Enjaulada - Capítulo 44
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Capítulo 44: Ecos del pasado
Mientras tanto, en la casa de Karla, sus padres seguían desenterrando historias del pasado.
Olga se quedó en silencio unos segundos, como si necesitara ordenar los recuerdos antes de dejarlos salir.
—Aquel día —prosiguió Olga— fuimos a cenar a su casa. María ya tenía a la bebé en brazos. Era tan pequeña… tan frágil…
—Cuando estábamos a punto de irnos, la niña se echó a llorar. María estaba rendida, así que la convencí de que me dejara llevarme a la pequeña a casa esa noche. Así podrían descansar. Al día siguiente la recogerían cuando vinieran a cenar. Nos despedimos, y mientras estábamos instalando el anclaje en el asiento trasero para colocar su sillita…
—Entonces —dijo él— ocurrió.
Una explosión. Brutal. Seca. El edificio tembló como si hubiera sido golpeado por un rayo. Vimos el humo… las llamas…
El apartamento de Julio y María había quedado reducido a un amasijo de fuego y escombros. Murieron en el acto.
—La policía lo cerró como un accidente doméstico —dijo Luis—. Una bombona defectuosa. Un fallo en la instalación. Todo muy… conveniente.
—Pero nosotros sabíamos la verdad. O al menos… la intuíamos. El cartel de Galicia había encontrado al muchacho, a Julio. Y si lo habían encontrado a él… también nos habían encontrado a nosotros.
Lobo apretó la mandíbula. La lógica era impecable. Y aterradora.
—Esa misma noche —continuó Luis— huimos. No teníamos tiempo para funerales, ni para explicaciones. Solo… para sobrevivir.
—La niña no tenía a nadie. Ningún familiar. Ningún documento. Nada. Y si el cartel había provocado la explosión… posiblemente los habrían estado vigilando y ahora también la buscarían a ella, porque no perdonan a nadie. Son asesinos despiadados con quienes les traicionan. Y Julio tuvo el valor de hacerlo.
Luis tomó aire, como si confesara un pecado.
—La criamos como nuestra hija. Le dimos nuestro apellido. Nuestra vida. Nuestro miedo. Nunca le hemos contado la verdad. Nadie la sabe.
Olga añadió, con un hilo de voz:
—Y ahora… si alguien la ha encontrado… todo es por nuestra culpa.
Karla no era solo una chica desaparecida.
Era la última pieza viva de una guerra que llevaba años en silencio.
Luis rodeó a Olga con los brazos en cuanto vio que las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas. Ella no sollozaba; era un llanto silencioso, contenido, como si cada recuerdo que acababa de desenterrar le pesara en los huesos. Luis apoyó la barbilla en su cabeza y la meció despacio, murmurando palabras que ni él mismo parecía escuchar.
Lobo esperó. Se limitó a observarlos, dándoles el tiempo que necesitaban para recomponerse.
Cuando Olga por fin se separó de Luis y se secó las mejillas con el dorso de la mano, Lobo enderezó la espalda.
—Hay algo que tenéis que saber —dijo con voz grave—. Algo que encontramos en La Barranca.
Luis frunció el ceño. Olga lo miró con los ojos aún húmedos, pero alerta.
—Tenían mujeres allí. Encerradas. Algunas muy jóvenes. Las estaban reteniendo para… —hizo una pausa, como si buscara una forma menos brutal de decirlo, pero no la encontró— para venderlas. Al mejor postor. Y no solo aquí. Tenían rutas para sacarlas del país. Burdeles, redes internacionales… todo muy bien organizado.
El silencio cayó como un golpe seco.
Olga llevó una mano a la boca, horrorizada. Luis apretó los puños sobre sus rodillas.
—¿Creéis que Karla…? —preguntó Luis, incapaz de terminar la frase.
—No lo sé —respondió Lobo.
Olga negó con la cabeza, como si la idea fuera demasiado grande para procesarla.
Lobo continuó:
—Hay dos nombres que aparecieron allí. Escritos en un cuaderno. “Lucía” y “Varela”. ¿Os suenan? ¿Alguna conexión? ¿Alguien del pasado? ¿Algún apellido que hayáis oído antes?
Luis y Olga intercambiaron una mirada larga, buscando en la memoria, en los años de huidas, en los rostros que habían dejado atrás.
Finalmente, Luis habló:
—No… no conocemos a nadie con esos nombres.
—Nunca los hemos oído —añadió Olga, con la voz aún temblorosa.
Lobo los observó unos segundos más, calibrando si había duda, miedo o mentira en sus palabras. No encontró nada de eso. Solo desconcierto. Y un terror creciente.
—Escuchadme bien —añadió, mirándolos a ambos—. Si Karla está en manos de esa gente… no tenemos tiempo. Y no podemos permitirnos errores.
Olga asintió, tragando saliva. Luis le tomó la mano, apretándola con fuerza.
Lobo se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
Se volvió hacia Olga y Luis.
—Antes de que me vaya —dijo con voz firme— necesito que me paséis por escrito todo lo que recordéis del cartel de Galicia. Nombres, alias, teléfonos, direcciones, cualquier contacto, cualquier detalle. Incluso si tenéis fotos antiguas. Lo que sea.
Olga asintió despacio, limpiándose las lágrimas con la manga.
