Enredada con el otro hermano - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 05 Solo devuélveme el beso
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5: CAPÍTULO 05 Solo devuélveme el beso 5: CAPÍTULO 05 Solo devuélveme el beso Punto de vista de Jaxx
El whisky escocés estaba intacto frente a mí.
No estaba aquí para beber.
En realidad, no.
Estaba aquí para tener un poco de tranquilidad, atender esta llamada y hacer las cosas, como siempre lo hacía.
Rápido.
Limpio.
Sin excusas.
El aire estaba cargado del aroma a whisky añejo, cuero pulido y la aguda tensión de decisiones que podían acabar con imperios o construir otros nuevos.
Me recliné en el reservado de terciopelo, con una pierna cruzada sobre la otra, mientras mis dedos tamborileaban contra el liso cristal de mi copa.
Tenía el teléfono pegado a la oreja, mi tono era cortante como una navaja.
—No.
No me importa si es el propio ministro quien bloquea el trato.
O consigues que lo firme o considera tu contrato con nosotros rescindido.
No me dedico a los retrasos.
El hombre al otro lado de la línea tartamudeó.
—Jefe, por favor, yo…
—No me llames «jefe».
No dirijo una organización benéfica.
Mi voz era dura como el acero.
—O cierras el trato esta noche o te consideras fuera.
No pago por retrasos.
No financio la incompetencia.
—Jefe, por favor.
Solo unas horas más…
—He dicho que no.
Mi mandíbula se tensó.
—Hazlo, o búscate otro trabajo.
No esperé una respuesta.
Estaba a punto de colgar cuando la puerta se abrió con un crujido.
Pasos.
Chasquidos de tacones sobre mármol oscuro.
Lentos.
Sin prisa.
No levanté la vista de inmediato.
La gente entraba y salía de este salón privado, pero todos sabían que el reservado del fondo a la derecha…, mi reservado, estaba prohibido.
Entonces…, se sentó.
Justo enfrente de mí.
Levanté la vista, ya molesto, listo para estallar.
Su rostro estaba oculto, una cortina de ondas oscuras y exuberantes caía en cascada sobre un ojo.
Estaba envuelta en un vestido ceñido, carmesí y elegante, pero no había nada de recatado en ella.
Ni siquiera me miró.
Levantó una mano y el camarero se acercó.
—Una botella de Macallan.
Solo.
No era una pregunta.
Era una orden.
Interesante.
—Señora, ¿está segura?
Esa botella cuesta… —ella giró la cabeza ligeramente y el camarero se calló al instante—.
Tráela —dijo con frialdad.
Entrecerré los ojos.
—…¿Jefe?
¡¿Jefe?!
¿Hola?
¿Puede oírme?
Aparté el teléfono de mi oreja, terminé la llamada con una pulsación firme y lo coloqué boca abajo sobre la mesa.
Me aclaré la garganta.
—Estás en mi reservado.
Aun así, no habló.
Se sirvió una generosa cantidad de whisky y se la bebió de un solo trago.
Y luego otra.
—Señora… —empecé, con la irritación parpadeando en mi voz—.
No sé si ha entrado por error o es que tiene tendencias suicidas, pero esta zona es privada.
Inclinó la barbilla y por fin me sostuvo la mirada.
Y el tiempo… se detuvo.
Me quedé helado.
No, no fue su belleza.
Aunque, joder, era preciosa.
Como una tormenta atrapada en seda.
Sus ojos no eran solo ojos, eran nubarrones amenazando con descargar.
Sus labios estaban curvados, pero no en una sonrisa, sino más bien como un desafío.
Y su vestido… se ceñía a ella como una segunda piel, con un escote que bajaba lo justo para hacer descarrilar los pensamientos de un hombre.
Pero nada de eso fue la razón por la que mi pulso se disparó.
Era por quién era ella.
La voz se me quedó atascada en la garganta.
Ella.
Elena.
La esposa de mi hermano.
El fantasma que había visto en las fotos, el nombre que había oído murmurar en las reuniones familiares, la mujer de los tabloides que siempre parecía demasiado perfecta para ser real.
Pero, además, era más que eso.
Observé cómo seguía bebiendo.
Vaso tras vaso.
Y yo me quedé ahí sentado, observándola, como si estuviera bajo un maldito hechizo del que no podía liberarme.
La forma en que sus dedos se aferraban al vaso de chupito, delicados pero firmes.
El movimiento de su garganta al echar la cabeza hacia atrás.
El leve brillo de sudor en su clavícula bajo la luz tenue.
