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Enjaulada - Capítulo 40

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Capítulo 40: ¡Salta!

El camión avanzaba girando lentamente hacia la salida de la gasolinera. Cada metro que recorría era una cuenta atrás.

—¡Espera un poco más! —jadeó Lucía.

Karla vio el suelo de cemento pasar bajo ellas, borroso por la velocidad creciente. Vio las luces blancas de la gasolinera alejándose.

No tenían tiempo, si el camión alcanzaba más velocidad el salto podría matarlas.

—Lucía, tú primero —ordenó Karla.

—No, tú —susurró ella, aterrada.

—¡He dicho que tú! —escupió Karla, empujándola hacia la abertura.

Lucía tragó saliva, temblando, y se dejó caer rodando por el suelo, golpeándose contra el cemento, raspándose las rodillas y codos. El dolor que sentía le quemaba, pero estaba fuera. Se levantó dolorida y se echó a un lado mirando hacia el camión, esperando ver saltar a su amiga.

Apretó los dientes, tomó aire y se acercó al borde, pero justo entonces el camión pasó por encima de un bache profundo. El tirón fue tan brusco que la puerta, se cerró de golpe como una trampa.

El borde metálico atrapó los dedos de Karla durante un instante que le arrancó un gemido ahogado.

Un dolor agudo, punzante, le atravesó la mano como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo.

—¡Aa—! —la voz se le quebró antes de salir del todo.

Instintivamente tiró hacia atrás, liberando la mano justo antes de que la puerta terminara de cerrarse. Se desplomó contra la chapa, jadeando, con los dedos palpitando y la piel abierta en dos de ellos. La sangre brotó al instante, caliente, resbalándole por la muñeca.

La oscuridad volvió a tragársela.

El cerrojo exterior golpeó el metal con un sonido seco quedando de nuevo encajada.

El dolor le nublaba la vista, pero lo que más la desgarraba no era la herida. Era saber que Lucía estaba fuera y ella no.

En el arcén, Lucía avanzaba tambaleándose. El cuerpo le ardía por los golpes, las rodillas sangraban, los codos estaban raspados… pero estaba viva. Se apartó del camino justo a tiempo para no ser arrollada por un coche que pasó a toda velocidad, pitando al verla.

Miró el camión.

—Vamos, Karla… salta… —susurró, llevándose las manos a la boca.

El camión tomó velocidad, alejándose por la carretera como un monstruo de metal tragándose a su amiga. Lucía dio otro paso hacia adelante, como si pudiera alcanzarlo. Pero sus piernas fallaron y cayó de rodillas en el arcén.

Dentro del camión, Karla apretó los dientes, intentando controlar el temblor de su mano herida. El dolor era insoportable.

En la cabina, Matías sintió un vuelco en el estómago cuando miró por el retrovisor. Por un instante fugaz, creyó ver una figura pequeña en el arcén.

Era Lucía, lo había conseguido.

Había escapado. Matías tragó saliva. Había salvado a una…

El especialista podía estar ya siguiéndolos.

O a punto de aparecer.

Y Matías, atrapado entre dos mundos, sabía que su margen de maniobra se acababa.

Muy pronto tendría que elegir. Sin medias tintas.

Y esa elección podía costarle la vida.

Lucía intentó incorporarse, sin éxito. El cuerpo le ardía por los golpes, pero el miedo la empujaba. Tenía que encontrar a Karla. Quizá… quizá ella también había logrado saltar. Pero la carretera estaba vacía. Solo el eco lejano del camión alejándose.

Lucía dudó.

¿Seguir el camino del camión?

¿O volver a la gasolinera y pedir ayuda?

Su mente era un torbellino. Si corría hacia la carretera, podía ser atropellada. Si seguía al camión, la encontrarían. Si volvía a la gasolinera… ¿y si el camión regresaba? ¿Y si el especialista estaba cerca?

El miedo la paralizó un instante. Se levantó como pudo, apoyándose en una señal oxidada. Las rodillas le temblaban, la sangre le bajaba por las espinillas, pero avanzó. Cada paso era un esfuerzo titánico, como si caminara dentro de un sueño pesado.

A lo lejos, un par de luces se acercaban por la carretera. Un coche.

Lucía levantó los brazos, desesperada.

—¡Ayuda! —intentó gritar, pero apenas salió un hilo de voz.

El coche redujo la velocidad.

Lucía dio un paso hacia el centro de la carretera.

—Por favor… —susurró, levantando las manos.

El vehículo frenó un poco más. El conductor parecía dudar. Era de noche, una chica ensangrentada en medio de la carretera… podía ser una trampa, podía ser un accidente, podía ser cualquier cosa.

Lucía sintió que el corazón le iba a explotar.

—Por favor… —repitió, con lágrimas resbalándole por las mejillas.

El coche se detuvo del todo.

La ventanilla del conductor bajó apenas unos centímetros.

Lucía dio un paso hacia adelante, temblando.

—Por favor… ayúdeme… —susurró—. Mi amiga… está en ese camión… la han secuestrado…

El conductor no respondió de inmediato. Solo la observó.

Lucía sintió un escalofrío.

Algo en esa quietud… en esa forma de mirarla… no era normal.

