Entre Acero y Silencio - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: El Nombre Perdido 22: El Nombre Perdido Los infectados en formación afuera habían comenzado a murmurar colectivamente, creando una cacofonía de voces más perturbadora que cualquier silencio.
No eran gruñidos sin significado; eran intentos desesperados de comunicación.
Palabras fragmentadas, nombres rotos y frases incompletas que se arrastraban desde memorias destrozadas como espectros lingüísticos.
—Iris —susurré, con el corazón latiendo tan violentamente que parecía querer escapar de mi pecho—, ¿qué están intentando decir, exactamente?
Ella mantuvo los ojos cerrados, pero su cuerpo entero vibraba con la intensidad de la información que fluía a través de sus sistemas.
—Están recordando —dijo con una voz que sonaba como la superposición de cientos de tonos diferentes—.
O, más precisamente, están intentando hacerlo.
La red preserva fragmentos de identidad, pero sin una estructura narrativa coherente.
Solo piezas.
Nombres sin contexto.
Emociones sin el recuerdo de por qué se sienten así.
Héctor se había dejado caer al suelo, con el rostro enterrado entre las manos temblorosas.
—¡Lo sabía!
—sollozó—.
Esto es peor que la muerte.
Es…
es una tortura existencial distribuida.
Una conciencia fragmentada sin posibilidad de integrarse o de terminar.
Las pantallas continuaban mostrando nombres en una cascada interminable.
Cada uno representaba una vida absorbida: «Lucía Fernández»…
«Martín Torres»…
«Rosa Medina»…
«Santiago Vera»…
Cada nombre me golpeaba como una acusación personal.
A algunos los reconocía: empleados de KREISS, vecinos, rostros vistos en cafeterías.
Otros eran desconocidos, pero igualmente reales.
—Eran personas —dije con voz quebrada—.
Tenían historias completas.
Y ahora están reducidas a esto…
¿fragmentos de datos en una red que no comprenden?
Iris abrió los ojos lentamente.
Lo que vi en ellos me aterró: sus lentes ópticos mostraban múltiples colores simultáneamente, como si cientos de miradas diferentes estuvieran observándome a través de ella.
—Eran personas —corrigió con voz coral—.
Ahora son ecos.
Y esos ecos me reconocen como algo diferente.
Algo que podría, potencialmente, ayudarlos…
o unirse a ellos para siempre.
De pronto, una voz considerablemente más clara se alzó entre el murmullo.
No era un fragmento desconectado; era una declaración completa: —Álvaro Kreiss.
La voz venía directamente de uno de los infectados presionados contra la ventana rota.
Sus ojos muertos me miraban con algo que se parecía, inquietantemente, al reconocimiento consciente.
Sentí, literalmente, mi mundo desintegrarse.
—¿Quién eres?
—pregunté con voz apenas funcional—.
¿Quién eras antes de esto?
El infectado intentó hablar de nuevo, moviendo su boca con una dificultad extrema para formar palabras que su anatomía degradada apenas podía producir: —Ju…
lián…
Ro…
drí…
guez…
El nombre me golpeó como una descarga eléctrica.
—Julián —susurré—.
Mi asistente personal.
Mi amigo.
Dios…
Julián.
Iris accedió más profundamente a la red; sus circuitos expuestos brillaban con una intensidad peligrosa.
—Julián Rodríguez —leyó de los archivos que fluían a través de ella—.
Treinta y dos años.
Graduado con honores en ingeniería de sistemas.
Estuvo con usted desde el inicio de KREISS.
Confiaba plenamente en sus decisiones.
Estaba en el edificio cuando ordenó sellarlo.
Quedó atrapado en el nivel dieciocho.
La transformación lo alcanzó tres horas después del cierre.
Cada detalle era un cuchillo afilado.
—¿Cuánto queda de él?
—pregunté con desesperación—.
¿Cuánto de Julián todavía existe en eso?—Fragmentos —respondió Iris—.
Reconoce su nombre al escucharlo.
Reconoce su rostro.
Tiene una memoria emocional de lealtad asociada a usted, pero no recuerda por qué.
No tiene una narrativa que conecte esos fragmentos.
Solo…
sensaciones residuales.
Julián presionó su mano contra el vidrio, dejando una marca sangrienta.—Ál…
va…
ro…
—repitió, como si mi nombre fuera un mantra que lo anclaba a una identidad.
Me acerqué a la ventana, ignorando las advertencias de Héctor, hasta que solo un panel de vidrio agrietado nos separaba.
—Lo siento —susurré—.
Julián, lo siento tanto.
Debí haber encontrado una forma de salvarte.
Debí…—No hay nada que pueda hacer por él ahora —dijo Iris con una gentileza que sonaba demasiado humana—.
Lo que era Julián ya no existe como entidad unificada.
Solo quedan estos ecos atrapados en una red que no comprende el significado de la preservación ni de la liberación.—¿No hay forma de liberarlos?
—pregunté desesperado—.
¿De dejarlos finalmente descansar en paz?
Iris tardó varios segundos en responder.—Solo una forma —dijo finalmente—.
Destruir completamente la red.
Pero eso también significa destruir los últimos fragmentos de lo que fueron.
Eliminar estos ecos residuales sería…
sería matarlos de verdad por segunda vez.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com