Enjaulada - Capítulo 39
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Capítulo 39: Solo tienes que empujar
Mientras tanto, repostando en una gasolinera, dos chicas se debaten en si tienen fuerza para empujar una puerta y buscar su libertad. Karla apoyó las manos en la chapa helada, conteniendo la respiración. Lucía la imitó, pegándose a la puerta como si pudiera absorber información a través del metal. No estaban seguras de lo que habían oído. El sonido había sido claro, un clac seco, inconfundible… pero también podía haber sido su imaginación desesperada.
—Creo que lo descorrió —susurró Lucía.
—¿Tu crees? —respondió Karla, sin apartar la oreja de la chapa.
Ambas empujaron al mismo tiempo, usando hombros, codos, todo lo que tenían. Las puertas vibraron, crujieron… pero no cedieron. Algo las bloqueaba desde fuera. No era el cerrojo. Era otra cosa. Un obstáculo físico.
Lucía jadeó.
—¿Qué… qué lo está atascando?
Karla volvió a empujar, esta vez con más rabia que fuerza. La puerta se movió apenas unos milímetros, lo suficiente para que entrara un hilo de aire frío.
—Hay algo ahí fuera —murmuró—. Algo que impide que se abra del todo.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y si Matías lo hizo a propósito? ¿Y si… solo quería sentirse mejor? Como si hubiera intentado ayudarnos… pero sin hacerlo de verdad.
Karla apretó los dientes. Sabía que era posible. Matías estaba al límite. La traición de su hermano lo había destrozado por dentro. Era un hombre dividido, atrapado entre el miedo y la culpa.
—No lo sé —respondió ella—. Pero si realmente quiso abrirnos, puede volver.
Lucía tragó saliva.
—¿Y si vuelve con el especialista detrás? Ese tipo no duda. Ese tipo nos mata sin pestañear.
Karla lo sabía. El especialista era un depredador. Silencioso. Metódico. Letal. Si estaba siguiendo el camión en su todoterreno, cualquier intento de fuga podía convertirse en una sentencia.
Pero quedarse allí también lo era.
—Si conseguimos abrir esta puerta —dijo Karla, respirando hondo—, tendremos una oportunidad. Pequeña, pero real.
Lucía la miró, con los ojos llenos de terror y esperanza a partes iguales.
—Entonces… lo intentamos.
Karla asintió.
—A la de tres. Empuja fuerte.
Se colocaron una a cada lado, apoyando los hombros contra la chapa. El metal vibraba bajo su peso, como si protestara.
—Una…
—Dos…
—¡Tres!
Golpearon con todas sus fuerzas. El impacto resonó dentro de la caja como un trueno. La puerta tembló, chirrió… y esta vez, algo cedió. Un sonido áspero, como piedra raspando metal.
Lucía contuvo un grito.
—¡Se ha movido!
—Otra vez. ¡Vamos! —ordenó Karla, con la adrenalina disparada.
Repitieron el golpe. La puerta se abrió un poco más, apenas un palmo. A través de la rendija, Karla vio algo oscuro, irregular.
Algo que no debería estar ahí.
—Han aparcado pegados a un tope —murmuró—. O lo han puesto a propósito.
Lucía sintió que el corazón se le subía a la garganta.
La puerta estaba entreabierta. Y eso era más de lo que habían tenido en horas.
Karla metió los dedos en la rendija, tanteando el borde.
—Vamos a abrirla un poco más —dijo, con la voz firme—. Aunque sea lo justo para salir arrastrándonos.
Lucía asintió, temblando.
La libertad estaba a un palmo. Empujaron de nuevo, esta vez con toda la fuerza que les quedaba. La chapa vibró, el metal se quejó con un chirrido áspero… y la rendija se abrió apenas un poco más. Lo justo para que una mano delgada pudiera asomarse al exterior.
Pero no más.
Algo duro, inmóvil, bloqueaba la apertura. Fuera lo que fuese, impedía que las puertas se abrieran del todo.
Lucía retiró la mano, jadeando.
—No… no sale más —susurró, desesperada.
Karla apoyó la frente en la chapa, intentando escuchar. El silencio exterior era engañoso, lleno de ruidos lejanos que no podían descifrar. Y entonces, entre ese murmullo, lo oyeron.
Pasos conocidos.
No del conductor, ni del especialista.
Los pasos eran de Matías.
Lucía contuvo el aliento.
—Matías… —susurró, apenas un hilo de voz, lo suficientemente bajo para no alertar a nadie más.
Karla hizo lo mismo, acercando los labios a la rendija.
—Matías… ayudanos.
Los pasos se detuvieron de golpe. Justo al otro lado. Tan cerca que Karla sintió cómo el silencio se tensaba entre ellos, como una cuerda a punto de romperse.
Él dudaba.
Podían sentirlo.
Matías se quedó quieto, clavado en el suelo de la gasolinera, con la mano aún temblando después de haber rozado el cerrojo. No sabía si lo había abierto del todo. No sabía si quería hacerlo. No sabía nada.
Solo escuchó su nombre en la voz de Karla, dicho en un susurro que le atravesó el pecho como un disparo.
