Enjaulada - Capítulo 9
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9: No soy yo a quién debéis temer 9: No soy yo a quién debéis temer Karla esperó a que el clic de la puerta se apagara del todo antes de moverse.
El silencio volvió a caer sobre la habitación, expectante.
Solo entonces se agachó hacia la bandeja.
—¿Estás bien?
—Susurró Lucía desde el otro lado.
—No lo sé —respondió Karla, sin apartar la vista del sándwich.
Pero tengo hambre.
Lucía soltó un suspiro tembloroso, mezcla de alivio y miedo.
Karla tomó el sándwich con las dos manos, como si fuera un objeto extraño.
Lo acercó a la nariz primero.
Olía normal.
Demasiado normal.
Dio un mordisco pequeño, casi simbólico, y lo masticó, despacio, atenta a cualquier sabor extraño, cualquier adormecimiento, cualquier señal.
Nada.
Solo pan, jamón, York, queso y un toque de mantequilla.
El agua la inquietaba más.
Destapó la botella y la olió.
No detectó nada, pero eso no significaba que estuviera limpia.
Aun así, dio un sorbo mínimo, apenas un roce en la lengua.
Esperó.
Su respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo.
—¿Karla?
—insistió Lucía, más nerviosa.
—Sabe normal —respondió ella, aunque no sonaba convencida.
Pero voy a ir despacio.
Lucía golpeó la pared con los nudillos, un gesto pequeño, desesperado.
—No te fíes —murmuró—.
No sabemos si podemos fiarnos de ese tipo.
Karla iba a responder cuando escuchó un sonido que le heló la sangre: la misma llave, el mismo giro metálico, pero esta vez… en la puerta de Lucía.
Karla se incorporó de golpe.
—Lucía.
—Lo escucho —susurró ella, y su voz ya no era un hilo: era un temblor.
La puerta de la otra habitación se abrió con el mismo chirrido lento, casi teatral.
Karla contuvo la respiración, como si eso pudiera proteger a su amiga.
—Hola —dijo una voz masculina, suave, idéntica a la que acababa de estar con ella—.
Traigo comida.
Karla sintió un vuelco en el estómago.
Era Matías.
Lucía no respondió.
Karla podía imaginarla, rígida, pegada a la pared, con los ojos muy abiertos.
—No voy a entrar si no quieres —añadió él, con su tono extrañamente paciente.
Solo voy a dejar esto aquí.
Hubo un silencio breve, tenso, como si él esperara algo.
Una palabra.
Un gesto.
Una señal.
Nada.
—Está bien —dijo finalmente Matías, y Karla escuchó el sonido de la bandeja apoyándose en el suelo.
No tienes que hablar conmigo.
Karla apretó los puños.
Había algo en su voz; no era una amenaza.
No era burla tampoco.
Era una calma que no encajaba con el encierro.
Una calma que, por eso mismo, resultaba inquietante.
Además, había algo en él que le resultaba familiar, pero no lograba recordar el porqué.
—Tu amiga está bien —añadió él, como si supiera exactamente qué estaba pensando Lucía.
La acabo de ver.
Karla sintió un escalofrío.
Lucía también.
—No quiero haceros daño —continuó Matías.
Pero necesitáis comer.
Y dormir.
No podéis seguir así.
La puerta comenzó a cerrarse…
Y entonces, justo antes de que el silencio volviera a tragarse todo, Matías dijo algo más, con una voz tan baja que Karla casi creyó haberlo imaginado.
—No soy yo a quien debéis temer.
El eco de esa frase se quedó suspendido entre las dos habitaciones.
Lucía fue la primera en romperlo.
—Karla…
—Lo he oído —respondió mirando la botella de agua entre sus manos.
—No sé qué está pasando.
—Pero él sí —susurró Lucía.
Karla se sentó en el suelo, la espalda contra la pared que la separaba de Lucía.
Aún tenía la botella entre las manos, fría, demasiado ligera.
Escuchó cómo, al otro lado, Lucía hacía lo mismo: acomodarse, exhalar, intentar recuperar el control.
—¿Estás comiendo?
—preguntó Karla, con la voz baja.
—Sí, un poco —respondió Lucía, aunque sonaba como si estuviera obligándose.
No quiero desmayarme.
No aquí.
Tras un silencio breve.
—Karla —añadió Lucía, más despacio.
Ese chico… Matías …
Karla cerró los ojos.
Sabía que venía algo importante.
—¿Qué pasa con él?
Lucía tardó unos segundos en responder.
Cuando lo hizo, su voz tenía un temblor distinto, no de miedo, sino de confusión.
—Me suena.
Karla frunció el ceño.
