Enjaulada - Capítulo 42
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Capítulo 42: Las cartas del pasado
Karla respiraba con dificultad por el dolor punzante en la mano herida, que mantenía pegada contra su pecho para evitar que rozara cualquier superficie. El motor seguía rugiendo, vibrando bajo ella como un animal inquieto, y cada sacudida le arrancaba un latigazo que le subía por el brazo. La caja del camión se balanceaba al ritmo irregular de una carretera secundaria y desde la cabina apenas llegaban voces, amortiguadas por la chapa que la separaba del exterior. Si pegaba la oreja contra el metal frío, podía distinguir la voz nerviosa de Matías preguntando al conductor hacia dónde se dirigían.
El conductor respondía con frases cortantes, casi escupidas.
—Hablar contigo solo trae problemas. Cállate —gruñó—. Ya te enterarás cuando lleguemos.
Matías insistió, que necesitaba parar para orinar.
—Ni hablar. No podemos volver a parar. ¿Quieres meternos en problemas?
Matías, dijó que no podía aguantar, que lo haría fuera del camión o dentro. El conductor soltó un bufido y, tras unos segundos de silencio tenso, frenó de golpe.
—Baja. Y date prisa.
El amanecer apenas despuntaba cuando Matías saltó al suelo. Miró alrededor intentando orientarse: a lo lejos, unas naves industriales recortaban su silueta contra el cielo gris. En algún punto el sueño lo venció, y cuando despertó, ignoraba por completo qué desvío había elegido el conductor, pero no estaban tan lejos de la civilización como él había temido. Un estruendo retumbó sobre su cabeza. Alzó la vista para ver la panza de un avión descendiendo. Se encontraban cerca del aeropuerto de Barajas.
El conductor volvió a gritarle, impaciente. Matías fingió avanzar hacia un lateral para hacer sus necesidades, pero en realidad se dirigió hacia la última rueda del camión, donde la puerta trasera quedaba parcialmente oculta. Quería comprobar si Karla estaba consciente, si podía hablarle, si había alguna oportunidad de ayudarla. Pero sabía que el conductor lo vigilaba de cerca. Y sabía también que el cerrojo estaba asegurado: lo había oído cerrarse kilómetros atrás, después de que el conductor verificara la puerta tras la llamada del especialista. Desde entonces, no había margen para errores.
En el interior, Karla sintió el frenazo y avanzó a tientas hacia la puerta. El miedo se mezcló con una rabia que le ardía en el pecho y, aun sabiendo que no lograría nada, cargó contra la puerta. La golpeó con el hombro, con los pies, con la mano sana. Gritó hasta que la garganta le ardió.
Matías apoyó la palma contra la chapa justo donde ella golpeaba, como si pudiera transmitirle calma a través del metal.
—Karla… —susurró, apenas audible—. Lo siento. No puedo abrir.
Matías vio aparecer a lo lejos dos faros blancos, recortando la penumbra del amanecer. Al principio creyó que era un coche cualquiera, pero en cuanto el vehículo se acercó, reconoció la silueta inconfundible del todoterreno negro. El especialista. El estómago se le encogió. Aquello significaba que el margen para cualquier intento de ayuda a Karla acababa de desaparecer.
Volvió a la cabina casi corriendo, fingiendo naturalidad. El conductor lo observó con desconfianza, pero no dijo nada: simplemente arrancó el motor en cuanto Matías cerró la puerta. El rugido del camión volvió a llenar el aire.
El todoterreno se colocó en paralelo, tan cerca que Matías podía ver el reflejo de su propio rostro en las ventanillas tintadas. Un bocinazo seco retumbó entre los campos abiertos, una orden sin palabras. El conductor respondió acelerando, como si aquel sonido le hubiera recordado su lugar en la jerarquía.
—Nos escolta —murmuró, más para sí que para Matías—. Así que no hagas ninguna tontería.
El paisaje comenzó a cambiar. Las naves industriales que Matías había visto desde el arcén se hicieron más grandes, más numerosas. Paracuellos del Jarama. Allí, entre polígonos y descampados, esperaba la flota de camiones que aún no habían descargado su mercancía. Todos aguardaban instrucciones. Todos formaban parte de algo que Matías prefería no comprender del todo.
El todoterreno tomó la delantera y el camión lo siguió obediente, como un animal guiado al matadero.
Dentro de la caja, Karla sintió el cambio en la velocidad, el giro brusco, la vibración distinta del suelo. Se acercó a la puerta, apoyando la frente contra el metal helado. No sabía qué estaba pasando.
El motor rugió más fuerte. El camión aceleró.
Mientras tanto, en la cocina de los padres de Karla, Lobo mantenía sus manos alrededor de la taza de café caliente. Esperaba paciente que uno de los dos hablará y contará lo que no le habían dicho en un principio. Luis fue el primero en hablar;
—No creas que queríamos ocultarte nada —dijo Luis, casi en un susurro—. Es solo que, durante mucho tiempo, no supimos en quién confiar. Hemos cambiado de casa, de ciudad… demasiadas veces…—respiró hondo antes de continuar.—Olga y yo nos conocimos en la cárcel de Teixeiro, en A Coruña.
Lobo alzó las cejas, sorprendido, a punto de hablar, pero Olga levantó la mano para frenarlo.
—Déjame que lo cuente bien —intervino ella—. Luis era funcionario de prisiones. Yo, abogada. Nuestras citas eran, la mayoría de las veces, entre mis visitas a los internos.
Lobo los interrumpió, apoyando la taza en la mesa.
—Perdonad, pero no tenéis que contarme vuestra historia de pareja. Solo quiero saber lo que concierne a vuestra hija. Porque supongo que lo sabéis… —su voz se volvió más grave— yo también he pasado un tiempo encerrado.
—Lo sabemos —retomó Luis, con la voz más baja, como si cada palabra pesara—. Por eso, en parte, decidimos que tú eras la persona idónea para ayudarnos a recuperar a nuestra hija.
Lobo no dijo nada. Solo sostuvo la mirada, esperando. Luis entrelazó los dedos sobre la mesa, un gesto que delataba nerviosismo. Olga, a su lado, mantenía la espalda recta, pero sus manos temblaban ligeramente alrededor de su taza.
—Uno de los clientes de Olga… —continuó Luis, buscando las palabras— era un chico joven. No era mala persona, de verdad. Solo… nació en el lugar equivocado, con la gente equivocada. Creció en una familia desestructurada, rodeado de malas compañías. Y ya sabes cómo funciona eso: cuando no tienes a nadie que te sostenga, te agarras a lo primero que parece darte un sitio. Aunque sea un cartel de narcotráfico.
Lobo frunció el ceño, pero no intervino. Luis siguió hablando.
—El cartel operaba en Galicia. El chico terminó trabajando para ellos, metido hasta el cuello. Pero Olga… —miró a su esposa con una mezcla de orgullo y preocupación— Olga consiguió convencerlo de que colaborara con la fiscalía. Le redujeron la condena. Fue un buen acuerdo. Para él.
Olga apartó la mirada, clavándola en la superficie de la mesa, como si allí hubiera algo que necesitara recordar o borrar.
—Pero para ella —prosiguió Luis— significó quedar marcada. No oficialmente, claro. Nadie lo dice en voz alta. Pero lo sabes. Lo notas. Empiezas a ver caras nuevas en la calle. Gente que no debería saber tu nombre. Miradas, pasos, un frenazo en un paso de cebra, pequeños… accidentes. Y entonces entiendes que ya no estás a salvo.
El silencio que siguió fue espeso, casi físico.
—Pedí un traslado inmediato —dijo Luis—. Y así empezamos a mudarnos. Primero a otra ciudad. Luego a otra. Y otra más. Cada vez más lejos, cada vez más deprisa. Siempre con la sensación de que alguien nos pisaba los talones. Siempre intentando adelantarnos a un peligro que nunca terminaba de mostrarse del todo.
Luis respiró hondo, como si acabara de soltar un peso que llevaba demasiado tiempo cargando.
—Por eso confiamos en ti —añadió, mirándolo directamente—. Porque tú sabes lo que es vivir con una sombra detrás. Sabes lo que es no poder bajar la guardia.
Lobo apretó la mandíbula. No necesitaba que se lo recordaran, pero tampoco podía negar que tenían razón.
—Y porque —concluyó Luis— eres la única persona que no se asustaría al escuchar todo esto.
—Años más tarde —continuó Luis, retomando el hilo—, Olga recibió una carta de aquel muchacho. Nunca supimos cómo consiguió nuestra dirección. Habíamos tenido muchísimas precauciones, créeme.
Olga asintió despacio, como si aún sintiera el peso de aquella primera carta en las manos.—Ella empezó a colaborar con programas de protección a familias —siguió Luis—. Dejó de representar grandes casos, dejó de tratar con criminales. Se apartó de todo eso. Montó un pequeño despacho de orientación familiar, algo discreto, casi invisible. La idea era pasar totalmente desapercibida. Y aun así… el muchacho nos encontró.
Lobo frunció el ceño, pero no interrumpió.
—Al principio eran solo cartas de agradecimiento —explicó Luis—. Nada más. Palabras amables, incluso torpes, pero sinceras. Luego empezó a contarnos que había rehecho su vida, que tenía novia, que quería que la conociéramos.
Olga dejó escapar una sonrisa triste.
—Nos invitó a su boda —añadió ella—. Una boda íntima. La chica no era de aquí y, por lo que nos contó, tampoco tenía buena relación con su familia.
Luis tomó el relevo:
—Solo estaban los testigos, los padrinos —que fuimos nosotros— y algunos amigos suyos. Fue… extraño. Durante un par de años los ayudamos. Él tenía antecedentes penales, así que le resultaba muy difícil encontrar un buen empleo. Terminó trabajando con Olga en el despacho, ayudando a jóvenes con problemas. Su mujer, María, no tenía permiso de residencia, ni trabajo… claro. Se quedó embarazada enseguida. Entonces nos encontraron, nunca sabremos cómo… y ocurrió la tragedia.
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