Enjaulada - Capítulo 51
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Capítulo 51: Reconocimiento de la Base Aérea
Olga y Luis avanzan nerviosos por el franco derecho de Lobo, mientras éste continúa recibiendo una descripción exhaustiva de la base por parte de sus hombres.
—Lobo, perímetro despejado. Doble vallado, sensores activos y patrullas circulando cada pocos minutos. Esto está más vigilado que un banco suizo. —Rivas abre la comunicación con su tono firme, siempre el primero en fijarse en lo esencial.
Lobo responde sin levantar la voz:
—Recibido, Rivas. Mantén visual.
Topo entra enseguida.
—Jefe, la pista es un monstruo… más de tres kilómetros, recta como una lanza. Y atención: en mitad de la pista hay dos aviones enormes, parecen de transporte pesado. En uno de ellos, como si estuviera esperando mercancía o descargando algo.
Lobo frunce el ceño.
—¿Movimiento alrededor?
—Soldados de apoyo circulando por los laterales. ¡Ojo! Armados con fusiles de polímero negro con visor integrado.
Barbas interviene desde la zona de logística.
—Confirmo: la flota de camiones está en el Hangar 49. Vigilados por dos soldados.
Lobo pregunta:
—¿Ves alguna chica por ahí en medio?
—Nada… visible. Los conductores parecen esperar órdenes.
Loco entra con su tono nervioso pero atento, desde las zonas de dispersión.
—Jefe, detectado un tramo sin cobertura durante treinta segundos, justo el tiempo que tarda la cámara en girar. Podría servir como punto de entrada; sin soldados.
Lobo le corta con suavidad:
—Loco, mantén distancia. No te metas demasiado.
—Tranquilo, jefe —responde él—. Solo miro, no toco.
Ruso, desde una posición elevada, completa el cuadro.
—Lobo, tengo visual de los edificios administrativos. Hay un todoterreno negro, estacionado justo en la entrada de un garaje. Está metido de culo.
—¿Alguien dentro?
—Desde aquí solo puedo ver la puerta del conductor abierta; un hombre joven en el asiento del copiloto está vuelto hacia atrás… No puedo ver más, jefe.
Rivas vuelve a entrar, ampliando su primer informe.
—Lobo, el perímetro está limpio, pero hay una zona donde el vallado parece… viejo, cubierto de zarzas, con un poste de vigilancia inclinado y sin luz. Parece muerto. Posible entrada. A unos metros, un pequeño edificio civil con un cartel: “Obras – Acceso Proveedores”. Habría que inutilizar cámaras.
—Anotado, responde Lobo.
Topo añade más detalles desde la pista.
—El avión de la pista, el que tiene la compuerta abierta, muestra rampas y guías para contenedores. No veo personal cargando, pero la configuración es de operación activa.
—Topo, si ves movimiento, lo quiero saber al segundo.
Barbas, desde logística, continúa:
—Están abriendo las puertas de los camiones. Solo hay cajas de madera apiladas, como las que interceptamos en la Barranca. No hay señales de mujeres.
—No le quites ojo, ordena Lobo.
Ruso vuelve a hablar del todoterreno negro.
—Jefe, el tipo del vehículo ha pasado al asiento del conductor y está sacando el vehículo del garaje.
—Manténlo en tu punto de mira.
Lobo escucha, procesa cada detalle, mientras su mente construye un mapa tridimensional de la base; hay algo más que le presiona indirectamente: los padres de Karla.
Están pegados a él, incapaces de quedarse quietos un segundo. La madre camina en círculos, con las manos entrelazadas, los ojos rojos de cansancio y miedo. El padre mira hacia la base como si pudiera atravesar muros con la mirada, como si la sola fuerza de su voluntad pudiera traer a su hija de vuelta.
—¿Y bien? —preguntó el padre, con la voz tensa—. ¿Habéis visto algo? ¿Alguna señal?
Lobo se gira hacia ellos manteniendo la calma.
—Estamos recogiendo información —respondió—. Mis hombres están observando cada movimiento.
La madre se acercó un paso.
—Pero… ¿está allí? ¿Está viva? ¿Habéis visto algo que…?
La voz se le quebró antes de terminar la frase.
Lobo no mintió. Nunca lo hacía.
—Aún no lo sabemos.
El padre apretó los puños.
—No podemos esperar más, Lobo. No podemos.
—Lo sé —respondió él, con un tono que no admitía réplica—. Pero si entramos sin saber qué hay dentro, la pondríamos en más peligro. Y eso no lo voy a permitir.
Los padres se quedaron en silencio, atrapados entre la desesperación y la necesidad de confiar en él. Lobo volvió a llevarse la mano al auricular.
—Equipo, mantened posiciones. Quiero ojos en todo lo que se mueva.
Cada informe era preciso, cada detalle tenía sentido… pero la ausencia de lo que buscaba empezaba a pesar más que cualquier dato.
No había ni una sola señal de ella. Ni un movimiento extraño. Ni un traslado. Ni una sombra que pudiera ser ella. Nada.
Y ese vacío empezó a convertirse en un zumbido incómodo en la cabeza de Lobo.
¿Y si se había equivocado?
