Entre el fuego y la distancia - Capítulo 42
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Capítulo 42: CAPÍTULO 42 — NOCHE AZUL NO OLVIDA
Volver a un lugar que te echó
El puerto por la noche tenía ese doble filo que Luna siempre recordaba:
bonito desde lejos, pegajoso de cerca.
El agua negra, las luces de los barcos, el olor a sal mezclado con gasolina. Y, sobre todo, el ruido: música, voces, gritos, risas forzadas, motores.
Noche Azul seguía en la misma esquina.
El neón azul parpadeaba como antes, con la palabra “NOCH_ AZ_L” a medias, como si el letrero también estuviera cansado. La fachada tenía pintura nueva, pero las grietas eran las mismas.
Luna se detuvo a mitad de la acera.
Brandon, a su lado, sintió cómo se le tensaba el cuerpo.
—Podés decir que no —susurró él—. Nos damos la vuelta y ya.
Ella respiró hondo.
—No vine hasta aquí para darme la vuelta —respondió—. Solo… dame un segundo.
Detrás, un poco más lejos, Diego y Valeria caminaban como una pareja cualquiera que buscaba dónde tomar algo. Lucas y Marcos se habían quedado dos calles atrás, atentos a cualquier movimiento raro.
Luna acomodó la chaqueta.
—Ok —dijo, bajito—. Vamos.
La puerta que siempre estuvo ahí
El interior del bar no había cambiado tanto.
La barra larga a la izquierda, las mesas al centro, una tarima al fondo con un cantante que parecía más aburrido que triste. El humo de cigarro se mezclaba con perfume barato y fritanga.
Luna sintió un golpe en el estómago cuando vio la esquina donde antes dejaban las charolas. Otra mesera ocupaba ese espacio ahora. Distinta cara, misma postura.
Un hombre grande, de camisa ajustada y sonrisa falsa, los recibió casi de inmediato.
—Buenas noches, chicos —dijo—. ¿Dos nada más?
Luna forzó una sonrisa.
—Sí —respondió—. Algo tranquilo, cerca de la barra.
Brandon notó el cambio en su voz: era la que usaba en el café cuando trataba con clientes difíciles. Una voz que ponía distancia sin parecer grosera.
Los sentaron en una mesa con vista a casi todo el lugar.
Diego y Valeria se acomodaron unas mesas más allá, jugando a no conocerse.
—¿Lo reconocés? —preguntó Brandon, bajito, después de que el mesero se retiró.
Luna escaneó el lugar.
—No a él —dijo—. Pero sí el tipo de seguridad. Siempre hay dos en la barra, uno en la puerta y otro que no se ve a simple vista.
—El de la puerta ya lo vi —murmuró Brandon—. Nos miró demasiado para ser casual.
Luna tomó la carta sin leerla.
Lo que sí leyó fue el espejo detrás de las botellas:
desde ahí, alguien podía ver toda la sala sin voltear.
Y había unos ojos haciéndolo.
No del todo.
Pero lo suficiente.
—Diego, alguien nos está midiendo —susurró, sin mover los labios.
Diego fingió escuchar algo que Valeria le contaba.
—Lo sé —contestó—. Y todavía no deciden si ya es hora de acercarse.
Valeria le apretó la mano bajo la mesa.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No —respondió él, sincero—. Pero eso no importa ahora.
La sombra del bastón
Pasó media hora de incomodidad calculada.
Les llevaron tragos que no habían pedido pero tampoco rechazaron. La música subió. Entró más gente. En apariencia, era una noche cualquiera.
Hasta que Luna lo escuchó.
Un tat-tat suave sobre el piso de madera.
No era música.
Era el golpe de un bastón.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se enderezó.
Se le helaron las manos.
La garganta se le cerró de golpe.
Brandon la miró.
—¿Qué pasa?
—Es él —susurró ella—. El del bastón.
No lo vio de frente.
Solo su reflejo en el espejo detrás de la barra:
un hombre de traje oscuro, cabello cano, expresión tranquila, caminando hacia la puerta del fondo. Nadie le estorbaba. Nadie lo tocaba. El dueño del bar lo saludó con una inclinación breve, casi imperceptible.
Diego también lo vio.
Y supo, sin que nadie se lo confirmara, que ese era Salvatierra.
No porque hubiera oído su voz o visto su rostro en informes antiguos.
Sino por la forma en que el ambiente cambió cuando él apareció.
Como si el aire entendiera quién tenía la última palabra en ese lugar.
—No lo sigan —dijo Diego—. No hoy. No así.
Pero el plan tampoco incluía que el hombre se detuviera a media sala, mirara alrededor y fijara la vista justo en su mesa.
No en la de Diego.
En la de Luna.
El del bastón no sonrió. No hizo ningún gesto.
Solo murmuró algo al oído del guardia que estaba cerca.
El guardia asintió.
Y caminó directo hacia Luna y Brandon.
—Tranquila —susurró Brandon—. Si te lleva, yo…
—Vos no te levantás —lo interrumpió ella—. No arruinés esto.
El guardia llegó a la mesa.
—La casa les invita otro trago —dijo, serio—. Y el señor del fondo pide hablar un momento con la señorita.
Luna fingió sorpresa.
—¿Conmigo? —preguntó—. ¿La conoce?
—Dice que sí, aunque vos no te acordés —respondió el guardia—. Solo serán unos minutos.
Brandon sintió cómo se le encendía cada alarma interna.
—Si se va, yo voy con ella —dijo, sin disimulo.
El guardia lo miró de arriba abajo.
—Él dijo “solo la señorita” —contestó—. No es una invitación. Es una cortesía.
Diego se levantó de su mesa.
—Un momento —dijo, acercándose—. ¿Hay algún problema?
El guardia lo midió.
—No se meta, amigo. Solo es una charla.
Luna miró a Diego.
Luego a Brandon.
Luego al espejo, donde el reflejo del bastón seguía esperando frente a la puerta del fondo.
Tenía miedo.
Mucho.
Pero también algo más:
cansancio de correr, de esconder, de callar.
—Está bien —dijo al fin—. Voy.
Brandon quiso detenerla.
Diego quiso ofrecer otra alternativa.
Ella ya se estaba levantando.
El guardia la guió entre las mesas hasta la puerta que siempre había querido abrir y nunca había podido.
Noche Azul no había olvidado.
Y ahora, tampoco ella.
Del otro lado de la sala, Ana llegaba tarde, por decisión propia.
Vio a Luna desaparecer en el pasillo del fondo…
y supo, con un golpe seco en el pecho,
que los de arriba se le habían adelantado.
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