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Enjaulada - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - Capítulo 31: Cuatro guaridas y un reloj en contra
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Capítulo 31: Cuatro guaridas y un reloj en contra

Mientras tanto, unas horas antes, tras su encontronazo con los tipos que se llevaron a Álvarez, Lobo había tomado una decisión que no admitía dudas. Sacó el móvil, marcó un número que conocía de memoria y esperó.

—Necesito a la cuadrilla —dijo en cuanto respondieron—. Y necesito que geo-localicéis mi posición en tiempo real.

No hubo preguntas. Solo un “recibido” y el clic seco de la línea cortándose.

Lobo aceleró, manteniendo la distancia justa para no perder a los vehículos que seguía. La carretera serpenteaba entre calles y campos oscuros.

De pronto, el auricular vibró.

—Te tenemos en pantalla —informó una voz grave.

Lobo no respondió. No hacía falta. Sabían por qué estaba allí, y que un nuevo encargo tenía entre manos, tras meses de inactividad. Lobo detuvo la moto en seco, el motor rugía todavía mientras él se arrancaba el casco con un gesto brusco.

Había seguido a los tipos que se llevaron a Álvarez durante unos cuarenta kilómetros, manteniendo la distancia, apagando luces, usando los cambios de rasante y ocultándose entre vehículos.

En el último desvío, el todoterreno aceleró de golpe, se metió por una carretera secundaria, en marcha contraria y desapareció, mientras lobo luchaba contra el camión que le cortaba el paso. Cuando él llegó segundos después, ya era demasiado tarde, había perdido el rastro.

—Jodeeer… —murmuró, golpeando el manillar.

Respiró hondo. Tenía un plan B. Siempre lo tenía.

Sacó el móvil y abrió un mapa lleno de marcas y círculos rojos, con posibles ubicaciones.

Cuatro lugares lo bastante apartados, discretos y amplios como para ocultar a mujeres sin que nadie hiciera preguntas.

1— La Caseta de Viñuelas, entre Valdetorres y Talamanca.

Un antiguo refugio forestal dentro del monte, reformado a medias, con sótano y acceso por un camino casi invisible, pero demasiado pequeño para operaciones grandes, pero perfecto para ocultar a alguien temporalmente sin llamar la atención,

2— La Nave de Valdetorres

Una construcción agrícola abandonada, grande, con estructura de hormigón, con dos entradas y un patio trasero perfecto para vehículos. A simple vista parece abandonada, pero tiene electricidad enganchada, cámaras improvisadas y hay espacio suficiente para retener a varias personas sin que nadie lo note.

3— El Aprisco de Colmenar Viejo

Un antiguo corral de pastores, de piedra semi derruido, pero con un anexo moderno que alguien había rehabilitado sin permisos. Con muros gruesos de piedra que aíslan el sonido. Dos caminos de acceso, ambos ocultos entre jaras. Es un lugar discreto, dónde nadie pasa por allí sin querer.

4— La Barranca

Abandonado hace años. Un sitio aislado, profundo de la sierra de Navacerrada, Madrid, con acceso por un camino de tierra que solo conocen los locales. Perfecto para trabajos sucios o para ocultar a alguien sin dejar rastro. Tiene espacio para vehículos, herramientas y movimiento nocturno sin que nadie lo note.

Lobo sabía que ese tipo de bandas elegían lugares donde pudieran trabajar sin interrupciones, donde el ruido no llamara la atención, donde los vecinos estuvieran a kilómetros.

Y ahora necesitaba decidir cuál era el más probable.

Dos motores se acercaron por detrás.

Lobo no se giró. Reconocía ese sonido.

La camioneta negra y una moto se detuvieron a su lado.

De la furgoneta bajaron cuatro hombres: mercenarios, curtidos, silenciosos. De la moto, el más joven de todos.

Su cuadrilla de confianza.

—¿Los perdiste? —preguntó uno, el más corpulento.

—Sí —respondió Lobo, sin excusas—. Pero sé dónde pueden estar.

Abrió el mapa sobre el capó de la camioneta.

Los hombres se acercaron, formando un semicírculo.

Uno de los mercenarios, el corpulento, gruñó.

—¿Y cuál escogemos?

Lobo levantó la vista. Sus ojos tenían ese brillo frío que solo aparecía cuando ya había tomado una decisión.

—No vamos a escoger. Nos dividimos.

