Enjaulada - Capítulo 52
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Capítulo 52: Descanso en la Base
Rivas se inclinó hacia Lobo mientras este seguía trazando líneas en la arena.
—El edificio administrativo que te dije —murmuró—. El que está pasando por el edificio de control de visitas, justo al lado de la garita de entrada. Si Karla no está ahí dentro, nos va a costar un infierno registrar los cuatrocientos edificios. Ya sabes que esta Base es como una ciudad pequeña.
Lobo asintió sin levantar la vista del dibujo. Conocía el lugar y su tamaño.
—Piensan volar pronto. Estoy seguro. Hoy es madrugada de sábado: poca instrucción. Solo guardias, mantenimiento y servicios esenciales. Esta zona estará medio muerta. Perfecta para ellos… y para nosotros.
Rivas siguió su mirada hacia la pista. Los aviones estacionados parecían dormidos.
—Posiblemente sean los suyos —añadió Lobo—. No despegarán de día. Tienen demasiada mercancía que cargar y no todos aquí dentro están comprados. Tendrán que ser cuidadosos.
Rivas apretó los labios.
—Entonces lo primero es confirmar que Karla está con ellos.
—Exacto. Lo demás no es nuestra guerra —dijo Lobo—. Nuestra prioridad es ella.
Se incorporó y habló lo bastante alto para que su equipo lo escuchara.
Lobo dibujó un esquema rápido en la arena. Era una síntesis de los puntos débiles que habían observado.
—Primer acceso —dijo, marcando un tramo del perímetro—. Punto ciego de treinta segundos exactos. La cámara gira y deja un hueco mínimo. Está cerca de uno de los edificios, demasiado expuesto… pero limpio.
Trazó una segunda marca.
—Segundo acceso: la zona en obras del paso de proveedores. Cerca de los hangares. Parece fácil, pero si una cámara parpadea medio segundo, mandan a alguien. Es una trampa disfrazada de oportunidad.
Arrastró la mano sobre la arena, borrando parte del dibujo.
—El de proveedores es tentador, sí… pero no lo tocaremos.
Volvió al primer punto.
—Este es peor. Solo pasa uno cada vez, agachado, casi reptando. Es estrecho, incómodo y no perdona errores.
Alzó la vista hacia los padres de Karla, que lo observaban en silencio.
—Precisamente por eso —añadió— es el único que no esperarán.
Luis dio un paso adelante.
—Voy con vosotros.
Lobo ni siquiera se giró.
—No puedo protegerte.
Luis soltó una risa seca.
—No necesito que me protejas. Sé disparar. No voy a quedarme sentado esperando.
Lobo avanzó hacia él, lento, como si cada paso pesara.
—No voy a perder a mi hija otra vez —replicó Luis.
Lobo miró a Olga. Ella no dijo nada, pero su silencio era un arma.
Respiró hondo, como si eligiera entre dos riesgos igual de inaceptables.
—Seguirás mis órdenes —dijo al fin. —Todas.
Luis asintió sin pestañear.
Lobo volvió al dibujo.
—Faltan unas horas para que amanezca. No entraremos hasta que caiga la noche. Seguramente están esperando permisos de vuelo. Tenemos margen. Intentad dormir algo.
En el interior de la Base Aérea de Torrejón, la madrugada del sábado parecía contener la respiración. No era silencio, exactamente, sino una forma distinta de actividad: más lenta, más baja, más selectiva. Los edificios administrativos estaban casi a oscuras, salvo el de control de visitas, que mantenía un par de ventanas encendidas como ojos insomnes. Más allá, el administrativo que Rivas había señalado —el que quedaba justo después, cerca de la garita de entrada— permanecía quieto, sin movimiento visible.
En los hangares, los equipos de mantenimiento trabajaban con un ritmo pausado, sin la urgencia de los días laborables. El eco de herramientas metálicas se mezclaba con el zumbido constante de los generadores. En la pista, los aviones alineados parecían gigantes en reposo, pero dos en particular tenían un aura distinta: demasiados contenedores cerca, demasiados hombres moviéndose con discreción, demasiadas sombras que evitaban cruzarse con otras.
El resto del recinto funcionaba en modo mínimo: guardias rotando en silencio, luces de pasillos encendidas solo por obligación, vehículos de servicio cruzando como fantasmas entre los edificios. Era el tipo de madrugada en la que cualquier movimiento fuera de lugar destacaba más que durante el día.
En uno de los edificios interiores, lejos de la vista de los turnos de vigilancia, la atmósfera era completamente distinta.
La sala estaba iluminada por una luz blanca y fija, demasiado intensa para la hora. El aire olía a desinfectante y metal. En el centro, una mesa de acero reflejaba la luz como una lámina helada. Sobre ella, Karla yacía tumbada de cualquier manera, un brazo colgando, la mejilla apoyada en el metal frío. Su respiración era irregular, pesada, como si su cuerpo estuviera intentando recordar cómo volver a funcionar.
A su lado, Lucía seguía inconsciente, inmóvil salvo por un leve temblor en los dedos.
Matías estaba sentado en una silla metálica, inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas. No tenía la postura de un guardia profesional, ni la indiferencia de alguien acostumbrado a vigilar prisioneros. Parecía más bien alguien atrapado en un papel que no había elegido. Sus ojos iban de una chica a la otra, inquietos, como si temiera que despertaran… o que no lo hicieran.
Cuando Karla movió los dedos por primera vez, él se enderezó y dejó escapar un aullido al mover su mano aún visiblemente morada.
—Eh… tranquila —dijo en voz baja, casi un susurro—. No te levantes todavía.
Karla frunció el ceño, como si la luz le doliera. Intentó abrir los ojos, pero el mundo se le deshizo en manchas blancas. La mesa estaba helada bajo su piel. Su cuerpo respondió con torpeza, como si cada músculo despertara por separado.
—¿Lucía…? —murmuró, apenas audible.
Matías miró hacia la otra chica.
—Sigue dormida. —se detuvo, tragó saliva— no la han hecho daño. Solo está aturdida.
Karla intentó incorporarse, pero un mareo la obligó a apoyar la frente contra el metal. Matías dio un paso rápido hacia ella.
—No hagas eso —insistió—. Te vas a caer.
Ella respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos. No sabía dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. La punzada en la pierna fue lo primero que reconoció como real. Un dolor pequeño, localizado, pero lo bastante nítido como para atravesar la niebla que aún le empañaba la mente. Llevó la mano al muslo, palpó la zona y sintió la piel sensible, ligeramente inflamada. La memoria llegó después, lenta pero implacable: el especialista inclinándose sobre ella, el brillo de la aguja, la presión brusca, el ardor que se extendió como un latigazo antes de que todo se volviera oscuro.
Matías la observó tocarse la pierna y bajó la mirada, como si no soportara verla unir las piezas.
—Lo siento —dijo, y la frase le salió áspera, casi torpe—. Fue… lo más fácil. Él no quería que dierais problemas en el trayecto.
Matías parecía incómodo, como si cada palabra que pronunciaba lo obligara a enfrentarse a algo que preferiría no ver.
Mientras hablaba, un movimiento a su derecha lo interrumpió. Lucía comenzó a recobrar la conciencia. Primero abrió los ojos apenas un instante, un parpadeo tembloroso. Los volvió a cerrar enseguida, como si la luz le quemara. Luego giró la cabeza hacia un lado, con un gesto torpe, y un gruñido bajo escapó de su garganta, más instinto que palabra.
Matías dio un paso hacia ella, pero se detuvo a medio camino, indeciso.
—Tranquila, Lucía… —murmuró, aunque sabía que ella aún no podía escucharlo del todo.
Karla intentó incorporarse un poco, lo justo para ver mejor a su amiga. El mareo volvió a golpearla, pero esta vez lo sostuvo, respirando hondo. La visión se le aclaró lo suficiente para distinguir el temblor en los párpados de Lucía, el esfuerzo de su cuerpo por volver a la superficie.
La sala seguía siendo la misma: fría, blanca, impersonal. Pero ahora, había confusión, miedo… y una tensión que Matías no sabía manejar.
La pregunta de Karla llegó arrastrada, todavía espesa por el sedante.
—¿Dónde… estamos?
Matías dudó. No porque quisiera mentirle, sino porque él mismo no tenía una respuesta completa. Solo conocía lo que había escuchado en las noticias cuando hablaban de instalaciones militares importantes, de vuelos estratégicos, de un aeropuerto que no era exactamente un aeropuerto.
—En… un aeropuerto —respondió al fin.
Karla frunció el ceño. Un aeropuerto. Abrió la boca para insistir, pero no tuvo tiempo.
La puerta del fondo se abrió de golpe.
Un soldado apareció en el umbral, con camiseta verde oliva, pantalón de faena, botas sin abrochar del todo. Llevaba el pelo revuelto, como si acabara de levantarse o de terminar un turno largo. Su expresión pasó del desconcierto a la tensión en un segundo.
—¿Y vosotros quiénes sois? —preguntó, dando un paso dentro—. No podéis estar aquí. ¿Quién os ha traído?
Matías se quedó helado. No sabía si responder, si mentir, si callar. La orden había sido clara: nadie debía saber que las chicas estaban allí. No dejes entrar a nadie.
El soldado avanzó otro paso, mirando a Karla y a Lucía como si intentara entender qué demonios estaba viendo.
—Eh, ¿estáis bien? ¿Qué ha pasado aquí?
Karla sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. Lucía, aún medio inconsciente, dejó escapar otro gruñido, esta vez más fuerte, como si su cuerpo intentara defenderse antes que su mente.
Matías tragó saliva. No podía improvisar. Así que hizo lo único que sabía que no lo metería en un problema aún mayor.
Se llevó la mano al comunicador del cinturón.
—Necesito que venga. Ahora—dijo, intentando que la voz no le temblara.
El soldado lo miró, sorprendido.
—¿Quién diablos eres?
Matías no respondió. Mantuvo la vista fija en la puerta, esperando. Porque sabía que, en cuanto el especialista entrara, todo cambiaría.
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