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Enjaulada - Capítulo 47

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Capítulo 47: El contenedor

Lobo se despertó lentamente, como si emergiera desde el fondo de un lago oscuro. Abrió un ojo, luego el otro. El cansancio ya no estaba, pero en su lugar había dejado un dolor agudo en el cuello, fruto de la mala postura con la que había caído rendido sobre la cama. Apenas se había movido en toda la noche. El cuerpo se lo recordaba con cada pequeño gesto.

Se incorporó con un gruñido bajo.

La ducha caliente le devolvió algo de humanidad. El agua arrastró el entumecimiento, despejó su mente y dejó espacio para lo que realmente importaba: la información.

Mientras se secaba, repasó mentalmente cada dato, cada nombre, cada sombra que había encontrado la noche anterior. Demasiadas piezas. Demasiadas preguntas. Y ninguna respuesta clara.

Encendió el móvil y empezó a llamar a su cuadrilla. Uno por uno, les pasó los nombres de todos los Antonio Varela que había sacado de la darkweb. Les dio instrucciones precisas: rastrear, cruzar datos, buscar patrones, domicilios, cualquier cosa que pudiera encajar.

No tardó en recibir la primera llamada de vuelta.

Era Rivas.

—Jefe —saludó con voz grave—. Te cuento lo que vi anoche.

Lobo se apoyó en la encimera, atento.

—Dime.

—Una vez que pusimos a las mujeres a salvo, volví a la Barranca. Me quedé oculto en una colina, con la moto apagada. Desde allí tenía buena vista del camino.

Lobo imaginó la escena: la noche cerrada, el viento moviendo la maleza, Rivas agazapado entre sombras.

—A los veinte minutos —continuó— aparecieron cuatro tíos. Iban armados hasta los dientes. No parecían de los gallegos, eso te lo digo ya. Se movían como militares. Revisaron la zona, buscaban algo. O a alguien. Pero por cómo miraban… diría que echaban de menos el camión.

Lobo apretó la mandíbula.

—¿Pudiste seguirlos?

—Lo intenté. Cuando se fueron, arranqué la moto y me mantuve a distancia. Pero en la M-40 los perdí. Se metieron por la salida hacia la A-1, dirección M-11, aeropuerto.

—Bien hecho, Rivas —dijo al fin—. Mantente localizable. Hoy vamos a necesitar a todos.

Colgó.

El apartamento quedó en silencio.

Un silencio tenso, expectante, como si las paredes supieran que algo estaba a punto de romperse.

Lobo se pasó una mano por la nuca dolorida y respiró hondo.

Una red que no pertenecía solo a Galicia.

Lobo cogió su chaqueta, comprobó el arma, guardó el móvil en el bolsillo y salió del apartamento y

condujo hasta Barajas con la mirada fija en la carretera y la mente trabajando a toda velocidad. La información de Rivas no dejaba lugar a dudas: los hombres que habían vuelto a la Barranca no eran simples matones. Se movían como profesionales. Y si habían tomado la salida hacia el aeropuerto, significaba que las operaciones aéreas no eran una teoría… sino una certeza.

Aparcó la moto en una zona discreta, lejos de cámaras evidentes, y caminó hacia el complejo de carga aérea. A esa hora, el movimiento era constante: camiones entrando y saliendo, carretillas elevadoras transportando palés envueltos en plástico, operarios con chalecos reflectantes dando órdenes entre el ruido metálico de contenedores y el zumbido de los motores.

Lobo conocía bien ese mundo.

La zona de carga era un universo paralelo dentro del aeropuerto: un lugar donde la mercancía cambiaba de manos sin que nadie preguntara demasiado. Donde los transitarios gestionaban envíos que cruzaban medio planeta. Donde las mensajerías privadas movían paquetes que nadie abría. Donde la seguridad era estricta… pero no infalible.

Y donde, si tenías dinero suficiente, podías comprar silencio, acceso o complicidad.

—Con pasta —murmuró para sí— hasta el cielo tiene puertas.

Caminó despacio, observando.

No buscaba algo concreto.

Los clanes gallegos no solían mover armas. No era su negocio. Pero si alguien estaba usando sus rutas, sus contactos o sus “llaves”, entonces la cosa cambiaba. Y mucho.

Se acercó a una valla metálica desde donde podía ver la zona de descarga de mercancía internacional. Un operario abrió un contenedor procedente de Bogotá.

Otro revisaba la documentación de un vuelo privado llegado desde Lisboa.

El ruido metálico de las carretillas, el zumbido de los motores y el olor a combustible formaban un ambiente denso, casi irreal.

Lobo afinó la vista.

En el lateral del contenedor, justo donde la pintura azul se descascarillaba, había un número largo, de nueve cifras.

Un código de expedición, paquete o vuelo.

Pero para él… fue como recibir un golpe en el estómago.

Nueve cifras.

Exactamente como el número que había encontrado en la nota arrugada.

El que creyó que era un teléfono.

Se quedó inmóvil, con el pulso acelerado.

El ruido del aeropuerto se volvió un murmullo lejano.

—No era un teléfono… —murmuró.

El número del contenedor tenía la misma estructura.

La misma longitud.

Su instinto se encendió como una bengala.

Se acercó un paso más. No coincidía exactamente con el de la nota… pero seguía el mismo formato.

