Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Enjaulada - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Enjaulada
  3. Capítulo 53 - Capítulo 53: Despiertas
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 53: Despiertas

Los pasos del especialista se escucharon antes de que su figura apareciera. No eran pasos apresurados ni pesados: eran firmes, medidos, como si cada uno estuviera colocado en el lugar exacto donde debía caer. Matías se tensó de inmediato. El soldado que había irrumpido se giró hacia la puerta,

el especialista cruzó el umbral sin prisa. Parecía haber nacido para entrar en habitaciones donde nadie quería verlo entrar.

—Tenemos autorización del General Valcárcel Luján, del MAGEN —dijo, sin elevar la voz.

El soldado parpadeó, desconcertado. El nombre cayó como un peso en la sala.

—El… ¿General Valcárcel? —repitió, como si necesitara asegurarse de haber oído bien.

El especialista avanzó un paso. Sus ojos recorrieron la escena con precisión quirúrgica: Karla medio incorporada, Lucía temblando, Matías rígido como un poste.

—Sí —respondió—. ¿Algún problema?

El soldado tragó saliva. Miró a las chicas, luego a Matías, luego al especialista.

—Yo… escuché ruido —balbuceó el soldado—. Pensé que alguien necesitaba ayuda.

El especialista lo observó como quien evalúa un objeto que no pidió. Inclinó la cabeza, un gesto mínimo, pero suficiente para dejar claro que ya había decidido qué hacer con él.

—Agradecemos su celo, soldado —dijo con una calma que no admitía réplica—. Pero en esta sala no hay nadie en peligro.

Sus ojos se deslizaron hacia Karla y Lucía. No fue una mirada larga ni explícita, pero contenía una advertencia tan nítida que incluso Matías sintió un escalofrío.

El soldado notó ese matiz. Dio un paso atrás, inseguro. Luego otro. Su respiración se aceleró apenas, lo justo para que Karla —aún aturdida— percibiera un cambio en el aire.

Antes de cruzar el umbral, el soldado volvió la vista hacia las chicas. No era curiosidad. Era la expresión de alguien que ha visto algo que no encaja, algo que no debería estar allí. Y también la expresión de alguien que sabe que las órdenes del general Valcárcel no se discuten si uno quiere conservar el uniforme… o la tranquilidad.

La puerta se cerró con un clic suave, casi educado.

El silencio que siguió no era el mismo de antes. Era más denso, más frío, como si la sala hubiera exhalado algo oscuro al quedarse a solas con ellos.

El especialista esperó unos segundos, inmóvil, escuchando. Solo cuando estuvo seguro de que el intruso no volvería, se giró hacia Matías.

—¿Cuánto tiempo llevan despiertas?

Matías tragó saliva. La pregunta no era una consulta: era un control.

—Karla… hace unos minutos. Lucía, ahora mismo.

El especialista avanzó hacia la mesa. Su sombra cayó sobre las dos chicas como una losa. Karla sintió que el aire se espesaba, que cada respiración costaba un poco más. Intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a apoyarse en un codo, temblorosa.

Él la observó sin emoción, compasión, prisa ni irritación.

—Bien —dijo al fin—. Tráeles agua. Tendrán la boca seca.

Matías asintió, aunque no se movió todavía.

—Después las acompañamos al baño —añadió el especialista, como si hablara de un trámite rutinario—. Lo necesitarán. La medicación que inyecté era fuerte.

Lucía dejó escapar un sonido bajo, un gemido que no sabía si era dolor, miedo o simplemente el cuerpo intentando volver a sí mismo. Karla abrió la boca para hablar, pero la voz se le quebró antes de salir. El especialista no pareció notarlo. O no le importó.

Se limitó a observarlas un instante más, como quien evalúa si un experimento sigue su curso previsto.

Y luego, con la misma calma con la que había entrado, añadió:

—No tardaremos.

El especialista avanzaba primero, sin mirar atrás, inspeccionando cada tramo del pasillo como si esperara encontrar algo fuera de lugar. Su andar era silencioso, casi clínico. Detrás de él, las chicas caminaban en fila: primero Lucía, tambaleante, con los ojos entrecerrados como si la luz le hiriera; luego Karla, más firme, aunque cada paso parecía exigirle un esfuerzo que no quería mostrar. Matías cerraba la marcha, atento a cada respiración, preparado para sujetar a cualquiera de las dos si se desplomaba.

Lucía tropezó una vez con la punta del zapato. Matías dio un paso rápido para sostenerla, pero ella recuperó el equilibrio antes de que la tocara. Aun así, él vio el temblor en sus manos, la forma en que su cuerpo parecía resistirse a expulsar la toxina que el especialista le había inyectado.

—Despacio —murmuró él, casi sin voz.

El especialista no se giró. No necesitaba hacerlo para dejar claro que había escuchado.

