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Enjaulada - Capítulo 34

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Capítulo 34: Entre las ruinas

Lobo se deslizó hacia el sótano, donde la oscuridad parecía tragarse la luz de su linterna.

Topo y Loco avanzaron por la planta baja, moviéndose entre sombras y escombros.

Mientras tanto, el Barbas y Ruso se deslizaron hacia la escalera exterior, avanzando con pasos medidos para no hacer crujir la estructura. Rivas hacía guardia en la entrada.

Cada uno avanzaba con la respiración contenida, atentos a cualquier eco, cualquier silueta que se moviera donde no debía.

Y entonces…

Un sonido leve, casi imperceptible, rompió la quietud. Un indicio de que no estaban tan solos.

Algo —o alguien— se movía dentro de algún lugar en el sótano.

Y no parecía ser uno de los suyos.

El sótano olía a humedad vieja, a metal oxidado y a algo más difícil de describir… como si el aire llevara años sin moverse. Lobo avanzó despacio, la linterna temblando apenas en su mano mientras los haces de luz arrancaban destellos en los charcos y en los ojos huidizos de las ratas que corrían entre los escombros.

Las salas se sucedían a ambos lados del pasillo: algunas abiertas, otras con la puerta entornada, todas igual de inquietantes. Lobo se asomaba a cada una, registrándolas palmo a palmo. Había camillas oxidadas, cables colgando del techo, restos de aparatos que parecían haber sido arrancados a toda prisa.

Por un instante, imaginó lo que aquel lugar había sido décadas atrás.

Un centro de reclusión. Un laboratorio improvisado. Un sitio donde la gente que entraba no volvía a salir igual.

Electroshocks, aislamiento, gritos apagados por paredes gruesas.

No era difícil imaginarlo.

Pero no era momento para fantasmas del pasado.

Al final del segundo pasillo encontró dos puertas metálicas, más robustas que las demás. Eran de acero, con cerraduras industriales y bisagras reforzadas. No encajaban con el resto del edificio, como si hubieran sido instaladas después, para un propósito muy concreto.

Lobo se acercó a la primera.

Pegó la oreja. Nada.

Luego a la segunda.

Ahí sí.

Un sonido leve, como una respiración contenida o un movimiento que no podía atribuir a ratas ni al viento. Alguien estaba dentro.

Lobo se agachó, observó el marco, la cerradura, el suelo. No había señales de que la puerta hubiera sido forzada. Eso significaba que quien estuviera dentro… o había entrado voluntariamente, o lo habían encerrado.

No le gustaba ninguna de las dos opciones.

Con un gesto rápido activó el intercomunicador.

—Topo, necesito tus manos aquí abajo —susurró, manteniendo la voz baja para no alertar a quien estuviera al otro lado—. Dos puertas de acero. Una de ellas tiene compañía.

Hubo un breve chasquido en el canal.

—En camino —respondió Topo, sin necesidad de más detalles.

Lobo apagó la linterna y se pegó a la pared, escuchando.

El sonido dentro de la sala volvió a repetirse, esta vez un poco más claro.

Mientras tanto, en la planta baja…

El topo tocó el brazo de su compañero de cuadrilla; gesticulando, le avisó que acudía a la llamada de Lobo, ajustándose la mochila con sus herramientas.

—Sigo solo —contestó su compañero.

Y ambos aceleraron el paso, cuidando cada pisada para no delatarse.

Y en la escalera exterior…

El Barbas y el Ruso se detuvieron al escuchar el mismo aviso por el canal. Se miraron en silencio. Más adelante escuchaban alguna que otra voz y se movían por la planta con total precisión. Las órdenes que recibieron de Lobo fueron claras. Su misión es localizar a Karla, solo eso. No entablar una batalla con esos criminales. Pero sabían que si algo pasaba abajo, ellos serían la primera línea de contención.

Topo llegó al final del pasillo casi sin hacer ruido, como si hubiera nacido para moverse en lugares así. Lobo le indicó la puerta con un gesto seco, y Topo ya estaba sacando sus herramientas antes de que él terminara de señalar.

—Cerradura industrial —murmuró Topo, apenas un susurro—. Pero antigua. Esto canta. Lobo se colocó a un lado, atento a cualquier sonido en el pasillo. El frío del sótano se colaba por las costuras de la ropa, y la oscuridad parecía absorber incluso el haz de la linterna. Topo trabajaba rápido, con esa precisión casi quirúrgica que lo hacía imprescindible en la cuadrilla.

Un clic.

Luego, otro.

Y en menos de diez segundos, la puerta cedió con un leve suspiro metálico.

El aire que salió de la sala era helado, como si hubiera estado encerrado durante años. Lobo levantó la linterna, pero la luz apenas penetraba la oscuridad. Era un negro espeso, casi sólido.

—Despacio —advirtió.

Entró primero, con Topo pegado a su espalda.

El silencio era absoluto… hasta que algo brilló en un rincón.

Un destello pequeño, húmedo.

Ojos.

Varios pares de ojos.

Lobo sintió cómo el estómago se le tensaba. No eran animales. No eran sombras. Eran personas. Mujeres. Agazapadas en un rincón, encogidas sobre sí mismas como si el mundo fuera demasiado grande y demasiado hostil para levantarse.

Algunas temblaban.

Otras apenas respiraban.

