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Enjaulada - Capítulo 41

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Capítulo 41: Quiero saber…

Lucía permaneció encogida en el asiento, respirando a golpes cortos, mientras el coche avanzaba por la carretera oscura. El dolor de las raspaduras empezaba a hacerse más nítido, más punzante. Cada roce de la tela contra la piel abierta le arrancaba un estremecimiento. Los músculos, castigados por el salto, se tensaban y protestaban con cada vibración del vehículo.

Pero nada dolía tanto como la idea que le martilleaba la mente: Karla seguía dentro del camión. Sola. Creyendo que ella había escapado.

Las lágrimas caían sin ruido, resbalando por sus mejillas y empapando la camiseta. Intentaba contenerlas, pero era inútil. El miedo y el agotamiento se mezclaban en un nudo que le cerraba la garganta.

El especialista conducía sin prisa. Sus manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera. No parecía afectado por nada.

Lucía se encogió un poco más, intentando hacerse pequeña, invisible.

En un momento dado, sin apartar la vista del camino, él habló:

—Deja de llorar.

No fue un grito. Fue una orden seca, como si las lágrimas fueran un ruido molesto que debía apagarse.

Lucía se mordió el labio, intentando contener el sollozo. Pero el cuerpo no obedecía. Las lágrimas siguieron cayendo, silenciosas, inevitables. Lucía bajó la mirada hacia sus rodillas. La piel estaba enrojecida, irritada, con pequeñas zonas donde la sangre se había secado en un tono oscuro. Los codos le ardían. El costado le dolía cada vez que respiraba. La cabeza le daba vueltas y el latido acelerado no ayudaba.

Intentó mover una pierna y un pinchazo agudo la obligó a contener un gemido.

El especialista lo notó.

—No estás grave —dijo, sin emoción—. Solo te duele.

Lucía cerró los ojos. No sabía si lo decía para tranquilizarla o para recordarle que no tenía excusa para no obedecer.

El coche tomó una salida secundaria, alejándose de la autopista. La oscuridad se volvió más profunda, más rural. Lucía sintió un escalofrío. No sabía adónde la llevaba.

El especialista redujo un poco la velocidad. No por ella. Sino porque el camino lo exigía.

Lucía tragó saliva, intentando reunir fuerzas para hablar.

—¿A dónde… me lleva?

Él no respondió de inmediato.

—A donde debes estar.

Lucía sintió que el estómago se le hundía.

El coche siguió avanzando. Lucía apoyó la frente en la ventanilla fría, intentando respirar hondo. Quería gritar. Quería golpear la puerta. Quería saltar otra vez, aunque se rompiera las piernas. Quería hacer cualquier cosa que no fuera quedarse quieta, atrapada, impotente.

Pero no podía.

Lucía se giró en el asiento con un movimiento tenso, casi doloroso, pero decidido. El miedo seguía ahí, pegado a la piel como sudor frío, pero algo dentro de ella —quizá la culpa, quizá la rabia o la necesidad desesperada de entender— empujaba más fuerte.

Se obligó a mirarlo.

El especialista mantenía la vista en la carretera, porque no necesitaba mirarla para saber lo que hacía o pensaba siquiera.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó con la voz temblorosa, levantando el tono con cada pregunta—. ¿Por qué nos han secuestrado? ¿A dónde vamos? ¿Quién es tu jefe?

El silencio duró apenas un segundo, pero se sentía como un abismo.

Entonces él movió la boca en una mueca mínima, casi imperceptible, que podría pasar por una sonrisa… si no fuera tan fría. Tan vacía.

—¿Esto es un interrogatorio? —preguntó él, arqueando una ceja con una calma que la desarmó.

Lucía sintió un escalofrío. No por la pregunta en sí, sino por el tono. No había burla abierta, pero sí un matiz de ironía.

No era una sonrisa humana. Es la sonrisa de alguien que observa un insecto intentando trepar por una pared lisa.

—Solo quiero saber por qué —insiste ella, tragando saliva—. ¿Por qué yo? ¿Por qué Karla?

Él no responde de inmediato. Cambia de carril con suavidad. Como si estuviera decidiendo si vale la pena contestar.

—No eres tú quien hace las preguntas —dice al fin, sin dureza, sin elevar la voz. Solo una constatación.

—¿Cómo has salido del camión? ¿Quién ha abierto las puertas?—Pregunta el Especialista como si con cada respiración de ella estuviese evaluando su verdad. Lucía sabe que no puede decir la verdad. Si menciona a Matías, lo condena. Y si él cae… ellas también.

Respira hondo, intentando que su voz no tiemble.

—Fue… un bache —dice, mirando al frente para no delatarse—. El camión pasó por uno muy fuerte. Oímos cómo una de las puertas se abría por el golpe y aprovechamos.

El especialista no respondió de inmediato. En silencio analizaba cada palabra buscando grietas.

Lucía apretó los puños. El dolor de las raspaduras se intensificó, pero volvió a insistir.

