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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - Capítulo 43: CAPÍTULO 43 — PUERTAS QUE SOLO SE ABREN UNA VEZ
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Capítulo 43: CAPÍTULO 43 — PUERTAS QUE SOLO SE ABREN UNA VEZ

El pasillo que parece más largo de lo que es

El pasillo olía a humedad y a desinfectante barato.

Noche Azul siempre tuvo esa parte oculta: paredes sin cuadros, luz amarilla, puertas cerradas. Luna siguió al guardia, contando sus pasos para distraerse.

Uno. Dos. Tres.

A mitad del pasillo, se detuvo.

—¿Por qué yo? —preguntó, sin voltear—. Hay gente más interesante en el bar.

El guardia se encogió de hombros.

—No hago preguntas —respondió—. Solo traigo y llevo gente.

Su voz no tenía el filo típico del tipo que disfruta el trabajo. Sonaba cansado. Como si estuviera harto de ser enlace entre unos y otros.

Luna giró lo suficiente para verlo de perfil.

—Entonces también sabés que los que traés a este pasillo no siempre regresan igual —dijo.

Él apretó la mandíbula.

—No digás eso aquí —susurró.

Y siguió caminando.

Al final del pasillo, una puerta de madera oscura.

Golpeó dos veces.

Abrió sin esperar respuesta.

Luna entró.

El hombre del bastón

La habitación era menos sofisticada de lo que se había imaginado.

Una mesa, dos sillas, un sillón al fondo, una lámpara de pie. Nada más.

El hombre del bastón estaba de pie, mirando por una pequeña ventana que daba a una parte del muelle. Luna solo veía su silueta.

—Puede irse —dijo él al guardia, sin girarse.

El guardia obedeció.

La puerta se cerró.

El sonido del pestillo le recordó a Luna que estaba ahí adentro por decisión propia… y también arrinconada.

—No pensé que volverías a este lugar —dijo el hombre, al fin, sin volverse todavía—. Las que se van asustadas no suelen tener tanta curiosidad.

Luna tragó saliva.

—No vine por curiosidad —respondió—. Vine porque alguien tocó mi puerta y escribió el nombre de un bar que estaba intentando olvidar.

El hombre giró despacio.

Era mayor de lo que había imaginado.

Cabello blanco, prolijo; rostro sin cicatrices evidentes; ojos claros, difíciles de leer. El bastón parecía más una extensión de su mano que una necesidad.

La estudió con calma.

—Has cambiado —dijo—. En aquel entonces eras… más flaquita. Más asustada.

—Tengo derecho —replicó—. Después de lo que escuché detrás de esta puerta.

Una arruga leve se formó junto a la comisura de sus labios.

Algo parecido a una sonrisa, pero no llegaba a serlo.

—Ah, sí —murmuró—. La noche del humo. Siempre hay uno o dos que escuchan demasiado.

Luna lo sostuvo la mirada.

—¿Me hizo llamar para recordarme eso? Porque no era necesario. Me acuerdo bien.

Él se acercó a la mesa y se sentó.

—Te hice llamar porque estás en medio de un juego que no entiendes del todo —dijo—. Y porque, a diferencia de otros, no pareces tener precio. Eso complica las cosas, pero también las vuelve interesantes.

Luna se sentó sin que se lo pidieran.

—No estoy en ningún juego —dijo—. Solo quiero que dejen de golpear gente que quiero y de aparecer frente a mi casa.

—Tu amigo el del café —asintió él—. El insistente. Y el hermano que se cree más fuerte de lo que es. Y el sobreviviente del incendio… —sus ojos brillaron con una chispa diferente—. Ése sí que fue un error costoso.

El corazón de Luna dio un vuelco.

—Diego —murmuró.

—Y Brandon —añadió el hombre—. Dos nombres donde solo debería haber quedado ceniza.

Ella sintió un escalofrío.

—¿Qué quiere de nosotros?

El hombre apoyó ambas manos sobre el bastón, inclinado hacia adelante.

—Lo mismo que siempre pedimos —respondió—: utilidad. Si no pueden ser invisibles, al menos que sean funcionales.

Afuera, la cuerda se tensa

Mientras tanto, en la sala principal, la tensión subía.

Brandon miraba el reloj, la puerta del fondo, el vaso intacto frente a él.

Diego sentía el cuerpo en modo alerta: los sonidos se volvían nítidos, los movimientos en cámara lenta.

Valeria fingía revisar el celular, pero tenía el pulso acelerado.

Ana entró por la puerta principal en ese momento.

Su mirada hizo un recorrido rápido:

Luna no estaba.

