Entre el fuego y la distancia - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 CAPÍTULO 35 — LA VÍSPERA DEL FUEGO
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35: CAPÍTULO 35 — LA VÍSPERA DEL FUEGO 35: CAPÍTULO 35 — LA VÍSPERA DEL FUEGO El día del puerto amaneció claro, casi insultantemente bonito.
Luna pensó que el cielo no tenía derecho a ser tan azul cuando alguien había escrito “PRONTO VOS” en una servilleta destinada a su puerta.
Cartas que no se envían Luna se sentó en la mesa pequeña de su cocina, con una libreta delante.
Empezó a escribir algo que no sabía a quién iba dirigido.
“Si estás leyendo esto, es porque algo salió mal…” Lo tachó.
“Hay cosas que nunca dije porque pensé que había tiempo…” También lo tachó.
Al final, solo escribió cuatro nombres en la primera línea: Mamá.
Papá.
Brandon.
Valeria.
Y debajo: “No quiero que esta noche defina quién fui.
Los quiero.
Pase lo que pase.” Cerró la libreta.
La guardó en el fondo de un cajón, debajo de unas facturas viejas.
Se sintió un poco dramática.
Pero también… un poco en paz.
El celular vibró.
Brandon.
Bran: Estoy abajo.
Luna se miró al espejo del pasillo.
Vaqueros oscuros, camiseta sencilla, chaqueta ligera.
Nada que gritara “voy a una reunión peligrosa”.
Nada que gritara nada.
Bajó.
Tres autos, un mismo destino Habían decidido no llegar juntos.
Demasiado obvio.
Demasiado cinematográfico.
Luna y Brandon iban en el carro de él.
Valeria y Diego, en otro.
Marcos tenía instrucciones de llegar “como siempre”: temprano, solo, con la cara de hombre que hace lo que le dicen.
—Tenés que prometerme una cosa —dijo Brandon, mientras el paisaje de la ciudad empezaba a cambiar hacia la zona industrial.
—Si me vas a pedir que no tenga miedo, no puedo —respondió Luna—.
Y si me vas a pedir que me quede en el carro, tampoco.
Él sonrió apenas.
—Te iba a pedir que si ves algo raro… te agachés —dijo—.
El heroísmo sin chaleco no sirve.
—Eso sí te lo puedo prometer —concedió ella.
Hicieron silencio un rato.
—¿Te arrepentís?
—preguntó él, de pronto—.
De haber dicho que querías quedarte en esto.
Luna miró por la ventana.
Las grúas del puerto ya se distinguían a lo lejos, como esqueletos de metal.
—Me arrepentiría más de haberme ido —respondió—.
Por primera vez siento que lo que haga importa para algo más que el día de mañana en el café.
Lo miró.
—Y… —añadió, con una sonrisa triste— me habría arrepentido toda la vida de no haberte conocido así: con miedo, sí… pero sin esconderlo.
Brandon tragó saliva.
—Ojalá te hubiera conocido en otras circunstancias —murmuró—.
No sé, en una fila de cine, en lugar de en medio de una guerra pequeña.
—Las guerras pequeñas también cuentan historias grandes —dijo ella.
No se tocaron.
Pero el aire entre los dos se llenó de algo tan intenso que casi dolía.
El puerto La bodega número 3 del puerto viejo parecía cualquier edificio abandonado.
Paredes de ladrillo, techo alto, portón metálico delantero, entrada lateral de carga.
Un par de focos amarillos alumbraban la zona, lo justo para que no pareciera completamente a oscuras.
Diego y Valeria llegaron diez minutos antes de la hora acordada.
—Ese foco de la derecha no estaba quemado la última vez —murmuró Diego.
—¿Eso es bueno o malo?
—preguntó Valeria.
—Es que alguien estuvo aquí hoy —respondió—.
Con prisas… pero con presupuesto.
Marcos ya estaba adentro.
Lo sabían porque su carro estaba aparcado al costado, donde habían convenido que lo dejaría.
Brandon y Luna llegaron dos minutos después.
Se juntaron en una sombra, lejos de la luz.
—A partir de aquí —dijo Diego— no hay vuelta atrás.
Nadie contestó.
El silencio era la única forma honesta de decir “lo sabemos”.
—Recordemos —añadió—: ellos creen que solo vamos Brandon y yo.
Valeria y Luna entran cinco minutos después por el lateral.
No se acercan hasta que vean la señal.
—¿Seguimos con la idea de la señal ridícula?
—preguntó Valeria, intentando bajar la tensión.
Diego asintió.
—Si me toco la oreja derecha, todo sigue “normal” —explicó—.
Si me toco la izquierda… corran.
Luna arqueó una ceja.
—¿Y si te pica de verdad?
—Confíen en que puedo soportarlo —respondió él.
Brandon hizo una mueca.
—Si pasa cualquier cosa rara, aunque se toque la oreja derecha, nos vamos —dijo—.
No vamos a debatir señales mientras alguien apunta.
Diego no discutió.
—Está bien.
Se miraron los cuatro, en círculo.
No había discursos.
No había “si no nos volvemos a ver”.
Solo había miradas que decían cosas que quizás nunca pondrían en palabras.
La puerta que se cierra Diego y Brandon fueron los primeros en acercarse al portón principal.
Golpearon dos veces, como indicaba el mensaje.
Una tercera, más fuerte.
El metal se abrió con un chirrido.
Un guardia los revisó por encima, buscando armas a la vista.
—Nada de teléfonos —dijo, tendiendo la mano.
Diego le entregó uno.
El viejo.
El que había preparado para que no tuviera nada dentro.
Brandon hizo lo mismo.
—Adentro —ordenó el guardia.
La bodega era más grande de lo que parecía desde fuera.
Unas pocas luces altas iluminaban el centro, dejando las esquinas en sombra.
En el medio, una mesa larga.
Tres sillas ocupadas.
El hombre del traje.
Claudia.
Y un tercero que ninguno de los dos había visto antes: cabello canoso, manos delicadas, mirada fría.
Diego sintió que todos los años de correr se le juntaban en la garganta.
—Llegaron puntuales —dijo el hombre del traje—.
Eso me gusta.
Brandon notó algo más.
Al fondo, a la izquierda, una silla.
Ocupada.
Una silueta, atada.
Un cuerpo que parecía demasiado pequeño para ese escenario.
—No… —susurró, sintiendo que la sangre se le helaba—.
Diego siguió la línea de su mirada.
Y la vio.
Cabello recogido a la fuerza.
Muñecas sujetas a los brazos de la silla.
Una cinta en la boca.
Luna.
Inconsciente.
O casi.
El hombre del traje sonrió despacio.
—Ya que han hecho tanto esfuerzo por venir —dijo—, pensamos que lo lógico era asegurarnos de que todos los interesados estuvieran dentro.
Diego sintió un zumbido en los oídos.
Instintivamente, se llevó la mano a la oreja.
La derecha.
Se la apretó.
Fuerte.
Brandon entendió.
No era solo una señal para las de afuera.
Era el gesto desesperado de alguien que acababa de darse cuenta de que habían llegado tarde a su propio plan.
Porque mientras ellos calculaban entradas y salidas, alguien más ya había decidido quién iba a empezar la noche con las manos atadas.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Pluma_Magna Creation is hard, cheer me up!
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