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Enjaulada - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Lucía
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4: Lucía 4: Lucía Lucía apoyaba las palmas contra la pared desnuda, fría, como si pudiera atravesarla para ver el rostro de la voz que le hacía preguntas al otro lado.

No sabía qué responder.

Cada silencio suyo parecía ensanchar el cuarto y volverlo más estrecho a la vez.

Intentó aferrarse a algo conocido.

El desayuno con su padre esa misma mañana: el olor del café, el tintinear de los cubiertos, la manera en que él evitaba mirarla demasiado tiempo, como si aún no se acostumbrara a tenerla viviendo con él.

Desde el divorcio, ella había ido saltando de casa de su madre a casa de su padre, de habitación prestada a habitación prestada, hasta que cumplió la mayoría de edad y decidió instalarse con él, buscando una estabilidad que todavía no sabía si existía.

También recordó el trayecto en el coche de la empresa.

Su padre la había dejado en manos del chófer antes de entrar en la oficina, confiándole dos tareas sencillas: comprar el regalo de cumpleaños de su madre y preparar una cena especial para los tres.

Lucía, en el fondo, albergaba la ingenua esperanza de que aquel gesto ayudara a que sus padres volvieran a mirarse como antes.

El chófer aparcó en el garaje del centro comercial y le aseguró que la esperaría un par de horas.

Cuando ella bajó del vehículo y lo adelantó camino a la entrada, se fijó en él por primera vez.

No era el conductor habitual de su padre, aquel hombre mayor y taciturno, sino alguien mucho más joven.

Y en un instante fugaz, cuando él se bajó ligeramente las gafas de sol, Lucía alcanzó a ver el color de sus ojos: un azul cielo tan nítido que la sorprendió.

Él, como si se arrepintiera de haber dejado ver demasiado, giró el rostro hacia otro lado, ocultándose.

Lucía sonrió para sí misma, pensando que quizá solo era tímido, mientras cruzaba entre varios vehículos hasta la zona comercial.

Pero Lucía nunca llegó a cruzar las puertas del centro.

El recuerdo se cortaba ahí, como si alguien hubiera arrancado la página.

Lo siguiente era despertar tumbada en el suelo metálico de una furgoneta.

Las muñecas atadas a la espalda.

La boca sellada con algo que parecía un precinto.

Una capucha áspera cubriéndole la cabeza, robándole el aire y el sentido del tiempo.

El suelo de la furgoneta era frío y duro bajo su tembloroso cuerpo.

El rugido del motor y el traqueteo de la carretera eran los únicos sonidos que la acompañaban en su terror.

Cada bache en el camino le hacía estremecerse; su corazón latía desbocado en su pecho.

Intentaba controlar su respiración, pero el miedo la tenía atrapada en un pánico constante y el roce de las cuerdas contra su piel aumentaba su desesperación.

Podía oír las voces de sus captores en la cabina delantera, hablando en tonos bajos y conspirativos.

Cada palabra que no lograba entender se convertía en una fuente de ansiedad.

¿Qué planeaban hacer con ella?¿Dónde la llevaban?

¿Quiénes eran y por qué le ocurría esto a ella?

Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío que cubría su frente.

Intentaba recordar algo, cualquier cosa que pudiera darle fuerzas, pero su mente estaba nublada por el miedo.

De pronto, la furgoneta se detuvo, sacudiendo a la chica que yacía en el suelo del vehículo.

Lucía rodó de un lado a otro golpeándose.

El motor se apagó y el silencio que siguió fue ensordecedor.

Tras unos segundos interminables, Lucía pudo escuchar el crujido de las puertas al abrirse y los pasos pesados de sus captores acercándose.

Sintió cómo la agarraban con fuerza, levantándola sin dificultad entre dos personas y soltándola bruscamente sobre el terreno arenoso.

Sus piernas temblaban; la humedad del suelo se filtraba a través de las rodillas, recordándole que estaba inmóvil desde hacía demasiado tiempo.

Intentó mover las manos, pero el roce áspero de la cuerda contra su piel le arrancó un jadeo involuntario.