La ventanilla bajó un poco más.

Y entonces lo vio.

La mandíbula marcada. La mirada fría, sin emoción.

Era el monstruo, el especialista.

Lucía sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

—No… tú no… no…

El especialista ladeó la cabeza, como si la estuviera evaluando.

Como si fuera un animal herido que había encontrado en mitad de la carretera.

—Sube —dijo, sin levantar la voz.

Lucía dio media vuelta y echó a correr, tropezó con el arcén, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. El dolor le atravesó las piernas, pero siguió corriendo. El aire frío le cortaba la garganta y las lágrimas le nublaban la vista.

Detrás de ella, el motor rugió.

Lucía escuchó el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto. El vehículo se acercaba. Rápido. Demasiado rápido.

—¡No, no, no…! —sollozó, intentando meterse entre unos matorrales al borde de la carretera.

Pero el especialista no aceleró para atropellarla.

No era su estilo.

Frenó justo a su altura.

La puerta del copiloto se abrió sola, empujada desde dentro.

—Sube —repitió él, con esa voz que no admitía réplica.

Lucía retrocedió, temblando, pero sus piernas ya no respondían. El cuerpo le fallaba. El miedo la paralizaba. Y él lo sabía.

El especialista bajó del coche.

Solo caminó hacia ella con la calma de quien sabe que la presa no tiene escapatoria.

Lucía intentó gritar, pero no salió sonido alguno.

Intentó correr, pero sus piernas cedieron.

El especialista la sujetó del brazo con una mano firme, casi indiferente, y la levantó como si no pesara nada.

—No deberías haber saltado, ¿Cómo diablos ha ocurrido? —murmuró.

Lucía sollozó, incapaz de luchar.

Él la empujó hacia el interior del coche. El especialista cerró la puerta del coche con un golpe seco. Lucía, atrapada en el asiento del copiloto, respiraba entrecortado, con las manos temblando sobre las piernas. Él no la miró. No necesitaba hacerlo. Su presencia llenaba el habitáculo como una sombra densa, impenetrable.

Sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta. Un dispositivo negro, sin marcas, sin carcasa, sin nada que lo hiciera reconocible. Lo desbloqueó con un gesto rápido y marcó un número que conocía de memoria.

El coche seguía detenido en el arcén, el motor ronroneando con un sonido grave.

Lucía tragó saliva. Sabía a quién estaba llamando.

Sabía lo que iba a decir.

El especialista se llevó el móvil al oído. Su expresión no cambió. Ni un músculo se movió.

Al tercer tono, alguien respondió.

—¿Sí? —la voz del conductor del camión, áspera, impaciente.

El especialista no perdió tiempo.

—Tienes una fuga.

Hubo un silencio breve, sepulcral al otro lado de la línea.

—¿Cómo? —preguntó el conductor.

—Eso quisiera saber yo. Comprueba que esté la otra —respondió el especialista, sin mirar a Lucía.

Su voz era tan plana que parecía no pertenecer a un ser humano. Lucía apretó los dientes para no romper a llorar. El coche seguía detenido en el arcén. Ella sabía que no tenía opciones.

Pero aun así lo intentó.

Con un movimiento desesperado, llevó la mano hacia la manilla de la puerta. No pensó. No midió. Solo actuó, guiada por un instinto primario de supervivencia.

La puerta cedió apenas un centímetro.

Y entonces sintió un tirón brusco en el cuero cabelludo.

El especialista la agarró del cabello con una mano firme y la arrastró hacia él, obligándola a girar la cabeza. El dolor fue tan intenso que un grito se le escapó sin poder evitarlo.

—No —dijo él, sin elevar la voz—. No vuelvas a hacerlo.

Lucía apretó los ojos, respirando entrecortado. El especialista no necesitaba gritar ni golpear. Su mensaje era claro como un cuchillo.

La soltó de golpe. Lucía se quedó encogida contra el asiento, con el corazón desbocado y las manos temblando. El especialista volvió a mirar al frente, como si nada hubiera ocurrido, como si su gesto hubiera sido tan rutinario como ajustar un retrovisor.

—Inténtalo otra vez —añadió, con calma— y no llegarás viva al destino.

Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El especialista vigilaba de reojo a Lucía.

—Está dentro. La puerta está cerrada. Con el traqueteo se ha debido de abrir el cerrojo —respondió la voa al otro lado del teléfono, sabiendo que cualquier error podría tener el mismo destino que Alvarez.

El conductor murmuró algo que el especialista no consideró relevante.

—Sigue la ruta —ordenó él, cortante—. No te desvíes. No improvises.

—Entendido.

El especialista colgó sin despedirse.

Guardó el móvil.

Puso la marcha.

El coche se incorporó a la carretera con suavidad, como si nada hubiera ocurrido.

Lucía apretó los puños, intentando controlar el temblor de su cuerpo. El especialista no la miró, pero habló, con esa voz baja que helaba la sangre.

—No vuelvas a intentarlo.

Lucía cerró los ojos, sintiendo que el mundo se estrechaba a su alrededor.

El camión seguía adelante con Karla dentro.

Y ahora ella estaba de nuevo atrapada.

Pero esta vez… con el peor de todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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