Y si ese contenedor seguía el mismo patrón, significaba que el número de la nota también correspondía a una expedición, un envío, una carga.

Y si era así… necesitaba confirmar su intuición.

Se adentró en la zona de carga con paso firme, como quien sabe exactamente dónde tiene que estar. La mayoría de los operarios estaban demasiado ocupados para prestarle atención. Otros ni siquiera levantaron la vista. En un lugar como aquel, la gente entraba y salía constantemente: transportistas, mensajeros, supervisores, técnicos.

Solo había que parecer uno más.

Se acercó a un operario que revisaba una lista en una tablet industrial.

Un tipo robusto, barba de dos días, chaleco reflectante y ojeras de quien llevaba demasiadas horas de turno.

—Perdona —dijo Lobo, con tono de urgencia profesional—. Mis compañeros han extraviado un contenedor. Necesito localizarlo antes de que salga. El número es este: 615985846.

El operario frunció el ceño.

—Ese número no está en mi zona.

—¿Puedes comprobarlo en tu listado? —insistió Lobo.

El hombre negó con la cabeza.

—No hace falta mirarlo. Ese formato no es de carga aérea. Aquí usamos códigos alfanuméricos de nueve caracteres, no solo números. Lo que me has dado pertenece a contenedores marítimos.

Lobo sintió un latido acelerarse en su sien.

—¿Marítimos?

—Sí. —El operario señaló con el pulgar hacia el fondo del recinto—. Si buscas algo así, tienes que ir a logística multimodal. Cuando llega un contenedor por barco, se descarga, se consolida y se envía por vía aérea. Pero aquí, en carga directa, no te va a aparecer.

Lobo asintió, como si aquello fuera una molestia más en un día complicado.

—Es mercancía muy valiosa —añadió, bajando la voz—. Si no la encuentro, pierdo a un cliente importante. Y eso hundiría mi empresa.

El operario lo miró con más atención.

Lobo aprovechó el momento.

Sacó del bolsillo un par de billetes de cien euros, doblados con discreción, y los dejó asomar entre sus dedos.

—Por favor —dijo, con una sonrisa tensa—. Solo necesito que me ayudes a localizar ese contenedor. Una pista. Un movimiento. Lo que sea.

El operario miró los billetes.

Miró a Lobo.

Miró alrededor, asegurándose de que nadie observaba.

Luego suspiró.

—Dámelo —dijo, extendiendo la mano hacia la nota con el número.

Lobo se la entregó.

El operario tecleó algo en su tablet, rápido, con la soltura de quien conoce el sistema mejor que su propia casa.

Pasaron unos segundos.

Luego otros.

Finalmente, el hombre levantó la vista.

—Aquí no está —dijo—. Pero… —bajó la voz— sí aparece en el registro de entrada marítima. Llegó hace cinco días al puerto de Valencia. Y fue transferido a Madrid hace dos días por la noche.

El corazón de Lobo dio un vuelco.

—¿A qué zona?

El operario tragó saliva.

—A la que te dije. Multimodal. Pero… —miró de nuevo la pantalla— hay algo raro.

—¿Qué?

—Ese contenedor no tiene destino asignado. No figura en ninguna ruta aérea. No tiene vuelo. No tiene salida programada.

Lobo sintió un escalofrío.

—¿Y eso qué significa?

El operario lo miró con una mezcla de miedo y resignación.

—Que alguien lo ha sacado del sistema.

Silencio.

Lobo guardó los billetes en el bolsillo del operario con un gesto rápido.

—Gracias.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida.

—¡Espera! —llamó el operario, con un tono que no era de cortesía, sino de codicia.

Lobo se detuvo.

Giró apenas la cabeza, lo justo para mirarlo por encima del hombro.

El operario se acercó un paso, bajando la voz.

—Quizá… sepa algo que te sirva.

Lobo lo observó en silencio.

Sabía perfectamente lo que quería.

Y sabía que, si quería información real, tendría que pagarla.

—Será mejor que valga la pena —advirtió, con un tono que no dejaba lugar a dudas.

El operario no se movió hasta que Lobo sacó otro billete.

No lo cogió aún.

Primero quería asegurarse de que había más donde ese había salido.

Lobo lo entendió.

Y, sin perder la paciencia, le entregó el billete.

El operario lo guardó en su bolsillo con rapidez, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo.

—Hace dos noches —empezó— me tocaba guardia. Turno de madrugada. Ya sabes… lo peor. Silencio, frío, sueño.

Lobo asintió, impaciente.

—Y escuché ruido de camiones. Varios. A una hora en la que no debería haber movimiento. No de ese tipo.

—¿Qué camiones? —preguntó Lobo, aunque ya intuía la respuesta.

—Grandes. De los que no pasan desapercibidos. Atravesaron toda la zona de carga para ir directos a multimodal. No pararon. No descargaron. No pidieron autorización. Nada.

Lobo frunció el ceño.

—¿Y luego?

—Un par de horas después… volvieron a salir. Igual de rápido. Igual de silenciosos.

Lobo dio un paso hacia él, acortando la distancia.

—Eso no me sirve de mucho.

El operario tragó saliva.

Sabía que estaba a punto de perder el dinero… o algo peor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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