Se quedó paralizado. No podía respirar. Era como si el mundo entero se hubiera reducido a esa rendija mínima entre las puertas del camión y la voz de ella filtrándose por el metal.
Su mente era un caos.
La traición de su hermano seguía ardiendo en su cabeza, un recuerdo que lo había dejado sin suelo bajo los pies. Desde entonces, todo lo que hacía era automático. Pero ahora… ahora estaban ellas. Karla y Lucía. Y él era responsable, aunque nadie se lo hubiera dicho en voz alta.
Si él no hubiera pasado información sobre Karla, si no hubiera aceptado ese encargo, si hubiera tenido el valor de decir “no” cuando aún podía…
Quizá nada de esto habría ocurrido.
Quizá Karla no estaría encerrada en una caja metálica.
Quizá Lucía no habría sido secuestrada y quizá él no tendría que elegir entre salvar su vida… o salvarlas a ellas.
Y lo peor era que no podía engañarse: sentía algo por las dos.
Lucía le despertaba una ternura que no recordaba haber sentido nunca. Quería protegerla, sacarla de allí, ponerla a salvo aunque él acabara muerto. Había algo en su forma de mirarlo, incluso con miedo, que le hacía sentir que aún podía ser alguien decente.
Pero Karla… Karla era otra cosa.
Karla lo desafiaba sin decir una palabra, lo miraba como si pudiera ver a través de él y le recordaba, sin quererlo, que él también estaba atrapado. Que él también era una víctima, aunque no quisiera admitirlo. Y hasta que él no saliera de esa red, hasta que no rompiera con esa organización, no podría ayudarlas de verdad.
El conductor lo observaba desde la distancia, impaciente, sin quitarle los ojos de encima. Matías sabía que no podía acercarse demasiado al camión. Sabía que cualquier gesto extraño podía costarle la vida.
Pero cuando escuchó de nuevo su nombre, más bajo, más desesperado, algo dentro de él se quebró.
Dio dos pasos.
Solo dos.
Los suficientes para que ellas lo oyeran.
Los suficientes para que el conductor no sospechara.
Se inclinó como si estuviese anundando los cordones de su zapato, justo para que su voz pudiera atravesar la rendija.
—La puerta está abierta —susurró, con la garganta seca—. Cuando arranquemos… tendréis una oportunidad.
No podía decir más. No podía quedarse.
No podía arriesgarse a que el conductor lo viera inclinado hacia la caja.
Retrocedió de inmediato, sintiendo el corazón golpearle contra las costillas. Cada paso que daba hacia atrás era una puñalada de culpa.
Porque sabía que lo que acababa de hacer podía salvarlas.
O podía condenarlas si tenían una mala caída.
Y también sabía que, si algo salía mal, él sería el primero en pagar el precio.
Pero aun así lo había hecho.
Porque no podía seguir siendo parte de aquello.
Porque no podía seguir mirando a Lucía sin sentir que se estaba pudriendo por dentro.
Porque no podía soportar la forma en que Karla lo miraba, como si supiera que él tenía la llave de su libertad… y aún así no la usaba.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, quería hacer algo correcto.
Aunque le costara la vida.
Lucía apretó los puños, temblando.
—Por favor… —susurró ella, sin atreverse a elevar la voz.
Durante unos segundos interminables, Matías no se movió. Ni un paso. Ni un suspiro. Como si estuviera decidiendo si acercarse… o huir.
Karla cerró los ojos.
Lucía se llevó una mano a la boca para no soltar un sollozo.
Karla sintió un vuelco en el estómago.
—¿Y el conductor? —preguntó en un murmullo.
—Solo… solo tenéis que esperar el momento. —respondió Matías.
Un ruido seco sonó a unos metros. El conductor, impaciente, golpeaba el lateral del camión para que Matías no perdiera más el tiempo. Si tardaban más de la cuenta en llegar al destino, tendría que dar explicaciones por su tardanza.
Matías dio un paso atrás, alejándose de la rendija.
—No puedo quedarme —susurró—. No puedo…
Y se marchó, rápido y abrío la puerta del copiloto.
—Ni hablar tio —Le dijo el compañero haciendole gestos con la mano para que pasasé al asiento del conductor— Ahora conduces tú.
Karla y Lucía se quedaron inmóviles, con la respiración contenida.
El motor del camión tosió una vez, como si despertara de golpe, y luego rugió con fuerza. El chasis entero vibró bajo los pies de Karla y Lucía. La chapa tembló, las paredes metálicas resonaron como un tambor, y el aire dentro de la caja se volvió aún más denso.
Karla sintió cómo el corazón se le subía a la garganta. Miró a Lucía, que estaba pálida, con los ojos muy abiertos, pero asintió sin dudar. No tenían otra opción. No habría una segunda oportunidad.
El camión empezó a moverse.
Primero un tirón suave, luego otro más brusco.
La caja se inclinó ligeramente hacia atrás y con el movimiento la puerta, sin nada que la bloquease, la abertura comenzó a ensancharse un poco más. Un hilo de luz fría entró en la oscuridad, cortando la penumbra como una cuchilla. Las chicas tuvieron que agarrarse para no caer.
Era el momento de saltar…
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