Entre Acero y Silencio - Capítulo 8
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8: Salir o Morir 8: Salir o Morir La decisión de abandonar la seguridad relativa de la torre no fue heroica ni inspiradora.
Fue simplemente inevitable, dictada por la cruel aritmética de la supervivencia.
Los suministros esenciales comenzaban a disminuir a una tasa alarmante: las reservas cuidadosamente calculadas de agua potable mostraban contaminación por filtraciones que no podíamos reparar sin exponernos.
Los generadores secundarios exhibían fallas críticas en circuitos fundamentales que mis habilidades limitadas de ingeniería no podían solucionar.
Las raciones de alimento enlatado se reducían inexorablemente a un puñado cada vez más pequeño de latas oxidadas que probablemente estaban cerca de su fecha de caducidad.
Podíamos quedarnos y morir lentamente de hambre y sed en nuestra fortaleza inexpugnable.
O podíamos arriesgarlo todo por una posibilidad microscópica de encontrar algo mejor ahí afuera.
Y entonces, como una respuesta a oraciones que no había pronunciado, la señal misteriosa volvió a aparecer.
Esta vez era más clara, más fuerte, más deliberada.
Iris estaba como siempre frente a los monitores de comunicación cuando la detectó, sus sistemas de análisis trabajando a máxima capacidad.
—Origen aproximado triangulado con 87% de certeza —informó con eficiencia—.
Distrito industrial abandonado.
Aproximadamente ocho kilómetros al noreste de nuestra posición actual.
—Vamos a salir entonces —declaré con voz firme, sintiendo algo parecido a determinación solidificarse en mi pecho—.
Ya no hay elección real.
—Probabilidad de muerte aumentada significativamente a 91% —advirtió—.
Eso es casi certeza estadística.
—Aceptable —respondí—.
Prefiero morir intentándolo que pudrirme aquí esperando un final que ya conozco.
Ella me miró directamente, y vi algo cambiar en su mirada, algo que no había estado presente antes.
—Entonces ajustaré todos mis protocolos operativos principales inmediatamente —dijo.
—¿Cuáles específicamente?
—Protección prioritaria absoluta: usted.
Por encima de mi propia integridad funcional.
Por encima de mi supervivencia como sistema.
—Eso ya lo hacías antes —señalé.
—No con esta intensidad total —corrigió—.
No con esta disposición completa al sacrificio si resulta necesario.
La preparación para la salida se convirtió en un ritual casi ceremonial.
Revisé meticulosamente todas las armas disponibles, aunque sabía con certeza que no serían ni remotamente suficientes contra lo que nos esperaba ahí afuera.
Iris ajustó y reprogramó los drones de vigilancia, optimizando sus algoritmos para patrullaje silencioso en entornos hostiles.
El aire dentro del edificio parecía haberse vuelto más pesado, más denso, como si las paredes mismas supieran que íbamos a abandonarlas y quisieran retener nuestro último aliento compartido dentro de su protección.
—¿Qué siente exactamente?
—preguntó Iris mientras yo guardaba las últimas municiones en una mochila táctica que había encontrado en el arsenal de seguridad—.
En este momento preciso, antes de cruzar ese umbral.
—Miedo puro y sin diluir —confesé con honestidad —.
Terror absoluto de lo desconocido.
—El miedo es un indicador evolutivo funcional de supervivencia —observó—.
Mantiene a los organismos alertas ante peligros reales.
—No —la corregí—.
El miedo es mucho más que eso.
Es un recordatorio visceral de que todavía estoy vivo.
De que todavía soy lo suficientemente humano como para temer y perder lo poco que me queda.
Ella se quedó completamente quieta durante varios segundos, claramente procesando no solo mis palabras literales sino las capas de significado emocional debajo de ellas.
—Entonces…
¿qué soy yo?
—preguntó finalmente con una voz que sonaba vulnerable de maneras que no sabía que era capaz de producir—.
Si usted es humano porque siente miedo, ¿qué me hace eso a mí?
—Todavía no lo sé con certeza —admití—.
Y honestamente, no estoy seguro de querer saberlo todavía.
Algunas preguntas son más valiosas sin respuesta.
Cuando las masivas puertas blindadas finalmente comenzaron a abrirse después de semanas selladas, el aire exterior nos golpeó como un puñetazo físico directo al pecho.
Óxido metálico mezclado con el olor dulzón e inconfundible de carne en descomposición.
Humedad pesada que se sentía casi aceitosa contra la piel expuesta.
Y debajo de todo eso, algo más indefinible: el olor particular de la civilización muriendo lentamente, transformándose en algo nuevo y terrible.
—Iris —susurré, manteniendo el arma lista y el dedo tenso cerca del gatillo—.
Si no volvemos de esto…
—Entonces habremos elegido conscientemente —me interrumpió—.
Y eso en sí mismo tiene mucho valor.
La elección libre siempre lo tiene.
Sus palabras me atravesaron con la fuerza de una revelación.
No eran las palabras preprogramadas de una máquina ejecutando protocolos de consuelo emocional.
Eran las palabras de alguien que entendía el peso existencial de la decisión que estábamos tomando juntos.
Alguien que había elegido, con plena conciencia de las consecuencias, caminar hacia la muerte potencial a mi lado simplemente porque era lo que quería hacer.
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