Enjaulada - Capítulo 37
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Capítulo 37: Lo que cuenta la sangre
El olor los golpeó incluso antes de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Un hedor metálico, espeso, que se les metió por la nariz y la garganta, obligándolos a contener un impulso primario de rechazo. Lobo entrecerró los ojos; Rivas se cubrió la boca con el antebrazo, notando cómo el estómago se le revolvía.
La sala, que seguramente alguna vez debió ser un quirófano. La mesa de acero, solitaria y fría, se alzaba tras una mampara translúcida que dejaba ver manchas oscuras extendiéndose como dedos que buscaban escapar por las paredes. El suelo estaba marcado por arrastres irregulares, huellas que hablaban de desesperación, de resistencia inútil, de un final que nadie debería conocer.
En una mesa lateral, Topo observaba las herramientas desperdigadas: algunas médicas, otras que jamás deberían estar en un lugar así. Unos alicates retorcidos con sus puntas dobladas como si hubieran luchado contra algo vivo, aún aferrando una muela arrancada con violencia; martillos con restos incrustados de sangre y cabello humano, objetos que no habían sido utilizados para curar y que cada uno contaba una historia que ninguno quería imaginar.
Rivas dio un paso atrás, pero Lobo se quedó inmóvil. Algo en la esquina llamó su atención. Una prenda descansaba como un cadáver más. Se acercó despacio, como si temiera que al tocarla se deshiciera en polvo. La levantó con dos dedos. La había reconocido; era la del tipo con el que había hablado en la casa de apuestas.
Su mente reconstruía, sin permiso, lo que había ocurrido allí dentro. La sangre derramada hablaba por sí sola, con un lenguaje que solo los que han visto demasiada oscuridad pueden entender.
—Aquí lo borraron del mapa —murmuró Lobo. —Seguramente, sabrían que vendríamos. Que me contó demasiado.
Rivas lo miró, pálido.
—¿Y si… si hicieron lo mismo con la chica…?
—No. —Lobo no podía permitirse pensar en que Karla ha tenido un final así, no porque aún tiene la esperanza de encontrarla. Sin embargo, un pensamiento lo atravesó como un cuchillo helado.
Karla. Olga. Luis.
¿Cómo habían terminado cerca de gente capaz de hacer esto? ¿Qué les han ocultado? Y entonces, como un relámpago que ilumina un paisaje devastado, una sospecha tomó forma. Una que no quería aceptar. Los padres de Karla. Había algo en su silencio, en sus evasivas, en esa forma de mirar a otro lado cuando él hacía preguntas. Algo que ahora, en esa habitación impregnada de horror, cobraba un sentido siniestro. Saben algo que no han querido contar, y sin toda la información, es como si estuviera medio ciego.
Pero no podían perder más tiempo, entonces los tres se giraron y abandonaron aquella sala que parecía devorar el alma.
Debían continuar con el registro. Asegurar que no quedaba nadie escondido, nadie esperando para atacar, nadie que pudiera sorprenderlos por la espalda. Pero también, y eso Lobo no se atrevía a admitir en voz alta, necesitaban confirmar que Karla no estaba allí. Que no había sido parte de aquel horror. Que no había dejado su rastro en esas paredes.
Lobo avanzó con el arma en alto, pero la sensación de control se le escapaba entre los dedos. No era miedo lo que sentía, sino algo más corrosivo: la certeza de que estaban entrando en un terreno diseñado por alguien que siempre iba un paso por delante. Un hombre que no improvisaba ni dejaba cabos sueltos. Rivas iba detrás, respirando entrecortado, y Topo, que hasta entonces había mantenido la compostura, ahora miraba a todos lados con los ojos muy abiertos, como si temiera que la oscuridad misma pudiera abalanzarse sobre ellos.
El pasillo parecía interminable. Cada puerta entreabierta era una amenaza. Cada sombra, un recordatorio de lo que habían visto. El aire seguía impregnado de ese olor metálico que se adhería a la piel, como si la casa entera estuviera hecha de cicatrices.
Llegaron a otra habitación. Lobo empujó la puerta con el cañón del arma. Dentro, solo polvo, cajas vacías, restos de lo que alguna vez fue un almacén improvisado. Nada vivo. Nada muerto. Solo abandono.
Pero el abandono también hablaba.
—Se fueron deprisa —dijo Rivas.
—Demasiado —respondió Lobo.
Siguieron avanzando. Otra puerta. Otra sala vacía. Otra prueba de que alguien había desmontado todo con una urgencia casi desesperada. Como si hubieran querido borrar cualquier rastro antes de que ellos llegaran. Como si supieran que el tiempo se les agotaba.
Lobo se detuvo frente a la última puerta del pasillo. No era diferente a las demás.
—Aquí —dijo, apenas un susurro.
Los otros dos se tensaron.
Lobo apoyó la mano en el pomo. Estaba tibio.
Como si alguien lo hubiera tocado hacía muy poco.
Giró el pomo.
