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Enjaulada - Capítulo 49

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Capítulo 49: Uno más en la cuadrilla

Loco los vio detener el monovolumen en mitad del camino, bajar nerviosos, mirar alrededor como si esperaran que Karla apareciera de entre los árboles.

Se acercó rápido, pero sin armas a la vista, y con más esfuerzo del que admitiría jamás consiguió convencerlos de que lo acompañaran.

Luis y Olga no estaban para razones.

No estaban para órdenes.

No estaban para esperar.

Pero Loco era grande, contundente y sabía cómo manejar a gente desesperada sin romperlos.

A duras penas, los llevó hasta la posición donde se encontraba Lobo.

Cuando los vio llegar, Lobo sintió un nudo en el estómago.

Luis tenía la mirada encendida, los puños apretados.

Olga, en cambio, parecía hecha de cristal: temblaba, pero no lloraba; respiraba rápido, pero no perdía el control.

—No vamos a marcharnos —dijo Luis antes de que Lobo pudiera abrir la boca—. Si Karla va a pasar por aquí, queremos estar cerca.

Lobo lo miró fijamente.

No vio locura.

No vio imprudencia.

Vio algo peor: determinación absoluta.

—Luis… —empezó.

—Sé disparar —interrumpió él—. Tengo permiso de armas. He cazado toda mi vida. No soy un inútil.

Olga asintió con fuerza.

—Y yo no pienso quedarme en casa esperando una llamada que quizá nunca llegue.

Lobo respiró hondo.

Sabía que discutir con ellos sería perder tiempo.

Y sabía que, si los mandaba a casa, volverían.

O peor: se acercarían solos a la base.

No podía permitirse eso.

—Está bien —dijo al fin, con voz grave—. Pero vamos a hacerlo a mi manera.

Luis asintió de inmediato.

Olga también… aunque con un temblor en la barbilla.

Lobo señaló el monovolumen.

—Olga, tú te quedas al volante. En una zona apartada. Motor encendido. Atenta a la radio. Si necesitamos evacuar, tú serás nuestra salida.

Olga abrió la boca para protestar, pero Lobo levantó una mano.

—No es negociable. Si entras en zona caliente, pones en peligro a mis hombres, a ti misma… y a Karla. Y eso no lo voy a permitir.

Olga tragó saliva.

Miró a Luis.

Él le tomó la mano y asintió.

—Hazle caso —susurró él—. Por favor.

Ella cerró los ojos un segundo.

Luego asintió.

—Me quedaré en la sombra —dijo, con voz firme—. Pero no me moveré de aquí.

Lobo le dedicó un gesto de respeto silencioso.

Luego se volvió hacia Rivas, que acababa de llegar.

—Dale un chaleco —ordenó—. Y tráele un arma.

Rivas asintió y se alejó hacia la furgoneta.

Luis lo observó con una mezcla de alivio y miedo.

—Gracias —murmuró.

Lobo negó con la cabeza.

—No me lo agradezcas. A partir de ahora, eres uno más. Y eso significa que obedeces mis órdenes. Todas.

Luis tragó saliva.

—Lo haré.

Lobo lo miró a los ojos.

—Y si en algún momento te digo que te apartes… te apartas. Aunque creas que Karla está detrás de esa puerta. ¿Entendido?

Luis dudó un segundo.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que Lobo viera el conflicto interno.

Finalmente, asintió.

—Entendido.

Rivas regresó con un chaleco antibalas y una pistola corta envuelta en una funda de tela.

—Póntelo —dijo Lobo.

Luis obedeció.

El chaleco le quedaba un poco grande, pero serviría.

Lobo observó la base aérea a lo lejos.

Los hangares.

Las puertas.

Las sombras moviéndose dentro.

El tablero estaba listo.

Las piezas colocadas.

Y el tiempo corriendo en su contra.

—A partir de ahora —dijo Lobo, mirando a todos— nadie se mueve solo. Nadie actúa sin avisar. Y nadie dispara sin mi orden.

El viento sopló fuerte, arrastrando polvo y tensión.

—Porque esta gente —añadió— son profesionales, acostumbrados a matar sin remodimientos y están armados hasta los dientes.

Mientras tanto, en la nave de Paracuellos del Jarama, la noche comenzaba a caer como un telón pesado.

La luz se filtraba por las rendijas del techo, proyectando sombras largas sobre el suelo de cemento.

Los motores de los camiones ronroneaban en silencio, preparados para moverse en cuanto el cielo se oscureciera del todo.

El especialista caminaba entre ellos con paso firme, revisando cada detalle, cada amarre, cada cierre.

No quería fallos.

No podía permitírselos.

—Matías —ordenó sin levantar la voz—. Ata las manos de las muchachas. Bien fuerte. No quiero sorpresas.

Matías tragó saliva. Y sacó a las chicas de su encierro y las condujo al despacho de recepción donde había bridas encima de la mesa. Miró a Karla y a Lucía, apoyadas en la pared, con las muñecas ya enrojecidas por las cuerdas anteriores.

Ambas lo observaban con una mezcla de miedo y resignación.

—¿Otra vez? —preguntó él, intentando sonar casual, pero su voz tembló.

—Hazlo —repitió el especialista.

Matías obedeció.

Ató primero a Lucía, que no dijo una palabra.

Luego a Karla, que lo miró fijamente, como si intentara leerle el alma.

Cuando terminó, el especialista se acercó a ellas, revisó los nudos y asintió.

—Perfecto. No quiero fallos esta noche.

Matías frunció el ceño.

