Enjaulada - Capítulo 46
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Capítulo 46: Nerviosos
Mientras tanto, en la nave de Paracuellos, las chicas escuchaban el bullicio creciente al otro lado de la puerta metálica. Voces tensas, pasos acelerados, órdenes cortas.
Algo no estaba saliendo como su patrón quería. Y desde luego no tenía que ver con su intento de fuga. Aquello era otra cosa. Algo más grande.
Karla, sentada, apoyó su mano buena en el brazo de Lucía.
—Están nerviosos.
Lucía asintió sin apartar la vista de la puerta.
El murmullo se convirtió en gritos breves. Luego, un golpe seco, como si alguien hubiera tirado una caja o estrellado una herramienta contra el suelo.
—Esto no es normal —susurró Lucía.
—¿Crees que vienen a por nosotras?
—No lo sé —respondió Lucía.
Unas llaves tintinearon al otro lado de la puerta.
Las dos contuvieron la respiración.
La puerta empezó a abrirse, despacio, como si quien estuviera al otro lado tampoco tuviera claro si quería abrirla.
Matías apareció en el umbral de la puerta y las chicas soltaron el aire contenido al unísono. Su silueta recortada contra la luz del pasillo parecía más tensa de lo habitual.
—¿Qué está pasando? —preguntó Lucía, incorporándose un poco.
Matías levantó una mano, pidiendo silencio.
—Psst… Callad. No puedo quedarme mucho. —Miró hacia atrás, asegurándose de que nadie lo vigilaba—. Un camión ha desaparecido. Y tampoco responden en la Barranca. Han mandado una patrulla a buscarlo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, cargadas de implicaciones que ninguna de las dos se atrevió a verbalizar.
Matías entró un paso más y cerró la puerta tras de sí, bajando la voz aún más.
—Os traigo bocadillos. —Sacó dos envueltos de papel de aluminio del bolsillo interior de la chaqueta—. Debéis estar hambrientas.
Karla los tomó con la mano izquierda; la otra aún le dolía.
—Matías… aún podemos huir. Él no pensará en que volvamos a intentarlo tan pronto —murmuró, sin poder evitarlo.
Matías no respondió de inmediato. Se pasó una mano por la nuca, nervioso, como si sus palabras le hubieran tocado un punto que prefería mantener enterrado.
—No es el momento —hizo una pausa, buscando las palabras—. Porque ahora estamos más vigilados que nunca. No se fían de mí. Estoy con vida porque vosotras confiáis en mí y para él es más fácil controlarnos a los tres así.
Lucía sintió un escalofrío. No por miedo, sino por la certeza de que Matías estaba diciendo la verdad… y de que eso lo ponía a él en peligro.
Del otro lado de la nave, un golpe resonó con fuerza, seguido de voces alteradas. Matías se tensó.
—Tengo que irme. —Abrió la puerta apenas unos centímetros—. Volveré en cuanto pueda.
Y sin añadir nada más, desapareció por el pasillo, dejando tras de sí un silencio extraño.
Karla y Lucía se miraron buscando apoyo una en otra.
Los camiones seguían inmóviles en los muelles de carga, alineados como gigantes dormidos bajo la luz mortecina de los fluorescentes. La mercancía permanecía intacta en sus remolques; nadie había descargado ni una sola caja. Los hombres solo se dedicaban a contarlas, una y otra vez.
El especialista avanzó entre ellos con paso firme, observando cada gesto, cada mirada esquiva. En su mano derecha sostenía dos teléfonos móviles. Uno de ellos estaba pegado a su oreja, tan apretado que parecía querer fundirse con la piel. El otro vibraba intermitentemente en su palma, reclamando atención con insistencia.
—Sí… sigo esperando —murmuró al auricular, aunque la línea llevaba minutos devolviéndole un silencio absoluto.
Su mandíbula se tensó. El eco de las voces en la nave se volvió más agudo, más inquieto. Los capataces evitaban cruzar su mirada, como si temieran que un simple parpadeo pudiera desencadenar su ira.
El especialista bajó lentamente el teléfono, sin colgarlo, y miró hacia los camiones inmóviles.
La ausencia de respuesta desde la Barranca era la pieza de un mismo rompecabezas que empezaba a dibujar una figura peligrosa.
El segundo móvil volvió a vibrar. Esta vez, él no lo ignoró. Lo miró, leyó la notificación y su expresión se endureció aún más.
—Seguid con el recuento —ordenó sin levantar la voz, pero con un tono que heló la sangre de los presentes—. Quiero saber qué material ha desaparecido.
Y mientras se alejaba hacia la oficina acristalada del fondo, los hombres comprendieron que algo grave estaba a punto de estallar.
Una nueva llamada captó toda la atención del especialista. Matías se mantenía a una distancia prudencial, evitaba estar en su punto de mira; cuanto menos le viese, menos posibilidades de recordarle sus cagadas y más posibilidades tendría de sobrevivir.