Lobo abrió la puerta sin hacer ruido, pero el golpe seco del marco contra la pared bastó para que los dos hombres dentro se giraran.
El del puro, un tipo ancho, camisa remangada, tardó una fracción de segundo en reaccionar. El puro cayó de su boca, rodó por el suelo dejando un rastro de ceniza. Su mano fue al arma, pero demasiado tarde.
Lobo ya había disparado.
El hombre del puro se desplomó hacia atrás, silla y todo, con un gruñido ahogado.
El otro, el que estaba de espaldas, sí alcanzó a girarse. Tenía los reflejos de alguien acostumbrado a sobrevivir. Su pistola apareció como si hubiera estado esperándolo.
Disparó.
El fogonazo iluminó la sala por un instante. La bala pasó tan cerca de Lobo que sintió el aire caliente rozarle la mejilla.
Rivas y Topo —que venía detrás, ya con el arma levantada— entraron casi al mismo tiempo. El tipo de espaldas intentó levantarse, volcar la mesa, buscar cobertura… pero no tuvo tiempo. Rivas disparó dos veces, seco, preciso.
El silencio cayó de golpe.
Solo el olor a pólvora, el humo del puro agonizando en el suelo y el eco de la violencia recién desatada.
Rivas tragó saliva.
Lobo dejó que el eco de los disparos muriera antes de moverse. El olor a pólvora aún flotaba en el aire, mezclado con el aroma denso del puro que seguía consumiéndose en el suelo, dibujando una espiral de humo que ascendía lenta, casi perezosa, como si no entendiera que su dueño ya no respiraba.
La sala era pequeña, mal ventilada, con una única lámpara en el techo que parpadeaba cada pocos segundos. Ese titilar daba a la escena un aspecto casi espectral: sombras que se alargaban, que se encogían, que parecían moverse por su cuenta.
Lobo avanzó despacio. Su mirada recorrió los cuerpos, la mesa. Se acercó al escritorio. El hombre del puro había caído hacia atrás, la silla volcada y un brazo extendido como si aún intentara alcanzar el arma que nunca llegó a tocar. El otro cadáver estaba a un lado, medio girado, con la pistola todavía en la mano, los dedos rígidos.
Lobo empujó la silla con el pie y abrió el primer cajón. Vacío. El segundo, igual. En el tercero encontró algo que no esperaba: un cuaderno viejo, de tapas negras, con las esquinas dobladas y manchas de grasa en la portada. Lo sacó con cuidado.
Las primeras páginas habían sido arrancadas con violencia. Los bordes irregulares, casi desgarrados. Pero la siguiente hoja conservaba las marcas del bolígrafo. Lobo la inclinó bajo la luz, intentando descifrar algo, pero las líneas eran demasiado tenues.
Buscó sobre la mesa. Entre papeles arrugados, colillas y un cenicero lleno, encontró un lapicero. Lo tomó, apoyó la hoja sobre la superficie lisa del escritorio y comenzó a frotar suavemente. El grafito fue revelando las palabras poco a poco, como si emergieran desde el fondo del papel.
Primero, un nombre. Luego otro. Después, un número, por el número de cifras… un teléfono.
Lucía / Varela
615985846
Lobo lo leyó varias veces. No le sonaba ninguno de los nombres. Tampoco el número. Pero algo en la forma en que estaba escrito; rápido, apretado, casi nervioso, le dijo que era importante. Arrancó la hoja con cuidado y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Qué es eso? —preguntó Rivas desde la puerta, sin acercarse.
—Una pista —respondió Lobo, sin levantar la vista.
Siguió registrando la mesa. En una esquina encontró un cubo metálico. Dentro, un montón de papeles arrugados, algunos ya chamuscados por los bordes. Al lado, una caja de cerillas abierta, con varias cerillas partidas. Alguien había estado a segundos de prender fuego a todo aquello.
Lobo sacó los documentos uno por uno. Eran albaranes de flota: matrículas, rutas, horarios, firmas. Camiones. Muchos. Demasiados para ser casualidad. Y todos con fechas recientes.
—Mira esto —dijo, extendiendo uno hacia Rivas.
Rivas lo tomó, lo revisó por encima y frunció el ceño.
—¿Transporte?
—Mercancía —corrigió Lobo—. De la que no se declara.
Siguió revisando el cubo. Entre los papeles quemados encontró una hoja suelta, arrugada, con una escritura firme, casi agresiva. Solo había una fecha y una hora:
24/12 — 03:15
Sin ninguna referencia.
Lobo la observó durante un largo instante. No le decía nada… pero su instinto le gritaba que no debía ignorarla. La guardó con el resto.
—¿Qué crees que significa? —preguntó Topo, acercándose un poco más.
—Todavía no lo sé —respondió Lobo.
Se incorporó, miró la sala una vez más y se giró hacia la puerta, tensando la mandíbula. El silencio del pasillo era absoluto. Un silencio que no le gustaba. Un silencio que, en su experiencia, siempre precedía a algo.
—Nos movemos —dijo finalmente—. Aquí no hay nada más.
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