Enjaulada - Capítulo 50
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 50: Convoy en movimiento
El convoy compuesto por doce camiones avanzaba en silencio por la carretera, tragándose los kilómetros como una bestia paciente. El todoterreno del especialista se situó en la quinta posición de la fila, mientras el resto de los camiones seguía detrás como sombras obedientes. Dentro, el aire era espeso, cargado de un olor metálico que Matías no sabía si provenía del vehículo… o del miedo. Karla y Lucía seguían inconscientes; sus cabezas descansaban apoyadas en sus hombros, como dos muñecas rotas. Matías intentó acomodarlas sin llamar la atención, pero cada movimiento le hacía temer que el especialista lo viera por el retrovisor. Y lo hacía. Cada pocos segundos, sus ojos fríos se reflejaban en el cristal, vigilándolo como si esperara que cometiera un error.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Dónde vamos? —Se atrevió a preguntar Matías, con la voz apenas audible.
El especialista no respondió.
Solo sonrió.
Una sonrisa lenta y calculada que le heló la sangre.
Matías bajó la mirada, apretando los puños sobre las rodillas. No sabía cuál era su destino; podría ser algún otro lugar apartado, como La Barranca, alguna granja o incluso un recinto más grande, para luego distribuir la mercancía. Él solo conocía La Barranca. Realmente no sabía qué infraestructura movían, y del jefe del especialista… ni idea de quién podría ser. Su hermano le contó bien poco. Solo que eran muy importantes y que, si se portaba bien, sacaría beneficio suficiente para pagarse la carrera. Y en cambio ahora, luchaba por sobrevivir al igual que Lucía y Karla.
El vehículo dio un pequeño bandazo al tomar una curva cerrada. Matías se aferró al asiento para no caer encima de las chicas. El especialista ni siquiera pestañeó; parecía conducir por instinto, como si conociera cada bache, cada piedra del camino. Afuera, la oscuridad se espesaba, tragándose los contornos del paisaje. Apenas distinguió un cartel oxidado que señalaba la dirección a Cobeña, pero la noche lo devoró antes de que pudiera leer nada más.
El convoy redujo la velocidad. El sonido de los motores se volvió más grave, más contenido, como si todos los vehículos estuvieran conteniendo la respiración. Matías sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquello no era una simple carretera rural: era un pasillo hacia lo desconocido.
Intentó distraerse observando el exterior, pero solo encontró sombras. Los árboles se inclinaban sobre la carretera, formando un túnel natural que parecía cerrarse a su paso. El cielo, oculto por las copas, apenas dejaba filtrar un hilo de luz mortecina. Todo daba la sensación de estar entrando en un territorio donde las reglas eran otras.
El especialista habló de pronto, sin apartar la vista del camino:
—Deja de mirar por la ventana. No te sirve de nada.
Matías obedeció al instante, sintiendo cómo el estómago se le encogía. Había algo en la voz del hombre, una seguridad absoluta, que le hacía pensar que cualquier acto de rebeldía sería castigado sin dudarlo.
Karla emitió un leve gemido, apenas un susurro. Matías giró la cabeza hacia ella, preocupado, pero no se atrevió a tocarla. Lucía seguía inmóvil, con el ceño fruncido como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
—Tranquilas… —murmuró Matías, más para sí mismo que para ellas.
El especialista lo escuchó.
—No las despiertes —ordenó.
El todoterreno volvió a acelerar, siguiendo el ritmo del camión que tenía delante. El convoy retomó su avance, constante, implacable. Matías apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos un instante, intentando no pensar. Pero era imposible. Cada kilómetro que avanzaban era un recordatorio de que se alejaban más y más de cualquier lugar donde alguien pudiera ayudarlos.
Y mientras el vehículo devoraba la carretera, Matías comprendió que lo peor no era no saber adónde iban. Sentía el pulso en las sienes, un martilleo constante que le recordaba que estaba atrapado.
A través de la ventanilla, la noche se extendía como un océano negro. De vez en cuando, una señal de tráfico, un puente, un desvío. Nada más. Ningún coche. Ningún testigo. El especialista había elegido bien la ruta.
El todoterreno tomó una salida estrecha, casi oculta entre los árboles. Las ramas se cerraban sobre el camino como dedos largos y retorcidos, arañando la carrocería mientras descendían hacia una zona industrial. A ambos lados, naves oscuras se alzaban como esqueletos metálicos, con ventanas rotas que parecían ojos vacíos. Las farolas se alineaban como centinelas muertos.
Tras unos kilómetros más, el convoy redujo la marcha hasta detenerse por completo. El silencio que siguió fue tan denso que Matías sintió cómo le zumbaban los oídos. Era como si todos los motores contuvieran el aliento, esperando una orden que no llegaba.
Entonces, una luz verde parpadeó en la distancia.
Una sola vez.
Luego otra.