—¿Cómo que te suena?
—No sé —dijo Lucía, frustrada consigo misma.
No sé de dónde.
No sé si es su voz, o la forma en que habla, o cómo se mueve.
Pero siento que lo he visto antes.
Karla apretó la botella entre los dedos.
—¿En la universidad?
—No, no creo.
—¿En el barrio?
—Tampoco.
—¿En las redes?
—No lo sé, Karla.
No lo sé.
Es como… como si fuera alguien que debería recordar, pero no puedo.
La respiración de Lucía se aceleró.
Karla la escuchó, cada inhalación más corta que la anterior.
—Lucía, tranquila —susurró.
Puede ser tu cabeza.
Estamos cansadas.
Asustadas.
Todo suena familiar cuando estás así.
—No —interrumpió Lucía, con una firmeza que sorprendió a Karla—.
No es eso.
No es mi cabeza inventando cosas.
Es… real.
Hay algo en él.
Algo que conozco.
—¿Crees que te ha visto antes?
—preguntó, sin darse cuenta de que su voz bajaba aún más.
Lucía tardó en responder.
Cuando lo hizo, fue casi un susurro:
—Creo que sí.
Karla, traga saliva.
La idea era peor que cualquier amenaza explícita.
—¿Y él te reconoció?
—preguntó.
—No lo sé —respondió Lucía.
Pero cuando abrió la puerta, hubo un segundo, solo uno, en el que me miró como si… como si ya supiera quién era yo.
Karla sintió que el estómago se le encogía.
La comida ya no le sabía a nada.
—Lucía, ¿estás segura?
—No —admitió ella.
Pero tampoco estoy de que no.
El silencio volvió, pero esta vez no era vacío.
Era un silencio lleno de posibilidades, de recuerdos borrosos, de coincidencias que quizá no lo eran.
Karla apoyó la frente contra la pared.
—Si él te conoce… —empezó Karla.
—… entonces esto no es el azar —terminó Lucía.
Karla cerró los ojos.
La voz de Lucía seguía resonando en su mente: “”Me suena… creo que me conoce“”.
Ese detalle, esa grieta, había abierto algo más profundo.
—Lucía…—murmuró.
Voy a intentar recordar.
A ver si a mí también…
—Hazlo —respondió ella, con un hilo de urgencia.
No quiero estar imaginando cosas.
Karla respiró hondo.
Dejó que su mente retrocediera, que buscara entre los días recientes, entre los rostros que había visto sin mirar, entre las sombras que había ignorado.
Primero, el centro comercial.
El ruido.
La gente.
Las luces.
El tipo que la siguió.
Karla dejó escapar un grito ahogado.
—Karla.
Dime, qué recuerdas
—Estoy pensando en… ese día —respondió ella, con la voz más baja de lo que pretendía.
Cuando te dije que alguien me seguía.
Lucía contuvo el aliento.
—¿Crees que era él?
Karla apretó los párpados, intentando reconstruir una cara que nunca llegó a ver del todo.
Solo recordaba fragmentos; una silueta detrás de ella, pasos que coincidían con los suyos, una presencia que no se iba.
—No lo sé —admitió.
No pude ver su cara.
Ni siquiera cuando pasó cerca de mí.
No sé si era él.
No sé si me siguió.
No sé nada.
Lucía, no tengo enemigos.
No le debo nada a nadie.
No hice nada, ni me metí con nadie, no entiendo qué hacemos aquí, ni por qué nos retienen en esta maldita habitación.
—A veces no hace falta hacer nada —respondió Lucía, con un tono que parecía venir de un lugar muy oscuro.
—A veces basta con que alguien te mire.
O que te cruces en el camino.
O que le recuerdes a otra persona.
Hay demasiados locos en esta vida, empeñados en hacer daño.
No es culpa nuestra.
No lo es.
¿Me oyes?
Karla asintió, aunque Lucía no podía verla.
—Sí.
—Lo que importa ahora —continúa Lucía— es entender quién es él.
¿Y qué quiere de nosotras?
Karla abrió los ojos.
La habitación seguía igual de oscura.
Pero algo había cambiado en su interior.
—Entonces tendremos que observarlo —dijo con una determinación nueva.
Escuchar cómo habla.
¿Cómo se mueve?
¿Qué dice?
¿Qué no dice?
Lucía respiró hondo.
—Y recuerda —añadió.
Porque si yo lo conozco… y tú lo sentiste antes… entonces Matías no es un extraño y sabes muchas cosas de nosotras.
Karla tragó saliva.
—No.
—Y eso —susurró Lucía— no es lo más peligroso de todo.
Lo oíste decir que: ¿él no era a quien debíamos temer?
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