Brandon estaba a punto de levantarse.

Diego la vio.

Se sostuvieron la mirada un segundo.

Fue suficiente.

Diego se acercó a la barra, como quien va a pagar.

Ana se sentó dos taburetes más allá.

—Llegaste tarde —dijo él, sin mirarla.

—Ellos llegaron primero —respondió ella—. No decido el orden de los actos.

—La metieron ahí dentro —susurró Diego—. Con él.

Ana jugueteó con el vaso vacío.

—No es la primera vez que alguien entra a ese cuarto —dijo—. Pero sí puede ser la primera que alguien sale con algo más que miedo.

Brandon se acercó.

—Si no sale en cinco minutos, entro —dijo, los dientes apretados.

—Si entrás sin que te llamen, no van a hablar con ella —replicó Ana—. Van a convertirla en ejemplo.

Valeria los alcanzó.

—Entonces hacé algo —soltó—. Dijiste que estabas “adentro”. Úsalo.

Ana sostuvo su mirada.

—Ya hice algo —respondió—. Si no hubiera movido algunos hilos, ella no estaría sentada en una silla, estaría en el piso. Créanme, esto es mejor.

Diego respiró hondo.

—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó—. ¿Por qué no terminar lo que empezaron hace años?

Ana miró hacia la puerta del fondo.

—Porque se dieron cuenta de que matar genera ruido —dijo—. Y últimamente, el ruido ya no se entierra tan fácil. Ahora prefieren reciclar.

—¿Reciclar? —repitió Brandon.

—Convertir sobrevivientes en herramientas —explicó—. Si aceptan el trato, les van a dar objetivos. Gente a la que pueden señalar, a cambio de que los dejen respirar.

Valeria sintió un vacío en el estómago.

—¿Y si no aceptamos?

Ana lo dijo sin dramatismo.

—Entonces van a buscar a alguien más que los reemplace —respondió—. Y ustedes van a dejar de ser problema. Del modo tradicional.

Un silencio pesado.

—¿De qué lado estás, Ana? —preguntó Diego.

Ella tomó el vaso que por fin le sirvieron.

—Del lado que me deje dormir un poco mejor —dijo—. Aunque sea una hora más por noche.

La oferta

En la habitación del fondo, el hombre del bastón abrió una carpeta.

Luna no alcanzó a ver qué había dentro, pero reconoció un par de fotos:

El frente del café.

La entrada del hospital.

El edificio de Valeria.

—No entienden lo que significan estas imágenes —dijo él—. Creen que son prueba de que los controlamos. Yo las veo como desperdicio de recursos.

Cerró la carpeta.

—Vamos a hacer un trato, señorita Luna —añadió—. Y quiero que seas vos quien lo lleve a la mesa. Porque parece que confían en tu juicio más que en el de ellos mismos.

Ella sintió una mezcla extraña de orgullo y repulsión.

—Lo escucho.

—Nos ayudan a limpiar un frente que se nos ha ido de las manos —explicó—. Gente que se cree más lista que nosotros, que roba donde no le toca, que hace ruido innecesario. Ustedes tienen caras que no despiertan sospechas en ciertos círculos. Contactos pequeños. Miedo fresco. Úsenlo.

—¿Y a cambio? —preguntó ella.

El hombre la miró con atención.

—A cambio, paramos los sobres —dijo—. Nadie los sigue, nadie toca a sus hermanos, a sus parejas, a sus amigos. Y si lo hacen, puedo garantizar que no será por órdenes mías.

Luna se mordió el interior de la mejilla.

—Está pidiendo que trabajemos para ustedes —dijo—. Que hagamos el trabajo sucio.

—Ya lo están haciendo, solo que sin organización —replicó él—. Siguen, graban, amenazan, interrogan. La única diferencia es que ahora podrían hacerlo con información completa, no a ciegas.

Luna se inclinó hacia adelante.

—¿Y si digo que no?

El hombre del bastón sonrió, por fin.

—Entonces alguien más dirá que sí —respondió—. No se trata de vos solamente. Pero prefiero que sea vos quien lo lleve. Porque… —la miró como si examinara una pieza rara— …vos todavía tenés una línea que no querés cruzar. Y eso, paradójicamente, te hace más útil. La gente que aún tiene miedo de sí misma comete menos errores.

Se hizo un silencio espeso.

Luna pensó en Brandon afuera, obsesionado con protegerla.

En Diego, cargando muertos ajenos.

En Valeria, tratando de reconstruirse entre promesas rotas.

En Lucas, con moretones que hablaban más que él.

Incluso en Marcos, temblando con un sobre entre las manos.

