Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Enjaulada - Capítulo 6

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Enjaulada
  4. Capítulo 6 - 6 ¿Dónde estás Lucía
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

6: ¿Dónde estás Lucía?

6: ¿Dónde estás Lucía?

Al caer la noche, el padre de Lucía empujó la puerta de su apartamento y entró con el peso del día marcado en los hombros.

Su rostro mostraba un cansancio profundo, de ese que no nace solo del trabajo, sino de la tensión acumulada.

Llevaba semanas encadenando reuniones interminables en el despacho contable donde trabajaba, un bufete especializado en asesorar a grandes empresas, gestionando sus contabilidades, auditorías internas y complejos asuntos fiscales.

Era un empleo exigente, pero últimamente se había vuelto asfixiante.

Las últimas visitas no habían ayudado.

Aquellos hombres de traje negro, impecables y silenciosos, habían aparecido varias veces en la oficina formulando preguntas demasiado específicas sobre algunos de sus clientes más importantes.

Preguntas que él no estaba acostumbrado a escuchar, preguntas que parecían esconder algo más que simples revisiones rutinarias.

Cada encuentro lo dejaba más agotado, como si le arrancaran un poco de tranquilidad cada vez.

Cerró la puerta con un suspiro largo y dejó caer su preciado maletín sobre la mesa del salón, un gesto que en él era casi una confesión.

Ese maletín, que siempre trataba con un cuidado casi obsesivo, quedó abandonado como si pesara demasiado.

Se pasó una mano por el rostro, intentando despejar la sensación de inquietud que lo acompañaba desde hacía días.

El apartamento estaba en silencio, pero no era un silencio reconfortante.

Era un silencio extraño, denso, que parecía observarlo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Antonio sintió que algo no encajaba.

—Lucía, ya estoy en casa —llamó en voz alta a su hija, dejándose caer sobre el mullido sofá.

El silencio que siguió a su llamada le pareció, al principio, algo normal.

A veces Lucía se ponía los auriculares y no escuchaba nada.

O estaba en su habitación, concentrada, y tardaba en responder.

Pero aquella noche… había algo distinto en el aire.

Una quietud demasiado densa, demasiado absoluta.

—¿Lucía?

—repitió, incorporándose un poco, como si el simple gesto pudiera acercarle la respuesta.

Nada.

Se frotó los ojos, agotado.

Había sido un día interminable en la oficina y lo único que deseaba era cenar algo rápido y hablar un rato con su hija.

Contarle una anécdota del trabajo, escucharla, quejarse del tráfico o de lo que le había comprado a su madre o cualquier otra cosa.

La rutina que daba sentido a su regreso.

Se levantó del sofá con un suspiro y caminó hacia el pasillo.

—¿Estás en tu cuarto?

—preguntó, golpeando suavemente la puerta.

Silencio.

La abrió.

La habitación estaba ordenada, demasiado ordenada para ser un día normal.

La cama hecha, la mochila apoyada en la silla, el cargador enchufado pero sin el móvil.

La ausencia de ese pequeño caos cotidiano le provocó un leve pinchazo de inquietud.

—¿Lucía?

—insistió, esta vez con un tono más serio.

Cruzó el pasillo hacia la cocina.

Vacía.

El baño.

Vacío.

El estudio.

Vacío.

Una sensación fría empezó a treparle por la columna, lenta pero implacable.

Volvió al salón, mirando a su alrededor como si de pronto el apartamento fuera un lugar desconocido.

Sobre la mesa, junto al maletín, vio el monedero de tela de Lucía.

Su monedero, inconfundible, con el llavero de una pequeña figura de goma que ella misma había pintado de niña.

Lo tomó entre los dedos.

Lo abrió; dentro estaban su documentación y tarjeta de crédito.

—¿Dónde estás, hija…?

—murmuró, ya sin intentar ocultar la preocupación que le tensaba la voz.

El apartamento seguía en silencio, pero ahora ese silencio tenía un peso distinto.

Un peso que empezaba a transformarse en miedo.

Sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta y marcó el número de Lucía.

El tono comenzó a sonar mientras él caminaba de un lado a otro del salón, con el ceño fruncido y la respiración cada vez más agitada.

Se llevó el móvil al oído, esperando escuchar la voz de su hija, incluso un susurro, un bufido impaciente, cualquier cosa que rompiera ese silencio que ya empezaba a resultarle insoportable.

Uno… dos… tres tonos.

—Vamos, Lucía… contesta…
El cuarto tono se cortó de golpe.

Un clic seco.

Luego, nada.

Ni una voz.

Ni un murmullo.

Solo un silencio extraño, como si la llamada hubiera conectado, pero nadie respirara al otro lado.

—¿Lucía?

—dijo, intentando mantener la calma, aunque la tensión le tensaba la mandíbula.

Siguió escuchando.

