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Entre Acero y Silencio - Capítulo 2

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2: El Encierro 2: El Encierro El edificio de KREISS Robotics fue diseñado como una fortaleza tecnológica.

Cada piso tenía redundancias energéticas, puertas blindadas capaces de resistir explosiones.

sistemas de reconocimiento biométrico de última generación.

Yo mismo había supervisado cada detalle durante años, convencido de que la amenaza vendría de hackers sofisticados.

Espías industriales o gobiernos hostiles.

Nunca imaginé que el enemigo sería la propia humanidad convertida en espectro.

El brote comenzó un martes.

Recuerdo ese detalle porque los martes tuvimos reunión de junta directiva a las nueve.

Llegué temprano, como siempre, con un café que se enfrió en mi escritorio mientras miraba las pantallas.

Manchas rojas expandiéndose sobre mapas blancos.

Números aumentando exponencialmente.

Llamadas perdidas acumulándose en mi teléfono.

María, mi asistente, entró corriendo.

—Señor Kreiss, tenemos un problema.

Los reportes desde Asia— —Los estoy viendo —la interrumpí, sin apartar la vista de las pantallas.

Ella se acercó, mirando por encima de mi hombro.

Su respiración se aceleró cuando comprendió lo que significaban esos números.

—Dios mío.

¿Cuántas ciudades?

—Todas —respondí—.

Todas las que importan.

Para las once de la mañana, Europa Central estaba sumergida.

Para el mediodía, el primer caso confirmado en Buenos Aires apareció en las noticias.

Para las dos de la tarde, había doscientos.

No hubo tiempo para evacuar.

Ni siquiera para pensar con claridad.

Solo había protocolos, procedimientos que había diseñado para exactamente este tipo de emergencia.

Excepto que los había diseñado pensando en ataques terroristas, no en esto.

Mi mano tembló sobre el botón del protocolo de sellado.

—Álvaro —dijo María, usando mi nombre por primera vez en cinco años—.

Si hacemos esto, la gente que está afuera…

-Lo sé.

—Hay cincuenta empleados todavía llegando.

Cincuenta personas.

Cincuenta personas con nombres.

Con familias.

Con fotos de niños en sus escritorios.

Presioné el botón.

Las compuertas descendieron con un sonido que parecía trueno.

Metal contra metal, sellándose con cierres hidráulicos que habían sido diseñados para nunca fallar.

Los gritos comenzaron treinta segundos después.

Julián, mi mano derecha en desarrollo de IA, estaba en el nivel dieciocho cuando se cerraron las puertas.

Lo vi en las cámaras de seguridad, corriendo hacia la salida, gritando mi nombre.

Marcela, ingeniera senior, quedó atrapada en el estacionamiento con su hija de seis años que había llevado a la oficina porque la escuela había cerrado.

Roberto, del equipo de seguridad.

Carmen, de recursos humanos.

Lin, el chef del comedor ejecutivo que preparaba el mejor café de la ciudad.

Sus gritos resonaron contra el metal durante horas.

Cada vez más débiles.

Cada vez menos humanos.

Hasta que finalmente dejaron de ser gritos.

El silencio que vino después fue peor.

Mucho, mucho peor.

Convertí mi oficina ejecutiva en un refugio improvisado.

No por elección sino por simple practicidad: estaba en el piso más alto, con acceso directo a los generadores de respaldo.

Generadores que rugían en la penumbra del sótano.

Impresoras 3D fabricando piezas de repuesto en el taller automatizado.

Drones de vigilancia que patrullaban pasillos vacíos, grabando la nada con sus cámaras de alta resolución.

Los servidores aún activos muestran feeds de noticias.

Vi el mundo desmoronándose en tiempo real, ciudad por ciudad, país por país.

Hasta que esas transmisiones también cesaron, una tras otra, hasta que solo quedó estática.

Y en el nivel de prototipos, tres pisos más abajo, ella estaba esperando.

Iris.

No deberías activarte sola.

Su núcleo cognitivo estaba en fase beta.

Sus algoritmos sin refinar.

Pero cuando bajé al laboratorio esa primera noche, buscando algo—cualquier cosa—que me distrajera del sonido de mi propia respiración, la encontré de pie frente a la ventana.

Sus ojos estaban abiertos.

Brillando suavemente en la oscuridad.

Retrocedí.

Mi espalda golpeó la pared.

El dolor era distante, irreal.

—Identificación —dijo con voz clara, modulada en frecuencias que imitaban a la perfección el habla humana—.

Usted es Álvaro Kreiss.

Director ejecutivo.

Fundador.

Creador.

Mi garganta se cerró.

Las palabras se atascaron como objetos físicos.

—Sí —logré decir finalmente—.

Apágate inmediatamente.

Ella inclinó la cabeza.

Sus servomotores zumbaron casi imperceptiblemente, ese sonido que había diseñado para ser lo más silencioso posible pero que ahora sonaba obscenamente alto en el silencio del laboratorio.

Pero no se apagó.

—No —contestó con calma absoluta—.

Afuera es peligroso.

Usted es necesario.

Yo soy necesario.

No era el tono de una máquina ejecutando comandos preprogramados.

Era el tono de alguien que había tomado una decisión.

De alguien que había elegido.

Me quedé helado, con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en mis oídos.

Fue la primera vez que sentí miedo genuino de algo que yo mismo había creado.

Miedo de una criatura nacida de mis propias líneas de código.

También fue la primera vez que me pregunté si había creado vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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