¿Y si Karla no estaba en poder de este cartel?
¿Y si toda la información que habían seguido, todas las pistas, todas las señales… habían sido una cortina de humo?
¿Y si la tenían los gallegos?
¿Y si mientras él y su equipo vigilaban esta base, Karla estaba a cientos de kilómetros, en manos de otra gente, en otro lugar, en otra situación?
Y aun así, algo dentro de él —esa intuición que nunca le había fallado— le decía que algo estaba a punto de ocurrir en esa base. Algo grande. Algo que no encajaba con la rutina militar. Algo que podía cambiarlo todo.
—Equipo, nuestra prioridad es descubrir si Karla se encuentra dentro —dijo finalmente, con la voz firme.
La calma dentro de la base tenía un peso extraño, casi antinatural, como si todo estuviera suspendido en un silencio que no pertenecía a un lugar así. Mientras la cuadrilla de Lobo observaba, analizaba y tensaba cada músculo, dentro de esta, los movimientos eran lentos, metódicos, casi rutinarios… y precisamente por eso resultaban inquietantes.
Matías sacó el todoterreno negro del garaje con la precisión de quien sigue órdenes sin cuestionarlas. El vehículo avanzó despacio, el motor apenas un murmullo, y lo colocó exactamente donde el Especialista le había indicado: a medio camino entre la sombra del edificio administrativo y la boca del garaje, lo necesitarían en cuanto el jefe recibiese órdenes sobre el destino. El vehículo tenía que estar preparado para salir o para esconderse en cuestión de segundos. Los cristales tintados devolvían un reflejo oscuro que no dejaba ver nada del interior, y esa opacidad añadía una tensión muda al ambiente.
En la zona de apoyo, dentro del área de descanso, la escena era aún más perturbadora por su frialdad. Karla y Lucía, ambas semiinconscientes, estaban siendo depositadas sobre dos mesas metálicas como si fueran simples bultos, mercancía sin nombre ni historia. El gesto no había sido violento, pero sí desprovisto de humanidad: brazos colgando, cabellos desordenados, respiraciones lentas y pesadas que rompían el silencio de la sala. La luz blanca del fluorescente caía sobre ellas sin piedad, resaltando la palidez de sus rostros y el temblor leve de sus párpados.
El especialista supervisaba todo con una calma que resultaba casi ofensiva. Caminaba alrededor de las mesas con las manos a la espalda, observando a las dos jóvenes como si fueran parte de un inventario. Matías, aún junto a la puerta, esperaba nuevas instrucciones sin apartar la vista del todoterreno.
En el exterior del edificio la base seguía con su ritmo habitual: pasos lejanos, voces apagadas, el zumbido constante de maquinaria. Pero dentro de esa sala, el tiempo parecía detenido. Karla murmuró algo ininteligible, un sonido débil que apenas rompió el aire. Lucía giró la cabeza, como si intentara despertar, pero volvió a caer en ese estado nebuloso entre la conciencia y la nada.
El Especialista se inclinó un poco, observando sus reacciones con un interés clínico.
—Aún tardarán un rato en recuperarse del todo —dijo, sin emoción.
Matías entró en la sala.
El Especialista se inclinaba sobre ellas, observándolas con una frialdad que contrastaba con la fragilidad de sus cuerpos semiinconscientes. Karla respiraba de forma irregular, como si intentara despertar y volviera a caer en ese limbo. Lucía tenía un leve temblor en los dedos, una señal de que el efecto de lo que les hubieran administrado empezaba a disiparse.
—Vigílalas —ordenó el Especialista sin apartar la vista de las chicas—. Si despiertan, me avisas de inmediato. No quiero movimientos extraños, ni sobresaltos, ni sorpresas.
Matías tragó saliva.
—Sí, señor.
El Especialista se giró hacia la puerta, pero antes de salir añadió, con un tono aún más duro:
—Y escucha bien esto: no quiero que nadie entre aquí. Nadie.
Matías asintió, pero el Especialista no había terminado.
—Ellos tienen órdenes de no acercarse a esta zona. Si alguno no las cumple, me avisas. No intervengas tú. ¿Entendido?
—Entendido —repitió Matías, esta vez con un hilo de voz más tenso.
El Especialista salió de la sala sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio espeso que solo rompían las respiraciones lentas de Karla y Lucía. La luz blanca del fluorescente hacía que sus rostros parecieran aún más pálidos, más vulnerables. Matías se quedó junto a la puerta, con la espalda recta y los ojos moviéndose entre las dos jóvenes y el pasillo exterior.
La sala de apoyo, normalmente un lugar de descanso para el personal, parecía ahora un escenario improvisado para algo que no debía estar ocurriendo allí. Las mesas metálicas, las taquillas alineadas, la cafetera apagada en la esquina.
Matías respiró hondo.
Comprendió que los soldados ya estaban domesticados a su presencia. Gente bien pagada para abrir y cerrar puertas sin hacer preguntas. La miraban con un deseo sucio que apenas intentaban disimular, pero incluso en esa lascivia había miedo: todos sabían que desafiar al Especialista no era una posibilidad real, solo una forma rápida de desaparecer del turno siguiente.
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