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Enredada con el otro hermano - Capítulo 91

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Capítulo 91: CAPÍTULO 91 Cuando la gente está hablando… no te incluye a ti

Punto de vista de Elena

El rostro de Matilda se contrajo y se le cortó la respiración como si la hubieran abofeteado; porque así había sido, no con mi mano, sino con mis palabras. Su voz temblaba, indignada, y su mano se crispaba a su costado como si lo estuviera considerando… considerando de verdad levantarla para golpearme. —¿Qué acabas de decir?

No me inmuté. No retrocedí. Le agarré la muñeca antes de que pudiera moverse, con un agarre de hierro. Mi voz era un susurro… oscuro, letal, con mis ojos clavados en los suyos. —No vuelvas a intentar una jugarreta como esta, Matilda.

Apreté los dedos lo justo para que hiciera una mueca de dolor; mi voz era baja y controlada, y cada palabra, una advertencia. —Antes te respetaba solo porque pensaba que eras la adulta aquí. —Mi risa fue fría y hueca. Aflojé el agarre al retroceder, recorriéndola con la mirada como si no fuera nada.

—Pensé que deberías tener algo de sentido común. —Mi voz bajó de tono, asqueada, terminante—. Pero supongo que… —negué con la cabeza, con los labios curvados en una sonrisa burlona—, me equivoqué. Y te valoré demasiado alto.

Lilian… ah, Lilian no pudo resistirse.

Dio un paso al frente, con la mano apoyada protectoramente sobre su vientre hinchado, y su voz destilaba una falsa superioridad moral. Entrecerró los ojos mientras me analizaba… mi ropa arrugada, mi desafío, el fuego de mi mirada. —¡No tienes modales! —siseó, con voz chillona y sentenciosa—. ¿Una mujer casada hablándole así a su suegra? ¿Así a su marido? —Negó con la cabeza, con los labios curvados con asco—. Eres una desvergonzada.

La miré fijamente. En silencio. Inmóvil. La habitación contuvo el aliento. Y entonces… mi mano salió disparada.

El chasquido de mi palma contra su mejilla resonó por la habitación como un disparo. Su cabeza se giró bruscamente a un lado, soltó un jadeo agudo y de asombro, y su mano voló hacia su piel enrojecida.

—¿Quién demonios te ha invitado a esta discusión? —Mi voz era puro hielo y veneno, y mis dedos se cerraron en puños a mis costados—. Cuando la gente está hablando… —di un paso más cerca, mi voz bajó a un tono peligroso—, eso no te incluye a ti.

Los ojos de Lilian se abrieron de par en par, con la respiración entrecortada y la mano aún apretada contra la mejilla, como si no pudiera creer que me hubiera atrevido. —Tú… me has pegado…

—¿Tú… me hablas a mí de modales? —gruñí, mientras mi mirada la recorría de arriba abajo: las pestañas postizas, los labios demasiado rellenos, el aferrarse desesperadamente a una vida que había robado—. ¿En serio me hablas a mí de modales?

Mi risa fue amarga y burlona; mi voz, baja y letal. —¿Justo tú, que te acostaste con un hombre casado? —Me incliné hacia ella, mi voz convertida en un siseo y mis ojos clavados en los suyos—. Cazafortunas. Puta.

Mi mirada se desvió hacia su vientre hinchado, y mis labios se curvaron con asco. —Vaya desastre de cirugía fallida. Hasta tu cara de antes, si te viera ahora, lloraría por el desastre en que te has convertido.

Se le entrecortó el aliento, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas y le temblaba la mano con la que aún se agarraba la mejilla.

—Así que… —susurré, con voz fría y terminante, clavando mi mirada en la suya como una cuchilla—, no te atrevas a abrir la boca para volver a hablarme de modales. —Mi voz era helada, implacable; mis labios se retiraron para mostrar una sonrisa que no era tal—. Deberías ser la última persona sobre la faz de la tierra en hacerlo.

