Entre el fuego y la distancia - Capítulo 41
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Capítulo 41: CAPÍTULO 41 — NOCHE AZUL
Tres palabras que no deberían estar ahí
Luna se quedó un rato largo mirando el sobre en su mano, como si el papel pudiera morderla.
El círculo rojo ya era suficiente para ponerle los nervios de punta.
Pero lo que realmente la desarmó fueron las dos palabras escritas debajo:
NOCHE AZUL.
Sintió un sabor metálico en la boca.
Hacía años que no pensaba en ese lugar por su nombre. Cuando alguien lo mencionaba —si es que lo hacía— lo reducían a “el bar ese” o “el antro del puerto”. Pero para ella, Noche Azul era otra cosa:
La semana más larga de su vida.
El punto exacto donde empezó a correr sin mirar hacia atrás.
Se sentó en el piso, todavía con la puerta abierta, y apoyó la espalda en la pared.
—¿Cómo carajos supieron esto? —susurró.
Porque nunca se lo había contado a Brandon.
Ni a sus compañeras del café.
Ni siquiera a ella misma en voz alta.
Ese trabajo fugaz, esa barra pegajosa, esos pasillos sin luz… eran cosas que había archivado en un cajón mental con la etiqueta “no tocar”.
Y ahora alguien había metido la mano ahí dentro.
Marcó el número de Brandon.
Colgó antes del primer tono.
No sabía qué quería decirle.
No sabía cómo explicarle que su pasado y el de él probablemente se cruzaban en un lugar que ninguno había nombrado.
Respiró hondo.
Guardó el sobre en la mochila.
Y tomó una decisión muy simple:
Si iban a jugar con cosas que ella había vivido, los demás iban a saberlo también.
El círculo se abre
Esa noche, el apartamento de Valeria volvió a convertirse en centro de operaciones improvisado.
Estaban todos: Diego, Valeria, Brandon, Lucas… y, para sorpresa de Luna, Marcos también. Tenía el aspecto de alguien que llevaba días durmiendo poco y pensando demasiado.
Luna dejó el sobre sobre la mesa, boca arriba.
—Hoy me encontré esto en la puerta —dijo, sin rodeos.
Brandon se acercó primero.
El círculo rojo.
La abertura mínima.
Las dos palabras.
—¿Qué es Noche Azul? —preguntó, con la voz más suave de lo que imaginaba.
Luna tragó saliva.
—Un bar del puerto —respondió—. Trabajé ahí unos días. Hace años.
Diego frunció el ceño.
—¿Cuántos años?
—Tres… casi cuatro —contestó ella—. Fue justo antes de entrar al Meridiano. Llegué sin dinero, sin conocer a nadie. Una chica de la pensión me dijo que buscaban mesera. No pregunté mucho.
Valeria se apoyó en el respaldo de la silla.
—¿Y qué pasó? —preguntó, sin juicio, solo con interés sincero.
Luna se pasó la mano por la nuca.
—Que no era solo un bar —admitió—. Al principio parecía normal: gente borracha, música alta, barra llena. Pero empecé a notar cosas. Mesas en el fondo donde siempre se sentaban los mismos tipos, portafolios, sobres… una puerta que nadie abría si no tenía permiso. Y algunas chicas que desaparecían de un día para otro.
Lucas bajó la mirada.
—La puerta del fondo —dijo, casi para sí—. Siempre hay una.
Diego se inclinó hacia Luna.
—¿Viste algún símbolo? ¿Algún rostro que recuerdes? —preguntó—. Piensa en el incendio. En los círculos. Cualquier cosa.
Luna cerró los ojos un segundo, buscando.
—Recuerdo un hombre con bastón —murmuró—. Nunca lo vi de cerca. Solo su silueta cuando entraba a esa puerta. El dueño siempre se ponía más nervioso cuando él aparecía. Y todos le decían “ingeniero”, aunque nadie lo veía tocar un plano.
La habitación se quedó en silencio.
Marcos levantó la cabeza.
—Salvatierra es ingeniero civil —dijo, despacio—. En los papeles, al menos. Lo vi en uno de los informes de los socios. El del bastón. Siempre lo nombran así.
Diego apretó el lápiz que tenía entre los dedos.
—Claro —susurró—. Claro que hay un bar metido en medio. Siempre hay un lugar donde se lava el dinero y se limpian las historias.
Brandon miró a Luna.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó.
Ella sostuvo su mirada.
—Porque una noche escuché a alguien gritar detrás de esa puerta —respondió—. Y al día siguiente, el piso entero olía a humo. No sé qué pasó adentro. Solo sé que el dueño me dijo que era mejor que no volviera. Que no era un lugar para una “chica distraída”.
Lucas y Diego se miraron.
El incendio.
Ana.
Los círculos.
Todo parecía girar alrededor de lugares así: almacenes, bares, esquinas donde nadie preguntaba demasiado.
Diego tomó el sobre.
—Nos están diciendo que vayamos allí —concluyó—. Es una invitación. O una trampa.
Brandon habló antes que nadie.
—Si quieren que vayamos, vamos —dijo—. Pero no como corderos. Esta vez entramos sabiendo que nos quieren ver. Y sabiendo que tampoco estarán tan cómodos si nos tienen enfrente.
Luna negó con la cabeza.
—No pienso que ustedes vayan a un lugar que yo conozco mejor que ellos creen —dijo—. Esta vez, yo decido cómo entro.
Diego la miró, serio.
—No vas a entrar sola, Luna.
—No —admitió—. Pero tampoco voy a entrar escondida atrás de nadie.
En otro lugar, la misma noche
En algún punto de la ciudad, bajo luces frías y paredes demasiado blancas, Ana escuchaba en silencio.
El hombre frente a ella jugaba con el borde de un bastón mientras hablaba con alguien por teléfono. No levantaba la voz, no amenazaba. No hacía falta.
—Si se mueven hacia Noche Azul, los observamos —decía—. No intervengan todavía. No quiero sangre en ese piso. No hoy.
Colgó.
Ana mantuvo la postura neutra.
Él se giró hacia ella con una sonrisa cansada.
—Nuestros pequeños amigos creen que han empezado una revolución —comentó—. Me intriga ver qué hacen cuando descubran que la puerta que acaban de abrir lleva años absurda y cuidadosamente preparada para ellos.
—¿Quiere que esté allí? —preguntó Ana.
El hombre apoyó el bastón en el suelo.
—Quiero que mires —respondió—. Y que me digas quién de ellos sirve para algo más que gritar.
Ana sonrió de lado.
—¿Y si no sirven?
Él se encogió de hombros.
—Entonces Noche Azul volverá a hacer lo que mejor hace —dijo—: apagar luces.
Mientras salía de la oficina, Ana revisó su propio celular.
Un mensaje sin enviar a Luna.
Otro sin terminar para Diego.
Los borró.
Y pensó algo que jamás habría dicho en voz alta:
Esta vez, tal vez no sean ellos los únicos puestos a prueba.
Porque, sin que nadie lo supiera todavía,
Noche Azul estaba a punto de convertirse en mucho más que un recuerdo mal archivado.
Iba a ser un filtro.
Y no todos iban a pasar.
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