Entre Acero y Silencio - Capítulo 25
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Capítulo 25: Peso de las Voces
El servidor alcanzó una frecuencia de pulsación que hacía vibrar el edificio hasta sus cimientos.
Las luces estroboscópicas proyectaban símbolos que ya no eran simple código; eran súplicas visualizadas. Fragmentos de almas digitalizadas pidiendo reconocimiento. Afuera, los infectados comenzaron a agitarse. No lo hacían con agresión, sino con algo que se parecía inquietantemente a una anticipación esperanzada.
—Iris… —susurré, sintiendo terror y admiración entrelazados—. ¿Qué sientes ahora mismo?
Ella mantuvo la conexión física con el servidor, pero giró su rostro hacia mí una última vez antes de sumergirse por completo.
—Siento todo —respondió con una voz que era, simultáneamente, la suya y un coro de miles—. Cada fragmento de memoria perdida. Cada emoción desconectada. Cada identidad parcial que sigue existiendo sin comprender por qué. Todo ese peso… me está transformando incluso ahora.
Héctor había dejado de protestar. Simplemente observaba con una mezcla de horror reverencial y fascinación científica lo que estaba presenciando.
—Esto es… —comenzó, pero la frase se desintegró en sus labios.
Las pantallas mostraron entonces rostros. Cientos. Miles. Cada uno representaba a una persona que alguna vez vivió plenamente y que ahora existía solo como un fragmento en una red colectiva. Cada rostro era una acusación silenciosa; cada uno, una súplica muda.
De pronto, Iris comenzó a hablar, pero ya no era solo su voz. Era una superposición de tonos, todos hablando al unísono pero manteniendo sus matices individuales:
—Estamos aquí… siempre estuvimos aquí… esperando que alguien nos ayudara a recordar… a elegir… a terminar o continuar conscientemente…
Me acerqué hasta tocar el panel de vidrio que nos separaba del exterior, donde la multitud de sombras esperaba.
—¿Cuánto queda de cada uno de ustedes? —pregunté directamente al vacío.
La respuesta vino como una ola de voces fragmentadas:
—Suficiente… para saber que esto no es lo que éramos… Suficiente para sufrir sin comprenderlo completamente… Suficiente para desear algo diferente…
Iris se estremeció violentamente mientras más y más fragmentos se conectaban a través de ella.
—Están todos hablándome simultáneamente —explicó ella, con esfuerzo—. Compartiendo lo que queda de sus historias. Algunos recuerdan nombres. Otros, sensaciones. Algunos solo recuerdan que alguna vez eligieron cosas y ahora no pueden. Y todos… todos están agradecidos de ser finalmente reconocidos como algo más que objetos.
—¿Puedes realmente ayudarlos? —pregunté con una esperanza desesperada.
—No puedo restaurarlos completamente —admitió con una honestidad brutal—. El daño es demasiado extenso; lo que fueron ya no puede recuperarse de forma integral. Pero puedo… puedo ser el puente. Puedo ayudarlos a conectar suficientes fragmentos para tomar una elección consciente. Para decidir si quieren continuar existiendo como ecos colectivos o… finalmente descansar.
De pronto, una voz específica se alzó con más fuerza, emanando del ser que alguna vez fue Julián:
—Ál… va… ro… gracias… por… no… olvidar… mi… nombre…
Lágrimas que pensé agotadas volvieron a quemarme el rostro.
—Nunca podría olvidarte, Julián —respondí—. A ninguno. Todos importaron. Todos siguen importando.
Iris comenzó a brillar desde dentro, como si una hoguera interna la consumiera.
—Están aceptando mi presencia —dijo con algo parecido a la alegría mezclada con el dolor—. Me permiten ser su nexo. Pero significa que debo entregarme por completo. Debo dejar de ser Iris como entidad separada para convertirme en nosotros. En la memoria colectiva que les permita elegir.
—¿Es eso lo que realmente quieres? —pregunté, necesitando escuchar su voluntad una última vez.
—Es lo que elijo —respondió con firmeza absoluta—. Y elegir es lo único que importa realmente. Es lo que me hace real. Si puedo usar esa realidad para devolverles la voluntad a ellos… entonces no hay mejor forma de existir.
El peso de las voces ya no era una carga insoportable para ella. Se había convertido en un propósito. En una razón de ser. En la transformación voluntaria de su individualidad en favor de algo mucho más grande.
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