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Enjaulada - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - Capítulo 36: La bala que prometió
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Capítulo 36: La bala que prometió

El hombre abrió la boca para balbucear algo, pero Lobo ya estaba un paso más cerca, la mirada fija, dura, sin un rastro de compasión. El tipo retrocedió contra la pared, atrapado.

Fue entonces cuando Topo dio un paso adelante.

—Lobo… —dijo en voz baja, sin bajar el arma, pero con un tono que buscaba frenarlo—. Espera.

Lobo no apartó la vista del hombre.

—No voy a esperar nada —respondió, tenso como un resorte—. Este desgraciado sabe más de lo que dice.

Topo se acercó un poco más, lo suficiente para que Lobo pudiera escucharlo sin que el detenido lo hiciera del todo.

—Si lo matas ahora, perdemos información —susurró—. Y tú lo sabes. Déjalo hablar. Aún puede servirnos.

Rivas, desde el fondo del pasillo, observaba la escena con el arma preparada, pero sin intervenir. Sabía que Topo era el único capaz de meter la mano entre Lobo y su furia sin salir mal parado.

Lobo apretó la mandíbula. El dedo seguía firme sobre el gatillo, pero no avanzó.

—Lobo… —gruñó—. Como me mienta una vez más…

—Entonces lo manejamos —lo interrumpió Topo, firme, sin titubear—. Ahora mismo necesitamos que respire.

El silencio se tensó unos segundos. Finalmente, Lobo bajó la pistola apenas un par de centímetros. No era clemencia; era estrategia. Y el hombre lo entendió, porque soltó un sollozo ahogado.

—Habla —ordenó Lobo, sin levantar la voz—. Y hazlo bien.

El tipo asintió frenéticamente, consciente de que esa mínima concesión era su única oportunidad de seguir vivo. Rivas, desde el fondo del pasillo, vigilaba los accesos con el arma preparada. Topo estaba atento a cualquier movimiento. Ninguno intervenía: sabían que Lobo estaba en ese punto en el que no hacía falta levantar la voz para resultar aterrador.

El hombre respiró hondo, como si se obligara a sí mismo a soltar la verdad antes de que el miedo lo paralizara del todo.

—No quedan muchas… —murmuró—. Las sacaron hace dos días. A casi todas. Las llevan algunas a… a una finca. No sé el nombre, pero… pero le dicen El Corral. Allí las… las preparan para venderlas y sacarlas del país.

Lobo no parpadeó.

—¿Quién dirige esto?

El tipo dudó. Un segundo. Dos. Demasiado tiempo. Lobo levantó de nuevo el cañón de su arma, señalándole entre ceja y ceja.

—¡Salazar! —soltó al fin—. Nadie lo ve. Solo manda mensajes a una persona. Yo… yo solo recibía órdenes de mi patrón. Él sabe más. Él lo controla todo aquí.

—¿Dónde está tu patrón?

—Se fue, le mandaron llevarse a las otras chicas. ¡Por favor!, yo no soy nadie. ¡No te mates!

—¿Qué chicas? ¿Karla?

—No sé qué chicas, pero a esas no se las podía tocar,

—¿Cómo se llama ese patrón?

—No sé… Todos le conocen por su apodo “el especialista”; es el hombre de confianza, el que dispone.

—¿A dónde han llevado a las otras chicas? ¡Contesta!

—No lo sé… yo no soy nadie para ellos. Él da órdenes y nosotros cumplimos sin preguntas, sin dudas

Lobo aflojó un milímetro la presión, no por compasión, sino porque ya tenía lo que necesitaba.

—¿Armas? —preguntó sin apartar la mirada—. ¿Qué hacéis con ellas?

—Las cambian… por chicas. Por favores. Por plata, mucha plata.

Lobo lo observó en silencio, apenas unos segundos, pero para el hombre fue una eternidad. Cada temblor en sus manos, cada respiración rota, cada intento fallido de sostenerle la mirada… todo gritaba que ya no tenía nada más que ofrecer. Estaba vacío. Roto. Acorralado.

—Rivas —murmuró Lobo, sin apartar la vista del tipo y señalando con un leve gesto el pasillo oscuro a su espalda—. Mantente alerta. No quiero sorpresas.

Rivas asintió y se movió como una sombra hacia la esquina. Topo cubría la retaguardia. El silencio se volvió espeso.

Lobo volvió a centrar toda su atención en el hombre.

El tipo lloriqueaba, un sonido agudo, infantil, que resonaba en el pasillo como un eco fuera de lugar. Pero Lobo no lo escuchaba. No, realmente. En su mente no estaba ese hombre. Estaba ella.

La muchacha.

Su rostro. Sus ojos apagados. Su cuerpo abandonado en aquella celda.

Y el monstruo que tenía delante.

Lobo levantó el arma con una lentitud que heló el aire. No era un gesto impulsivo. Era deliberado. Preciso. Un mensaje.

El hombre se encogió contra la pared, como si quisiera fundirse con ella, desaparecer, volverse aire. Sus sollozos se volvieron más agudos, más desesperados. Pero Lobo seguía sin verlo a él. Solo veía la sombra de la niña superpuesta sobre su figura, como un fantasma que no pensaba dejarlo marchar.