Toyando con la idea de desaparecer, de huir.

Y ahora, con la posibilidad de sentarse a negociar con quien había encendido muchas de esas llamas.

—¿Cuánto tiempo tengo para responder? —preguntó.

—Ya respondiste —dijo él.

Luna lo miró, confundida.

—Estás aquí —explicó—. El resto es trámite.

Se puso de pie.

—Volvé con tus amigos —añadió—. Deciles que no es una orden. Es una opción. Si la toman, se acaba una parte del problema. Si no la toman… se acaba de otro modo.

Se acercó a ella. No la tocó.

Le sostuvo la mirada unos segundos más.

—Y un consejo —agregó, casi en un susurro—: no me mientas. No te mientas. Y no me hagas perder el tiempo.

Salió por una puerta lateral, que ella no había visto.

La habitación quedó en silencio.

Luna sintió que acababa de cruzar una puerta… aunque siguiera en el mismo lugar.

Entre el fuego y la respuesta

Cuando regresó al bar, el ruido la golpeó.

Brandon se levantó de inmediato. Diego también. Valeria no pudo evitar mirarla como quien busca heridas.

—¿Estás bien? —preguntó Brandon, más con los ojos que con la voz.

Luna asintió.

No iba a romperse ahí.

No en medio de Noche Azul.

—Tenemos que irnos —dijo—. Ahora.

Nadie discutió.

Salieron al puerto. El aire frío les cayó encima.

Caminaron unos metros hasta un callejón menos transitado.

Entonces, y solo entonces, Luna habló:

—Nos ofrecieron un trato —dijo.

Los detalles salieron a trompicones: la carpeta, las fotos, la palabra “limpieza”, la idea de usarles como filtro, como herramienta.

Cuando terminó, varios segundos pasaron sin que nadie dijera nada.

—No podemos aceptar —fue lo primero que dijo Valeria—. Seríamos parte de ellos.

—Ya somos parte, en cierto nivel —replicó Diego—. La diferencia es si seguimos actuando sin saber todo el tablero o no.

Brandon se pasó ambas manos por el cabello.

—Yo no voy a entregar a nadie inocente —dijo—. Ni a jugar a juez con información recortada.

—Ellos tampoco están hablando de inocentes —intervino Lucas, con voz baja—. Cuando dicen “gente que hace ruido innecesario” se refieren a piezas que se salieron del guion. Otra escoria. No son santos.

—Pero siguen siendo personas —respondió Valeria.

Se miraron todos.

No había respuesta fácil.

Luna sintió el peso del cuarto sobre sus hombros.

—No les dije que sí —aclaró—. Solo que lo hablaría con ustedes.

Diego la miró con algo parecido a orgullo.

—Hiciste lo correcto —dijo—. No tendrías que cargar esto sola.

Marcos, que hasta entonces había permanecido casi callado, habló por primera vez.

—Lo que más les molesta —dijo, pensativo— es que alguien controle la narrativa. Si aceptamos, podemos saber quiénes son esos “objetivos”. Y tal vez… filtrar, desviar, exponer.

—¿Usar sus reglas contra ellos? —preguntó Valeria.

—Algo así —contestó.

Brandon la miró a Luna.

—¿Vos qué querés? —preguntó—. No lo que creés que es correcto para todos. Lo que vos querés hacer.

Ella respiró hondo.

Miró el mar.

Miró el bar detrás.

Miró a la gente que ahora formaba ese “nosotros” raro, inesperado.

—Lo único que sé —dijo— es que si no hacemos nada, esto va a seguir. Y si hacemos algo, vamos a ensuciarnos. De una forma u otra ya estamos manchados.

Se giró hacia ellos.

—Quiero que, si entramos en este trato, sea para romperlo desde dentro —añadió—. No para hacernos cómodos ahí. Y si no entramos… entonces tenemos que asumir que ellos van a buscar a alguien peor que nosotros para ocupar el lugar.

Nadie respondió al instante.

Pero en los ojos de todos había la misma pregunta:

¿Hasta dónde estamos dispuestos a ir

para dejar de vivir entre sobres y amenazas?

Esa noche no decidieron.

No del todo.

Pero por primera vez, la idea de “trabajar para ellos” no sonó solo a rendición…

sino también a posible trampa al revés.

Muy lejos del puerto, el hombre del bastón miró un mapa con varios puntos rojos.

Sonrió levemente.

—Entre el fuego y la distancia —murmuró, casi divertido—, siempre hay gente que cree que puede caminar sin quemarse.

Apoyó el bastón.

—Veamos cuánto aguantan.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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