—Tenemos una carpeta —dijo—. No es mucha cosa, pero… guardamos algunos documentos. Copias de expedientes, notas, recortes… cosas que creímos que podrían servir si algún día… —se interrumpió, incapaz de terminar la frase.
Luis se levantó y fue hacia un mueble bajo del salón. Abrió un cajón escondido detrás de una tabla suelta y sacó una carpeta de cartón desgastada, llena de papeles doblados y fotografías antiguas.
—Te lo enviaremos todo esta noche —prometió—. Escaneado.
Lobo tomó la carpeta entre las manos, la miró un segundo y luego la dejó sobre la mesa.
—No omitáis nada. Aunque os parezca irrelevante. Aunque os dé miedo recordarlo.
Olga tragó saliva.
—Lo haremos.
—Lobo… —su voz tembló—. Tráela a casa.
Lobo sostuvo su mirada. No prometió nada. No era un hombre de promesas vacías. Pero su silencio fue más contundente que cualquier palabra. Y salió, subió a su moto casi sin darse cuenta, como si su cuerpo funcionara por inercia mientras su mente seguía atrapada en la maraña de revelaciones que acababa de escuchar. El casco le pesaba en la mano. Solo le recordaba que el tiempo corría en contra.
Se quedó sentado un momento, con los codos apoyados en el manillar, respirando hondo. Necesitaba una pieza más. Algo que encajará. Algo que le dijera si Karla estaba viva… o si ya era demasiado tarde.
Sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y marcó.
—Barbas —gruñó en cuanto escuchó la voz al otro lado—. Dime qué las chicas hablaron.
Hubo un silencio breve, cargado.
—Una de ellas sí —respondió Barbas—. La hermana de la cría que encontramos muerta.
Lobo cerró los ojos un instante. Aquella niña… aún no podía sacársela de la cabeza.
—¿Qué dijo?
—Que el tipo que se llevó a su hermana… el mismo que separaba a las más jóvenes del resto… les dijo que pronto las sacarían de España. En avión. Que las estaban “preparando” para enviarlas fuera. Burdeles, subastas… ya sabes cómo va esa mierda.
Lobo apretó la mandíbula hasta que le crujieron los dientes.
—¿Cuándo? —preguntó, aunque sabía que Barbas no tendría una fecha exacta.
—Pronto. Eso fue lo que entendió la chica. “Muy pronto”. Y que no todas iban a volver a ver la luz del día.
Lobo apoyó la frente en el manillar. El rugido del motor parecía llamarlo, impaciente, como si la máquina también supiera que estaban perdiendo tiempo.
—¿Algo más? —dijo finalmente.
—Sí. La chica mencionó que el tipo hablaba de “entregas” y “listas”.
Lobo tragó saliva. Su mente volvió a los nombres que había preguntado a Olga y Luis.
Lucía.Varela.
Nadie sabía nada. Nadie reconocía nada. Y sin embargo, todo olía a que esas dos palabras eran la llave de algo mucho más grande.
—Vale —dijo Lobo, encendiendo la moto—. Mantén a las chicas vigiladas. Que no les falte nada. Y si recuerdan un solo detalle más, aunque sea una maldita sílaba, me llamas.
—Hecho.
Colgó.
El motor rugió bajo él, vibrando como un animal impaciente. Lobo se ajustó el casco, miró la calle
Apretó los puños, giró el acelerador y desapareció.
Olga seguía de pie en medio del salón, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo.
—¿Por qué no se lo has dicho? —preguntó con un hilo de voz, pero cargado de reproche.
Luis parpadeó, desconcertado.
—¿El qué?
Olga lo miró como si no pudiera creer que tuviera que decirlo en voz alta.
—El dinero, Luis. El dinero que encontramos en el almacén. Ese almacén que era de Julio y María. Ese dinero que no era nuestro. Ese dinero que escondieron por alguna razón. ¿Por qué no se lo has contado?
Luis apretó los labios, tensos.
—No sabemos si ese dinero era suyo —dijo—. Podría haber sido de María. O de alguien que usaba el almacén. No tenemos pruebas.
—¡Pero lo encontramos gracias a la llave! —explotó Olga—. La llave que estaba escondida en la bolsa de pañales de Karla. ¿Te acuerdas?
Luis bajó la mirada. Claro que se acordaba. No podía olvidarlo aunque quisiera.
La llave pequeña, oxidada, envuelta en un calcetín diminuto dentro de la bolsa de pañales.
El almacén abandonado en las afueras.
Las cajas apiladas. Y dentro de ellas… fajos y fajos de dólares.
—Lobo necesita saberlo. Si ese dinero tiene relación con el cartel, si era un pago, una deuda, un soborno, un rescate… lo que sea… podría ser la clave para encontrar a Karla.
Luis tragó saliva.
—O podría ponernos a todos en la mira —susurró.
—Ya estamos en la mira —respondió Olga, con una frialdad que heló la habitación—. Y Karla está desaparecida. No podemos seguir ocultando cosas. No ahora.
Luis cerró los ojos. Sabía que tenía razón. Sabía que ese secreto, guardado durante años, ya no podía seguir enterrado.
—Se lo diremos.
Olga asintió.
—Más vale que no sea demasiado tarde.
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