—¿Qué quieren de nosotras?

El tipo ladea ligeramente la cabeza. Como si midiera cuánto revelar… o cuánto reservarse.

—Sois daño colateral. Quizá, si tenéis suerte y os comportáis, salgáis vivas de esto—responde al fin.

Lucía escupe las palabras, clavando la mirada.

—¿Daño colateral? ¿De quién?

La paciencia se le agota y su voz baja un tono, más frío. Se inclina hacia ella, dejando claro que la conversación ha cambiado de nivel.

—Basta ya de tanta pregunta.

Su mano se mueve con una calma inquietante hacia el arma que llevaba colgada, situando el cañón de la pistola sobre la frente de Lucía, justo entre ceja y ceja.

—Silencio —advierte—. O no volverás a ver a tu amiga.

El timbre resonó en la casa de los padres de Karla. Luis fue quien abrió, cauteloso, con una mano dentro del bolsillo de su chaqueta, sujetando una pequeña pistola que adquirió en el mercado negro. Era demasiado temprano para que cualquier persona con asuntos cotidianos llamase a su puerta. Cuando abrió, se quedó quieto. Inmóvil. Con una seriedad que no dejaba espacio para interpretaciones amables. Al otro lado se encontraba Lobo.

Luis sintió cómo algo se le encogía en el pecho. Lobo no debería saber dónde vivían. Nunca le habían dado la dirección. Y, aun así, allí estaba. Su camisa mostraba manchas secas, oscuras, y las botas arrastraban barro reciente, como si viniera de un lugar donde la noche había sido más larga que para el resto del mundo.

Durante un segundo, Luis pensó en cerrar la puerta. No por miedo exactamente, sino por la intuición de que lo que Lobo traía consigo no era algo que uno quisiera dejar entrar en casa. Pero la preocupación por Karla pesó más que cualquier duda. Se hizo a un lado.

—Pasa —murmuró, con la voz más tensa de lo que pretendía.

Lobo cruzó el umbral sin decir palabra. Su presencia llenó el recibidor con una gravedad que parecía desplazar el aire. Luis apenas había cerrado la puerta cuando la pregunta se le escapó, urgente, casi desesperada.

—¿Tienes noticias de Karla? ¿La has encontrado?

Olga bajaba las escaleras en ese momento, atraída por el tono de su marido. Al ver a Lobo, se detuvo en seco. La sorpresa se mezcló con una inquietud que no intentó disimular. Ella también notó la ropa manchada de sangre, el barro, la expresión de alguien que había visto demasiado en muy poco tiempo.

Lobo negó con la cabeza, despacio, como si cada movimiento pesara.

—No —respondió finalmente, con una voz baja, áspera por el cansancio o por algo más profundo—. Pero necesito hablar con vosotros.

Luis y Olga intercambiaron una mirada cargada de temor. Hasta ese instante, Lobo siempre había sido hermético, evasivo, alguien que respondía lo justo y nunca más. Pero ahora había algo distinto en él. Una urgencia.

—Debemos hablar.

El silencio que siguió fue tan espeso que parecía adherirse a las paredes, y Luis sintió que estaba a punto de oír algo capaz de desarmar por completo todo lo que creían saber sobre la desaparición de su hija. Lobo avanzó unos pasos más, colocándose bajo la lámpara del recibidor, donde la luz dejaba ver el cansancio endurecido en su rostro y un temblor casi imperceptible en sus manos.

Luis tragó saliva mientras Olga se abrazaba a sí misma, como si el frío hubiera entrado con él y se negara a marcharse. Lobo los observó con una intensidad que no admitía evasivas.

—No puedo seguir buscando a Karla sin saberlo todo —dijo, mirando primero a Luis y luego a Olga—. No necesito conocer vuestros secretos para entender quién se la ha llevado… pero sí para comprender por qué la eligieron a ella.

Luis abrió la boca para protestar, pero Lobo levantó una mano, firme, cortando cualquier intento de defensa.

—No estoy aquí para juzgar —continuó, con un tono más grave—. Estoy aquí porque hicimos un trato. Tú me buscaste… —hizo una pausa, como si las palabras le pesaran— y esta noche he visto demasiadas muertes como para creer que el secuestro de vuestra hija fue un simple azar. Algo se ha reactivado, algo que vosotros conocéis mejor que yo, y ya no queda tiempo para medias verdades.

Olga dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca.

—¿Qué… qué estás diciendo? —preguntó Olga, con un temblor en la voz.

El silencio se volvió insoportable. Luis sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

—Lobo… —empezó Luis, voz ronca—. Nosotros no hemos ocultado nada.

—Espera Luis, él tiene razón, si queremos encontrar a Karla debemos contarle… algo más—dijo Olga dirigiendose hacia la cocina para preparar café.

Lobo la observó unos segundos, como evaluando el peso de sus palabras, miró a Luis y seguidamente avanzó hasta la cocina. Se sentó y esperó a que cualquiera de los dos comenzasé a contar la verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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