Todas tenían la mirada clavada en ellos, mezcla de miedo, incredulidad y una chispa diminuta de esperanza que parecía demasiado frágil para nombrarla.

Topo bajó la linterna, suavizando la luz para no deslumbrarlas.

—Tranquilas… —susurró, con una voz que pocas veces usaba—. No os vamos a hacer daño.

Lobo dio un paso más, despacio, sin brusquedades.

Las mujeres retrocedieron instintivamente, como si el movimiento fuera un reflejo aprendido a base de terror.

—Estamos aquí para sacarlas —dijo Lobo, manteniendo la voz baja, firme, segura—. No somos como ellos.

Una de las mujeres, la que parecía menos debilitada, levantó la cabeza apenas unos centímetros.

—Mi hermana, ¿dónde os la habéis llevado? —preguntó con un hilo de voz.

Lobo se detuvo en seco.

—¿Alguna de vosotras se llama Karla? —susurró Lobo.

Pero la mujer, sollozando, seguía preguntando por su hermana. —¿Por qué no ha vuelto? ¿Qué habéis hecho con ella?… es solo una niña.

Lobo levantó las manos muy despacio para no asustarlas.

—Nosotros… no. Tranquilas, os sacaremos de aquí.

Pero antes de que pudiera decir algo más, un ruido seco resonó en el pasillo.

Un golpe.

Lejano, pero claro.

Topo y Lobo se miraron.

Ese sonido no venía de ellos, ni de ninguno de su cuadrilla.

Alguien más estaba en el sótano.

El golpe volvió a resonar, esta vez más cerca, como si algo o alguien hubiera tropezado con un carro metálico o una camilla abandonada. Lobo levantó la mano, ordenando silencio absoluto.

—Barbas, Ruso, Loco, bajad ya —susurró Lobo por el canal, apenas un hilo de voz—. Tenemos compañía en el sótano. Repito: compañía.

—Recibido —respondió Barbas, seco, sin una pizca de duda.

Mientras Topo ayudaba a las mujeres a incorporarse, Lobo se deslizó hacia el pasillo. La oscuridad parecía más densa, como si algo la hubiera removido. Y entonces lo vio.

Una puerta metálica, unos metros más adelante, se cerraba con un golpe suave. No era una de las que ellos habían abierto. Y no era una puerta ligera: alguien la había empujado con prisa.

Lobo avanzó despacio, pegado a la pared, respirando por la nariz para no hacer ruido. El haz de la linterna apagada descansaba en su mano, lista para encenderse si la situación lo exigía.

Al llegar a la puerta, se agachó.

El suelo tenía marcas recientes: una suela arrastrada, polvo removido, un hilo de luz que se escapaba por debajo.

Y entonces escuchó el sonido.

Un cinturón ajustándose.

Un suspiro.

Un murmullo de fastidio.

El hombre de la Barranca salió de la celda sin darse cuenta de que Lobo estaba a escasos metros. Se abrochaba el pantalón, distraído, como si aquello fuera rutina. Cerró la puerta con un gesto automático y se encaminó hacia el fondo del pasillo, donde una escalera secundaria ascendía hacia la planta principal.

Lobo no se movió.

No respiró.

No hizo nada.

El hombre pasó de largo, confiado, sin mirar atrás. Y cuando desapareció por las escaleras, Lobo soltó el aire muy despacio.

—Tenemos un activo moviéndose hacia la entrada principal —informó por el canal—. No lo interceptéis. Que se vaya. No queremos levantar la alarma.

—Copiado —respondió Rivas desde la entrada—. Lo dejo pasar.

Lobo esperó unos segundos más, asegurándose de que el eco de los pasos se perdía por completo. Luego volvió hacia la sala donde Topo ya tenía a las mujeres en fila, temblorosas, pero listas para moverse.

—Barbas, Ruso, en cuanto lleguéis, os lleváis al grupo por la escalera exterior —ordenó—. Silencio absoluto. Si escucháis algo, os escondéis. No disparéis.

—Entendido —dijo Barbas.

—Loco, tú y yo revisamos las demás celdas —añadió Lobo—. Incluida la que acaba de dejar ese cabrón.

Topo asintió, aunque sabía que esa celda podía contener lo peor.

Lobo se acercó a la puerta que el hombre había cerrado. La observó con detenimiento: cerradura simple, sin refuerzos. Nada que ver con las puertas de acero donde habían encontrado a las mujeres.

Eso, en sí mismo, ya era mala señal.

—Topo —susurró—. Ábrela.

Topo tragó saliva, pero sus manos no temblaron. En menos de cinco segundos, la cerradura cedió.

Lobo empujó la puerta con la punta del arma.

La oscuridad dentro era más densa que en las otras salas. El olor… distinto. No a humedad. No a metal. Algo más orgánico. Más reciente.

Lobo encendió la linterna.

La luz barrió la habitación.

Y se detuvo.

Algo —o alguien— estaba allí dentro.

Lobo sintió cómo el pulso le golpeaba en las sienes.

—Loco —dijo por el canal, con la voz más baja que nunca—. Necesito que vengas. Ya.

Y mientras esperaba, mantuvo la linterna fija en aquello que yacía en el centro de la celda. El cuerpo de una muchacha semidesnuda yacía sin vida sobre el helado suelo de hormigón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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