Hubo un murmullo breve, tenso.

—Rivas—dijo Lobo señalando al más joven de la cuadrilla—Se viene conmigo. Inspeccionaremos la Caseta y el Aprisco, vosotros la nave y la Barranca. Utilizar los intercomunicadores.

Las dos motos se dirigieron hacia La caseta de Viñuelas. Estaba a pocos minutos de la salida de Madrid, a unos 25 kilómetros desde el eje principal que Lobo había trazado mentalmente desde que salió de la ciudad. Un rectángulo de hormigón abandonado, rodeado de campos secos y caminos agrícolas.

Rivas empujó la puerta oxidada. El interior estaba vacío, cubierto de polvo y telarañas.

—Aquí no ha entrado nadie en meses —murmuró.

Lobo apenas lo escuchó. Ya estaba de vuelta en la moto, mirando hacia el siguiente destino.

—Seguimos.

El siguiente punto era el Aprisco de Colmenar Viejo, pero a medida que avanzaban, el paisaje cambiaba. Más monte, más distancia, más desvíos. Demasiado lejos del patrón que seguían los vehículos que Lobo había rastreado horas antes.

—Tardaremos una hora en llegar.

Lobo no respondió. Tenía la mirada fija en la carretera, pero su mente estaba en otro sitio.

En la barra de la casa de apuestas, Álvarez había soltado aquella frase con un gesto de desprecio:

. En su momento, Lobo lo tomó como una exageración, una forma de decir que aquello era un caos. Pero ahora, con el motor vibrando bajo él y la noche cerrándose alrededor, la frase adquirió otro significado.

Casa de locos. Literal.

Un lugar apartado, profundo, difícil de ver desde fuera. Un sitio donde esconder a varias mujeres sin que nadie preguntara. Lobo frenó en seco. Rivas clavó su freno detrás de él.

Lobo frenó en seco. Giró la moto hacia el oeste.

—¿Qué pasa? —Preguntó el otro motorista, girando su moto tras él.

—La barranca —dijo, con la voz tensa—. No el aprisco, no la nave. Si Álvarez hablaba de una “casa de locos”, es ese sitio.

Rivas iba a replicar, pero reconoció ese tono. Algo había encajado.

—Avisa al equipo —ordenó Lobo, acelerando—. Que se adelanten y entren en reconocimiento.

Tras casi una hora pisando el acelerador, el Equipo 2 llegó a las inmediaciones de la Barranca. Apagaron motores y bajaron a pie. La oscuridad allí era más espesa.

—En abanico —ordenó el jefe.

Se movieron entre rocas. Uno se agachó.

—Huella fresca. Dos horas.

Otro señaló la pared de roca.

—Luz en el fondo. Hay alguien ahí abajo.

El jefe sintió un escalofrío.

—Lobo, movimiento claro en la barranca.

El motor de Lobo rugió al responder:

—Estamos llegando.

El equipo avanzó por el sendero estrecho, linternas rojas, silencio absoluto. La Barranca se abría como una grieta negra, húmeda y fría, tragándose cualquier sonido.

Los hombres se desplegaron.

—Huella reciente —murmuró, agachándose—. Bota grande. No más de dos horas.

Uno, observó el borde hundido en la tierra blanda.

—Van cargados —dictaminó—. El peso es mayor de lo normal.

Siguieron avanzando. A medida que descendían, el silencio se volvía más denso, casi físico. El sonido de sus propias respiraciones parecía demasiado fuerte.

Otro gesto. Esta vez, un dedo señalando hacia la pared de roca.

—Luces —susurró alguien.

Un destello tenue, intermitente, como si alguien hubiera cubierto una linterna con la mano. Apenas visible desde arriba, pero desde ese ángulo… imposible ignorarlo.

.—Tenemos actividad. Repito: actividad confirmada.

—Posiciones defensivas. No entramos hasta que llegue Lobo.

Los mercenarios se movieron como sombras, tomando cobertura entre rocas, apuntando hacia la garganta oscura de la Barranca.

El viento sopló desde el fondo, trayendo un olor metálico, extraño.

Uno de los hombres señaló: —Demasiado movimiento, se marchan, hay que darse prisa.

Lobo y Rivas, aparcaron las motos junto a la furgoneta camuflada de la cuadrilla, escondida entre dos rocas grandes que la hacían casi invisible desde el camino.

El silencio que quedó después era tan denso que parecía absorber el aire.

