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Enjaulada - Capítulo 48

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Capítulo 48: La puerta de salida

Lobo extendió la mano, como si fuera a recuperar el billete.

—Espera, espera —dijo el operario, levantando las manos—. Hay más. Te lo juro.

Lobo se detuvo.

El operario respiró hondo, bajó aún más la voz y miró alrededor antes de hablar.

—Esos camiones… no eran de aquí. No eran de ninguna empresa que yo conozca. Pero sí sé esto: esa compañía suele recoger mercancía de Barajas y sacarla del país por la base aérea de Torrejón de Ardoz.

Lobo sintió un latido seco en el pecho.

Torrejón.

Base militar.

Operaciones aéreas.

Salazar.

Las piezas encajaron con un chasquido mental.

—¿Estás seguro? —preguntó Lobo, aunque su tono no era de duda, sino de advertencia.

El operario asintió rápido.

—Sí. Lo he visto antes. No muchas veces, pero… cuando pasa, siempre es de noche. Siempre con camiones sin logos. Y siempre van hacia Torrejón.

Lobo lo observó unos segundos.

El operario tragó saliva, nervioso.

Finalmente, Lobo asintió.

—Has hecho bien en contármelo.

El operario soltó el aire, aliviado.

Lobo se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.

Mientras caminaba hacia la salida, una certeza se clavó en su mente como un cuchillo:

Karla no estaba en manos de un clan cualquiera.

Estaba en manos de alguien con acceso a una base militar.

Alguien que podía mover mercancía sin dejar rastro.

Alguien que sabía borrar contenedores del sistema.

Y ese alguien tenía un nombre.

Salazar.

Lobo, con la nueva información ardiéndole en la cabeza, condujo hasta las inmediaciones de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz. Sabía perfectamente que no iba a poder entrar. No sin acreditación. No sin un motivo oficial.

Pero necesitaba ver, oler el terreno.

Necesitaba confirmar si su instinto estaba en lo cierto.

Aparcó la moto a casi un kilómetro, en un camino de tierra que bordeaba una zona de cultivo. Desde allí, la base se extendía como una ciudad dentro de otra: vallas dobles, cámaras térmicas, torres de vigilancia, patrullas que recorrían el perímetro con la precisión de un reloj suizo.

Lobo se acercó a pie, manteniéndose entre los árboles y las sombras.

No era la primera vez que inspeccionaba un lugar así.

Y sabía que, aunque no lo vieras, siempre había ojos mirando.

El aire olía a queroseno, a metal caliente y a motores que no descansaban.

Desde su posición, podía ver parte de la zona de carga militar: hangares enormes, puertas correderas, vehículos logísticos entrando y saliendo. No era un aeropuerto comercial. Aquí no había mensajeros ni transitarios. Aquí todo era controlado, clasificado, silenciado.

Y sin embargo…

Había movimiento.

Demasiado movimiento para una mañana cualquiera.

Un convoy de tres camiones —grandes, sin logos, idénticos al que tenían en su poder, oculto en la zona industrial de Vallecas— avanzaba hacia una de las naves laterales.

No llevaban matrícula visible.

No llevaban distintivos.

Solo un triángulo invertido pintado discretamente en la parte trasera.

El mismo símbolo que había visto en la Barranca.

Lobo sintió cómo se le tensaban los músculos.

Se agachó un poco más, observando.

Sacó de su bolsillo un pequeño prismático monocular, compacto pero potentísimo, que siempre llevaba encima. Lo apoyó contra el ojo y ajustó el enfoque con un giro suave.

La imagen se acercó como si estuviera a pocos metros.

Los camiones se detuvieron frente a una puerta lateral.

El hombre del uniforme híbrido —ni militar, ni civil— salió a recibirlos.

Carpeta en mano.

Pistola en la cintura.

Mirada fría.

El conductor del primer camión bajó.

Intercambiaron unas palabras.

El hombre del uniforme hizo una señal con la mano.

La puerta se abrió.

Los camiones entraron.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Como si nunca hubieran existido.

Lobo apretó los dientes.

Una infraestructura paralela dentro de la base.

Y si estaban moviendo mercancía por Torrejón…

Si tenían acceso a hangares…

si podían entrar y salir sin dejar rastro…

Entonces Karla no estaba en manos de cualquiera.

Salazar. El nombre resonó en su cabeza como un disparo.

Retrocedió unos pasos, siempre fuera del alcance de las cámaras térmicas.

Sabía que no podía quedarse más tiempo.

Si lo detectaban, no saldría de allí caminando.

Pero también sabía algo más.

Había encontrado la puerta de salida.

Todo empezaba a encajar.

Las piezas que llevaba días persiguiendo por fin formaban un patrón.

Los nombres, el número, los camiones

Sólo faltaba deducir la fecha escrita en la nota: 24/12 – 03:15 h.

Dentro de una semana.

Pero Lobo frunció el ceño.

Ese plan se había escrito antes de que ellos interceptaran el camión en la Barranca.

Antes de que todo se torciera.

Antes de que los captores tuvieran que improvisar.

—Esa fecha ya no vale —murmuró.

Podía ser esa misma noche.

O la siguiente.

O la siguiente.

No podían confiar en un calendario que ya estaba roto.

Tenía que actuar ya.

Sacó el móvil y marcó el canal seguro de su cuadrilla.

—Escuchad —dijo en cuanto oyó el primer clic de conexión—. Necesito vigilancia en la Base Aérea de Torrejón. Todas las puertas. Las oficiales y las que no divulgan por precaución. Todo el perímetro. Todo el día. Desde ya.

—¿Qué buscamos? —preguntó Rivas.