—Mírame —ordenó Lobo, con una voz tan baja que parecía surgir desde un abismo.

El hombre negó frenéticamente, incapaz de obedecer.

Lobo acercó el arma a su rostro, arrastrándola por su mejilla con un gesto lento, casi quirúrgico. El tipo se estremeció como si aquello fuera un hierro al rojo vivo. El cañón descendió por su cuello, su pecho, su abdomen… buscaba el disparo que más daño mortal le causara, donde su agonía se hiciera eterna.

El hombre gimió, un sonido gutural, primitivo, nacido del terror absoluto.

—¿Sabes qué es lo peor? —susurró Lobo, sin apartar la mirada—. Que ni siquiera mereces temer por tu vida. No después de lo que hiciste. ¿Recuerdas el rostro de esa pobre niña a la que has violado? Visualízala… porque va a ser lo último que veas.

El tipo rompió a llorar de verdad, sin control, sin dignidad, sin máscara.

Lobo detuvo el arma a la altura de su cintura. El silencio se volvió insoportable. Rivas, desde el fondo, contuvo la respiración. Topo apretó la mandíbula, sabiendo que estaba a un segundo de perderlo.

—Lobo… —dijo Topo, apenas audible—. No ahora.

Pero Lobo no respondió. No pestañeó. No respiró.

Solo dejó que el hombre sintiera, por un instante eterno, que estaba a punto de pagar por todo

Y ese instante, para él, fue peor que cualquier bala… Y por un segundo quiso hacer caso a su compañero de cuadrilla, pero algo en su interior le gritó tan fuerte que apenas notó cómo su dedo apretaba el gatillo de su pistola.

El silenciador del arma amortiguó el sonido del disparo. El eco metálico quedó suspendido en el aire como un latido que no se atrevía a completarse.

El hombre se desplomó hacia delante. Rivas soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniendo un océano. Topo dio un paso, lento, midiendo cada movimiento, como si acercarse demasiado pudiera romper el frágil equilibrio que quedaba.

—Ya está —murmuró Topo, sin tocarlo—. Ya basta, Lobo.

Pero Lobo seguía inmóvil, la pistola aún en la mano, la mirada clavada en un punto que ninguno de los otros podía ver. Estaba dispuesto a rematarlo.

Topo intercambió una mirada rápida con Rivas. Mientras se acercaba a Lobo, despacio, como quien se acerca a un animal herido.

—Vámonos —dijo.

Lobo asintió, aunque no estaba seguro de haber escuchado; el estruendo del disparo se apagó rápido, como si la habitación lo hubiera devorado. Pero dentro de Lobo, el eco seguía retumbando, profundo, interminable. No miró al cuerpo. No podía. Sus ojos se quedaron clavados en un punto vacío, y en ese vacío apareció ella. No como un fantasma. No como una visión. Sino como un recuerdo tan nítido que dolía. La niña con su rostro, tal como lo había visto. La expresión rota. La inocencia arrebatada. Pero ahora, en su mente, no estaba así. La veía tranquila. Serena. Como si por fin alguien hubiera cerrado la puerta del horror que la había vivido.

Lobo sintió que algo en su pecho se aflojaba. No era alivio. No era orgullo. Era… una especie de tregua. Por un instante, la niña pareció mirarlo. No sonreía. No hablaba. Pero había en su mirada una gratitud silenciosa, tenue, casi imperceptible.

Topo lo observaba desde unos pasos atrás, sin atreverse a interrumpirlo. Rivas no se movía.

Lobo cerró los ojos. La imagen de la niña se desvaneció con suavidad, como si hubiera cumplido su propósito. Y cuando abrió los ojos de nuevo, el mundo seguía siendo gris, duro, insoportable… pero algo dentro de él había cambiado de forma.

—Lo hice por ella —murmuró, sin saber si hablaba con sus compañeros, con la niña o consigo mismo.

Topo dio un paso adelante, despacio.

—Lo sé —respondió—. Y ahora vámonos.

Lobo asintió y ambos avanzaron con cautela hacia la planta superior. Se movían pegados a las paredes, serpenteando entre los huecos muertos que no alcanzaban a ver desde abajo. Lobo iba al frente, atento a cada sombra, cada crujido. No creía que quedaran muchos hombres en la Barranca; si habían trasladado las armas y se habían llevado lo que consideraban valioso, aquello debía de estar casi vacío… o eso esperaba.

Al llegar al último peldaño, Lobo levantó una mano para detenerla. El silencio era tan denso que parecía un aviso en sí mismo. Se inclinó apenas, asomándose lo justo para inspeccionar el pasillo.

—Dos puertas abiertas… —murmuró— y una cerrada al fondo. Eso no me gusta.

—¿Crees que queda alguien ahí? —preguntó Rivas.

Avanzaron despacio, sincronizados, respirando lo justo para no delatarse. El aire olía a polvo, a metal viejo… y a algo más, algo que ninguno de los dos quería identificar todavía.

Cuando estuvieron a un metro de la puerta cerrada, Lobo apoyó la mano en el pomo. Estaba frío. Demasiado frío.

—Prepárate —susurró.

Giró el pomo con suavidad.

La puerta cedió.

Y lo que vieron al otro lado les heló la sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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