar…

La pantalla se apagó.

Como si alguien hubiera soplado la última chispa de esperanza.

Karla parpadeó, incrédula.

—No… no, no, no… —pulsó el botón una y otra vez—. ¡No puede ser!

Lucía sintió que el mundo se le derrumbaba encima.

—¿Qué pasa?

Karla apretó el móvil contra su pecho, como si pudiera revivirlo con fuerza.

—Se ha quedado sin batería —susurró, rota.

La oscuridad volvió a tragarlas.

Pero esta vez, dolía más que antes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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