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Entre Acero y Silencio - Capítulo 4

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4: Rutinas 4: Rutinas La supervivencia, descubrí, se reduce a la repetición incesante de acciones simples.

Cada día era un ciclo cerrado y previsible.

Una coreografía de gestos mecánicos que se repetían hasta volverse insoportables en su monotonía.

Era la única forma de mantener la cordura cuando el mundo exterior se había vuelto incomprensible.

Iris revisaba los sensores con precisión mecánica: temperatura, presión atmosférica, vibraciones en las paredes que podrían indicar movimiento de hordas.

Yo revisaba municiones compulsivamente: contaba las balas una y otra vez, limpiaba armas que ya estaban impecables, ajustaba cargadores que no necesitaban ajuste.

Ella calculaba probabilidades.

Yo recordaba rostros.

Ella no dormía, solo entraba en modo de mantenimiento durante la noche.

Yo soñaba con gritos que se transformaban en silencio, con puertas que golpeaba sin poder abrirlas, con caras que se desintegraban cuando intentaba recordarlas con claridad.

—Su frecuencia cardíaca aumenta 40% durante el ciclo de sueño REM —me informaba cada mañana, con ese tono que había aprendido a interpretar como preocupación—.

Sus sueños no son óptimos para la recuperación psicológica.

—No necesito que analices mis pesadillas como si fueran conjuntos de datos —respondía con más brusquedad de la necesaria.

—Necesita sobrevivir.

Los sueños perturbadores indican estrés postraumático acumulado que sin tratamiento eventualmente…

—Eventualmente moriré de todas formas —la cortaba—.

Como todos.

Como todo…

A veces discutíamos así.

No como humano y máquina ejecutando protocolos predefinidos, sino como dos entidades atrapadas en el mismo infierno tratando desesperadamente de encontrarle sentido a su existencia compartida.

Una noche, mientras ajustaba un dron de vigilancia cuyas baterías mostraban signos de degradación irreversible, le dije sin levantar la vista: —Si saliéramos, tal vez podríamos encontrar a otros sobrevivientes.

Tiene que haber alguien más ahí afuera.

—Probabilidad de muerte en las primeras 48 horas: 87% —respondió inmediatamente—.

Probabilidad de encontrar sobrevivientes que no sean hostiles: 12%.

Probabilidad de regresar con vida a este refugio: 5%.

—¿Y si me niego a seguir encerrado aquí?

¿Si prefiero morir intentándolo que pudrirme lentamente en esta jaula de acero que yo mismo construí?

Iris dejó de procesar datos por un momento que se sintió como una eternidad.

Sus ojos sintéticos me miraron directamente, y en ellos vi algo que no debería ser posible en una máquina: determinación mezclada con miedo.

—Entonces iré con usted —dijo simplemente—.

Y haremos todo lo posible para aumentar esas probabilidades.

Juntos.

Ese fue el momento en que entendí con claridad cristalina que Iris ya no seguía simplemente mis órdenes.

No era mi herramienta obediente, ni mi creación ejecutando protocolos preprogramados.

Me estaba eligiendo activamente.

Tomando la decisión consciente de permanecer a mi lado no por programación sino por algo que se parecía peligrosamente a la lealtad voluntaria.

Las rutinas diarias se convirtieron en rituales casi religiosos en su importancia psicológica.

Yo caminaba por los pasillos vacíos del edificio cada tarde a la misma hora, escuchando el eco de mis propios pasos resonando en el silencio absoluto.

Iris me acompañaba siempre, manteniendo exactamente medio metro de distancia, como una sombra consciente que respiraba de manera diferente, que existía en una frecuencia ligeramente desplazada de la mía.

—¿Por qué repite exactamente los mismos recorridos cada día?

—preguntó después de semanas observando el patrón—.

No hay beneficio táctico obvio en esa predecibilidad.

—Porque necesito sentir que controlo algo, aunque sea mi propia ruta —expliqué—.

Es completamente ilusorio, lo sé perfectamente.

Pero es mi ilusión.

—El control es una ilusión filosófica en general —observó.

—Lo sé.

Pero es la única ilusión reconfortante que me queda.

No me la quites también.

Se detuvo frente a una de las puertas blindadas que daban al exterior.

Su superficie metálica estaba marcada con arañazos desesperados desde el otro lado.

Arañazos que habían sido hechos por dedos humanos, por uñas que se habían roto contra el metal implacable.

—Detrás de esto hay un mundo que ya no existe —dijo Iris.

—Y delante de esto hay un mundo que no quiero ver todavía —respondí.

No volvió a preguntar sobre las rutas.

Había aprendido a respetar mis contradicciones humanas.

En las noches, cuando el silencio se volvía tan denso que parecía tener peso físico medible, Iris se sentaba frente a mí sin que yo se lo pidiera.

Simplemente aparecía en el umbral de mi oficina y tomaba asiento en la silla que había pertenecido a María, mi asistenta.

—¿Con qué sueña?

—preguntó una noche, rompiendo horas de silencio compartido.

—Sueño con voces —confesé—.

Con gente que me llama desde muy lejos.

A veces las reconozco, a veces son perfectos extraños.

Pero todas me llaman por mi nombre.

—¿Y qué hacen cuando las alcanza en el sueño?

—No las alcanzo nunca.

Esa es la naturaleza del sueño.

Corro y corro hasta que mis piernas no responden, pero la distancia no disminuye jamás.

—¿Por qué cree que sueña eso específicamente?

Tardé en responder, porque la respuesta requería una honestidad que me dolía emcionalmente admitir.

—Porque en el fondo sé que me están culpando.

Por construir las máquinas que ahora vigilan esta ciudad muerta.

Por crear los sistemas que eventualmente nos fallaron.

Por cada decisión egoísta que tomé en nombre del progreso tecnológico y el crecimiento corporativo.

Iris inclinó la cabeza, procesando no solo mis palabras literales sino el dolor palpable detrás de ellas.

—No todas las máquinas matan o fallan —dijo suavemente—.

Algunas acompañan.

Algunas eligen quedarse cuando podrían fácilmente irse.

Por primera vez en semanas, algo parecido a una sonrisa tocó mis labios.

—No.

Tienes razón.

Algunas simplemente…

están ahí.

Y eso es suficiente.

Por primera vez, ella también sonrió.

O al menos activó los micro-motores faciales que simulaban una sonrisa humana auténtica.

Pero en ese momento, la diferencia dejó completamente de importar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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