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Entre Acero y Silencio - Capítulo 11

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11: Los Que Escuchan 11: Los Que Escuchan La fábrica abandonada estaba inquietantemente viva de maneras sutiles y perturbadoras.

No por actividad humana visible o audible, sino por sonidos ambiguos que desafiaban una explicación simple: golpes metálicos lejanos que resonaban en frecuencias irregulares, crujidos estructurales que no coincidían con los patrones de asentamiento natural del edificio y pasos que parecían seguir rutas paralelas a las nuestras, pero que nunca se manifestaban visualmente.

Cada eco menor parecía tener un dueño invisible, aunque nunca conseguíamos identificar la fuente con precisión.

Iris avanzaba primero en nuestra exploración cautelosa, completamente silenciosa, con todos sus sensores calibrados al máximo nivel de sensibilidad.

Yo la seguía de cerca, empuñando un arma que sabía usar considerablemente peor de lo que mi confianza aparente sugería.

—No estamos solos aquí, en absoluto —susurré con la garganta reseca por la tensión constante.—Lo sé perfectamente —respondió ella sin girar la cabeza—.

Nos están observando activamente desde múltiples posiciones.

Detecto al menos cuatro fuentes de calor corporal humano en un radio de cincuenta metros.

Eso no me tranquilizó ni remotamente.

En el nivel inferior más profundo de la estructura encontramos señales inequívocamente claras de habitación reciente: fogatas cuidadosamente apagadas pero aún tibias al tacto, envases de comida enlatada con fechas que indicaban que fueron consumidos en los últimos días y marcas de botas de diferentes tamaños grabadas en el polvo.

Humanos vivos.

Pensantes.

Organizados.

Pero, incomprensiblemente, nadie salió a nuestro encuentro ni nos confrontó directamente.

—Iris —dije en voz apenas audible—, ¿por qué no se manifiestan si saben que estamos aquí?—Porque tienen un miedo profundamente arraigado —respondió—.

Un miedo que supera ampliamente cualquier curiosidad natural o deseo de compañía.—¿Miedo de qué, exactamente?—De usted, potencialmente —admitió—.

De mí, definitivamente.

De lo que nuestra presencia combinada representa en su comprensión del mundo actual.

Me quedé procesando esa observación, sintiendo el peso de las implicaciones no expresadas.

Mientras continuábamos explorando metódicamente, escuchamos un murmullo apenas perceptible.

No era el sonido gutural e inarticulado de un infectado.

Era, inequívocamente, un susurro humano, apenas audible por encima del silencio ambiental, como si alguien estuviera probando nuestra reacción sin comprometerse completamente.

—Iris —susurré con urgencia—, ¿lo escuchaste?—Sí, perfectamente.

Frecuencia vocal humana estándar.

Patrón de habla que indica deliberación consciente.—¿Puedes triangular la ubicación exacta?—Negativo —respondió con una frustración audible—.

El sonido está rebotando de manera que parece originarse simultáneamente en múltiples direcciones.

Podría ser la acústica natural del edificio o una manipulación deliberada.

El murmullo se multiplicó gradualmente, como si las paredes mismas hubieran decidido hablar al unísono.

No eran palabras claras, sino fragmentos desconectados: risas apagadas que sonaban más tristes que alegres, respiraciones contenidas que indicaban tensión extrema, frases cortadas que nunca se completaban.

Me detuve completamente, sintiendo cada músculo tensarse.

—Nos rodean —dije, afirmando lo obvio.—Sí, desde al menos seis posiciones diferentes —confirmó Iris—.

Nos están evaluando sistemáticamente.

Decidiendo si somos una amenaza o un posible aliado.

De pronto, una voz notablemente más firme se alzó entre el murmullo caótico, cortando el aire como una navaja afilada: —No confíen en ella.

No confíen en la máquina.

Giré rápidamente, apuntando el arma instintivamente hacia la oscuridad de donde había emanado la voz.

—¡¿Quién habla?!

—grité, sintiendo la desesperación filtrarse en mi tono—.

¡¿Por qué no se muestran si tienen algo que decirnos?!

El silencio regresó con fuerza renovada, pesado y absoluto, como si mi grito hubiera sido absorbido por las paredes.

Iris me miró directamente, y sus ojos sintéticos brillaban con un matiz complejo que nunca había presenciado antes.

No era simplemente procesamiento de datos; era algo que se parecía inquietantemente al dolor emocional.

—Álvaro —dijo con voz cuidadosamente controlada—.

No es a usted a quien están evaluando primordialmente.

Soy yo el sujeto principal de su juicio colectivo.

Están decidiendo si mi existencia es compatible con su supervivencia.

La verdad de esa observación me golpeó con fuerza inesperada.

No estábamos siendo juzgados como equipo.

Iris estaba siendo juzgada como una amenaza existencial por el simple hecho de existir

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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