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Enjaulada - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Oficialmente No desaparecida
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5: Oficialmente: No desaparecida 5: Oficialmente: No desaparecida Mientras tanto, en la casa de Karla, Luís, su padre, empuja con extrema cautela la puerta principal, que encuentra extrañamente entornada, como si alguien la hubiera dejado así a propósito o hubiera salido con demasiada prisa.

El leve chirrido de las bisagras resuena en el silencio del hogar, un sonido que le eriza la piel y le provoca un presentimiento oscuro.

Da un paso dentro y se detiene en seco.

La sala principal, normalmente impecable y ordenada, parece haber sido sacudida por una tormenta.

Un par de sillas están volcadas, los cojines del sofá tirados por el suelo, varios papeles desperdigados como si hubieran sido arrancados de algún cajón, y objetos personales —llaves, un bolso abierto, una chaqueta caída— se encuentran fuera de lugar, formando un caos que no encaja con la rutina tranquila de la casa.

Luís siente cómo un nudo se forma en su estómago.

Su respiración se vuelve más lenta, más pesada.

Avanza un poco más, con pasos medidos, intentando no alterar nada, como si el desorden fuera una escena frágil que pudiera romperse con el más mínimo movimiento.

Sus ojos recorren cada rincón, buscando una explicación lógica, algo que le permita descartar la idea que empieza a abrirse paso en su mente.

Pero no la encuentra.

El silencio es absoluto.

Un silencio antinatural, cargado, que parece observarlo desde cada sombra.

Luís traga saliva, sintiendo cómo la inquietud se transforma en miedo.

Llama el nombre de su hija, primero en un susurro tembloroso, luego con un tono más firme, pero la casa no responde.

Solo el eco de su propia voz vuelve hacia él.

Y entonces comprende que algo no va bien.

Algo grave ha ocurrido.

La ausencia de Karla pesa en el aire como una amenaza invisible.

—Karla —grita con voz quebrada—, ¿Dónde estás?

¿Te encuentras bien?

Contesta, hija.

La falta de respuesta aumenta su angustia.

El silencio dentro de la casa es tan profundo que cada llamada de Lucía parece rebotar contra las paredes y regresar convertida en un eco más desesperado.

Cada habitación vacía es un golpe seco en el pecho, un recordatorio de que Karla no está donde debería, de que alguien o algo que no alcanza a nombrar ha roto la normalidad de su hogar.

—¡Karla!

—Insiste, la voz ya casi un sollozo—.

Por favor, hija… respóndeme…
Nada.

Solo el zumbido lejano del refrigerador y el crujido de la madera bajo sus pasos apresurados.

En la entrada, Olga se aferra al marco de la puerta como si fuera lo único que la mantiene en pie.

Con los ojos abiertos de par en par, sigue cada movimiento de su esposo.

El temblor en sus manos es tan visible que parece que la piel misma vibra.

La llamada que recibió de Andy los dejó muy preocupados y decidieron abandonar la fiesta que los compañeros de trabajo de Luís le habían preparado.

—¿La encontraste?

—pregunta con un hilo de voz, aunque ya sabe la respuesta.

Luís niega con la cabeza sin mirarla, demasiado ocupado escaneando el pasillo, como si en cualquier momento Karla pudiera aparecer corriendo desde alguna esquina.

Olga, traga saliva.

El aire le sabe a polvo y a algo más… un presentimiento amargo que le recorre la garganta.

Luís se sitúa al pie de la escalera, con la mirada fija en la planta superior, en una mano un cuchillo, brilla tenuemente bajo la luz de la luna que se filtra por las ventanas.

Su respiración es lenta y controlada; sabe que los ladrones pueden ocultarse arriba y él tiene el deber de proteger a su familia.

Al llegar al último peldaño, sus ojos recorren cada rincón, buscando cualquier señal de movimiento.

La adrenalina corre por sus venas mientras avanza por el pasillo, decidida a utilizar el cuchillo si alguien se cruza en su camino.

Tras no encontrar ninguna señal de los ladrones, Luis siente un gran alivio y avisa a su esposa de que el peligro ya ha pasado.

Sin embargo, su corazón se detiene al escuchar el tono de llamada del teléfono móvil de su hija.

Tarda unos segundos en encontrar el dispositivo rosa debajo de la cama de su dormitorio de matrimonio.

El pánico le invade.

Sus pensamientos se llenan de imágenes aterradoras; la ausencia de su hija y la evidencia de su teléfono tirado bajo la cama le hacen presagiar que ha desaparecido contra su voluntad.

La desaparición y el miedo lo dominan mientras intenta planificar los siguientes pasos.

Olga ya está llamando al número de emergencias.

Con voz temblorosa y lágrimas en los ojos, le explica a la policía cómo alguien irrumpió en su casa y posiblemente secuestró a su hija Karla.

Cada palabra es un esfuerzo.

Olga lucha por mantener la calma y proporcionar todos los detalles necesarios.

El oficial al otro lado de la línea la llena de preguntas, tratando de obtener la mayor cantidad de información posible.

Luís, su esposo, con el rostro pálido y la mirada fija, le pide que cuelgue con tono urgente.

Luis avanza un par de metros y levanta una madera suelta del suelo, justo debajo de la mesilla de noche, y saca una caja de metal vacía y en ese momento tanto Olga como Luís se quedan sin respiración.

—¡Hallaron las cartas!

Exclaman a la vez.

La mente de Luís comienza a trabajar rápidamente y se hace cargo de la conversación con el policía, le pide disculpas por las molestias ocasionadas y le explica que su hija acaba de avisar que se encuentra en casa de su novio, arrepentida de haber celebrado una fiesta no permitida en casa.

El agente le pide que la amoneste debidamente; si no, en un futuro su travesura podría tener peores consecuencias y cuelga la llamada.

Olga iba y venía por el pasillo, llegaba hasta la puerta de la habitación de Karla y volvía hasta su dormitorio como un péndulo descompuesto, incapaz de quedarse quieta.

Las manos le temblaban tanto que, al llevarse los dedos al cabello, ese gesto automático que siempre la ayudaba a ordenar sus ideas, se enredaban en los mechones rizados que colgaban
Esa gente.

Esa maldita gente.

Habían dado con el escondite y si habían encontrado las cartas, ya conocían su secreto.

El secreto más delicado, más peligroso, más decisivo de sus vidas.

Un secreto que habían jurado proteger incluso a costa de sí mismos.

Y ahora, con ese descubrimiento, la amenaza ya no era abstracta: se cernía directamente sobre su hija.

La certeza de que Karla estaba en peligro le oprimía el pecho, pero en ese instante lo que la dominaba no era solo miedo.

Era algo más denso, más paralizante: la incertidumbre que se colaba por cada rendija de la casa, mezclada con un terror que no dejaba de crecer, como si alguien lo estuviera alimentando desde las sombras.

Luís besa y abraza a su esposa para calmarla; ambos saben que deben actuar deprisa, pero con cautela para planificar cada detalle.

Deciden utilizar los billetes de avión que le regalaron a su hija por su cumpleaños, creando la ilusión de que Karla se ha ido voluntariamente para disfrutar y alargar su estancia en Estados Unidos y evitar preguntas incómodas.

En un principio, esos billetes tenían la función de alejarla por un tiempo de su entorno familiar hasta que pudiesen verificar que la amenaza que recibieron era solo ficticia y que realmente no había ningún peligro para ella, pero los acontecimientos sucedidos les obligaron inesperadamente a cambiar sus planes.

Deben estar seguros de quién ha raptado a su hija.

Y no ponerla potencialmente en un peligro mayor si realmente descubren su verdadera identidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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