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Enjaulada - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 ¿Qué hacemos aquí
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7: ¿Qué hacemos aquí?

7: ¿Qué hacemos aquí?

En un punto remoto, casi perdido entre los montes que bordean la sierra de Madrid, dos jóvenes permanecen sentadas en el frío suelo.

Una pared estrecha, áspera y húmeda las separa, obligándolas a intuirse más que a verse.

No sabían quién era la otra, ni por qué habían terminado allí, pero el azar, o algo mucho más oscuro, había entrelazado sus destinos en aquel encierro silencioso.

Durante largos minutos, solo se escuchó la respiración contenida de ambas, el eco tenue de algún goteo lejano y el crujido ocasional de la estructura.

La incertidumbre pesaba tanto como el aire viciado.

Finalmente, Karla reunió el valor que le quedaba.

Su voz salió pequeña, frágil, casi un susurro que temblaba en el espacio compartido.

—Hola… Volvió a pronunciar, esperando que esta vez Lucía respondiese
El sonido rebotó en las paredes, como si buscara desesperadamente a alguien que lo recogiera.

Luego añadió, con un hilo de esperanza:
—¿Lucía, háblame?

No era solo una pregunta.

Era un ruego.

Una necesidad urgente de saber que no estaba sola, de encontrar respuestas en medio de aquel misterio que las había atrapado.

Lucía apoyó la cabeza contra la pared fría, intentando controlar la respiración que se le escapaba en pequeños espasmos.

El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que casi podía escucharlo en la oscuridad.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cómo había llegado exactamente.

Solo recordaba el aparcamiento del centro comercial, un brazo que la sujetó por detrás, el olor a tela húmeda… y luego nada.

¿La habían raptado?

¿La iban a matar?

Las preguntas se acumulaban sin orden, como piedras cayendo una encima de otra, aplastando cualquier intento de calma.

Y entonces, la voz.

La voz de la otra chica.

Karla.

Lucía tragó saliva.

No sabía si confiar en ella.

No sabía si era una víctima más o parte del engaño.

Pero la soledad era peor que el riesgo.

—Sí… estoy aquí —respondió al fin, con un hilo de voz que intentó sonar firme sin conseguirlo del todo.

El silencio volvió a instalarse entre ambas, pero ya no era un silencio vacío.

Era un silencio expectante.

Lucía cerró los ojos, buscando palabras que no la delataran demasiado, pero que le permitieran entender qué demonios estaba pasando.

—¿Tú… sabes dónde estamos?

—preguntó, midiendo cada sílaba—.

¿Te trajeron igual que a mí?

¿Estabas en el centro comercial?

No quería sonar desesperada, aunque lo estaba.

Necesitaba información.

Necesitaba saber si aquella chica era un peligro o su única aliada en ese encierro.

—¿Viste algo?

¿Escuchaste algo?

—añadió, con un temblor que no pudo ocultar—.

Necesito saber si puedo confiar en ti.

La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de miedo, de necesidad y de una vulnerabilidad que Lucía jamás habría mostrado en otro contexto.

Pero allí, en ese lugar desconocido, con la oscuridad pegada a la piel, la confianza era lo único que podía salvarlas… o destruirlas.

Karla apoyó la frente contra la pared, intentando que el contacto frío la anclara a algo real.

La voz de Lucía al otro lado le había dado un pequeño respiro, pero ese alivio duró apenas unos segundos.

Las dudas regresaron con más fuerza, como un oleaje que no dejaba de golpearla.

No sabía quién era esa chica.

No sabía si realmente estaba tan perdida como ella.

No sabía si podía confiar.

Su mente, acelerada, empezó a construir escenarios que la asustaban aún más.

¿Y si todo esto es una trampa?

¿Y si la otra chica no está secuestrada, sino vigilándome?

¿Y si me hace hablar para sacar información?

¿Y si digo algo que no debo?

El silencio entre ambas se volvió pesado, casi insoportable.

Karla tragó saliva, sintiendo cómo la garganta se le cerraba.

No quería mostrarse débil, pero tampoco podía seguir callada.

Necesitaba entender, aunque fuera un poco.

—No… no sé dónde estamos —respondió al fin, con la voz quebrada por la tensión.

Me desperté aquí.

No vi nada.

No recuerdo cómo llegué.

Se abrazó las piernas, intentando contener el temblor.

Karla respiró hondo antes de continuar, como si cada palabra que estaba a punto de pronunciar le costara atravesar un nudo en la garganta.

La oscuridad la envolvía, pero la presencia de Lucía al otro lado de la pared le daba un mínimo de valor para seguir hablando.

—Cuando llegué a mi casa… —empezó, con la voz temblorosa— descubrí que había gente dentro.

Ladrones.

Estaban en la habitación de mis padres registrando.

El recuerdo la atravesó como un destello: la puerta entreabierta, el ruido de cajones, el olor a polvo removido, la sensación de que algo estaba terriblemente mal.

—Intenté salir corriendo, pero uno de ellos me vio.

No sé si me empujó o si tropecé… solo recuerdo el golpe.

Y después… nada.

Se frotó las manos, intentando calmar el temblor que no cedía.

—Desperté aquí.

Sin saber cómo.

Sin saber por qué.

Y no sé si mis padres están bien.

No sé si me estaban buscando.

No sé nada.

Hizo una pausa larga, casi dolorosa.

Respiró hondo.

Y dejó salir lo que realmente la estaba consumiendo.

—Yo tampoco sé si puedo confiar en ti… pero tampoco quiero estar sola.

La confesión la dejó expuesta, vulnerable, pero también sincera.

Era la verdad desnuda de su miedo.

—Dime algo —susurró.

Lo que sea.

Necesito saber que tú tampoco eres parte de esto.

La oscuridad seguía siendo la misma, pero ahora había un hilo frágil tendido entre ambas.

Un hilo hecho de miedo, dudas y una necesidad desesperada de no hundirse.

La decisión no llegó de golpe.

Fue más bien un cansancio compartido, una rendición silenciosa ante la evidencia de que, si seguían ocultándose incluso entre ellas, no sobrevivirían a ese encierro.

Lucía cogió una gran bocanada de aire.

Karla hizo lo mismo al otro lado de la pared.

Y en esa sincronía involuntaria, algo se aflojó entre ambas: la desconfianza absoluta dejó paso a una tregua frágil, pero real.

Lucía habló primero.

Su voz seguía temblando, pero ya no era solo miedo; había determinación.

—Si vamos a salir de aquí… tenemos que hacerlo juntas.

No sé quién eres, pero sé que no puedo hacerlo sola.

Y tú tampoco.

Karla no respondió de inmediato.

El silencio se estiró unos segundos, como si necesitara asegurarse de que aquello no era una trampa emocional.

Finalmente, exhaló.

—Tienes razón… —susurró.

No quiero estar sola.

No puedo.

Entonces, sin proponérselo, empezaron a contarlo todo.

Lucía habló de su día: de cómo había discutido con su padre por una tontería.

De cómo había ido al centro comercial para despejarse.

De cómo un brazo la atrapó por detrás y el mundo se volvió negro.

De su miedo a morir allí, sin que nadie supiera dónde estaba.

Karla escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra como si fueran piezas de un rompecabezas que también le pertenecía.

Luego fue ella quien habló: de cómo volvió a casa y encontró a los ladrones.

De cómo sintió que algo no encajaba, como si no fueran simples ladrones.

De cómo cayó, del golpe, del vacío.

De cómo despertó allí, sola, sin saber si sus padres seguían vivos.

Y después vinieron los miedos.

Los verdaderos.

Los que no se dicen en voz alta.

Lucía confesó que temía no volver a ver a su padre, que temía que él pensara que la había abandonado.

Karla admitió que tenía miedo de que todo esto fuera culpa suya, de haber visto algo que no debía.

Y también los deseos.

Los pequeños, los humanos.

Los que las mantenían vivas.

Lucía quería volver a caminar por la calle sin mirar atrás.

Karla quería volver a ver a su novio Andy.

Ambas querían volver a casa.

Ambas querían vivir.

Cuando terminaron, algo había cambiado.

La oscuridad seguía allí.

El encierro seguía allí.

El peligro seguía allí.

Pero ya no estaban solas.

Lucía apoyó la palma de la mano contra la pared.

Un gesto simple.

Un puente.

Karla, después de un segundo de duda, hizo lo mismo desde el otro lado.

No podían verse.

No podían tocarse.

Pero por primera vez desde que despertaron en ese lugar, sintieron que tenían a alguien.

—Vamos a salir de aquí —dijo Karla, con una firmeza nueva.

—Sí —respondió Lucía.

Juntas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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