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Enjaulada - Capítulo 45

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Capítulo 45: Pistas sumergidas

Lobo llegó a su apartamento y dejó el casco sobre la mesa. El móvil vibró antes de que pudiera sentarse. Era un mensaje de Olga.

“Aquí tienes todo lo que guardamos. Perdona si está desordenado.”

Archivos escaneados. Fotos borrosas. Notas a mano. Copias de expedientes judiciales.

Lobo abrió la carpeta digital y empezó a leer.

El narcotráfico en Galicia es una red de clanes familiares que llevan décadas controlando la entrada de cocaína en Europa. Galicia es considerada uno de los principales puntos de acceso de drogas al continente debido a su costa extensa, su tradición marinera y su geografía, llena de rías y calas difíciles de vigilar.

El nacimiento de los clanes se debió a la crisis del sector pesquero. Muchos marineros sin trabajo comenzaron con el contrabando de tabaco, que luego evolucionó al tráfico de cocaína.

Galicia se convirtió en la principal puerta de entrada de cocaína colombiana en Europa.

Los clanes gallegos establecieron alianzas con cárteles colombianos y mexicanos, así como con mafias europeas.

Sus métodos de intimidación: extorsión, amenazas, ajustes de cuentas y “accidentes” provocados.

Encendió el portátil. Las persianas estaban bajadas, pero sus dedos se movían con la precisión de quien está acostumbrado a buscar en la oscuridad. Tecleó nombres, alias, fechas. Cruzó datos. Comparó rostros. Cada clic era un latido más rápido.

El cartel gallego era todo un ecosistema de los Charlines y los Caneo. Apellidos que se repiten en informes policiales, en noticias olvidadas y en foros clandestinos. Fotografías de narcotraficantes posando en yates junto a políticos de reputación dudosa.

Nombres que aparecían y desaparecían como sombras en la niebla de las Rías Baixas.

Lobo frunció el ceño. Eran demasiadas las mafias que podían estar involucradas. Unas por negocio propio, otras por favores que se deben entre ellos. Tardaría demasiado en averiguar cuál es el clan o cártel que se ha llevado a Karla. Eran familias. Redes. Lealtades heredadas. Códigos de silencio que se transmitían como un apellido.

Encontró artículos sobre narcolanchas, sobre narcosubmarinos interceptados, sobre operaciones fallidas.

Sobre alianzas con carteles colombianos y mexicanos. Sobre rutas hacia Portugal, Holanda, Reino Unido.

Nada nuevo para él.

Pero entonces vio algo que le hizo detenerse.

Un informe antiguo, casi olvidado, mencionaba un nombre:

Salazar.

No había foto.

No había ficha policial.

Solo una frase:

“Posible coordinador de operaciones aéreas. Extremadamente peligroso.”

Lobo se reclinó en la silla. Ese nombre no estaba en la carpeta de Olga.

Ni en las declaraciones de Julio. Ni en los expedientes. Pero el camión que requisaron estaba repleto de armas y lo que tenía claro es que la mafia gallega no traficaba con armamento, ni con trata de personas, ellos se consideran más contrabandistas, se decantan más por el blanqueo de capitales y la extorsión.

Entre los documentos que Olga había escaneado, Lobo encontró una fotografía antigua. Intuyó que se trataba de los padres biológicos de Karla, en el día de su boda.

En el reverso, casi borrados por los años, aparecían sus nombres: Julio… y María…, debajo, la fecha del enlace: 12/05/2000.

Amplió la imagen hasta que los píxeles comenzaron a deshacerse como granos de arena. Los apellidos se habían convertido ahora en poco más que sombras alargadas, manchas fantasmales que apenas sugerían letras. Podían ser cualquier cosa… o nada. Un truco de la luz, o quizá alguien había querido borrar deliberadamente esa pista.

Chasqueó la lengua, fastidiado. No iba a sacar nada más de ahí.

Decidió entonces aparcar esa línea de investigación y tirar de otro hilo, uno que le había estado rondando la cabeza desde la Barranca. Sacó del bolsillo la nota arrugada que había encontrado entre la basura, todavía impregnada del olor a tabaco. La desplegó con cuidado, como si temiera que el papel fuera a desintegrarse entre sus dedos. Allí, escritos con una caligrafía firme, aparecían dos nombres: Lucía/Varela y los dígitos: 615985486.

Marcó el número. Esperó. Un pitido seco. Luego otro. Finalmente, una locución automática, fría como un bisturí, le informó de que aquel número no existía.

Lobo frunció el ceño. No era sorpresa lo que sentía, sino una punzada de irritación.

—No es un número de teléfono —murmuró, más para sí que para nadie.

Volvió a mirar la nota. Los dígitos parecían observarlo, desafiantes, como si escondieran un mensaje que él aún no había sabido descifrar. ¿Un código? ¿Coordenadas? ¿Una referencia interna? La mente de Lobo empezó a trabajar a toda velocidad, repasando posibilidades, descartando unas, aferrándose a otras.

El silencio de la habitación se volvió denso, expectante.