—Movimiento de camiones sin logos. Cualquier cosa que entre o salga sin pasar por los controles habituales. Prioridad absoluta: localizar a la muchacha.

—¿Y si los vemos? —preguntó otro.

Lobo respiró hondo.

—Avisad. Pero estad preparados para entrar en combate.

Hubo un silencio tenso al otro lado.

—Jefe… ¿armados? —preguntó Rivas.

—Hasta los dientes —respondió Lobo—. Y estos no son matones de barrio. Son profesionales. No dudéis ni un segundo.

Cortó la comunicación.

Guardó el móvil.

Miró de nuevo hacia la base, donde los hangares brillaban bajo el sol como bestias dormidas.

Karla estaba allí.

O iba a estarlo.

O iba a salir de allí.

Mientras esperaba la llegada de sus hombres, Lobo se apartó unos metros del camino, lo justo para que nadie pudiera verlo desde la carretera. Sacó el móvil y marcó el número de Luis.

Una llamada. Dos. Tres.

Nada.

Frunció el ceño. Luis no solía tardar tanto en contestar.

—Joder… —murmuró.

Marcó entonces el número de Olga.

Ella contestó al primer tono.

—¿Lobo? —Su voz sonaba alerta.

—He llamado a tu marido —dijo él sin rodeos—. No contesta.

—Está hablando con un compañero —explicó ella enseguida—. Un funcionario de prisiones. A ver si puede sacar algo de información. Ya sabes… contactos internos.

Lobo asintió, aunque ella no podía verlo.

—Bien. Escucha —dijo, bajando la voz—. Tengo nueva información. Y necesito que me digas todo lo que sepas sobre Salazar.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿Salazar? —repitió Olga.

—Sí. —Lobo miró hacia la base aérea, donde los hangares brillaban bajo el sol—. Estoy empezando a descartar que el secuestro de Karla sea cosa del cártel gallego. Esto es más grande.

Olga tardó unos segundos en responder.

—Lobo… —su tono cambió, se volvió más grave—. Ese nombre no es cualquiera. Tiene mucho poder.

—Lo sé —respondió él—. Por eso te llamo.

—Salazar… —continuó ella— es un fantasma. No aparece en expedientes oficiales. No figura en bases de datos. No tiene ficha policial. Pero su nombre sale en informes antiguos, muy antiguos. Y siempre vinculado a operaciones aéreas.

Lobo sintió un escalofrío.

—¿Militar?

—Exmilitar —corrigió Olga—. O eso dicen. No se conoce su paradero —confirmó ella—. Hay rumores de que coordina rutas que no existen. Vuelos que no se registran. Cargas que no pasan por aduanas. Trabaja con gobiernos. Mafias. Empresas privadas. Da igual. Mueve de todo. La fiscalía nunca ha podido incriminarle.

Lobo miró de nuevo hacia la base de Torrejón.

— Y tiene acceso a instalaciones militares —confirmó Lobo.

Olga bajó la voz.

—Dios mío. Entonces Karla está en manos de alguien que puede moverla a cualquier parte del mundo sin dejar rastro.

Tras colgar con Olga, Lobo guardó el móvil. El viento arrastraba el olor a queroseno y tierra seca. La tensión le recorría la espalda como un hilo eléctrico.

En una hora más o menos, el canal privado de la radio emitió un pitido corto.

Rivas avisó por el canal privado:

—Jefe, posiciones confirmadas. Estoy en el acceso administrativo.

Topo está entre la puerta de visitas y emergencias.

Ruso en la principal.

Barbas en logística.

Y Loco está revisando el perímetro exterior.

Lobo asintió para sí mismo.

Era un despliegue perfecto.

Un círculo invisible alrededor de la base aérea.

—Jefe, aquí Loco . Tenemos movimiento. —La voz sonaba contenida, pero alerta.

Lobo llevó la radio al oído.

—Habla.

—Un monovolumen negro. Un hombre y una mujer. Están a unos 200 metros de la puerta de visitas. No parecen militares. No parecen de seguridad. Pero… —Rivas dudó un segundo— se les nota nerviosos.

Lobo frunció el ceño.

—¿Modelo?

—Un Renault Espace. Cristales tintados. Matrícula de Madrid.

Lobo sintió un latido seco en el pecho.

Sacó el monocular y enfocó hacia la carretera secundaria que bordeaba la base.

El vehículo apareció entre los árboles, avanzando despacio, como si buscaran algo… o a alguien.

Ajustó el enfoque.

Primero vio el rostro del conductor.

Luego el de la mujer en el asiento del copiloto.

Los padres de Karla.

—Joder… —susurró.

No era el lugar para ellos.

Y desde luego no era seguro.

Volvió a la radio.

—Rivas, no os acerquéis. Repito: no os acerquéis. Son los padres de Karla.

Hubo un silencio breve.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Rivas, incrédulo.

—Lo mismo que nosotros —respondió Lobo, con un tono que mezclaba rabia y preocupación—. Buscarla.

Lobo los observó desde la distancia.

Estaban demasiado cerca de la base.

Demasiado expuestos.

Demasiado vulnerables.

Y si alguien dentro de Torrejón estaba vigilando los alrededores —y Lobo sabía que lo estaban—, un coche desconocido merodeando podía levantar sospechas.

—Loco —dijo por la radio—. Necesito que los interceptes antes de que se acerquen más. Sin armas a la vista. Sin movimientos bruscos. No quiero que entren en pánico.

—Entendido.

Lobo guardó el monocular y se preparó para moverse.

No podía permitir que los padres de Karla se convirtieran en un objetivo.

No podía permitir que los vieran.

No podía permitir que arruinaran la vigilancia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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