El especialista repasó por última vez la carpeta de instrucciones antes de entregársela a los conductores. No era un hombre dado a los nervios, pero llevaba todo el día con la tensión clavada en los hombros. Había demasiadas cosas que podían torcerse, y ya no quedaba margen para errores. La luz del atardecer se había ido apagando, y el cielo, aún sin ser completamente noche, ya tenía ese tono azul profundo que anunciaba que el mundo empezaba a quedarse dormido.
—Revisad el combustible, quiero depósitos llenos —dijo el especialista, sin levantar la voz—. Debéis estar preparados para cuando dé la orden de movernos. Saldréis de dos en dos. Mantenéos juntos, pero sin ir pegados. No quiero sustos.
Los conductores asintieron. Sabían que no tenían margen de error.
La ruta era sencilla, casi rutinaria: la M‑113 hacia Ajalvir, luego la M‑108 hasta Torrejón. Carreteras secundarias, amplias, acostumbradas al paso lento y pesado de los camiones industriales. Un trayecto de veinticinco minutos, quizá menos si el tráfico era amable. Pero no se trataba de llegar rápido, sino de llegar sin llamar la atención.
El especialista observó en silencio cómo sus hombres maniobraban los camiones con una lentitud casi ritual, guiándolos hacia la zona más apartada de la nave. Allí, junto al enorme aljibe de combustible que dormía bajo la penumbra, comenzaron a llenar los depósitos. Los faros rasgaron la oscuridad con haces blancos y fríos, revelando motas de polvo que flotaban en el aire como si el día, obstinado, se negara a desaparecer del todo. El olor a metal caliente y gasolina recién liberada se mezclaba con el del polvo viejo, envolviendo la escena en una atmósfera densa, expectante, como si algo estuviera a punto de ponerse en marcha.
Aún no había recibido la confirmación. Debía esperar que la autorización estuviera lista, firmada, sellada, validada por quien debía validarla. Pero aun así, sabía que no bastaba con un papel. En la puerta sur de la Base Aérea de Torrejón, los turnos de guardia cambiaban, y no todos los militares eran igual de flexibles. Había nombres concretos, rostros concretos, que debían estar allí cuando los camiones llegaran. Desde un gran despacho, la persona que movía los hilos, incluso de su fiel “especialista”, lo había dejado claro: “No quiero que vuelvan a detenerlos, esta vez entran.”
Por eso esperaban al anochecer. No para ocultarse, sino para evitar el bullicio, las miradas innecesarias, los retrasos que podían surgir cuando demasiada gente se cruzaba en el camino. La noche, con su calma espesa, era una aliada más fiable que el día. Pero hasta que esa orden llegase debían esperar.
El especialista siguió con la mirada el lento desfile de los camiones, desde los primeros hasta los últimos, hasta que todos regresaron a sus posiciones iniciales como piezas de un tablero que él conocía de memoria.
—Repasad la ruta y… —empezó a decir, pero el zumbido del móvil en su bolsillo le cortó la frase.
Respondió sin apartarse del ruido de los motores. La voz al otro lado sonaba tensa, como si hablara desde un pasillo demasiado estrecho.
Las autorizaciones estaban firmadas, sí, pero el movimiento tendría que aplazarse hasta la noche siguiente. El problema era el plazo: caducaban a las 00:00, y con el cambio de turnos habría ojos nuevos, preguntas nuevas y menos margen para justificar nada. El especialista apretó la mandíbula. Aquello complicaba más de lo que ayudaba.
La voz continuó, bajando un tono.
Las armas viajarían en un avión distinto. Eso ya estaba decidido desde hacía días, sellado en un despacho al que él nunca tendría acceso. Su misión era otra: asegurarse de que Karla y Lucía embarcaban en un aparato separado, uno que figuraba en los documentos como destinado a “carga especial”. Nadie se molestó en explicarle qué significaba exactamente aquella etiqueta, pero tampoco era necesario. En ese mundo, había términos que funcionaban como cortinas: no mostraban nada, pero dejaban entrever demasiado. Había cosas que no se decían en voz alta, cosas que todos intuían y que solo unos pocos conocían con certeza, aunque fingieran no saberlas.
La voz al otro lado de la línea hizo una pausa breve, como si midiera el peso de lo que iba a decir. Luego continuó con una frialdad quirúrgica, sin matices, sin humanidad.
—No quiero más fallos. Y quiero a las muchachas en perfecto estado. ¿Entendido?
El especialista sintió cómo la frase se le clavaba en la nuca. No era una orden; era una sentencia. Una advertencia disfrazada de instrucción. El tipo de mensaje que no admitía interpretaciones ni preguntas.
Miró alrededor, como si necesitara asegurarse de que nadie más había escuchado. Los camiones seguían en su sitio, inmóviles, silenciosos, como si aguardaran un veredicto. Sus hombres hablaban en murmullos, ajenos a la conversación, ajenos a la carga invisible que acababa de caer sobre él.
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