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Enjaulada - Capítulo 38

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Capítulo 38: Salvadas

Lobo, Topo y Rivas regresaron al punto donde el resto de la cuadrilla aguardaba, ocultos entre la maleza. La noche parecía haberse espesado desde que entraron en aquella casa; el aire era más denso, como si el bosque también hubiera presenciado lo que ellos vieron y ahora guardara silencio por respeto… o por miedo.

Los dos hombres que habían emboscado al conductor y al copiloto seguían allí, tirados sobre la tierra húmeda, inmóviles salvo por el leve vaivén de la respiración. Las cuerdas que los sujetaban estaban tensas, marcando surcos en sus muñecas. Parecían dos sombras abandonadas, restos de un peligro que aún no terminaba de disiparse.

Ruso los señaló con un gesto seco, directo, sin adornos. No necesitaba palabras. Su mirada decía lo que todos sabían: dejarlos con vida era una sentencia para ellos mismos. Aquella banda no perdonaba. No olvidaba. Y si esos dos despertaban, la cacería sería inmediata.

Lobo sostuvo la mirada de Ruso durante un instante. No hubo discusión. Solo un asentimiento breve, casi imperceptible, pero suficiente.

Ruso desapareció entre los arbustos sin hacer ruido, como si la oscuridad lo hubiera tragado.

El resto del grupo se puso en marcha. Guiaron a las mujeres lejos de aquel infierno, avanzando con cautela, desandando el camino que habían tomado para evitar activar los sensores que aún podrían estar operativos. Cada paso era una negociación silenciosa con la noche. Las ramas crujían bajo las botas, los susurros del viento parecían advertencias.

A mitad del trayecto, cuando el bosque se abría en un claro estrecho, dos detonaciones cortas quebraron el silencio. Sonaron limpias, precisas, sin eco. Rivas se tensó. Topo apretó los dientes. Lobo no se detuvo, pero su mandíbula se endureció.

Unos segundos después, Ruso emergió entre los árboles, caminando con la serenidad de quien acaba de cumplir una tarea inevitable. No llevaba prisa. No necesitaba explicaciones. Simplemente se reincorporó al grupo, como si hubiera ido a apagar un fuego menor.

Avanzaban entre los matorrales, abriéndose paso con pasos torpes y silenciosos. El grupo entero parecía caminar dentro de un sueño pesado, como si la oscuridad del bosque se hubiera pegado a sus espaldas. Las mujeres iban en medio, protegidas por la cuadrilla, aunque ninguna se sentía realmente a salvo.

La joven que había preguntado por su hermana caminaba unos metros detrás de Lobo. Sus manos temblaban, y cada tanto tropezaba con raíces o piedras sin darse cuenta. Finalmente, reunió el valor para acercarse. Tocó el brazo de Lobo con la punta de los dedos, como si temiera que él también pudiera desaparecer.

Lobo se detuvo.

Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban hinchados, pero aún quedaba en ellos una chispa de esperanza que dolía ver.

—Por favor… —susurró—. Mi hermana… ¿la encontraste?

Lobo respiró hondo. Sabía que esa pregunta llegaría, pero no había forma de suavizar lo inevitable.

Posó su enorme mano sobre el hombro de la mujer. Su tacto fue sorprendentemente delicado, casi protector. La obligó a mirarlo a los ojos, no para herirla, sino para que supiera que no estaba sola en ese instante.

—Lo siento —dijo con voz baja, grave, sincera—. Mucho.

Ella parpadeó, conteniendo el llanto.

Lobo continuó, escogiendo cada palabra como si fueran piedras calientes.

—La vi. Y te prometo… no sufrió.

Mintió. Mintió sin dudar. Mintió porque la verdad era un cuchillo que ella no necesitaba llevar clavado el resto de su vida.

La mujer se llevó una mano a la boca, ahogando un gemido. Sus rodillas casi cedieron, pero Lobo la sostuvo con suavidad, manteniéndola firme.

—Lo siento —repitió él, más despacio.

Ella respiró entrecortado, intentando recomponerse. Lobo esperó. No la apuró. No apartó la mano de su hombro hasta que sintió que podía seguir escuchando.

Entonces añadió, con una dureza fría que no iba dirigida a ella, sino al recuerdo del monstruo que habían encontrado:

—El hombre que le hizo daño… está muerto. No volverá a tocar a nadie.

La mujer cerró los ojos. Una lágrima cayó, silenciosa, pero su expresión cambió. No era alivio. No era paz. Era algo más tenue, más frágil: la certeza de que, al menos, el horror había terminado.

—Gracias… —susurró, aunque su voz se ahogó entre lágrimas.

Lobo asintió una sola vez. Luego retiró la mano con cuidado y volvió a ponerse en marcha. Ella regresó al grupo, caminando despacio, con el rostro empapado pero la espalda un poco menos encorvada.

El bosque siguió tragándose sus pasos mientras avanzaban hacia los vehículos.

Las mujeres, exhaustas, miraban a su alrededor sin comprender del todo lo que ocurría, pero percibían la gravedad en los rostros de sus rescatadores. Nadie habló. No hacía falta.

