Enjaulada - Capítulo 35
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Capítulo 35: La celda que nunca debió existir
En el sótano del edificio, en aquella celda fría y silenciosa, Lobo se quedó inmóvil unos segundos. La luz temblorosa de su linterna revelaba el cuerpo inmóvil de una muchacha, demasiado joven, demasiado pequeña para estar allí. Su piel mostraba marcas recientes, señales de maltrato brutal. Su ropa estaba desgarrada, manchada de sangre y el aire alrededor de ella tenía ese olor inconfundible de algo que había ocurrido hacía muy poco.
Lobo sintió cómo algo se le rompía por dentro.
No fue un pensamiento, ni una emoción concreta. Fue un quiebro silencioso, profundo, como si una grieta invisible se abriera en su pecho y dejara escapar algo que llevaba años conteniendo. El aire del sótano, frío, denso, pareció volverse más pesado de golpe.
Se acercó despacio, con una cautela casi reverencial, como si temiera que el simple acto de moverse pudiera alterar lo que ya era irreversible. Cada paso resonaba como un eco hueco. Se arrodilló junto a ella, sintiendo cómo las rodillas le temblaban pese a su entrenamiento.
Tragó saliva para mantener el control.
Con la punta de los dedos apartó el mechón de cabello que le cubría el rostro. El gesto fue suave, casi paternal, como si temiera hacerle daño incluso ahora.
No tendría más de catorce años.
La luz de la linterna iluminó su rostro inmóvil. Sus rasgos infantiles, la piel marcada, la boca entreabierta como si hubiera intentado pedir ayuda hasta el último segundo. Y esa mirada… una mirada que ya no veía nada, pero que aún parecía atrapada en el instante final.
Lobo sintió un nudo en la garganta. Una mezcla corrosiva de impotencia, culpa y una furia tan intensa que tuvo que cerrar los ojos un instante para no perderse en ella.
Respiró hondo, necesitaba aire, pero el aire le supo a óxido y humedad.
Se obligó a examinar la escena con la precisión fría que exigía su trabajo, aunque cada detalle le pesara como una losa. Observó la posición del cuerpo, las marcas, el entorno. Todo hablaba de un sufrimiento que no debería existir en el mundo. Mucho menos para alguien tan joven.
—Lo siento… —Susurró, sin saber muy bien a quién se lo decía.
Quizá a ella, quizá a sí mismo y, en todo caso, a la hermana que la esperaba en la otra celda, aferrada a una esperanza que él acababa de ver morir.
Se incorporó despacio, sintiendo cómo la rabia se transformaba en una determinación helada. No podía quedarse allí. No mientras hubiera alguien más a quien salvar.
Antes de salir, volvió a mirarla una última vez. No para memorizar la escena, sino para grabarse la promesa que acababa de hacerse sin palabras.
Esto no quedaría impune.
El pasillo parecía más estrecho, más oscuro, como si el sótano entero hubiera absorbido el horror de lo que acababa de ver.
Topo lo observó en silencio. Sabía leer a Lobo mejor que nadie.
—¿Es…? —preguntó con un hilo de voz.
Lobo negó apenas con la cabeza, pero la expresión en su rostro lo decía todo.
—Tenemos que sacar a las demás ya —dijo, con la voz tensa, casi quebrada—. Y después… vendremos a por estos cabrones.
Topo asintió sin hacer preguntas. No hacían falta.
Desde el canal, la voz de Barbas llegó amortiguada, como si viniera desde muy lejos.
—Lobo, estamos llegando al sótano. ¿Estado?
Lobo respiró hondo, obligándose a recuperar la firmeza.
—Prioridad uno: evacuar a las mujeres. Nadie se queda atrás.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Entendido.
Lobo cerró la puerta de la celda con un gesto lento. No era para ocultar lo que había dentro, sino para sellar una promesa silenciosa. La cuadrilla continuó avanzando por el pasillo, abriendo una celda tras otra con la precisión de un engranaje bien engrasado. Entre sombras y escombros, uno de sus hombres levantó la mano, indicándole que se acercara.
Tras la siguiente puerta se escuchaban sollozos. Buscaron entre los restos algo con lo que hacer palanca, pero Topo ya estaba arrodillado, manos ágiles, herramientas listas. En cuestión de segundos, la puerta cedió con un chasquido seco.
La penumbra del interior parecía viva, densa, casi líquida. La luz de las linternas apenas arañaba la oscuridad, proyectando destellos fugaces sobre las paredes húmedas y cubiertas de moho.
En un rincón, tres mujeres de distintas edades se aferraban entre sí. Sus ojos, enormes y brillantes, reflejaban la luz como pequeñas estrellas atrapadas en un cielo sin esperanza. Sus cuerpos temblaban sin control; el miedo había moldeado sus rostros en máscaras de puro pánico.
Cada parpadeo revelaba la profundidad de su terror, una angustia que parecía haberlas vaciado por dentro. El aire estaba cargado de humedad y un olor penetrante que se mezclaba con el sudor y la desesperación. La atmósfera parecía envolverlas, asfixiarlas, como si el propio sótano respirara sobre ellas.