—Entonces… ¿qué demonios eres? —susurró, dejando que la pregunta flotara en el aire mientras su intuición, esa vieja compañera que rara vez le fallaba, comenzaba a señalarle un camino que todavía no alcanzaba a ver del todo.

Abrió el navegador y tecleó “Varela” en Google, aferrándose a la esperanza de que, entre la maraña infinita de datos, apareciera a flote alguna pista.

Los primeros resultados —más de 42.000— fueron un desfile caótico de perfiles sin relación alguna: militares condecorados, futbolistas de tercera división, periodistas locales, restaurantes familiares, incluso referencias a un obispo retirado. Todo ruido. Nada que pudiera conectar con lo que buscaba.

Respiró hondo y afinó la búsqueda.

Escribió: “Varela” + “narcotráfico”.

El sistema arrojó 21.100 resultados, pero esta vez algo llamó su atención. Un nombre emergió entre los enlaces como una boya roja en mitad de un mar oscuro: Tania Varela, conocida en los informes policiales como la narcoabogada. Una figura clave dentro del entramado criminal gallego, con un historial que parecía no tener fin: blanqueo de capitales, vínculos con redes de tráfico de drogas, detenciones intermitentes a lo largo de más de una década.

Lobo abrió uno de los artículos. El texto detallaba cómo el Tribunal Supremo había confirmado la condena impuesta en 2019 por la Audiencia Provincial de Pontevedra: 1 año y 8 meses de prisión, una multa de 56.000 euros y el comiso del dinero empleado en la operación ilícita, que pasaría a manos del Estado. La resolución judicial no dejaba resquicios: rechazaba todos los argumentos de la defensa y daba por probada la existencia de una actividad previa vinculada al narcotráfico, así como las maniobras destinadas a introducir capital sucio en el circuito legal.

El historial de Varela —condenas anteriores por tráfico de drogas y blanqueo— reforzaba la contundencia del fallo. No era una recién llegada al juego. Era una veterana.

Lobo siguió leyendo. Un detalle menor, casi anecdótico, le llamó la atención: su hijo, Antonio, contable de profesión, sin antecedentes, sin manchas visibles en su expediente, había sido el encargado de gestionar el pago de la multa. Un perfil discreto, casi anodino, que contrastaba con la imagen pública que su madre había proyectado durante años en los juzgados.

Demasiado limpio. Demasiado correcto.

Lobo se aproximó más a la pantalla, tamborileando con los dedos sobre la mesa. Aquello no demostraba nada por sí solo, pero su instinto —ese viejo perro que nunca dejaba de gruñir cuando algo olía raro— empezaba a agitar la cola.

Quizá el apellido Varela no era un callejón sin salida. Quizá, solo quizá, acababa de encontrar la primera grieta en un muro que llevaba días intentando derribar.

Lobo no podía relacionar nombres, no todavía, pero algo en su instinto le dijo que aquel nombre asociado al apellido debía guardarlo. Había aprendido a escuchar esas corazonadas: a veces eran más fiables que cualquier base de datos.

Llevaba horas frente a la pantalla. El brillo del monitor era la única luz en la habitación, proyectando sombras largas sobre las paredes desnudas. Pero quiso probar algo más: rastrear al hijo.

El buscador respondió con un número obsceno: 627.738 coincidencias. Un apellido demasiado común, demasiado repartido por el país. Un laberinto estadístico donde cualquiera podía esconderse sin esfuerzo.

Si el chico quería pasar desapercibido, no necesitaba cambiarse el apellido. La multitud lo protegía mejor que cualquier identidad falsa. Era como intentar encontrar una gota de agua en el océano.

Aun así, decidió acotar.

Consulta: Antonio Varela, contable.

El resultado fue un muro: cero datos útiles. La ley de protección de datos había blindado cualquier registro profesional. Ni colegios oficiales, ni bases fiscales, ni listados laborales. Todo opaco, hermético, como si el sistema se empeñara en proteger justo a quien él necesitaba encontrar.

Lobo exhaló despacio, conteniendo la frustración. Sabía que, cuando la vía legal se cerraba, solo quedaba la otra. Accedió a un entorno no indexado, una zona oscura de la red donde la información fluía sin tantas barreras. Un lugar donde la verdad y la mentira se mezclaban, pero donde, con suerte, podía pescar algo útil.

Introdujo parámetros y el sistema tardó unos segundos que se hicieron largos. Luego devolvió 19 perfiles coincidentes. Ninguno con datos concluyentes, pero todos con posibilidades razonables. Diecinueve sombras. Era lo más cerca que había estado de algo concreto.

Anotó cada uno de los nombres, uno por uno, con la precisión meticulosa de quien sabe que cualquier detalle, por insignificante que parezca, puede marcar la diferencia entre avanzar o perderse. No había más líneas de investigación inmediatas. No había más puertas abiertas.

Pero al menos ahora tenía un mapa, aunque fuera borroso. Y Lobo sabía moverse en la oscuridad mejor que nadie.

Cerró el portátil. El clic seco del cierre resonó en la habitación como un punto final.

Su cuerpo pedía descanso, pero su mente seguía procesando patrones, descartando hipótesis, encajando piezas hasta que el cansancio se apoderó de su mente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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