Llegaron a los baños de hombres. El especialista empujó la puerta con la palma, sin detenerse. El interior estaba iluminado por una luz blanca y dura que hacía brillar el acero y la cerámica. A un lado, un largo lavabo de pared a pared, de esos modernos que se ven en centros comerciales, con grifos automáticos y un espejo continuo que deformaba ligeramente los reflejos. Al otro, ocho habitáculos impecables, cada uno con una puerta de madera clara y bisagras silenciosas.

El especialista abrió todas las puertas una por una, comprobando que estaban solos. No era un gesto rutinario: era un protocolo personal. Cuando terminó, se volvió hacia las chicas.

—Entrad —ordenó—. Necesitáis eliminar lo que os inyecté. Por la orina… o por donde haga falta.

Lucía se quedó quieta un segundo, como si no hubiera entendido. Luego avanzó hacia uno de los cubículos y cerró la puerta con un clic suave.

El especialista dio un paso inmediato hacia ella.

—No —dijo, sin elevar la voz.

Lucía se quedó congelada, con la mano aún en el pestillo.

—Abre la puerta —añadió él.

Ella obedeció despacio, como si cada movimiento le costara.

—No me fío de ti —continuó el especialista—. Quiero tenerte a la vista en todo momento.

Lucía lo miró, incrédula. Luego buscó los ojos de Karla, como si esperara que ella dijera algo, cualquier cosa. Después miró a Matías, que parecía tan sorprendido como ella, atrapado entre la obediencia y la vergüenza.

—Yo… no puedo hacer nada si me miran —susurró Lucía, con la voz rota.

El especialista no parpadeó.

—O así —dijo— o te lo haces encima.

El silencio que siguió fue brutal. No había espacio para la dignidad, ni para la protesta. Solo para la obediencia.

Lucía tragó saliva. Sus ojos se llenaron de una mezcla de humillación y miedo, un brillo húmedo que no llegó a convertirse en lágrimas. Dio un paso hacia atrás, temblorosa, y se sentó en el borde del inodoro como quien se rinde a una orden que no admite negociación. No podía ocultarse. No podía negarse. Y lo sabía.

Karla sintió un nudo en el estómago, uno que no tenía nada que ver con la medicación. Era la certeza, fría y punzante, de que aquel hombre no solo cumplía órdenes: disfrutaba imponerse. Quizá tenía instrucciones estrictas de entregarlas sin daños, pero quería que entendieran que, dentro de esas paredes, la única autoridad real era él. Que lo que ocurriera allí dependía únicamente de su criterio, de su humor, de su voluntad. Y que no pensaba permitir que lo olvidaran.

Matías apartó la mirada, incapaz de sostenerla, pero el especialista no se lo permitió.

—Tú también —ordenó, señalando otro cubículo para Karla.

Ella se quedó inmóvil un segundo, como si su cuerpo necesitara procesar la orden.

—Vigílala —añadió el especialista, sin mirar a Matías.

Matías levantó la vista, horrorizado.

—Señor… no creo que—

—He dicho que la vigiles.

La frase cayó como un golpe. Matías obedeció. No tenía elección. Ninguna.

Karla entró en el cubículo asignado. El aire allí dentro era más frío, más denso, como si el espacio mismo supiera lo que estaba a punto de ocurrir. Se apoyó en el marco de la puerta, respirando hondo, intentando no temblar. La sensación de estar siendo observada la envolvía como una segunda piel.

El especialista permanecía a unos pasos, vigilante, impasible. Matías, en cambio, parecía dividido en dos: su cuerpo obedecía, pero su mirada estaba llena de vergüenza, de culpa, de algo que no sabía cómo manejar.

Karla respiró hondo, intentando que sus manos no temblasen. Se obligó a moverse, a obedecer, aunque cada gesto le resultaba una traición a sí misma. Al alzar la falda, Matías vio los moratones que marcaban sus muslos: manchas violáceas, irregulares. Él apartó la mirada un instante, como si aquello le quemara.

Karla no dijo nada. Se limitó a deslizar su braga justo hasta donde no podría mojárla y se acomodó en el borde del asiento, rígida, tensa, con la mandíbula apretada hasta que le dolió. Su postura era una mezcla de resistencia y resignación, un equilibrio frágil entre mantener algo de dignidad y cumplir una orden.

El silencio en el cubículo era insoportable.

Matías tenía los ojos fijos en ella, pero sin querer estarlo. Era una vigilancia torpe, dolorosa, cargada de vergüenza. No había deseo en su mirada, solo culpa.

Karla lo sostuvo con la mirada, desafiante, como si quisiera recordarle que ella seguía siendo alguien, no algo. Pero su cuerpo no respondía. La tensión, la humillación, la presencia del especialista a unos pasos…

El tiempo se estiró.

Nada ocurría.

Era como si su propio cuerpo hubiera bloqueado cualquier respuesta física.

El especialista observó la escena.

—Cuanto antes lo hagáis, antes saldremos de aquí —dijo con una calma que helaba, rompiendo el espacio que le separaba de Lucía—. A menos que… necesitéis que os facilite el proceso de alguna otra manera.

La sonrisa torcida que acompañó sus palabras no tenía nada de amable. Era una advertencia disfrazada de oferta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo