Enjaulada - Capítulo 8
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8: Visita inesperada 8: Visita inesperada Karla y Lucía seguían hablando sin descanso, aferrándose a cada palabra como si fuera una cuerda que las mantuviera a flote.
El silencio les daba miedo.
Dormirse les daba aún más miedo.
La idea de despertar y descubrir que la otra ya no estaba era insoportable, así que se obligaban a mantenerse despiertas, a llenar la oscuridad con sus voces temblorosas.
De pronto, un ruido seco cortó la conversación.
Ambas se quedaron inmóviles.
El sonido volvió más claro esta vez; era una llave entrando en una cerradura.
El giro metálico resonó en la habitación como un trueno contenido.
La piel se les erizó al instante, un escalofrío recorrió sus espaldas y un grito ahogado escapó de sus gargantas antes de que pudieran contenerlo.
Por un segundo eterno, ni siquiera respiraron.
La puerta estaba a punto de abrirse, pero ¿cuál?
Y ninguna de las dos sabía qué o quién iba a cruzarla.
El acero cedió con un chirrido lento, calculado, y la luz del pasillo recortó la silueta de alguien que Karla no esperaba ver.
No era un hombre corpulento ni una figura amenazante.
Era un muchacho.
Joven, quizá un par de años mayor que ellas, con el cabello revuelto y una expresión serena que contrastaba de forma inquietante con la situación.
En otras circunstancias, su atractivo habría sido lo primero que llamaría la atención.
Allí, en ese encierro, solo añadía una capa de desconcierto.
Sostenía una bandeja entre las manos.
Sobre ella, dos botellas de agua, un par de sándwiches y una manzana.
El olor, aunque tenue, despertó un hambre que Karla había olvidado por completo durante la conversación de Lucía.
Su estómago reaccionó antes que ella, traicionándola con un gruñido audible.
El muchacho sonrió con una picardía inesperada, como si aquella escena no tuviera nada de extraño.
—Vaya —dijo con un tono ligero, casi divertido—.
Te he oído desde mi cuarto.
Pensé que si no comías algo, la casa entera creería que tenía un tigre haciéndome compañía.
Karla se quedó inmóvil, sin saber si atacar, hablar o simplemente observarlo.
La serenidad del chico era desconcertante, como si no viera nada malo en entrar en la habitación de una secuestrada con una bandeja de comida.
—Tranquila —añadió, levantando un poco la bandeja.
No muerdo.
Bueno… tu estómago quizás sí.
La broma flotó en el aire, absurda y fuera de lugar, pero dicha con una naturalidad que solo aumentaba la tensión.
Karla sintió cómo su respiración se aceleraba.
No sabía si aquel chico era un guardián, un cómplice, un rehén más… o algo completamente distinto.
Al otro lado de la pared, Lucía escuchaba cada palabra, cada matiz y cada silencio.
Ambas sabían que, aunque aquel muchacho sonriera, su presencia cambiaba las reglas del juego.
Karla tragó saliva, pero su boca seguía seca.
El muchacho dio un paso dentro de la habitación, apenas un avance, lo suficiente para que la luz del pasillo revelara mejor su rostro.
No había dureza en sus ojos.
Tampoco compasión.
Era una expresión limpia, casi transparente, como si él mismo no terminara de entender qué hacía allí.
—¿Quién eres?—preguntó Karla, aunque la voz le salió más baja de lo que pretendía.
El joven ladeó la cabeza, divertido, como si fuera la primera vez que alguien se la hacía.
—Supongo que eso depende de a quién le preguntes —respondió, dejando la bandeja sobre el suelo con un gesto lento, deliberado.
Para algunos soy un problema.
Para otros… una solución.
La frase cayó entre ellos como una piedra en un estanque.
Karla sintió que Lucía, al otro lado de la pared, contenía el aliento.
—Pero para ti —continúa él, enderezándose—, por ahora solo soy el que trae comida.
La sonrisa volvió, suave, casi amable.
Y, sin embargo, algo en ella tenía filo.
No era una amenaza abierta, pero sí una advertencia velada.
Él sabía más de lo que decía.
Mucho más.
Karla dio un paso atrás sin pensarlo.
Él lo notó y por primera vez su expresión cambió.
No a ira.
No a molestia.
A algo más difícil de leer: una mezcla de curiosidad y… ¿Pena?
—No voy a hacerte daño —dijo, y esta vez su voz sonó sincera, demasiado sincera—.
Si quisiera, ya lo habría hecho.
La frase, lejos de tranquilizarla, le heló la sangre.
Porque era verdad.
Y porque él lo sabía.
Karla no se movió.
El chico tampoco.
Era como si ambos esperaran que el otro revelara algo primero, un gesto mínimo que inclinara la balanza hacia la confianza o hacia el miedo.
—¿Puedo?
—Preguntó él finalmente, señalando la bandeja con un leve movimiento de la barbilla.
Si no comes, te vas a desmayar.
Y eso sí sería un problema.
La forma en que lo dijo… no sonaba a amenaza.
Sonaba a constatación.
Como si él ya hubiera visto eso antes.
Karla sintió un nudo en la garganta.
No sabía si acercarse a la comida era caer en una trampa por simplemente aceptar una necesidad básica.
Pero el olor del pan recién calentado le golpeó el estómago con una fuerza casi dolorosa.
—¿Por qué haces esto?
—preguntó, sin acercarse.
El chico parpadeó, sorprendido por la pregunta, como si nadie se la hubiera hecho en mucho tiempo.
—Porque puedo —respondió al fin.
Y porque no me gusta escuchar a alguien pasar hambre.
La respuesta era demasiado simple.
Demasiado limpia.
Demasiado… humana.
Y eso la inquietó más que cualquier crueldad.
Al otro lado de la pared, Lucía golpeó suavemente, apenas, un roce, un recordatorio de que estaba allí.
Karla no se giró, pero el chico sí.
Su mirada se deslizó hacia la pared, como si pudiera ver a través de ella.
—Tu amiga está bien —dijo, sin que nadie se lo preguntara—.
No la han tocado.
Karla sintió un latigazo de rabia mezclado con alivio.
—¿Cómo lo sabes?
Él sonrió, pero esta vez la sonrisa no tenía picardía.
Era más triste.
Más cansada.
—Porque yo soy el que trae la comida a todos —respondió.
Y créeme, si alguien hubiera intentado algo, lo habría sabido.
Un silencio espeso cayó entre ellos.
Karla lo observó con más atención.
Había algo en su postura, en la forma en que sostenía la bandeja, en la manera en que evitaba mirar demasiado tiempo a la puerta.
No parecía un guardia.
No era un líder, pero tampoco era un rehén.
Era alguien atrapado en un rol que no había elegido.
El chico dio un paso atrás, hacia el pasillo.
—Come algo —dijo, con una suavidad que no encajaba con el encierro.
Y si necesitas algo, no grites.
Solo llámame.
Un escalofrío recorrió la espalda de Karla.
—¿Y cómo te llamo?
Él se detuvo en el umbral y por un instante pareció más joven, más vulnerable.
—Me llamo Matías.
La puerta empezó a cerrarse.
Muy despacio.
Como si él quisiera darle tiempo a procesar el nombre, a saborearlo, a temerlo o a confiar en él.
Antes de que la oscuridad volviera a tragarse la habitación, Matías añadió: —No me llames si escuchas otras voces.
Y entonces la puerta encajó con un clic, casi íntimo.
Karla se quedó mirando la bandeja en el suelo.
Lucía, al otro lado, susurró: —¿Qué demonios fue eso?
Karla no tenía respuesta.
Pero sabía una cosa: su situación acababa de volverse mucho más peligrosa.
Había mucha más gente de la que parecía en ese maldito lugar.
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