Enjaulada - Capítulo 33
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Capítulo 33: La entrada oculta
Lobo se pasó una mano por la frente, limpiando el sudor mezclado con polvo.
—Tú y tú —señaló a Topo y Loco, dos de su cuadrilla—, pasad las armas y la munición de esa caja a la furgoneta.
Los dos asintieron y se pusieron manos a la obra, abriendo la caja de madera con cuidado. Dentro, el brillo metálico de los cargadores y los cuerpos de los rifles parecía casi fuera de lugar en aquel paraje árido. Uno de ellos silbó por lo bajo.
—Esto vale más que nuestras casas juntas…
—Y también puede volarlas —gruñó Lobo—. No lo miréis, movedlo.
Mientras los hombres trasladaban el arsenal, otros dos, Barbas y Ruso, se encargaban de ocultar el camión. Lo maniobraron con dificultad hasta dejarlo encajado entre dos rocas grandes, cubriéndolo con lonas y ramas secas. Desde el sendero, parecía un montón de escombros abandonados.
Lobo observó el proceso con la mirada afilada de quien no se permite errores.
El conductor y el copiloto estaban arrodillados junto al vehículo, con las manos atadas a la espalda. El conductor apretaba los dientes, intentando mantener la compostura. El copiloto, en cambio, sudaba como si estuviera frente a un pelotón de fusilamiento.
Lobo se agachó frente a ellos, apoyando un codo sobre la rodilla. Su voz salió baja, casi amable, lo que la hacía aún más peligrosa.
—Vamos a entrar en la Barranca. Y vosotros dos vais a decirme cómo hacerlo sin que nos vuelen la cabeza.
El conductor escupió sangre a un lado.
—No sabéis lo que estáis haciendo…
Lobo sonrió sin humor.
—Tú tampoco, si crees que tengo paciencia para discursos.
Hizo un gesto a uno de los suyos. El hombre se colocó detrás del conductor, apoyando la punta del fusil en la base de su cuello. No hacía falta más.
El copiloto tragó saliva con un sonido audible.
—Hay… hay un camino —balbuceó—. Pero no es el que creéis. La entrada principal está vigilada. Si vais por ahí, no llegáis ni a la primera curva.
Lobo ladeó la cabeza.
—Sigue.
—Hay un desvío —continuó el copiloto, mirando al suelo—. Un sendero viejo, casi oculto. Lo usan para mover cosas cuando no quieren que nadie los vea. Pero… pero hay sensores. Y trampas. Os lleva hasta la zona de las ruinas.
—¿Qué tipo de trampas?
El hombre dudó. Lobo no repitió la pregunta. No hacía falta. El fusil en la nuca del conductor habló por él.
—Explosivos. Y… y un sistema de alarma. Si lo activáis, os esperan arriba. Con todo.
Lobo respiró hondo. No era información suficiente; sin embargo, era un comienzo.
—Me lo vas a enseñar —dijo, poniéndose de pie—. Los dos. Y si intentáis jugar conmigo, os dejo aquí para que os encuentren los vuestros. O los buitres. Lo que llegue primero.
Los hombres de la cuadrilla intercambiaron miradas tensas. Sabían lo que significaba: iban a entrar en territorio enemigo, guiados por dos tipos que podían estar mintiendo… o diciendo la verdad. Ninguna opción era buena.
Lobo miró hacia la oscuridad que se abría más allá del sendero. La Barranca esperaba. Y con ella, las respuestas que necesitaba.
—En marcha —ordenó.
Lobo caminaba al frente, con el fusil colgado del pecho y la mirada fija en el sendero que se abría entre los matorrales. Detrás, el conductor y el copiloto avanzaban con las manos atadas, empujados por dos hombres de la cuadrilla.
El camino hacia el supuesto sendero oculto era estrecho, irregular, casi invisible si no sabías dónde mirar. El copiloto iba marcando la ruta con la voz temblorosa.
—Por ahí… entre esas piedras… cuidado con la bajada…
Lobo no dejaba de observarlo. Cada gesto, cada pausa, cada duda. Sabía leer el miedo, pero también sabía leer las mentiras.
—Habla —ordenó sin girarse—. ¿A dónde llevabais las armas?
El conductor soltó una carcajada amarga, aunque le dolió hasta respirar.
—¿Qué más da? Ya no las llevamos.
Lobo se detuvo. Se giró despacio. El silencio cayó como un golpe seco.
—Te he hecho una pregunta —dijo, sin elevar la voz.
El conductor tragó saliva. El fusil del hombre detrás de él se apoyó un poco más en su espalda.
—A… a la base de Torrejón —admitió—. Todo va allí. Todo. Las armas, la mercancía, los… los envíos.
—¿Qué envíos? —preguntó Lobo, aunque ya sabía la respuesta.
—Chicas —contestó—. Las mueven por tandas. Algunas llegan, otras… no sabemos.
El estómago de Lobo se tensó como un nudo. No dejó que nadie lo notara.
—¿Cuántas hay ahora mismo?
El copiloto dudó. El conductor cerró los ojos, resignado.
—Una docena… creo —respondió el copiloto—. Pero no están juntas. Las separan. Las esconden. Para que no se comuniquen. Para que no intenten nada.
Lobo siguió caminando, pero su paso se volvió más rápido, más decidido.
—¿Y Karla? —preguntó, mostrándole una fotografía reciente de ella.
El conductor levantó la cabeza, sorprendido.
—No sé quién es —dijo.
Lobo apretó la mandíbula.
El sendero empezó a inclinarse hacia abajo, ocultándose entre dos paredes de roca. El copiloto levantó la voz, nervioso.
—¡Cuidado! Aquí empiezan los sensores. Si pisáis donde no es, se activa la alarma.
Lobo levantó una mano, deteniendo a todos.
—Explícalo bien —ordenó—. Y más te vale no equivocarte.
El copiloto señaló con la barbilla hacia el suelo.
—Hay placas enterradas. No se ven. Yo sé dónde están. Os lo diré. Solo… no me matéis.
Lobo lo observó un segundo largo, como si estuviera calibrando su valor real.
—Si mientes, no llegarás ni al primer sensor.
El viento sopló entre las rocas, arrastrando polvo y un silencio inquietante.
La Barranca estaba cerca.
El copiloto levantó una mano temblorosa.
—Aquí empieza… —susurró—. No piséis fuera de donde yo diga.
Lobo se colocó justo detrás de él, tan cerca que el hombre podía sentir su respiración en la nuca.
—Si intentas jugármela —murmuró Lobo—, no hará falta que tus amigos nos encuentren. ¿Entendido?
El hombre asintió con un espasmo nervioso.
Dio un paso adelante. Luego otro. Señaló con la punta del pie un espacio apenas más claro entre la grava.
—Ahí. Ese es seguro.
Lobo hizo un gesto a los suyos para que esperaran. Él avanzó primero, probando el terreno con el peso justo, como un animal que conoce la trampa antes de verla.
El suelo crujió bajo su bota.
Nada explotó.
—Sigue —ordenó.
El grupo avanzó en fila, cada uno pisando exactamente donde lo hacía el guía. El silencio era tan absoluto que podían oír el roce de la ropa, el jadeo contenido de los prisioneros, el latido acelerado de su propia sangre.
A la derecha, entre las sombras, algo brilló.
Lobo se agachó de inmediato, levantando un puño para detener al grupo. Observó con atención: un pequeño cilindro metálico, casi invisible, enterrado bajo una fina capa de polvo.
Un sensor.
Lobo lo miró de reojo.
—¿Cuántos hay?
—Muchos… —tragó saliva—. No están puestos al azar. Es un laberinto.
—Pues más te vale recordarlo bien —dijo Lobo.
Siguieron avanzando, marcando las pisadas lo suficiente para que sean vistas en su huida. Cada metro era una prueba. Cada paso, una decisión milimétrica. El aire parecía más frío, más denso, como si la montaña misma los vigilara.
Uno de los hombres de la cuadrilla resbaló ligeramente en una roca suelta. El sonido seco del movimiento hizo que todos se tensaran. El hombre recuperó el equilibrio, pero su respiración se volvió agitada.
—No vuelvas a hacer eso —gruñó Lobo sin mirarlo.
El sendero giró bruscamente hacia la izquierda. El copiloto levantó la voz, casi en un susurro desesperado.
—Aquí… aquí es lo peor. Hay tres placas seguidas.
Lobo lo empujó suavemente hacia delante.
—Enséñanos.
El hombre avanzó, marcando con la punta del pie los puntos exactos donde debían pisar. Lobo lo imitó, luego el resto. Nadie hablaba. Nadie respiraba más de lo necesario.
Cuando superaron la tercera placa, el copiloto dejó escapar un sollozo de alivio.
Lobo lo agarró del cuello de la camisa y lo obligó a mirarlo.
—No te relajes. Aún no hemos llegado.
El hombre asintió, temblando.
Y entonces, al doblar la siguiente curva, la vieron.
Una luz tenue, filtrándose desde lo alto de la barranca. No era natural. No era de luna. Era eléctrica.
La entrada oculta. La estructura semiderruida se alzaba frente a ellos como un gigante cansado, pero aún peligroso. Lobo observó las grietas, los huecos en la fachada, los restos de vigas que asomaban como huesos rotos. Aquello podía ser una trampa perfecta… o una oportunidad.
—No quiero que nadie dé un paso en falso —murmuró, apenas audible, pero su cuadrilla lo escuchó como si hubiera gritado—. Ellos no dudarían en acabar con cualquiera de nosotros. Nosotros no vamos a darles esa ventaja.
Al conductor y al copiloto del vehículo enemigo los dejaron inconscientes, inmovilizados y ocultos entre los matorrales. Lobo había sido claro: ni un ruido, ni un movimiento que pueda alertar a los de la Barranca.
Ahora tocaba lo más delicado.
La división del equipo
La edificación tenía tres accesos visibles:
Un hueco amplio hacia la planta baja.
Una escalera exterior que llevaba a lo que quedaba de la primera planta.
Una abertura oscura que descendía hacia un sótano que olía a humedad y óxido.
Lobo sabía que entrar todos juntos sería un error. Demasiado ruido, demasiada exposición. Así que decidió dividirlos.
—Entramos en silencio. Si veis algo raro, no actuéis solos. Avisad con la señal convenida. No quiero héroes, quiero que salgamos todos de aquí. ¿Lo habéis entendido bien?
Los hombres asintieron. No había miedo en sus ojos, pero sí respeto. Sabían que esa gente no tenía escrúpulos, ni códigos, ni límites. Y que cualquier descuido podía costarles caro.
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