Silencio.

Un silencio demasiado limpio, demasiado absoluto, como si el teléfono estuviera en un lugar donde el mundo no hacía ruido.

—Hija, ¿estás ahí?

Nada.

Y entonces, justo antes de que la llamada se cortara, creyó oír algo.

No una palabra.

No un sonido claro.

Más bien un roce, un movimiento leve, como tela arrastrándose contra una superficie.

La llamada terminó.

La pantalla volvió a iluminarse con el registro de llamada finalizada.

Él se quedó inmóvil, con el móvil aún pegado al oído, como si su cuerpo no hubiera procesado que la comunicación había terminado.

Un frío repentino le recorrió la espalda, un presentimiento que no sabía explicar, pero que lo obligó a marcar de nuevo, esta vez con manos temblorosas.

Algo no estaba bien.

Algo estaba terriblemente mal.

Recordó, con una punzada de culpa que le atravesó el estómago, el último instante en que había hablado con ella.

Lucía estaba emocionada.

Quería ir de compras, despejarse un rato, “nada del otro mundo”, había dicho entre risas.

Él, ocupado, con la mente en mil asuntos, apenas levantó la vista de su teléfono.

—Pídele al chofer que te lleve —le dijo, sin pensarlo demasiado.

No quiero que vayas sola.

Lucía había puesto los ojos en blanco, divertida, acostumbrada a su sobreprotección.

—Papá, voy al centro comercial, no a otro país.

—Igual —respondió él, con ese tono firme que no admitía réplica—.

Él te acompaña.

Ella lo besó en la mejilla, rápida, cariñosa.

La puerta se cerró con un golpe suave cuando la dejó dentro del vehículo.

Ese fue el último sonido que él asoció a su hija antes de que el mundo se le empezara a desmoronar.

Ahora, de pie, en medio del salón vacío, con el teléfono aún en la mano, ese recuerdo se transformaba en un peso insoportable.

Porque el chofer no había vuelto.

Porque Lucía no contestaba.

Porque algo, algo que él no alcanzaba a comprender, había ocurrido entre ese beso en la mejilla y el silencio que ahora lo rodeaba.

El padre de Lucía abrió la agenda de contactos con manos tensas, buscando el número del chofer.

No recordaba su nombre.

Este muchacho estaba haciendo la suplencia a Juan, el chofer de siempre.

Era un gesto automático, casi mecánico, pero la inquietud ya le recorría el cuerpo como un hormigueo eléctrico.

Cuando por fin encontró el contacto, pulsó llamar.

La pantalla mostró un mensaje que lo dejó helado:
“Este móvil no existe.”
No apagado.

No fuera de cobertura.

No, no disponible.

No existe.

Ese tipo de mensaje no aparecía por casualidad.

No era un fallo técnico común.

Era algo deliberado, algo que implicaba intervención, borrado, sustitución, manipulación.

Y mientras el mensaje parpadeaba en la pantalla, su mente empezó a correr por caminos que no quería recorrer.

Las suposiciones comenzaron a encadenarse, cada una peor que la anterior:
1.

Lucía nunca llegó al centro comercial.

Quizá alguien interceptó el coche antes.

Quizá… ni siquiera había sido él quien acompañó a Lucía.

2.

Lucía sí llegó, pero alguien lo obligó a desaparecer.

Un secuestro doble.

Un ataque planificado.

No un robo al azar.

¿Quién querría llevarse a su hija?

¿Y por qué borrar el rastro del chofer?

3.

El mensaje “no existe” sugería que el número había sido dado de baja de forma abrupta, como si alguien hubiera querido borrar su identidad digital en cuestión de minutos.

Eso no lo hacía un ladrón común.

Eso lo hacía alguien con recursos.

4.

El chofer podría haber sido cómplice.

La idea lo golpeó como un puñetazo.

¿Y si todo había sido una trampa?

¿Y si Juan había ganado su confianza durante años solo para entregarle a su hija a alguien más?

Pero… no.

No encajaba.

Juan era leal, discreto, casi parte de la familia.

Aun así, la duda se instaló como una astilla.

5.

Lucía había sido vigilada.

No era un secuestro improvisado.

Habían esperado el momento exacto en que ella estuviera sola, vulnerable, confiada.

Habían esperado el instante en que él, su padre, estuviera demasiado ocupado para acompañarla.

6.

El mensaje era una advertencia.

Un mensaje silencioso, pero claro: No busques.

No llames.

No sigas este rastro.

El padre sintió que el aire se volvía más pesado, como si el apartamento se hubiera encogido alrededor de él.

La angustia se transformó en una certeza amarga: lo que le había sucedido a Lucía no era un accidente, ni un malentendido, ni un simple robo.

Era algo mucho más grande.

Mucho más calculado.

Y él, sin saberlo, había sido parte del error que la puso en peligro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo