Enjaulada - Capítulo 43
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Capítulo 43: Paracuellos
El todoterreno negro cruzó el portón del recinto y se adentró en el interior del complejo, una enorme nave situada al final del polígono industrial de Paracuellos del Jarama. La estructura, imponente y silenciosa, albergaba 60 muelles de carga, y en una docena de ellos aguardaban los camiones que habían salido de La Barranca. Permanecían alineados, sellados, inmóviles, como si contuvieran un secreto que nadie debía tocar hasta recibir la orden adecuada.
El Especialista apagó el motor y descendió sin prisa. En el asiento del copiloto, Lucía observaba cada detalle, alerta, intentando anticipar lo que vendría. Lo siguió con la mirada mientras rodeaba el vehículo. Cuando abrió su puerta, no dijo una palabra; él solo le hizo un gesto seco para que bajara. Ella obedeció y en cuanto sus pies tocaron el suelo, la empujó con brusquedad para obligarla a caminar delante de él.
Subieron un breve tramo de escalones metálicos y entraron al interior del edificio. El ambiente era más cálido, cargado del olor a café viejo. En un despacho estrecho, iluminado por un fluorescente parpadeante, un par de hombres levantaron la cabeza al escuchar el sonido metálico de la puerta al abrirse. Lucía entró casi a empujones, sin tener tiempo de orientarse. Con el gesto duro y la voz cortante, ordenó a uno de sus hombres que la condujera a un despacho interior, que se cerraba con llave y apenas tenía una pequeña ventana alta por donde entraba una luz grisácea.
La obligó a avanzar por el pasillo estrecho. Al llegar al despacho señalado, el tipo abrió la puerta con una llave pesada y oxidada. El interior era reducido, casi claustrofóbico: una mesa, dos sillas y un archivador viejo que parecía no haber sido abierto en años.
La empujó dentro y la puerta se cerró tras ella con un chasquido seco, seguido del giro firme de la llave. Lucía se quedó quieta, respirando hondo, mientras escuchaba el rugido de un motor acercándose. Un camión entró por el portón y avanzó lentamente hasta detenerse junto a los demás. En el asiento del copiloto venía Matías, con el rostro tenso y los ojos fijos en el exterior.
El Especialista se asomó hacia la zona de muelles al escuchar el vehículo; no necesitó decir nada: el conductor lo vio, lo saludó con un leve gesto y se dirigió directamente a la parte trasera del vehículo.
Abrió las puertas con un tirón y ordenó, con un tono áspero, que Karla bajara. Ella se sostuvo con la mano que no tenía herida, aferrándose al asa lateral para mantener el equilibrio, pero al descender perdió fuerza y cayó de rodillas sobre el suelo.
Matías permanecía inmóvil junto al morro del camión. No se atrevía a levantar la mirada. Sentía el peso de la presencia del Especialista observándolo, evaluando cada gesto, cada duda.
Cuando Karla estuvo lo suficientemente cerca, el Especialista se aproximó para examinarla. Su mirada se detuvo en la mano dañada, hinchada y sucia, pero su expresión no cambió. Sin dirigirle una sola palabra a Matías, simplemente lo señaló.
—Cúrasela y la encierras con la otra—dijo entregándole una llave.
Matías asintió de inmediato, tragando saliva, consciente de que cualquier vacilación podía costarle caro. Karla, agotada, apenas pudo mantenerse en pie mientras él se acercaba para ayudarla. Ella apoyó el peso en la mano que no tenía herida y, aun así, cada movimiento le arrancaba un gesto de dolor. Cuando Matías la sostuvo por el brazo para evitar que tropezara, Karla levantó la mirada hacia él.
—¿Lucía? —preguntó en un susurro.
Matías dudó un instante, pero terminó asintiendo.
—Lo siento —murmuró—. Pensé que quizá una de las dos habría conseguido huir.
Karla apretó los labios. El silencio entre ambos se volvió pesado mientras avanzaban por el pasillo. Matías caminaba con cuidado, sosteniéndola para que no perdiera el equilibrio, pero sin atreverse a mostrar más cercanía de la necesaria. Sabía que estaba siendo observado.
Al llegar a la puerta, Karla respiró hondo, como si necesitara reunir fuerzas antes de cruzar ese umbral. Matías encajó la llave, que le habían entregado, en su cerradura. Se oyó un clic seco. Lucía se levantó de un respingo cuando la puerta se abrió y, al ver a Karla, se le escapó un gemido ahogado. Avanzó hacia ella sin pensarlo.
Karla se fijó de inmediato en los rasguños y moretones de Lucía.
—¿Te han hecho daño? —preguntó, mirando fugazmente a Matías.
Él negó con la cabeza, tenso, como si temiera que cualquier palabra pudiera empeorar las cosas.
—Fue en la caída —aclaró Lucía.
Solo entonces reparó en la mano herida de Karla. Se acercó despacio, con cuidado de no rozarle la zona dañada, y la abrazó con fuerza contenida. Karla apoyó la frente en su hombro, respirando temblorosa. Ninguna dijo nada más, pero el alivio de reencontrarse era evidente, incluso si ese reencuentro significaba que su intento de huida había fracasado.
Matías las observó unos segundos, incómodo, dividido entre la culpa y el miedo. Luego dio un paso atrás, como si quisiera desaparecer de la escena.
Matías pidió a las dos que se sentaran, con un tono bajo pero firme, intentando no mostrar la tensión que llevaba encima. Salió del despacho y el clic metálico resonó en la habitación, recordándoles que seguían atrapadas.
Durante unos minutos solo se escuchó la respiración entrecortada de ambas y el zumbido lejano de la nave. Lucía mantenía una mano en el hombro de Karla, como si temiera que, si la soltaba, algo peor pudiera ocurrir. Karla, agotada, cerró los ojos un instante para recuperar fuerzas.
El sonido de la llave volvió a romper el silencio. La puerta se abrió y Matías entró con una bolsa y un pequeño botiquín en las manos. Lo dejó sobre la mesa sin hacer ruido, evitando mirarlas directamente.
—Voy a limpiaros las heridas —dijo en voz baja.
El ambiente se volvió un poco menos hostil. La presencia del botiquín y el gesto de Matías introducían un pequeño respiro. Mientras él preparaba el material, Karla y Lucía intercambiaron una mirada silenciosa. No era esperanza, pero sí una especie de alivio momentáneo: al menos estaban juntas, y al menos alguien parecía dispuesto a tratarlas con un mínimo de humanidad.
Matías se arrodilló frente a Lucía y abrió el botiquín. Con movimientos lentos, casi temerosos, comenzó a limpiar la sangre seca de sus rodillas y codos. El escozor hizo que Lucía apretara los dientes, pero también notó la delicadeza con la que él trabajaba. Cuando terminó, le entregó una botella de agua y un paracetamol para aliviar el dolor de los golpes, también se lo entregó a Karla, con otra botella de agua.
Lucía, sin palabras, le apretó suavemente la mano en señal de agradecimiento. Matías levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
—Ojalá hubiera sido suficiente lo que hice para intentar salvaros —susurró.
Antes de que Lucía pudiera responder, Karla intervino con dureza.
—¿Suficiente? Ni siquiera abriste bien la puerta. Ni te enfrentaste al conductor en la gasolinera. Si lo hubieras hecho, ahora los tres estaríamos lejos de aquí.
Matías bajó la mirada, encajando el reproche.
—Lo sé —respondió en voz baja.
—Así que perdona si no te doy las gracias tirándome a tu cuello —remató Karla, alzando la voz.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de dolor y frustración.
Matías terminó de vendar el codo de Lucía y, sin decir nada, se giró hacia Karla. No la miró directamente al principio; simplemente tomó su mano con una delicadeza que contrastaba con todo lo que las rodeaba. La examinó con atención, palpando con cuidado cada dedo hinchado y amoratado. La uña ennegrecida le arrancó una mueca de preocupación.
—No parece que haya nada roto —murmuró, más para tranquilizarla que como diagnóstico—. Pero duele… lo sé.
Cada vez que tocaba uno de los dedos dañados, Karla soltaba un pequeño quejido, breve, contenido, como si no quisiera darle a nadie el gusto de verla sufrir. Matías levantaba la mirada hacia ella en cada uno de esos sonidos, atento, casi pidiendo permiso para seguir.
Buscó en el botiquín una crema antiinflamatoria y la aplicó con movimientos lentos. Después sacó una compresa fría y la colocó sobre la mano para bajar el hinchazón. Mientras preparaba un vendaje firme pero no apretado, vio cómo las lágrimas empezaban a deslizarse por la mejilla de Karla. No había sollozos. Solo lágrimas silenciosas y obstinadas.
Matías dejó el vendaje a medio hacer y, con el dorso de los dedos, le limpió las lágrimas con una suavidad que no le correspondía.
—Siento todo esto —dijo en voz baja—. Ojalá pudiera cambiarlo.
Karla cerró los ojos un instante, como si esas palabras la golpearan más que el dolor de la mano. Lucía, desde la silla, observaba la escena, sintiendo que entre los tres había algo roto.
Uno de los capataces se acerca al especialista, aún con el móvil en la mano, la expresión tensa.
—No contestan. Ni el camión ni la Barranca.
—¿Cómo que no contestan? —responde el especialista sin levantar la voz, pero con un filo que hace que el otro trague saliva.
—Llevamos llamando veinte minutos. Nada. Y en la Barranca tampoco cogen el teléfono. Es raro… muy raro.
El especialista percibe que algo huele mal cuando el camión y la Barranca guardan un silencio idéntico y ominoso, demasiado perfecto para ser casual…
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