Ambos avanzaron a pie, agachados, siguiendo el sendero estrecho que descendía hacia el punto donde el Equipo dos se había desplegado. El terreno era irregular, lleno de piedras sueltas que crujían bajo las botas si no se pisaba con precisión.

A mitad de camino, una sombra se movió entre los matorrales.

—Por aquí.

Los guió hasta una repisa natural desde la que se veía el fondo de la barranca. Allí, el resto de la cuadrilla estaba en posición, ocultos entre rocas y troncos caídos.

—¿Qué tenemos? —preguntó Lobo.

El jefe señaló hacia el fondo.

—Movimiento. Y no poco.

Lobo afinó la vista. A lo lejos, por el camino que bordeaba la garganta, varios camiones avanzaban en fila. No llevaban luces, pero el sonido de los motores, amortiguado por la profundidad de la barranca, era inconfundible.

—Van cargados —añadió uno de los hombres—. Se nota por cómo suben la pendiente.

Lobo sintió un nudo en el estómago. No sabía qué llevaban, pero sí sabía qué podía ser.

—Volvemos a la furgoneta —ordenó—. Nos armamos. No sabemos cuántos hombres hay ahí abajo.

El grupo retrocedió con cuidado, sin hacer ruido. En la furgoneta, abrieron el compartimento trasero. Armas cortas, fusiles compactos, cargadores, linternas tácticas. Lobo tomó un fusil corto y comprobó la recámara con un clic seco.

—No vamos a enfrentarnos a todos —dijo, mirando a los suyos—. Pero sí podemos cortarles una vía.

Rivas asintió.

—El último camión está más separado del resto. Va rezagado.

—Ese es el nuestro —sentenció Lobo—. Lo interceptamos antes de que llegue al fondo. Rápido, limpio y sin hacer ruido. Si llevan a alguien dentro, lo sabremos.

El jefe del equipo miró hacia la garganta oscura.

—¿Y si no llevan nada?

Lobo cargó el arma y se ajustó el chaleco.

—Entonces nos aseguramos de que no vuelvan a subir.

El viento sopló desde el fondo de la barranca, trayendo un olor metálico, húmedo, que hizo que todos se tensaran.

Lobo respiró hondo.

—En marcha.

Y la cuadrilla se deslizó hacia la oscuridad como si la barranca los estuviera tragando.

La cuadrilla de Lobo regreso a su vehículo para proveerse de chalecos antibalas y armas. El camión rezagado avanzaba con un traqueteo pesado, como si cada metro le costara un esfuerzo extra, un peso que no dejaba lugar a dudas: llevaban algo dentro.

Lobo y Rivas se deslizaron entre las sombras, avanzando por el lateral del sendero estrecho que bordeaba la barranca. A unos cincuenta metros, el camión apareció entre la negrura, iluminado apenas por la luz tenue que escapaba de la cabina.

Desde su posición, podían ver claramente la cabina: dos siluetas.

El conductor, corpulento, con los hombros tensos sobre el volante y el copiloto, más inquieto, más alerta.

Lobo tocó su intercomunicador con un gesto mínimo.

—Equipo 2, preparados. Lo tomamos en el punto estrecho.

Un murmullo afirmativo respondió desde la oscuridad. El sendero se estrechaba unos metros más adelante, encajonado entre dos paredes de roca. Un embudo natural. Si el camión entraba ahí, no tendría margen para maniobrar.

Lobo y el chico se movían entre las sombras, acercándose por el flanco derecho, mientras el resto de la cuadrilla cerraba el paso por detrás.

Solo, cuando estuvieron lo bastante cerca para distinguir los rostros a través del parabrisas, lo vieron.

El copiloto llevaba un rifle de repetición apoyado entre las piernas.

Rivas abrió la boca para avisar, pero el movimiento del copiloto fue más rápido. El hombre levantó el arma con un gesto brusco.

—¡Lobo…!

El disparo retumbó en la garganta de la barranca.

Rivas salió despedido hacia atrás, cayendo de espaldas por el impacto. Lobo, le vió caer e intentó acudir en su ayuda, pero el conductor giró el volante para embestirlos.

Entonces, Lobo disparó una sola vez, apuntando a la cabina. El conductor gritó y soltó el volante, llevándose la mano al brazo herido. El camión se ladeó, frenando de golpe contra la roca.

—¡Cubrid a Rivas! —ordenó Lobo, sin apartar la vista del vehículo.

El resto de la cuadrilla irrumpió desde los laterales como una pinza cerrándose. Uno de ellos saltó hacia la puerta del copiloto, otro rodeó la parte trasera, y un tercero se lanzó hacia el lado del conductor.

El copiloto intentó disparar de nuevo, pero lo redujeron en segundos, inmovilizándolo contra el asiento.

—¡Limpio! —gritó uno de los hombres desde la cabina.

Lobo corrió hacia Rivas, que estaba en el suelo, consciente pero aturdido, respirando con dificultad. El chaleco había absorbido parte del impacto, pero el golpe había sido brutal.

—Estoy… estoy bien —murmuró Rivas, aunque su voz temblaba.

Lobo apretó la mandíbula. No podía permitirse perder a nadie.

—Asegurad el camión —ordenó, sin apartar la vista de Rivas, que respiraba con dificultad pero seguía consciente—. Vamos a abrir la parte trasera.

Lobo se giró hacia la cabina, el conductor seguía allí, encogido sobre sí mismo, con el brazo herido presionado contra el pecho. Sudaba, temblaba, pero aún intentaba mantener la mirada desafiante.

Lobo apoyó el cañón del rifle contra la herida. Una presión firme, controlada, pero letal.

—Las llaves —dijo, como si estuviera pidiendo la hora.

El conductor apretó los dientes, pero el dolor le arrancó un gemido. Su resistencia duró apenas un segundo. Con la mano buena, temblorosa, buscó en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un manojo de llaves. Lobo las arrebató sin ceremonias y se movieron hacia la parte trasera del camión. El metal estaba frío al tacto, vibrando aún por el motor que acababan de apagar. Lobo introdujo la llave en el candado y la giró.

Clac. Los hombres contuvieron la respiración. Lobo agarró las puertas y las abrió despacio.

El interior estaba oscuro.

—¿Qué coño…?

Lobo levantó una mano, ordenando silencio. Se inclinó un poco, afinando la vista.

Y entonces lo vio.

Una forma. Varias. Apiladas. Cubiertas con lonas gruesas, sujetas con cinchas industriales.

Los hombres se miraron entre sí. Uno dio un paso adelante. Agarró el borde de la lona.

Tiró y la lona cayó hacia un lado con un golpe sordo.

—Joder… —susurró uno de los hombres. Varias cajas de madera robustas, marcadas con símbolos de advertencia y códigos borrados, es armamento sofisticado de origen incierto, demasiado avanzado para una banda local. El hallazgo confirma las sospechas de Lobo: no solo están moviendo mujeres, sino también un arsenal peligroso, lo que implica una operación mucho más grande y organizada. Lobo ordenó asegurar el camión sin apartar la mirada del interior. La decepción por no encontrar allí a Karla le atravesó el pecho como un golpe seco, pero no dejó que nadie lo notara. Respiró hondo, y dio instrucciones con la frialdad de quien no puede permitirse fallar.

—Nos quedamos con el camión —sentenció—. Y con todo lo que lleva dentro.

—El conductor y el copiloto vienen con nosotros —añadió Lobo—. Les sacaremos información. Toda la que tengan. Lobo ya tenía un nuevo rumbo: abrirse paso hacia la Barranca… y encontrar a la chica antes de que fuera demasiado tarde.

Mientras tanto, en la caja de otro camión, a unos diez kilómetros de distancia y alejándose, se encontraban Karla y Lucía. El silencio que siguió al apagón del móvil fue tan brutal que pareció arrancarles el aire de los pulmones. Karla se quedó inmóvil, con el aparato muerto entre las manos, como si aún pudiera convencerlo de volver a encenderse solo con desearlo lo suficiente.

Lucía sintiendo el traqueteo del vehículo vibrarle en los huesos.

—No puede ser… —susurró Karla, con la voz rota—. Estaba tan cerca…

Lucía tragó saliva, intentando no dejar que el pánico la arrastrara.

—Era nuestra única oportunidad.

La furgoneta dio un giro brusco, lanzándolas hacia un lado. El golpe contra la chapa les arrancó un gemido involuntario. El aire dentro del habitáculo estaba cada vez más caliente, más espeso, como si la oscuridad misma estuviera respirando con ellas.

Lucía cerró los ojos, intentando pensar.

Intentando no derrumbarse.