Su vestido, de un carmesí intenso, brillaba como la sangre bajo la luz de la luna.
El tipo de vestido que no debería ser legal en público, y mucho menos en este antro privado que poseía pero que apenas usaba.
Al décimo vaso, ya había tenido suficiente.
Alargué la mano y le arrebaté el vaso justo cuando se disponía a inclinarlo.
Parpadeó hacia mí, con la mirada lenta pero no del todo perdida.
Había acero en ella incluso en medio de la bruma.
—Si quieres emborracharte —dije, agitando el whisky restante antes de dejar el vaso fuera de su alcance—, aquí no.
No alojo a borrachos.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Por fin levantó la vista… me miró de verdad.
Y el fuego en aquellos ojos tormentosos podría haber reducido el maldito lugar a cenizas.
—¿Y quién —dijo, con las palabras ligeramente arrastradas pero afiladas—, se supone que eres tú para decirme eso?
—Soy el dueño de este lugar —respondí con frialdad, reclinándome en mi asiento—.
Cada vaso, cada taburete, cada botella detrás de esa barra, es mío.
Así que, sí, yo decido quién bebe y quién no.
Entrecerró los ojos y se abalanzó sobre el vaso, pero le sujeté la muñeca en el aire y la retuve, sin apretar, solo lo suficiente para que se detuviera.
Sus dedos temblaron en mi mano, y su respiración se entrecortó ligeramente, no por miedo, sino por reconocimiento.
—Te conozco —susurró, entrecerrando los ojos.
—¿Ah, sí?
Ladeé la cabeza, soltando su muñeca lentamente, con la curiosidad avivada.
—¿Me conoces?
Volvió a parpadear y vi cómo la comprensión se extendía por su rostro como tinta en el agua.
Empezó en sus ojos, un destello de recuerdo, luego tensó su mandíbula, dilatando sus fosas nasales.
Odio.
Puro, crudo, ardiente.
—Eres tú —dijo, casi para sí misma.
Luego, más alto y con veneno, añadió—: Ese gilipollas.
Se me escapó una risa antes de que pudiera evitarlo.
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en la mesa, sonriendo como un demonio que acaba de encontrar su pecado favorito.
—Hola, Bambina —dije con voz arrastrada—.
¿Aún me guardas ese nombre, eh?
Su rostro se sonrojó de furia, no de vergüenza.
Se abalanzó.
—¡Canalla!
—siseó, empujándome con fuerza el pecho—.
¡¿Después de hacerme la vida imposible, desapareciste?!
¡¿Así sin más?!
Dejé que me empujara.
No me inmuté.
Sus palmas golpearon mi pecho una y otra vez, mientras yo simplemente permanecía sentado con esa sonrisa arrogante y torcida.
—Parece que me has echado de menos —dije, con voz baja y divertida.
—¿Echarte de menos?
—escupió—.
Quiero matarte.
Verte morir lenta y dolorosamente.
—Vaya, joder —murmuré, bajando una octava la voz mientras me inclinaba hacia delante—, siempre te ha gustado el drama.
Pero si quieres tenerme atado y gimiendo de dolor, Bambina, solo tenías que pedirlo amablemente.
Su puño golpeó mi pecho… con fuerza.
Me reí entre dientes.
Lo odiaba.
Podía verlo en sus ojos, las ganas que tenía de arrancarme esta sonrisita de suficiencia de la cara a zarpazos.
—Te odio —gruñó.
Alargué la mano y le aparté un mechón de pelo de la cara, con un roce ligero como una pluma, pero cargado de significado.
—Es mutuo, Bambina.
La puerta detrás de nosotros se abrió con un crujido.
Me puse rígido.
Ahora no.
Me giré, medio gruñendo: —¿Quién coño…?
—pero antes de que pudiera ver bien… Ella soltó un grito ahogado.
Y entonces… me besó.
Sus labios se estrellaron contra los míos como un puto huracán.
Calientes.
Desesperados.
Llenos de desafío y algo roto por dentro.
El tipo de beso que silencia el tiempo mismo.
Me quedé helado.
Por completo.
Sabía a fuego, a whisky y a desamor.
Y algo dentro de mí… algo que creía muerto, volvió a la vida de golpe.
Sus manos se aferraron a mi camisa como si se estuviera sujetando al borde de un acantilado.
Como si yo fuera su último error y necesitara cometerlo de nuevo.
—No hagas preguntas —susurró contra mi boca—.
Solo… devuélveme el beso.
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