—¿Esta noche? —preguntó—. ¿A dónde vamos?

El especialista lo ignoró.

Se dirigió hacia su todoterreno, un vehículo oscuro, sin matrícula visible, que se movería entre los camiones como si fuera uno más.

—Vosotras dos —dijo señalando a Karla y Lucía— venís conmigo. Y tú también.

Matías se quedó helado.

—¿Con usted? ¿En el coche?

—Sí —respondió el especialista sin mirarlo—. No quiero que viajen en los camiones. Son mercancía delicada.

La palabra “mercancía” hizo que a Matías se le revolviera el estómago.

Pero lo que realmente lo dejó sin aire fue lo siguiente:

—Entraremos por la puerta de visitas de la base aérea. Ya está todo programado.

Matías parpadeó.

—¿La base aérea… de Torrejón? —preguntó con la voz rota.

El especialista se giró lentamente hacia él.

—¿Algún problema?

Matías abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

Finalmente, logró articular:

—Es que… nadie me dijo que había que volar. Yo… yo no sabía que íbamos a una base militar. ¿A dónde vamos después? ¿Qué… qué vamos a hacer allí?

El especialista sonrió.

Una sonrisa irónica, afilada, que no llegaba a los ojos.

—¿Te da miedo volar, Matías?

—No es eso —balbuceó él—. Es que… creo que debería saber dónde voy.

El especialista dio un paso hacia él.

Luego otro.

Y otro.

Hasta que Matías tuvo que retroceder para no chocar con él.

El aire entre ambos se volvió denso, casi irrespirable.

El especialista habló muy despacio, cada palabra cargada de amenaza.

—Tú no estás aquí para saber.

Estás aquí para obedecer.

Matías tragó saliva, pero su garganta estaba seca.

—Yo solo… yo solo quería—

—No quieres nada —lo interrumpió el especialista, acercando su rostro al suyo—. Y si vuelves a hacer una pregunta que no te corresponde… te dejo aquí. Enterrado. ¿Entendido?

Matías asintió, temblando.

El especialista se apartó como si nada hubiera pasado.

—Bien.

Ahora sube a las chicas al coche.

Nos vamos en cuanto caiga la noche.

Karla cerró los ojos un instante.

Lucía apretó los dientes.

Y Matías, con las manos temblorosas, comprendió por fin que estaba metido en algo que lo superaba por completo.

Karla y Lucía fueron obligadas a sentarse en la parte trasera del todoterreno.

Matías se colocó entre ambas, rígido, con las manos apoyadas en las rodillas, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo.

El especialista se acomodó en el asiento del conductor, ajustó los retrovisores y, antes de arrancar, se giró lentamente hacia ellas.

Su sonrisa era una línea torcida, sin rastro de humanidad.

—Escuchad bien —dijo, con una voz tan suave que resultaba más aterradora que un grito—. Cualquier movimiento en falso… cualquier intento de llamar la atención… y os juro que a mis clientes no les importa que la mercancía llegue con alguna extremidad de menos.

Lo dijo como si fuera un chiste.

Pero sonó tan real, tan posible, tan frío…

que Karla sintió cómo el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.

Lucía bajó la mirada, temblando.

Matías tragó saliva.

No sabía si el especialista hablaba en serio.

Pero algo en su tono… en su mirada…

Le dijo que sí.

El especialista los observó unos segundos más, disfrutando del miedo que había provocado.

Luego chasqueó la lengua.

—Aunque… —añadió— tengo una idea mejor.

Abrió el maletín que llevaba siempre a su lado.

Dentro, perfectamente alineadas, había varias jeringuillas precargadas.

El líquido transparente brillaba bajo la luz de la nave.

Matías sintió que el estómago se le encogía.

—No… no hace falta eso —balbuceó—. Están atadas. No van a—

El especialista lo ignoró por completo.

Sacó una jeringuilla.

Luego otra.

Y sin decir una palabra más, se inclinó hacia Karla.

Ella intentó apartarse, pero las cuerdas le impedían moverse.

El especialista le clavó la aguja en la pierna con una brutalidad innecesaria.

Karla soltó un gemido ahogado.

Lucía gritó.

—¡No! ¡Por favor, no!

Pero él ya estaba sobre ella.

La segunda jeringuilla se hundió en su muslo con la misma violencia.

Matías se quedó paralizado.

Quiso intervenir.

Quiso decir algo.

Quiso detenerlo.

Pero no se movió.

No pudo.

El especialista guardó las jeringuillas vacías, cerró el maletín y se recostó en su asiento, satisfecho.

—Mucho mejor —dijo—. Así no tengo que preocuparme por vosotras.

Karla intentó mantener los ojos abiertos.

Intentó luchar contra el peso que empezaba a caerle sobre los párpados.

Intentó respirar hondo.

Pero el mundo se volvió borroso.

Lejano.

Irreal.

Lucía cayó primero, desplomándose contra el hombro de Matías.

Karla la siguió segundos después, su cabeza apoyándose en el otro lado.

Matías miró a ambas, dormidas, indefensas, vulnerables.

Y por primera vez desde que todo empezó…

Sintió verdadero miedo.

No por ellas.

Por él.

Porque entendió que estaba atrapado en algo que no tenía salida.

Y que el especialista no dudaba en eliminar a cualquiera que se convirtiera en un estorbo.

El motor del todoterreno rugió.

Los camiones empezaron a alinearse detrás.

La noche ya había caído.

Y el convoy se preparaba para dirigirse a la base aérea de Torrejón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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