El bosque siguió tragándose sus pasos mientras se alejaban de aquel lugar maldito, dejando atrás cuerpos, sombras y secretos que aún no habían terminado de revelar su verdadero alcance.

Siguieron avanzando entre la espesura hasta que, por fin, el bosque comenzó a abrirse. La humedad del suelo dio paso a un terreno más firme, y el olor a vegetación se mezcló con el aroma familiar del combustible y el metal caliente. Allí, ocultos entre arbustos altos y sombras estratégicamente colocadas, aguardaban los vehículos.

Las mujeres se detuvieron al verlos. Algunas temblaban tanto que apenas podían mantenerse en pie; otras miraban alrededor con los ojos muy abiertos, como animales acorralados que no saben si han escapado o si solo han cambiado de jaula. Cuando los hombres de la cuadrilla intentaron organizarlas, varias se aferraron unas a otras, negándose a separarse. El pánico era tan palpable que parecía un cuarto pasajero en cada respiración.

—Tranquilas —murmuró Lobo, aunque sabía que sus palabras eran poco más que un hilo de aire—. Estáis a salvo.

Ruso y Topo intercambiaron una mirada rápida. No podían obligarlas a dividirse; el miedo que cargaban era demasiado profundo. Así que tomaron la decisión más sensata: todas irían juntas en la furgoneta de la cuadrilla. Era amplia, resistente y, sobre todo, discreta. Allí podrían viajar sin sentirse expuestas.

El resto del equipo se distribuyó con rapidez. Dos hombres subieron al camión que habían recuperado, aún cargado con el arsenal que la banda pretendía mover. El motor rugió con un sonido grave, pesado, como si también arrastrara el peso de lo que habían visto esa noche.

Lobo montó en su motocicleta. El casco ocultó su expresión, pero no la tensión en sus hombros. Él abriría la marcha. La furgoneta iría detrás, escoltada por el camión, y Rivas cerraría la caravana desde su propia moto, atento a cualquier movimiento en la retaguardia.

—No bajéis la guardia —dijo Lobo antes de arrancar—. Si alguien nos sigue, lo sabremos antes de que se acerque.

El ronroneo de las motos rompió el silencio del bosque. La columna se puso en movimiento, lenta al principio, hasta que dejaron atrás la arboleda y tomaron un camino de tierra que desembocaba en una carretera secundaria. La noche los envolvía como un manto protector, pero también como un recordatorio de que aún no estaban a salvo.

El trayecto hacia Vallecas sería largo. Debían llegar a una nave industrial en la zona vieja del polígono, un lugar que la cuadrilla utilizaba como base desde hacía años. Allí, entre decenas de camiones que entraban y salían a todas horas, su cargamento pasaría desapercibido. Nadie miraba dos veces un vehículo pesado en aquel laberinto de naves, muelles y almacenes.

Lobo aceleró un poco, manteniendo la vista fija en la carretera. El viento frío le golpeaba el pecho, pero no lograba despejarle la mente. Cada kilómetro que avanzaban era un recordatorio de que el tiempo jugaba en su contra. Karla seguía desaparecida. Y ahora, además, tenían un camión lleno de armas, una cuadrilla exhausta y un grupo de mujeres traumatizadas que dependían de ellos para sobrevivir.

Detrás, la furgoneta avanzaba con las luces bajas. A través del retrovisor, Lobo alcanzó a ver sombras moviéndose en su interior: mujeres abrazándose, otras mirando por las ventanas como si temieran que la oscuridad pudiera arrancarlas de nuevo.

El camión seguía su estela, pesado pero firme. Y al final de la fila, Rivas, vigilante, con la mano siempre cerca del freno y la otra lista para reaccionar.

La noche madrileña los tragó poco a poco, como si el asfalto quisiera borrar sus huellas.

Pero, la mente de Lobo no descansaba. Las notas que había encontrado seguían dando vueltas: dos nombres, un número de teléfono, una escritura apresurada que parecía hecha por alguien que sabía que no tenía tiempo.

Lucía. Varela.

Un móvil que no reconocía.

Una pista que podía abrir una puerta…

Tendría que llamar. Averiguar quiénes eran. Qué relación tenían con todo aquello. Pero no ahora. No mientras las mujeres seguían temblando detrás de él, con la mirada perdida y el alma hecha jirones.

Primero, ponerlas a salvo.

Una casa de acogida sería lo más sensato. Un lugar donde nadie pudiera encontrarlas, donde pudieran dormir sin sobresaltos, donde alguien las tratara como personas y no como mercancía. Después, ya habría tiempo para seguir tirando del hilo.

Y luego estaban los padres de Karla.

Ese pensamiento le cayó encima como una losa. Sabía que tendría que enfrentarlos. Sabía que le ocultaban algo. Lo había visto en sus ojos, en sus silencios, en esa forma de esquivar preguntas como si cada una fuera un disparo.

Algo sabían.

Algo que él necesitaba para encontrarla. Porque algo le ocultaban.

Y él estaba cansado de caminar a ciegas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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