—Karla… —murmuró—. ¿Crees que Matías sabe que tenemos su móvil?

Karla soltó una risa amarga, casi un suspiro.

—Matías ya no sabe ni quién es —respondió—. Y eso es lo que más miedo me da.

El traqueteo del camino se volvió más regular. La furgoneta parecía haber encontrado una carretera asfaltada.

—¿Y qué hacemos ahora?— Preguntó Lucía con un hilo de voz.

Karla guardó el móvil apagado entre su ropa, como si aún pudiera servir para algo.

—Esperar —respondió—. Y escuchar. Todo lo que podamos. Cada ruido. Cada parada. Cada voz.

La furgoneta siguió avanzando, y tras quince minutos, de pronto… El vehículo frenó.

La furgoneta se detuvo con un vaivén brusco que las lanzó hacia adelante. No fue un frenazo violento, pero sí lo bastante seco como para que ambas sintieran que algo había cambiado.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Dónde… dónde estamos?

Karla no respondió. Estaba escuchando.

La oscuridad seguía siendo absoluta, pero ahora había algo distinto en el aire. Un olor que no pertenecía al interior metálico de la furgoneta.

Un olor fuerte.

Penetrante, demasiado familiar. El olor era a Gasoil.

Lucía lo reconoció al mismo tiempo que Karla.

—Es… —susurró—. ¿Una gasolinera?

Antes de que pudieran procesarlo, una voz llegó desde fuera, amortiguada por la chapa pero inconfundible.

—Oye. Necesito ir al baño —era Matías.

Lucía se quedó helada.

Karla sintió un vuelco en el estómago. Era la confirmación de que estaban en un lugar público.

Un lugar con luz. Con gente. Con cámaras.

Y ellas… a escasos metros, encerradas en una caja metálica.

Lucía se llevó las manos, atadas a la boca, para no soltar un sollozo.

—Karla… —susurró—. Estamos en una gasolinera. ¡Una gasolinera!

Karla apoyó la frente en la pared, respirando hondo, intentando pensar con rapidez.

—Sí —murmuró—. Pero no podemos gritar. No sabemos cuántos están fuera. No sabemos si nos oirían. No sabemos si nos matarían antes de que alguien llegara.

Lucía cerró los ojos, desesperada.

—Pero… tenemos que intentarlo.

Karla apretó los dientes.

—Lo sé.

A través de la chapa escucharon el portazo de la puerta del conductor. Luego pasos que se alejaban. Voces lejanas. Un pitido electrónico. El murmullo de un coche que arrancaba en algún punto del exterior.

Lucía temblaba.

—¿Y si…? —empezó.

Karla la interrumpió.

—Escucha.

Ambas contuvieron la respiración.

Los pasos se acercaron.

Uno, dos, tres, cuatro. Y de pronto… cero.

Se detuvieron justo al otro lado de la chapa, prácticamente a su altura.

Tan cerca que Lucía creyó escuchar no solo la respiración de Matías, sino el temblor contenido en ella.

Un latido acelerado, irregular, como si su corazón estuviera golpeando contra su pecho buscando una salida.

Karla cerró los ojos.

Sabía lo que significaba ese silencio.

Matías estaba ahí.

A centímetros.

Debatiéndose entre el miedo y la culpa.

Entre obedecer… o huir.

Lucía apretó los puños, deseando gritar su nombre, pero no lo hizo.

Los pasos se reanudaron de golpe, como si él hubiera tomado una decisión en ese mismo instante.

Se alejaron unos metros y entonces escucharon un sonido metálico:

Clac. El cerrojo exterior de la furgoneta. Lucía contuvo un jadeo y Karla se tensó.

El cerrojo se deslizó… pero las puertas no se abrieron.

Solo un segundo de duda. Un gesto que no llegó a completarse.

Y después, los pasos se alejaron, más rápidos esta vez, como si Matías temiera que alguien lo hubiera visto dudar. Lucía susurró:

—Ha querido abrirnos…

Karla negó despacio.

—Ha querido… pero no ha podido o ¿sí?

El silencio volvió a caer, pero ya no era el mismo.

Había cambiado de textura, era más denso, casi irrespirable.

Karla avanzó hacia las puertas, seguida por la mirada fija de Lucía, que acompañaba cada uno de sus pasos. Y por un instante, solo uno, contemplaron la posibilidad real de escapar de esa jaula.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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