Lobo dio un paso adelante, con las manos abiertas, intentando no parecer una amenaza. Pero los sollozos se transformaron en gritos desgarrados, como si su presencia fuera la confirmación de un destino inevitable.
La imagen del cuerpo que había dejado atrás le atravesó la mente como un cuchillo. No podían perder tiempo. Tenían que sacarlas de allí cuanto antes.
Con voz baja y firme, intentó preguntar si había más mujeres, pero el pánico les robaba las palabras. No insistió. Se acercó despacio, les ofreció la mano y, cuando ninguna reaccionó, las tomó con suavidad pero con determinación. Una a una, las ayudó a ponerse en pie y las entregó a su equipo, que las escoltó hacia la salida con la urgencia de quien sabe que cada segundo cuenta.
Algún día, quizá, podrían olvidar esta pesadilla. Él no.
Lobo no pensaba abandonar el edificio sin asegurarse de que no quedaba nadie más atrapado en aquel infierno. La idea de dejar a alguien atrás, vulnerable a los mismos horrores que habían acabado con la vida de la niña que acababa de encontrar, le resultaba insoportable.
Respiró hondo, apretando el arma con fuerza. El riesgo era evidente, pero su determinación lo era más.
Retrocedió por el pasillo, moviéndose con la cautela de un depredador que conoce bien la oscuridad. Cada sombra era una amenaza potencial. Cada rincón, un escondite para algo que no quería encontrar.
Pero Lobo siguió adelante.
Porque alguien tenía que hacerlo. Con cada puerta que abre, cada habitación que revisa, su mente sigue en alerta máxima. Los pasillos oscuros se sienten interminables, y el eco de sus pasos era su única compañía. Sabe que el tiempo corre en su contra, pero no puede permitir que Karla quede a merced de aquellos monstruos.
Finalmente, tras una búsqueda exhaustiva, Lobo se aseguró de que no quedaba ninguna otra mujer en el sótano de la Barranca.
Retrocedió por el pasillo, respirando el aire denso y húmedo del subsuelo. Allí, esperándolo en silencio, estaban Rivas y Topo, listos para avanzar al siguiente nivel del edificio.
Lobo no perdió tiempo.
—Escuchadme bien —murmuró, con una firmeza que no admitía réplica—. No sabemos cuántos quedan dentro. No vamos a dejarnos caer en una emboscada. Y no vamos a dejar a nadie atrás. Ni a Karla, ni a ninguna otra chica.
Rivas asintió, serio. Topo apretó los labios, consciente de lo que implicaba.
Subieron al siguiente piso con pasos calculados, registrando habitación por habitación. Cada puerta abierta revelaba restos de un horror cotidiano: mantas tiradas, cuencos de comida fría, una botella de agua a medio consumir. En dos de las celdas encontraron señales claras de que allí habían retenido a alguien más.
Pero ni rastro de Karla.
La tensión crecía con cada habitación vacía.
Cuando terminaron el registro, Lobo ordenó la retirada hacia la planta baja, justo por donde habían entrado, para reagruparse con el resto del equipo. Fue entonces, en la penumbra del pasillo, cuando lo vio.
El hombre.
El mismo tipo que había salido de la celda donde Lobo había encontrado el cuerpo de la niña.
Lobo no lo dejó reaccionar, lo interceptó con una rapidez que sorprendió incluso a Rivas. Lo empujó contra la pared, inmovilizándolo con una fuerza que nacía de un lugar oscuro y profundo. El hombre intentó zafarse, pero Lobo no le dio margen.
—¿Dónde está Karla? —preguntó con una voz baja, contenida, peligrosa.
El tipo balbuceó algo ininteligible.
Lobo lo apretó más contra la pared, sin perder el control, pero dejando claro que no estaba dispuesto a escuchar mentiras.
—Habla o estás muerto.
Rivas intercambió una mirada rápida con Topo. Lobo no apartó los ojos del hombre.
Lobo acercó el cañón de la pistola a la frente del hombre tanto que parecía querer atravesarle la cabeza. No necesitaba más. La sola presencia del arma, unida a la mirada fría que le clavaba, bastaba para quebrar a cualquiera.
El tipo tragó saliva, los ojos muy abiertos, respirando entrecortado. Sabía perfectamente que quien le apuntaba estaba deseando matarle y justo cuando parecía que Lobo se dejaría llevar por sus sentimientos y hundiría el dedo en el gatillo, el tipo se hundió.
—Espera, ¡por favor!, espera, ¡no me mates!
—¿Cuántos más como tú hay aquí? —repitió Lobo, cada palabra afilada como una navaja—. ¿Tenéis más mujeres atrapadas? ¿Dónde las lleváis? ¿A quién se las vendéis? ¿Quién manda aquí? Nombres. Rutas. Todo.
El hombre negó con la cabeza, temblando.
—Yo… yo solo hago lo que me dicen…
Lobo inclinó apenas la pistola, lo justo para recordarle que no tenía tiempo para evasivas.
—No me interesa tu papel de víctima, ¡cabrón! —escupió Lobo.
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