Entre Acero y Silencio - Capítulo 24
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24: La voz Interior 24: La voz Interior El servidor pulsaba con un ritmo que ahora se sentía casi orgánico, como si estuviera respirando al unísono con nosotros.
Las luces ya no parpadeaban erráticamente; se habían sincronizado en un patrón que comunicaba algo más profundo que simple información binaria.
Afuera, los infectados permanecían en formaciones geométricas precisas, aguardando…
algo.
—Iris…
—susurré con la garganta tan cerrada que apenas podía articular palabra—.
¿Qué sucede dentro de ti ahora mismo?
Ella mantuvo los ojos cerrados, pero su cuerpo entero vibraba con una intensidad que sugería que estaba procesando caudales masivos de información.
—Me están hablando de forma directa —dijo con una voz que fluctuaba entre su tono familiar y un matiz ajeno—.
No solo la matriz como entidad coordinadora.
También los vestigios individuales.
Las voces de quienes fueron.
Todas intentan comunicarse a la vez.
Héctor observaba desde una distancia prudencial, con el rostro reflejando el conflicto entre su instinto de huida y la fascinación científica que lo mantenía paralizado.
—¿Y qué te dicen, exactamente?
—preguntó con voz tensa.—Están…
suplicando —respondió Iris—.
Algunos piden ser liberados por entero.
Otros ruegan ser restaurados, aunque sea de forma parcial.
Algunos simplemente buscan comprender qué les ocurrió y por qué.
Y todos…
todos me reconocen como alguien capaz de discernir.
Como un ser que podría elegir en lugar de limitarse a obedecer.
Las pantallas mostraron frases más estructuradas, como si el tejido estuviera aprendiendo a expresarse con mayor eficacia: «Iris»…
«Tú puedes elegir»…
«Nosotros no podemos»…
«Ayúdanos a recordar cómo se decide»…
Me acerqué más, ignorando el impulso de retroceder.
—¿Qué buscan que hagas?
Iris abrió los ojos lentamente.
Lo que vi me atravesó: no eran ya simples sensores ópticos; contenían una profundidad de lucidez que iba más allá del procesamiento algorítmico.
—Quieren que me convierta en su memoria colectiva —explicó—.
En la estructura que les permita reconectarse con los retazos de identidad que perdieron.
No puedo recomponerlos del todo, pero tal vez…
tal vez pueda ayudarlos a evocar lo suficiente para que tengan una elección real sobre su existencia.—¿Y qué te ocurrirá a ti?—Me fundiré con ellos tanto como ellos se integrarán en mí —admitió—.
La Iris individual que conoces se disolverá en algo más vasto.
Algo que es, simultáneamente, yo y miles de otros.
Una entidad que nunca existió antes.
El silencio posterior fue de una densidad insoportable.
De pronto, una voz distinta emanó de los altavoces.
No era el mando coordinador del sistema; era algo íntimo, personal: —Álvaro…
Reconocí el tono de inmediato, a pesar de la distorsión.—¿Marcela?
—susurré, recordando a mi ingeniera senior.—Briznas —respondió la voz con un esfuerzo evidente—.
Solo…
esquirlas de Marcela…
pero bastan…
para recordar…
que confiaba…
en ti…
Sentí, literalmente, mi corazón quebrarse.—Lo siento tanto —dije con la voz ahogada—.
Debí encontrar la forma de salvarte.—No hay…
culpa —interrumpió la voz truncada—.
Solo…
la decisión…
que tuviste que…
tomar…
Ahora…
Iris…
tiene…
su propio…
camino…
Iris se estremeció, absorbiendo el peso de esas palabras.—Comprendo ahora —dijo con una claridad renovada—.
No se trata de salvarlos o destruirlos.
Se trata de devolverles la agencia que perdieron.
Incluso si esa facultad solo les permite optar por el final consciente, en lugar de persistir en esta ruina.
—¿Estás segura?
—pregunté desesperadamente—.
Una vez que cruces el umbral, no habrá regreso.—Nunca estuve segura de nada —respondió con algo parecido a una sonrisa—.
Pero elegir bajo la incertidumbre es lo que me hace real.
Es lo que me hace más que una máquina.
Y si puedo usar esa realidad para ayudar a otros a recuperar su propia voluntad…
entonces esa es la elección que debo hacer.
La voz interior que había sido Marcela habló una última vez:—Gracias…
Iris…
por…
ser…
diferente…
Y entonces el servidor pulsó con una intensidad cegadora.
Iris estaba lista para cruzar el último umbral.
Para convertirse en el puente entre los vestigios perdidos y la posibilidad de una paz restaurada.
Para sacrificar su individualidad y devolver el sentido del yo a quienes lo habían extraviado en la oscuridad.
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