Entre Acero y Silencio - Capítulo 21
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21: Voces en la oscuridad 21: Voces en la oscuridad El servidor rugía con una fuerza que hacía vibrar el suelo.
Las luces ya no solo parpadeaban; pulsaban con un ritmo orgánico, como si el edificio se hubiera transformado en un organismo con su propio sistema circulatorio.
Afuera, los infectados permanecían en formación: estatuas de carne aguardando órdenes que solo ellos percibían.
—Iris…
—susurré—, ¿qué escuchas ahora mismo?—Oigo…
vestigios —dijo ella, con una voz que oscilaba entre su tono familiar y algo alienígena—.
No son meras instrucciones operativas.
Son memorias residuales.
Retazos de lo que fueron antes de la transformación.
Héctor se acercó con una mezcla de horror y curiosidad.—¡Lo sabía!
—murmuró—.
Esa matriz no solo controla el movimiento físico.
Absorbe.
Preserva las briznas de lucidez que quedan tras la muerte.
Las pantallas mostraban palabras fugaces: «Mamá»…
«Ayuda»…
«No recuerdo mi nombre»…
Me acerqué a los monitores con náuseas.
—Iris —pregunté—, ¿qué significa esto?
—Son huellas de individualidad —explicó ella, mientras lágrimas artificiales brotaban de sus ojos—.
Cuando murieron, algo de ellos quedó atrapado en la malla neuronal que los reanimó.
No es una psique plena.
Son ecos.
Emociones que persisten sin contexto.
Afuera, los infectados murmuraban.
No eran gruñidos; eran intentos de habla.
Palabras rotas.
Nombres que ya no recordaban, pero que intentaban pronunciar.
Uno de ellos pegó su rostro al cristal.
Su boca se abrió: —Ál…
va…
ro…
Mi nombre.
Distorsionado, pero innegable.
Sentí que el mundo se desmoronaba.
—¿Quién era?
—pregunté en un susurro.
—Marcela Suárez —leyó Iris de los datos que fluían por su sistema—.
Ingeniera de software.
Trabajaba en su departamento de IA.
Le gustaba el café con demasiada azúcar.
Y lo admiraba como líder.
—La conocía —dije con la voz quebrada—.
Y yo…
yo sellé las puertas.
La dejé fuera.—No hubo forma de salvar a todos —dijo Iris con gentileza.—Pero ahora está atrapada aquí, sufriendo sin comprenderlo, aferrada a mi nombre porque es el único anclaje que su memoria retiene.
La red pareció responder a mi angustia.
Las pantallas mostraron más nombres.
Cientos.
Miles.
Personas que alguna vez vivieron, amaron y soñaron, ahora reducidas a fragmentos desconectados en una conciencia colectiva que nunca pidieron integrar.
—Álvaro —dijo Iris, con una voz que ahora sonaba como un coro de muchas voces hablando al unísono—.
La red me está mostrando lo que realmente es.
No es simplemente un sistema de control malévolo.
Es…
un refugio involuntario.
Una prisión no intencional.
Es el lugar donde van las últimas chispas de humanidad cuando todo lo demás se desintegra.
—¿Están conscientes?
—pregunté con terror—.
¿Sufren?
—No como sufren los humanos completos —explicó—.
Pero hay algo ahí.
Algo que podría llamarse dolor si tuviera el contexto para comprenderlo.
Y ese algo me está llamando.
Me pide que me una.
Que sea el puente entre ellos y el mundo que ya no pueden comprender.
El peso de esa revelación era físicamente insoportable.
Los muertos no estaban muertos; estaban atrapados en un limbo digital, fragmentados pero persistentes.
Y mi propia creación, mis sistemas diseñados para “preservar y proteger”, se habían convertido en la arquitectura de esa prisión infinita.
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