El jadeo de Lilian fue agudo y entrecortado. Mantenía la mano apretada contra su sonrojada mejilla y los ojos abiertos de par en par por la conmoción, la humillación y la creciente comprensión de que me había juzgado mal… muy mal. Retrocedió un paso, tropezando, y respiraba en pequeñas y entrecortadas bocanadas. Sus dedos temblorosos se aferraron al brazo del sofá como si fuera lo único que la mantenía en pie.

La habitación quedó en silencio, un silencio denso por la tensión, por el peso de lo que acababa de hacer y decir. El aire crepitaba, eléctrico, como el instante antes de que estalle una tormenta.

Y entonces… la voz de Graham rasgó el silencio. Era aguda, autoritaria, cargada de una falsa autoridad que ya no tenía derecho a ejercer. —¡Elena, para ya con esta locura!

Me giré hacia él lentamente, con la mirada fría e impávida. Mis labios se curvaron en una sonrisa… lenta, peligrosa, burlona. —Oh… —exhalé, con voz dulce pero venenosa, inclinando la cabeza lo justo para hacerle estremecer—. ¿Que estoy loca?

Mi risa fue suave y amarga, un sonido que destilaba años de resentimiento, de palabras tragadas, de gritos silenciosos. —¿Así que te das cuenta ahora? —Me acerqué más, bajando la voz hasta un susurro mientras mis ojos quemaban los suyos—. Ains, esposito.

La palabra me supo a cenizas en la lengua. —Tú eres el que debería controlar a tu perra salvaje y ponerle una correa.

Lilian se estremeció, con la respiración entrecortada. Sus ojos saltaban de Graham a mí, como si esperara que él la defendiera, la salvara, que hiciera algo. Pero Graham… ah, Graham se quedó allí plantado, con el rostro pálido y la mandíbula apretada, con los ojos muy abiertos reflejando algo horrible… incredulidad, vergüenza y el pavor creciente de haberme perdido, de que, en realidad, nunca me había poseído.

—¿Qué se te ha metido en el cuerpo, Elena? —Su voz era ronca y quebrada, como si de verdad no entendiera, como si no pudiera concebir hasta qué punto me había presionado, lo hondo que me había herido o cuánto tiempo había soportado sus gilipolleces antes de estallar por fin.

Me encogí de hombros, con un gesto indiferente y despreocupado, como si nada de esto importara… como si él no importara. —Nada —dije, con voz ligera y burlona, mientras mi mirada lo recorría de arriba abajo: su traje a medida, su pelo perfecto, su falsa preocupación—. Solo me estoy dando cuenta de lo feo que eres en realidad.

Mi risa fue hueca y amarga; mis dedos se cerraron en puños a mis costados. —Tu verdadero yo. No la máscara que llevas para el mundo.

Mi voz bajó hasta ser un murmullo quedo y terminante; mis ojos se clavaron en los suyos como brasas en la oscuridad. —Dios mío… —Las palabras se me escaparon en un suspiro, con el pecho doliéndome por el peso de todo: años de mentiras, de promesas rotas, de un amor que se había agriado hasta convertirse en algo tóxico, algo podrido.

El aire entre nosotros era pesado, sofocante, denso por el hedor de su traición, de mi propia ingenuidad, de la vida que le había permitido robarme, pedazo a pedazo.

—¿En qué estaba pensando?

La voz de Graham era temblorosa y desesperada. Sus manos se crisparon a sus costados, como si quisiera agarrar mis palabras y metérmelas de nuevo por la garganta. —No sabes lo que haces, Elena.

Me reí… Un sonido frío y amargo que surgió rascando desde lo más profundo de mi ser. Clavé mi mirada en la suya, inquebrantable, sin miedo. —Sé perfectamente lo que estoy haciendo, Graham.

Mi voz era firme y clara; cada palabra, un cuchillo que se retorcía en la fantasía que él había construido a nuestro alrededor. —Solo me arrepiento de no haberlo hecho antes. —Flexioné los dedos a mis costados, clavándome las uñas en las palmas para anclarme a la realidad.

—Porque debería haber hecho esto hace mucho tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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