El especialista sonrió, apenas un gesto, pero suficiente para tensar aún más el aire. Sin decir nada, giró el volante y sacó el todoterreno de la fila. Los camiones que venían detrás lo adelantaron uno a uno, continuando su marcha como un río oscuro que no podía detenerse. Matías observó cómo pasaban, cada uno más imponente que el anterior, hasta que el último desapareció por la carretera que bordeaba la valla perimetral de la base aérea de Torrejón.
Los vio alejarse siguiendo el trazado como sombras obedientes, sus motores ronroneando en un murmullo grave, casi reverencial, mientras desaparecían. El sonido se fue apagando poco a poco, tragado por la noche.
Cuando el silencio volvió a adueñarse del lugar, el especialista puso de nuevo en marcha el todoterreno. No parecía tener prisa; conducía con la seguridad de quien conoce cada desvío, cada punto ciego, cada cámara que debía evitar. Matías tragó saliva. Aquello no era improvisado. Nada de lo que estaban viviendo lo era.
El vehículo avanzó hacia una de las puertas principales destinadas a las visitas. A lo lejos, una caseta iluminada rompía la oscuridad, y junto a ella, una figura apoyada en la barandilla levantó la cabeza al verlos acercarse.
El especialista redujo la velocidad al llegar a la barrera. No hizo falta que dijera nada; el soldado ya había pulsado el botón para levantarla. La barra subió con un chirrido metálico que se clavó en los nervios de Matías.
—Hangar 49 —murmuró el soldado, sin apartar la vista del interior del vehículo.
El especialista no respondió. Solo asintió una vez, como si aquel saludo fuera un trámite irrelevante.
Matías sintió que el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Karla y Lucía seguían inconscientes, ajenas a todo. Él, en cambio, notaba cómo su nerviosismo crecía a cada segundo, como si una mano invisible le apretara el estómago mientras cruzaban un umbral del que intuía que ya no habría retorno.
El todoterreno avanzó y la oscuridad de la base los engulló.
Minutos antes, allí cerca, oculto entre maleza y oscuridad, Topo llevaba horas esperando, casi inmóvil, con los prismáticos pegados a los ojos y el auricular encajado en la oreja.
No parpadeaba.
Lobo le había ordenado mantenerse a distancia, sin intervenir, sin delatarse. Desde su posición podía ver la puerta de visitas, iluminada por dos focos que parecían diseccionar la noche. Cada vez que un vehículo se acercaba, Topo contenía el aliento.
—¿Novedades? —susurró Lobo por la radio.
Topo apretó el botón del transmisor sin apartar la vista de la puerta de acceso a las visitas.
—Nada aún. Tráfico normal. Un par de coches de personal, un furgón de mantenimiento… nada raro. Están haciendo el cambio de guardia.
Lobo gruñó al otro lado, impaciente.
El resto de la cuadrilla, desde sus diferentes posiciones, iba enviando actualizaciones breves, casi telegráficas. Movimientos internos. Cambios de guardia. Un par de sombras que no encajaban con el protocolo habitual.
Topo estaba a punto de cortar la llamada cuando lo vio.
Un vehículo negro, de carrocería impecable, avanzaba hacia la puerta de visitas. Sin reducir la velocidad hasta el último segundo, como si supiera exactamente dónde debía detenerse.
—Lobo… —murmuró, bajando un poco los prismáticos para asegurarse de que no estaba imaginando cosas—. Tenemos algo.
—Habla.
—Un todoterreno negro, tintado. Uno de los soldados le ha hecho una señal y ha subido directamente la barrera.
Hubo un silencio tenso al otro lado.
—¿Cuántos dentro? —preguntó Lobo.
Topo ajustó el enfoque. La luz de los focos rebotaba en el parabrisas, dificultando la visión.
—No lo sé. No puedo ver el interior. Pero… —tragó saliva—. No parece un coche cualquiera. Se mueve como si tuviera permiso.
—Barbas —intervino Lobo—, ¿hay movimiento por el acceso a la logística?
La voz llegó entrecortada, pero firme.
—Afirmativo. Catorce camiones avanzan en fila, negros, sin distintivos, aguardando alguna señal…
—Lobo… —susurró Barbas, sintiendo cómo la adrenalina le recorría la espalda—. El soldado de la garita ha iluminado un papel mostrado desde la ventanilla del primer camión. No distingo el rostro del conductor. Pero el guardia ha asentido rápido.
Ha levantado la barrera, les indica que aceleren, temen que alguien más los vea y los vehículos acceden sin ser registrados, sin preguntas.
Barbas apretó los dientes.
—Confirmado. Son ellos. ¿Cuál es el siguiente paso?
Lobo no respondió de inmediato.
Cuando por fin habló, su voz era una mezcla de rabia contenida y determinación.
—Manteneos en posición. No os mováis. Ni os delatéis. Puede que sean ellos, sí. Pero debemos asegurarnos de que Karla esté con el grupo.
El viento sopló entre los árboles, arrastrando polvo y un silencio que pesaba como plomo.
La partida acababa de empezar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com