No sabía si aquel sonido había sido audible por alguien más que quienquiera que la hubiera llevado allí, pero el simple pensamiento de haber delatado su miedo le tensó aún más la espalda.

Un crujido, leve pero nítido, rompió el silencio.

Provenía de algún punto frente a ella, quizá a pocos metros.

La capucha no dejaba pasar ni una sombra, pero el oído se le afinó como si su vida dependiera de ello.

Tal vez sí dependía.

Otro crujido.

Más cercano.

El aire cambió.

No era una corriente, sino una presencia: el modo en que alguien desplaza el espacio al acercarse.

Su respiración se volvió más lenta, más pesada, como si la estuviera midiendo.

Un dedo —solo uno— rozó la tela de la capucha a la altura de su frente.

No la retiró.

No la apretó.

Solo la tocó, como quien comprueba la temperatura de un objeto antes de decidir qué hacer con él.

—Ya estás despierta —dijo una voz baja, sin prisa, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía horas.

La frase no era una amenaza explícita, pero algo en la cadencia, en la calma casi clínica, le heló más que el aire.

—Llévala arriba.

Y avisar al niño que se quede vigilando.

No quiero errores.

Ordenó una voz ruda, con acento latino.

La sensación de movimiento se volvió más confusa cuando la arrastraron hacia adelante.

Bajo la capucha, la oscuridad era absoluta, pero el eco de sus pasos le reveló que ya no estaban al aire libre.

El sonido cambiaba: primero un espacio amplio, luego un pasillo más estrecho donde cada pisada rebotaba contra paredes cercanas.

El olor también mutó.

Dejó atrás la humedad del exterior y entró en un aire más denso, cargado con un leve rastro de madera vieja y algo metálico, como tuberías antiguas.

La mano que la guiaba, o más bien la empujaba, no era brusca, pero sí firme, como si quien la sujetaba no necesitara usar fuerza para dejar claro que no había alternativa.

El suelo bajo sus pies pasó de tierra a un material duro, quizá terrazo o piedra pulida.

Cada paso resonaba con un clac seco que le vibraba en los tobillos.

El pasillo parecía interminable.

No podía verlo, pero lo intuía por la forma en que el sonido se estiraba hacia adelante, por la ausencia de esquinas, por la monotonía del aire.

A veces escuchaba puertas abrirse o cerrarse a lo lejos, pero nunca cerca.

Y, de vez en cuando, voces.

No conversaciones claras, sino murmullos que se apagaban antes de que pudiera distinguir palabras.

Voces masculinas, quizá más de una docena, pero todas lejanas, como si estuvieran detrás de paredes gruesas.

De pronto, la mano en su brazo cambió de dirección.

Un giro.

Luego otro.

El eco se volvió más vertical.

Escaleras.

El primer escalón la tomó por sorpresa, obligándola a tensar el abdomen para no tropezar.

Subieron despacio, pero sin pausas.

Uno, dos, tres, cuatro tramos.

Perdió la cuenta.

El aire se hacía más liviano a medida que ascendía, como si cada planta estuviera menos habitada o menos usada.

En la cuarta planta —lo supo por el cambio en la acústica, más abierta, más silenciosa— las voces desaparecieron por completo.

Solo quedaba el sonido de su respiración dentro de la capucha, atrapada, amplificada, como si estuviera escuchándose desde dentro de un pozo.

La detuvieron.

El agarre en su brazo se aflojó, pero no la soltaron.

Frente a ella, un silencio espeso.

Luego, un clic metálico: una cerradura.

La puerta se abrió con un leve chirrido, como si no se usara a menudo.

Un empujón seco la obligó a avanzar.

El suelo cambió otra vez, ahora más blando, quizá una alfombra fina.

La habitación olía a encierro: polvo, madera cerrada, un toque de humedad que llegaba a ser desagradable e inquietante.

Le desataron las manos y la puerta se cerró detrás de ella.

El sonido fue definitivo, casi ceremonial.

Lucía permaneció inmóvil, la capucha aún sobre la cabeza, sin saber si estaba sola o si alguien más respiraba en esa misma oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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